PALERMO, ITALIA
Un hombre podría resultar ser demasiado valiente, pero las cosas siempre terminaban complicándose cuando estaba parado delante del hombre más importante de la vida de la mujer con la que pensaba casarse.
Su padre.
Un hombre como Luca no estaba acostumbrado a cumplir las reglas, de hecho, cumplir los códigos de su familia le estaba siendo completamente difícil y sentía que se estaba asfixiando, pero no iba a dar vuelta atrás, si quería ser capo tenía que demostrar primero que nada, que tenía palabra. Gabriella parecía estar nerviosa, especialmente porque en los ojos de Luca notaba esa incomodidad y esa aura para nada feliz que la hizo dudar si estaba haciendo lo correcto.
Hugo Pacinelli le observó con esos intensos ojos de padre analítico cuando un chico venía a buscar a su hija por primera vez en un intento desesperado por obtener una cita de la mejor forma posible y dar una buena impresión. Él no estaba pidiendo una cita, venía a pedir su mano en matrimonio. Hugo sabía perfectamente donde Gabriella se estaba metiendo, sabía que su hija tenía criterio propio y sabía perfectamente identificar entre el bien y el mal.
Gabriella quería casarse, habían hablado demasiado al respecto y la chica le había dicho que lo consideraba prudente, además, dudaba que de negarse, su derecho de decidir fuera respetado.
La vida de su hermano se había salvado gracias a esos hombres y el precio de la vida del pequeño, valía mucho más que la libertad de ella, no era lo que decía su padre, era lo que Gabriella pensaba y le había hecho ver a su progenitor. Sentía que estaba en deuda, pero no solo era eso, también tenía sentimientos por ese hombre rebelde que le robaba el aliento y ella, en un afán desesperado por hacerle ver a su padre lo que sentía, lo comparó con ver una flor marchita que necesita mucho cuidado.
Quería florecer con Luca.
En sus encuentros durante Palermo habían tenido una chispa que la hizo sentir diferente. Luca era caos y ella era tranquilidad. Él decía no necesitarla pero la verdad era que la calma de Gabriella era algo que le aterraba, porque tenía miedo de que esa calma apagara su vida llena de excesos.
Lucian Salerno se aclaró la garganta al darse cuenta que Luca no hablaría y pensó prudente que él como pilar de la familia debía dar la cara primero antes de que su hermano diera el monólogo que todo el mundo estaba esperando.
—Señor Pacinelli, creo que no hemos tenido el placer de conocernos a profundidad. He mantenido una corta llamada por teléfono con usted que no se compara en nada con una reunión cara a cara.
El hombre asintió frunciendo el ceño.
—Dudo que hubiéramos tenido ese placer, somos de mundos completamente distintos. Un hombre como usted no tendría ninguna razón para visitar un hogar humilde como este.
Leisel apretó la mano de Lucian quien se tensó de inmediato ante las palabras del hombre quien si bien no lanzó un comentario hostil, tampoco parecía querer bajar la guardia.
—Tal vez no, pero creo que tenemos cosas en común, señor Pacinelli, usted es un hombre de familia, mi padre también lo era. Murió siendo aún joven, pero a pesar de ello me dejó bien influenciado sobre la importancia de mantenerse ligado a la familia. Mi familia es lo más importante para mi.
—Piensa de la misma forma que yo, entonces.
—Yo represento la autoridad de mi familia, soy el pilar y mis deseos son sinceros y claros, quiero que mis hermanos sean felices.
La madre de Gabriella sonrió.
—Veo que son una familia muy grande.
Leisel sonrió.
—Así es y pronto crecerá más.
—Es agradable saberlo—dijo la mujer dándose cuenta de que la mujer tenía un pequeño y adorable vientre, no solo ella, pues otra de las mujeres que acompañaba a su marido en aquella reunión también gozaba del mismo distintivo.
Estaban embarazadas.
