PALERMO, ITALIA
Ludmila Salerno prestó atención a su hermano. Sabía que Luca había puesto todo su empeño en parecer encantador y toda aquella matra de cosas que estaba contando a Hugo, no eran más que artimañas para hacerlo caer. Puede que ella fuera la más manipuladora de la familia, pero Luca siempre fue el niño de la casa y su actitud era similar a la de ella, o tal vez peor, pues era hombre.
Gabriella era demasiado tierna.
Luca era un imbécil.
La italiana sabía que si la siciliana quería mantener a su hermano en la buena senda debía tener rigor y mano dura con él, pues Luca era un mentiroso de primera, un manipulador y alguien que odiaba las reglas como un gato al agua.
La percepción de Leonard y Lucian era igual, ambos deseaban que su hermano, el único que quedaba libre, pudiera sentar cabeza, comportarse y dar herederos a la familia como debía. Luca estaba molesto, pues sentía que Leonard le estaba abandonando y se estaba lanzando a los brazos de la vida perfectamente cimentada que Lucian llevaba con Leisel.
¿Dónde quedaban sus borracheras?
¿Dónde quedaba su libertad?
¿Dónde quedaba la buena vida?
Su hermano ahora estaba perdido dentro de las faldas de Fiore o eso era lo que Luca creía, pues pensaba que sus hermanos eran dominados por sus mujeres aunque fuera todo lo contrario, pues si bien las amaban con locura, era por deseo y por amor, no porque ellas les controlaran.
Todo el mundo necesitaba pisar suelo firme, creer firmemente en que cada cosa en la vida tenía una etapa y que los momentos de peligros, emociones y una vida turbulenta, tenía que terminar algún día. La estabilidad era necesaria para muchas personas, aunque Luca se negara a admitirlo.
Franco parecía ser el más divertido de todos, entre Leisel y él no tenían reparos en lanzarse miradas culposas mientras agradecían a los cielos poder presenciar semejante hazaña de Maurizio, quien había tomado el control de la situación y platicaba con su próximo suegro de cosas que ninguno de ellos pensó que sabía.
¿Desde cuando conocía tan perfectamente el puerto?
¿Desde cuando sabía de política?
Lucian pensaba que Luca apenas y podía contar, no es que menospreciara la mente de su hermano, de hecho, era demasiado inteligente, pero es que su forma de ser era completamente distinta a la de cualquiera de ellos y entre todos, era quien tenía el sentido del humor más divertido. Se le daba hablar con la gente que le agradaba y era demasiado bueno con las palabras, pero cuando era niño lloraba horas y horas, negándose a hacer las tareas que su maestra privada terminaba por brindarle.
“Dai Luca, quanto fa dieci più uno?” “Vamos Luca ¿Cuánto es diez más uno?”
El niño no dudaba en mirar a la profesora para después escribir el número ciento uno y decir:
“Centouno.” (Ciento uno)
La mujer no duró demasiado, posiblemente un mes antes de salir corriendo por las ocurrencias del niño pues resultaba que Luca sabía contar, solo que lo hacía para que la mujer perdiera los estribos y renunciara. Era un pequeño diablillo, que había sacado demasiadas canas a un joven Lucian quien solo podía respirar e intentar guardar la calma mientras intentaba oponerse a sus rabietas y caprichos, que si bien se calmaban cuando la figura de su hermano estaba presente, continuaban para aquellos con quienes no se sentía conforme.
Gabriella no se sentía demasiado segura como para decir que la velada estaba caminando de maravilla, pues si bien su padre parecía estar aceptando al próximo m*****o de su familia, Luca había tenido roces con ella y comprendía que estaba moviendo las cartas a su favor.
No iba a darle lo que quería, porque también ella tenía claro que deseaba para su vida y sin duda, tolerar a un marido infiel que saltaba en cama en cama, no era una de sus opciones.
No había necesidad de que nadie le dijera lo que tenía que hacer, porque si bien era la mujer más tierna, amable y humilde del mundo, tenía carácter y respetaba a su persona. Se había prometido a si misma que si fallaba, se divorciaría, no le importaba que le pidieran su cabeza por violar los reglas y divoricarse de un capo, nada valía mas que su amor propio.
