Lorena chilló cuando su padre la arrastró por el cabello.
Entre lágrimas, le imploró a su madre auxilio, pero la única respuesta que recibió, fue una fría mirada.
La garganta de Lorena se deshizo en gritos de misericordia, pero todos estaban sordos ante su verdad.
—¡No miento! ¡Juro por Dios que digo la verdad!
Su padre tiró aún más fuerte de su cabello.
—¡No jures en vano, zorra pecadora!
Lorena fue arrojada al suelo, en donde una patada fue atestada en su estómago.
La voz de la muchacha se le desvaneció en un grito de misericordia.
—¡Dime en donde estabas, Lorena!
—¡Estaba en la despedida de mi amiga! ¡Lo lamento mucho! ¡Jamás volveré a mentirles!
Lorena chilló cuando una vez más, su padre la jaló del cabello, ejecutó tanta fuerza que los mechones de la muchacha se quedaron aferrados a la enorme mano del hombre.
—¡Mamá, por favor!
Su progenitora le dedicó una mirada de desprecio.
—¡Vi que bajabas de la moto de un hombre! —El cólera contaminó la voz del hombre que le había dado la vida—. ¡Maldita pecadora! ¡Te has dejado corromper y has olvidado tu camino!
—¡No conozco a ese hombre, papá!
Su madre le dedicó una mirada de consternación.
—¡Subiste a la motocicleta de un hombre al que no conoces! ¡Zorra asquerosa!
Lorena tembló ante la bofetada de su madre.
La furia creció entre la muchacha, quien empujó a su progenitora ante el intento de una segunda bofetada.
Consternación se vio en los ojos de los tres: Lorena jamás se había defendido de los castigos de sus progenitores.
—¡Lo que hiciste hoy, fue inaceptable, Lorena Ivanna! ¡Te mereces un severo castigo!
Los ojos de Lorena se cubrieron de un pánico aún más profundo al escucharlo decir aquello, pues ella sabía demasiado bien lo que "un castigo más severo" significaba.
—¡No, por favor, padre!
La adolorida muchacha fue alzada por ambos y llevada hacia la habitación en donde hace no demasiado tiempo, ella había conocido el infierno. No aquel infierno del que ella solía escuchar cada vez que iba a la iglesia, sino de aquel infierno marcado en su piel, uno que volvería a experimentar.
Le había dicho a sus padres con exactitud lo que había ocurrido, tenía la esperanza de que usando la sinceridad que ellos tanto exigían, la severidad de su castigo sería reducida, pero aquello no había sucedido, ni sucedería. Inmediatamente le había dicho a sus padres que les había mentido y en realidad se había encontrado en un club de strippers acompañando a una amiga la cual ellos no conocían, la primera bofetada había llovido a su rostro, seguida de un mar de golpes que le convirtieron su hermosa piel en un lienzo manchado por la violencia.
En lo único en lo que su padre podía pensar, era en que uno de aquellos sucios strippers le habían robado la castidad a su santa hija, aquella le traería como consecuencia, la imposibilidad de convertirse en monja. Fueron aquellos pensamientos que lo impulsaron a ejecutar su próxima acción.
—Ivanka, necesito que te percates de si aún conversa su castidad. —Lorena elevó sus llorosos ojos hacia su progenitor, que se inmutó muy poco al decir aquello—. Debemos de percatarnos de que nadie haya tocado su templo antes de enviarla a donde las monjas. De lo contrario, seremos objeto de burla y rechazo.
La madre de Lorena asintió, sujetando el brazo de su débil hija y arrastrándola hacia una habitación.
Diez minutos transcurrieron, el silencio reinó como la tensión, lo único que el padre de Lorena podía escuchar, eran las imploraciones de su pecadora hija, que se empeñaba en preguntarle a su madre "Tú si me crees, ¿verdad?", pero que obtenía como respuesta nada.
El hombre se paró firme al ver a ambas mujeres salir. El corazón le palpitó con violencia en el pecho: su mundo se transformaría en cenizas si recibía la desastrosa noticia de que la virginidad de su hija había sido arrancada.
—Aun es pura.
El rostro del hombre se llenó de brillo, pero volvió a sumergirse en tinieblas cuando miró a Lorena, cuya piel era un manto de graves heridas que ninguno de los dos sabría como ocultar.