—Mi esposa Leisel, mi cuñada Fiore y mi hermana Ludmila—presentó Lucian tomándose tiempo para presentar a las mujeres de su familia—. Franco es mi cuñado doble y a mi hermano Leonard creo que ya le conocen.
—He tenido el placer de hablar con él hace un tiempo.
Leonard sonrió pero en el fondo agradeció que con Fiore no se hubiera tenido que presentar con tantas formalidades ni preocuparse por dar una buena impresión como Luca estaba haciendo. Hugo presentó a su familia, incluido al hermano de Gabriella, quien aún se estaba recuperando pero no dudó en salir a saludar para después regresar a la cama.
La señora Pacinelli se había tomado el tiempo de preparar todo para una comida agradable, era una mujer que tenía una buena mano para la cocina italiana y había tardado toda una tarde preparando todo para que su hija pudiera tener una magnífica reunión. El ambiente era algo tenso, pero Fiore en un intentó por mejorar todo, fue la primera en alabar la buena mano de la mujer y señalar que su comida era la mejor que había probado en mucho tiempo.
—Tiene buena mano, hace mucho que no comía algo tan delicioso.
La mujer sintió que sus mejillas enrojecian.
—Oh, querida, es sólo Caponata Siciliana, es buena en todo sentido. Ahora que estás esperando un bebé debes alimentarte bien y comer pasta y carne, es primordial.
La amable señora tenía ese aire maternal que todo el mundo hubiera deseado tener y que era demasiado ajeno a todos los hermanos Salerno quienes habían crecido sin su madre y después habían perdido a su padre. No tenían demasiada relación con el afecto cariñoso de una madre que cocinaba a sus hijos y les mostraba a través de deliciosos platos, todo su amor interpretado en artes culinarias.
—¿Es bueno que coma dulces?
La pregunta de Leonard hizo que Fiore le aniquilara con la mirada. Melissa vió a Fiore y esta pareció pedirle con la mirada que le dijera que no. Su embarazo le estaba provocando antojos y aunque Leonard hacía de todo para complacerla, el hombre se había notado preocupado con la cantidad de dulce que consumía.
—El dulce no es dañino, siempre y cuando sea tratado con prudencia. Los bebés necesitan de minerales y vitaminas que encuentras en deliciosas frutas. Puedes cambiar los pasteles o dulces por uvas y manzanas.
La idea de una vida sin dulces no agradó a Fiore, pero aun así estuvo muy agradecida con la sinceridad de la mujer quien parecía conocer mucho del aspecto hogareño.
Luca apenas había probado un bocado, pero no era porque debido a que no le había gustado o por falta de apetito, si no porque estaba demasiado nervioso como para poder llevar comida a su estómago. Aun así hizo el intento para no desairar a la mujer que se había llevado varias horas en la cocina intentando dar la mejor impresión de todas.
—Has estado demasiado callado, Maurizio.
—Me temo que aún intento encontrar un punto de conversación señor Pacinelli. Los motivos de mi visita son lo suficientemente serios, como para tomarme el tiempo de decidir las palabras correctas que quiero poner en mi boca.
Haciendo que todo el mundo se sorprendiera, Hugo sonrió. Le gustó mucho que le dijera la verdad y que no negara la realidad. Estaba nervioso y había ido justo al meollo del asunto. Eso le agradaba en un hombre, que fuera directo y que no se anduviera con rodeos.
—Todos somos conscientes de las razones por las que estás aquí. Creo que no hay mejor lugar para hablar de ello que sentados en la mesa porque es aquí donde se deben comentar las cosas importantes y en familia. No voy a andarme por las ramas tampoco ya que tu has sido directo. Considero que una boda es una bendición, pero tengo mis dudas con respecto a su profesión.
Luca sonrió divertido, cuando el hombre llamó “profesión”. Hugo no parecía estar divertido, cosa que tensó la situación.
—Yo sé lo que soy y no me avergüenzo de ello.