—¿Qué es lo que piensas? Llevas más de cinco minutos mirando a mi hermano hablar con tu padre y no encuentro forma de descubrir qué es lo que pasa por tu cabeza.
—Lo siento, señor Salerno.
—Solo Lucian a partir de ahora.
Gabriella sonrió un poco apenada.
—Pienso en el matrimonio y en las cosas que vendrán. No creo que sea lo más apropiado, especialmente cuando él no quiere casarse conmigo y créeme, se que no he vívido mucho tiempo con él, pero puedo deducir que es un hombre rebelde.
Lucian sonrió.
—Un hombre rebelde que te gusta.
La chica se aclaró la garganta ante la afirmación.
—Bueno, Luca tiene algo que le gusta a todo el mundo.
—Es un Casanova, Gabriella. Luca no conoce de límites ni de limitaciones. Toma todo lo que desea, cuando lo desea, porque nadie se atreve a ponerle en cintura, salvo su propia familia, pero no me refiero a ello, me refiero a que pienso que ambos se complementan bien. Tu eres límites, Luca es rebeldía.
La chica que permanecía de pie observando a su madre conversar con Liesel y Fiore, suspiró.
—Yo creo que será un desastre.
—Yo creo que será un éxito.
El mayor de los italianos le sonrió con esa seductora sonrisa que todos parecían tener. Gianni y Beatrice Salerno debieron haberlos hecho con todo el amor del mundo para que pudieran ser tan atractivos físicamente.
—¿Y si no?
—Entonces, incendiaran Roma.
—No es tan sencillo, ni tan poco importante—replicó la chica haciendo que el italiano suspirara pero de inmediato le mostrara esa mirada azulada que tenía llena de tranquilidad—. Si no funciona, quiero irme. Hago esto porque se los debo y porque se que de haberme negado me habrías obligado…
—Haces esto porque te gusta—agregó Lucian haciendo que la chica desviara la mirada de inmediato—. Eres obstinada, no te conozco demasiado pero se leer a las personas y tu eres una mujer con carácter y de las temidas, porque pareces ocultarlo bien. Puede que tengas razón, tú y tu padre lo tienen claro. Si no hubieras aceptado, yo te habría obligado, pero posiblemente me suplicarias la muerte antes de hacer algo que no deseas. Es momento de que aceptes la realidad. Tengo una deuda contigo.
—Mi deuda con ustedes es mayor.
—Mis códigos son importantes. Te has metido en nuestro mundo y has conocido estos infiernos. Pudiste haber muerto, pero una vez que entras a nuestro mundo, no está permitido salir de él.
La mujer no comprendió.
—¿Por qué no puedo hacerlo?
—Porque quedas marcada. Tu familia está protegida porque está en Palermo, es peligroso que vean a una mujer con uno de nosotros más de una vez. Lo que amas es una debilidad, entonces tras lo que amas, es tras lo que van. No tengas miedo, mi hermano se asegurará de que nada te pase y protegerá tus intereses. Da lo mejor de ti y haz que funcione.
El hombre se apartó de ella dejándola más nerviosa que cuando empezó a conversar con él. Luca se apartó de Hugo y después fue hacía ella pues apenas habían cruzado palabra durante la reunión.
—Estás aquí.
—Ya te dije lo que quiero.
—Y yo te dije que si estabas seguro de tomar lo que deseas tienes que estar dispuesto a aceptar la responsabilidad que conlleva. No voy a prestarme a tus juegos.
—Entonces di que no quieres casarte conmigo.
—Niegate tu.
Luca la miró a los ojos causándole un escalofrío.
Le lanzó una de esas miradas matadoras que dejaban a cualquier mujer sin aliento, no de nerviosismo si no de miedo, pues pareció que la respuesta que le había dado le molestó.
—Yo pierdo más.