—Eso no te salvará de tu castigo, Lorena. Lo que hiciste hoy no tiene algún perdón. Ivanka, busca la biblia y el látigo.
—¡No! —La voz de la muchacha se fragmentó—. ¡Por favor, no, papá! ¡Juro por mi vida jamás mentirles, pero el látigo no! —A su madre le tomó un instante presentarse con el látigo—. ¡No, no! —Lorena intentó correr hacia la puerta, pero ambos la aprisionaron, arrastrándola hacia una habitación.
Entre esfuerzos, su madre le retiró el camisón que usaba, hincándola.
La espalda desnuda de su hija se presentó ante los coléricos ojos del hombre, que no dudó en empezar el suplicio.
Lorena fue azotada mientras el versículo "Mateo 24:12" era leído por su madre.
—Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, este será salvo.
Los gritos suplicantes de la muchacha se engrosaban a medida que su piel era desgarrada por los latigazos de su padre.
—¡Pecadora! ¡Solo la sangre puede limpiarte!
Lorena imploró hasta que la voz se le transformó en un susurro. Soportó hasta que el desmayo atentó con volverla ajena a la realidad, solo allí, su padre decidió frenar.
La muchacha lloró en silencio, transformada en una masa flácida, desnuda y adolorida que se mantuvo arrojada en el suelo mientras sus padres leían versículos de la biblia.
Lorena amaba a Dios, pero no creía que un ser tan misericordioso aprobara métodos tan crueles como azotarla desnuda hasta casi el desmayo, hasta sentir que su cuerpo estaba al borde del desfallecimiento.
—Piedad…
Los labios de Lorena apenas fueron capaces de susurrar aquello.
—Pídesela a Dios, solo él puede dártela.
Su padre la levantó, arrojándole su camisón y entregándole una biblia.
—Vas a orar hasta que todo lo que allí viste salga de tu mente, zorra pecadora.
Ella desistió en su idea de decirle que se encontraba al borde del desmayo, simplemente los vio irse de allí y dejarla arrojada en el suelo, golpeada y ensangrentada.
La mirada perdida de Lorena se posó sobre un indeterminado objeto del suelo.
La habían azotado antes, pero nunca lo suficiente como para que el suelo se manchara con su sangre.
El dolor fue insoportable. La gélida brisa penetraba por las ventanas y se incrustaba en sus abiertas heridas que no sabía como sanar. Habían ido demasiado lejos; pero la peor parte sería cuando la obligaran a despertarse al día siguiente para ir a la iglesia en lugar de llevarla al hospital.
Aquello no era vida. Era prisionera en sí misma, pues no contaba con el valor de simplemente escapar.
De los labios de Lorena se escapó un violento chillido cuando intentó sentarse.
«Es imposible», se dijo, arrastrándose hasta un espejo.
Un grito ahogado emergió de sus labios al ver las marcas que deformaban su antes bella espalda.
La habían marcado para siempre.
Con sus puños apretados, Lorena golpeó el suelo hasta herirse a sí misma. La impotencia se mezcló con cobardía y desesperanza, dándole a tragar un amargo coctel.
Por un instante, ella anheló ser tan libre como aquel stripper que la había llevado a casa.
Inmediatamente tuvo el pensamiento, se arrepintió… o quizás no.
Él lucía como un alma libre. Simplemente se subía en su moto y se iba a donde quisiera, andaba casi despojado de ropa sin importarle nada; ella era por completo incapaz de imaginarse a sí misma siquiera usando un pantalón sin que sus padres la reprocharan hasta el cansancio.
Él no parecía tener todos aquellos inconvenientes. Aquello la llenó de envidia, de rabia… hacia sí misma.
Lorena permaneció en el suelo, llorando hasta que las lágrimas se le acabaron. El cansancio trajo consigo al sueño, en sus últimos momentos de lucidez, ella anheló ser tan libre como aquel hombre de nombre Thiago.
Pero Lorena desconocía que ambos tenían sus propias cárceles emocionales. Unas mucho más fuerte que otras. ¿Algún día ambos podrían ser libres de sus propias prisiones? Solo el tiempo podría dictaminarlo.