—Es de cuestionarse…
—Soy un capo, hijo de un capo, hermano de dos y he sido criado para no avergonzarme de lo que mi familia es, porque a pesar de que tal vez piense que somos criminales a sueldo, tenemos reglas que respetamos y nunca, jamás, he dañado a alguien que no lo merecía. Mi familia no mata inocentes ni se mete con aquellos que no deben nada.
Hugo dejó su tenedor sobre el plato y fue donde Gabriella supo que estaba por decir algo sumamente importante, podría ser algo bueno o algo muy malo. La chica intentó hacer retroceder a su padre apretando con su zapato la punta de los dedos del pie de su progenitor quien entendió el mensaje.
—Creo que no me ha entendido. Tengo mis dudas con la seguridad de mi hija, pero no soy estupido, sé que si quisiera algo a la mala no tendría problemas en tomarlo, soy un simple jubilado que no tiene fuerzas para defender a su hija contra algo que la supera. Está aquí hoy, dándome la cara y pidiéndome algo bien. Soy consciente de a que se dedica, pero también sé que los mafiosos de la calabria, van y toman a la mujer que desean, matan a su familia y no se vuelve a saber nada de ella, ustedes están aquí hoy, sentados en mi mesa, con sus esposas y claramente firmes como familia acompañando a uno de sus miembros en un suceso importante. No se cuales sean sus negocios principales, pero para mi ahora, son una familia.
Gabriella sintió que el aire le regresaba a los pulmones. Se sintió aliviada al darse cuenta que su padre no se había puesto hostil como solía hacerlo algunas veces, pero la verdad era que Hugo se sentía de cierto modo agradecido, pues le habían dado lo que un hombre tradicional como él deseaba.
Una boda bien para su hija con un hombre que le daba la cara y solicitaba su aprobación para el matrimonio.
Él hombre no tenía dudas de que de haberlo deseado, Luca se la hubiera llevado sin miramientos, pero eso no había ocurrido y ahora estaba allí, comiendo con una familia que vestía ropa que junta hacía posiblemente el valor de su humilde casa, comiendo la comida que había preparado su esposa como si fuera un platillo gourmet.
Estaba agradecido con la vida, eso era claro.
Luca no supo qué decir al respecto, solo que añoraba tener a Roma en sus manos y que si tenía que mentir para obtener lo que deseaba lo haría. Se dijo así mismo que si quería quitar esa cara de completa melancolía tenía que pensar en Roma, en su territorio y en su nueva vida como capo.
Roma, no en la boda.
—No tengo intenciones de hacer daño a su hija, de hecho es todo lo contrario. Si me lo permite, me gustaría que formara parte de mi vida para siempre, sea la madre de mis hijos y el motivo de mi despertar. Soy un hombre poco romántico, pero he tomado mi tiempo para practicar lo que un hombre debe decir en un día tan importante.
Su comentario hizo sonreír a todos en la mesa, especialmente a Leonard quien no dudaría en molestarlo en cuanto estuvieran a solas. Lucian fue un poco mas analitico., su hermano era manipulador y un mentiroso nato. Gabriella debía ser cuidadosa porque Luca tenía demasiada cuerda y era la clase de hombre que sabía que decir a una mujer para hacerla sucumbir ante sus encantos.
—Siendo así no tengo mucho que decir al respecto, es mi hija la que tiene la última palabra. Si ella quiere casarse, yo estaré complacido de llevarla al altar.
Luca plantó sus ojos en ella.
Claro que aceptaría, porque esa chica era su llave para obtener el puesto que añoraba y no dudaría en hacer lo que estuviera en sus manos para conseguirlo, pues si estaba metido en ese lío era por su herencia y nada más.
Prefería casarse que dejar ir a Roma.
Prefería entrar en guerra con aquella mujer que parecía tener también un objetivo claro; ser feliz con quien amaba, el único problema era que él no se dejaría amar fácilmente.