—No se puede tener todo en la vida, Maurizio. ¿Quieres Roma? Compórtate como un buen marido y haz a tu familia feliz. No seas caprichoso.
—Hablas como si quieras que sediera.
—Podríamos llevar la fiesta en paz…
—¿Sabes qué más podríamos hacer?
—¿Qué?
—Follar…
Gabriella se aclaró la garganta rogando que nadie hubiera escuchado lo que acababa de decir con esos ojos descarados. La chica tragó saliva y entonces su madre interrumpió.
—¡Tal vez quieran hablar a solas! ¡Vayan a ver mis petunias!
La siciliana intentó negarse a la petición de su madre pero los ojos de su progenitora le indicaron que era mejor que le hiciera caso. Gabriella se encaminó a la salida siendo seguida de Luca mientras varios pares de ojos les seguían.
Luca estaba cerrando la puerta detrás de sí cuando al voltear en dirección de la chica un dedo acusador le amenazó tomándolo por sorpresa.
—Cuida esa boca, Salerno.
El italiano sonrió.
—No tienes que hacerte la digna, se que sabes lo que viene—musitó en voz baja acercándose a ella de forma amenazante—. Posiblemente me has imaginado desnudo.
—¡No!
La chica hizo un gesto de desagrado.
—¿En serio?
—En serio, las mujeres centradas no pensamos en hombres desnudos, ni tampoco en sexo como tu.
Luca rió.
—Preciosa, por favor, es lo único divertido de esto. Divertirnos, pasar el rato, follar…desnudarnos, besarnos…desconocernos…
Gabriella sintió su presencia demasiado cerca y no tardó en darse cuenta que los labios del hombre estaban casi sobre ella, la chica levantó la mirada y vió esos labios carnosos y tentadores que tenían una mueca soberbia.
—No voy a pasar el rato. Seré tu esposa, no una de esas mujeres con las que duermes y al día siguiente olvidas. Es lo primero que debes de aprender a aceptar. Compromiso y respeto.
—¿Siempre tienes que ser tan aburrida?
—¿Y tu siempre eres tan idiota?
Luca bufó.
—Estoy haciendo un esfuerzo por agradarle a tu familia porque no quiero que piensen que te llevaré al sufrimiento. Ayúdame un poco, vive la jodida vida y piensa en este matrimonio como una oportunidad. Tu te vuelves rica y yo sigo conservando la libertad que deseo. No compliques las cosas, Gabriella.
Su nombre en sus labios le pareció lo más seductor del mundo, especialmente porque lo dijo buscando sus ojos y dejándola perderse en su mirada gris. Tenía unos ojos espectaculares. Luca no tardó en verse ensimismado, hasta que la mujer rompió el silencio.
—No quiero tu dinero así que olvídalo. Aun estas a tiempo de decir que no quieres hacerlo y que deseas seguir siendo el mismo mujeriego de siempre que adora tener a toda clase de mujeres en su cama.
—No me conoces.
—¿Miento?
Luca no tuvo respuesta para ella y la chica lo tomó como una afirmación. Gabriella sintió una punzada, no quería tener esa clase de problemas nunca. Quería sentirse amada, respetada y no traicionada.
—Esa es mi vida, mi pasado y mi presente y no pienso cambiarlo porque mi hermano piensa que necesito un nuevo estilo de vida. Yo no voy a cambiar y este matrimonio se llevará bajo mis reglas. Te ofrecí sexo, no lo quisiste, entonces no tengo problemas con mandarte fuera de mi cama. No veo que me sirvas de mucho en ella si no jugaras mis juegos.
Gabriella quiso darle una bofetada.
—Dudo que Lucian quiera entregar algo importante a un hombre que es un idiota. Eres egoista, no te importa nada más que tú y no mides tus palabras…
Luca maldijo entre dientes.
—¿Ves? Ni siquiera nos hemos casado y ya estas con tus jodidos reclamos. Nunca he tenido que dar explicaciones de lo que hago a nadie, salvo que rompan los preceptos de lo que mi hermano considera correcto o seguro. No voy a dejar que me controles.
El italiano llevó su mano dentro de su perfecto traje a medida y sacó la caja de terciopelo donde guardaba el anillo. Tomó con brusquedad la mano de la chica y terminó poniéndolo en su dedo.
Gabriella apartó su mano de inmediato.
—No es control, es que quiero mi lugar.
—Tu lugar es mi casa, como mi esposa.
—Que bueno que lo tengas claro, ahora busca el significado de lo que has dicho. No seré un trofeo en una casa donde todo el mundo hace cosas para que esté cómoda. No quiero ser esa mujer que espera horas sentada esperando que hora regresa su marido, no quiero ser aquella mujer que comparte al hombre al que está atada, porque me respeto a mi misma y quiero un hogar igual.
—Por una mierda Gabriella, saca de tu mente esas cosas que no existen. Lucian y Leonard pueden ser ejemplo de perfección y seguir las reglas, pero yo no soy así y porque conozco el modo de vida que amo, es que no quiero casarme, sin embargo mirame aquí, poniendote un puto anillo en el dedo sabiendo que es mi prisión, pero una de la que pienso escapar. El matrimonio que quieres no existe, es un cuento y si tus padres son ejemplo de ello, entonces nuestros tiempos han cambiado. Ese amor duradero, no existe aquí, en nuestro presente.
Luca no quería seguir con la conversación así que terminó pasando delante de la chica y caminando para alejarse de la casa. Enfadada, Gabriella fue detrás de él.
—¿Por qué no puedes decidir lo que quieres?
—¡Se lo que quiero!
—Entonces vive tu vida como te plazca pero deja ir aquello que tu carácter de mierda no te permite merecer—soltó la mujer haciendo que el hombre se parara de golpe y volteara a verla con enfadado—. No importa que tanto hable un hombre de su lealtad, si traiciona a su esposa, traicionará a su hermano, si no respeta algo sagrado como la familia entonces no merece respeto ni confianza tampoco. Así funciona tu familia Luca, deberías saberlo mejor que yo, porque llevas toda tu vida viviendo con ello. Toma las riendas de una vez. Si quieres irte a vivir la vida sumergido entre tus mujeres, alcohol y fiestas puedes hacerlo, pero olvídate de Roma, porque la llevarás al fracaso.
Luca sintió que la sangre le hervía.
—Tú no sabes nada de mi vida, ni tampoco de mi mundo.
—Sé lo suficiente como para saber que como te comportas delante de la vida, te comportaras en cualquier parte. Toma tu anillo y vive como quieres vivir.
La mujer le tendió la joya después de sacarla de su dedo.
Su mano derecha tembló ligeramente pero no la alargó para tomarlo. Se quedó viendo la joya y después a la mujer que le devolvía la mirada con severidad.
—Ese anillo se queda en tu dedo y no seré yo quien te lo quite, pero te lo he advertido Gabriella, tu has escogido el camino del dolor y si quieres que te dé un consejo, no tengas sentimientos por mí. Aquí en Palermo, fuiste un juego curioso que me entretuvo, pero que con el paso del tiempo perdió relevancia. No te hagas daño y no te enamores de mí porque te va a doler y no quiero que me culpes de algo que tú misma has provocado.
Dios santo.
Esas últimas palabras dolieron, dolieron mucho.
La chica contuvo el llanto y las ganas de lanzarle el anillo en la cara. Era odioso, no medía lo que decía y no era para nada agradable cuando se ponía en ese plan hostil.
Luchó contra el dolor y compitió con todas sus fuerzas.
Se acercó a Luca para después decirle:
—Acepto lo que has dicho, tal vez esto no funcione pues si no lo hace acabaré con ello y tu asumiras sus consecuencias, pero déjame decirte algo, espero que si se acaba, cuando estes en esa vida vacía que dices que es tu felicidad, te des cuenta que dejaste ir algo que si bien no era relevante para ti, si que valía mucho la pena y era algo que en ese mundo no se conoce, sincero.
Luca no comprendería la importancia de esas palabras, pero el destino no tardaría en explicarselo.