No disfruté ni un segundo después de tirarle el zumo a Madison.
Ni uno.
Porque al parecer en Lakewood High las chicas populares podían llamarte puta delante de todo el comedor…
Pero si tú respondías, el problema eras tú.
Obvio.
La última clase apenas llevaba diez minutos cuando alguien llamó a la puerta.
—Ashley Rivera.
Toda la clase giró la cabeza.
Perfecto.
La profesora suspiró.
—Dirección.
Escuché risitas.
Susurros.
“Ya empezó.”
“Duró poco.”
“Seguro fue por Madison.”
Odiaba este sitio.
Muchísimo.
Agarré mi mochila.
Cuando salí, Madison ya estaba afuera.
Cabello perfecto otra vez.
Maquillaje impecable.
Como si el zumo nunca hubiera pasado.
Me miró de arriba abajo.
Sonrisa venenosa.
—Hope detention was worth it.
—Hope shampoo fixes your personality.
Sus ojos se estrecharon.
—b***h.
—Popular and unoriginal. Tough combo.
Antes de que pudiera responder, otra presencia apareció detrás.
Ryder.
Sudadera negra.
Cara de querer asesinar al planeta.
Las manos en los bolsillos.
Ni una mirada hacia mí.
Ni una palabra.
Solo caminó delante de nosotras.
Como si estuviera obligado a existir.
El director nos hizo pasar.
Oficina enorme.
Típica vibra de hombre que lleva treinta años cansado de adolescentes ricos.
—Tomad asiento.
Madison se sentó primero.
Yo al otro lado.
Ryder ni siquiera quiso silla.
Se apoyó contra la pared.
Frío.
Quieto.
Mirada vacía.
—Bien —dijo el director—. Madison dice que Ashley la atacó sin razón en el comedor.
—¡Me tiró bebida encima delante de todos! —dramatizó Madison.
—Porque me llamó puta —solté.
Silencio.
El director miró papeles.
—Madison niega eso.
Claro que lo niega.
—Ryder —dijo el director—. Tú estabas allí.
Él no respondió enseguida.
Miró el suelo.
Después a Madison.
Después a mí.
Mandíbula tensa.
—La insultó primero.
Mi corazón dio un salto.
Madison abrió la boca.
—¡Eso no es verdad!
—Sí lo es —dijo él, seco.
Silencio.
El director suspiró.
—Aun así, la violencia no es aceptable.
—Fue zumo —murmuré.
—Ashley.
La puerta se abrió.
Y el aire cambió.
Daniel Blake.
Traje n***o.
Mirada seria.
Poder.
Mucho poder.
Ni siquiera parecía un padre.
Parecía un CEO que accidentalmente tuvo hijos.
—Me llamaron —dijo.
El director se aclaró la garganta.
—Solo queríamos aclarar un incidente.
Daniel miró a Ryder.
Solo a Ryder.
—¿Qué pasó?
—Madison la provocó —dijo él.
Daniel asintió una sola vez.
—Entonces mi hijo no miente.
Eso fue todo.
Ni una pregunta.
Ni duda.
Ni siquiera me miró.
Yo estaba literalmente ahí.
Invisible.
El director tragó saliva.
—Entiendo, pero Ashley reaccionó físicamente.
—Con zumo —dijo Ryder.
Frío.
Seco.
Daniel seguía sin mirarme.
—Las acciones tienen consecuencias.
Qué bonito.
Excepto que claramente no era para todos.
El director suspiró.
—Ashley hará limpieza del gimnasio una semana.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Disciplina escolar.
Giré hacia Madison.
—¿Y ella?
Silencio incómodo.
El director acomodó papeles.
—No hay pruebas suficientes de insultos.
Mi boca se abrió.
—¿Hablas en serio?
Madison sonrió.
Pequeño.
Falso.
Odié esa sonrisa.
Daniel ya estaba mirando el reloj.
Como si esto le aburriera.
—¿Podemos terminar?
Eso dolió más de lo que debería.
Porque Claire me abrazaba.
Me sonreía.
Pero Daniel…
Nunca me veía.
Solo era la chica que apareció de repente en su casa perfecta.
La molestia.
El error.
—Puedes irte —dijo el director.
Me levanté rápido.
Si me quedaba dos segundos más iba a llorar.
Y no iba a hacerlo delante de ellos.
Jamás.
Salí al pasillo.
Respirando fuerte.
Muy fuerte.
Escuché pasos detrás.
Jaxon.
Claro.
Se puso delante de mí.
Sonrisa torcida.
Pero los ojos oscuros.
Muy oscuros.
—He oído lo del comedor.
—No quiero hablar.
—Ryder te defendió.
Ah.
Ahí estaba el problema.
—No es asunto tuyo.
Se acercó más.
Demasiado cerca.
Siempre demasiado cerca.
—Te dije algo esta mañana.
—Jaxon…
—Te dije que eras mía.
Mi estómago se tensó.
—No soy de nadie.
—Ahora todos lo saben.
—¿Qué demonios te pasa?
Sonrió.
Pero no era divertida esa sonrisa.
Era peligrosa.
—No me gusta cómo te mira.
—¿Quién?
—Mi hermano.
Silencio.
—Estás paranoico.
Su mandíbula se tensó.
—No me gusta compartir.
Retrocedí.
—No soy un objeto.
—Aún no entiendes cómo funciona esto.
Mi pecho empezó a arder.
Rabia.
Vergüenza.
Cansancio.
Todo junto.
—Déjame en paz.
Y me fui.
Rápido.
Muy rápido.
Pasillo.
Escaleras.
Otra puerta.
Escalera de emergencia.
Silencio.
Frío.
Vacío.
Me senté en un escalón.
Y ahí sí.
Lloré.
Odiaba llorar.
Muchísimo.
Pero estaba cansada.
De la escuela.
De Madison.
De Daniel ignorándome.
De Jaxon hablando como si me poseyera.
Y Ryder…
Ryder era peor.
Porque no entendía por qué me importaba cuando me defendía.
Ni por qué dolía cuando me ignoraba.
Escuché la puerta abrirse.
No miré.
No quería ver a nadie.
Pasos.
Lentos.
Después silencio.
Alguien se sentó.
Lejos.
Dos escalones abajo.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
No habló.
Ni un “¿estás bien?”
Ni nada.
Solo silencio.
Limpié mis lágrimas rápido.
—Si vienes a burlarte, largo.
Nada.
Escuché algo moverse.
Metal.
Madera.
Parpadeé.
Miré.
Ryder.
Con una guitarra.
Fruncí el ceño.
—¿Tocas?
No respondió.
Se acomodó.
Mirando al frente.
Frío.
Como siempre.
Luego empezó.
Suave.
Lento.
Una melodía triste.
Reconocí la canción enseguida.
Hallelujah.
Instrumental.
Bajito.
Como si no quisiera que nadie más la escuchara.
Se me cerró la garganta.
Porque era bonita.
Demasiado bonita.
Y triste.
Muchísimo.
Él ni me miraba.
Solo tocaba.
Mandíbula tensa.
Mirada perdida.
Como si estuviera en otro sitio.
Como si estuviera roto.
Y por alguna razón…
Eso me hizo llorar más.
Qué vergüenza.
Escuché un suspiro suyo.
Pequeño.
Molesto.
Dejó de tocar.
Se quitó la sudadera negra.
La dejó cerca de mí.
No encima.
Cerca.
Como si no quisiera invadir espacio.
—Por si tienes frío.
Frío.
Seco.
Ryder.
—No necesito—
—Ya sé.
Silencio.
Se levantó.
Guardó la guitarra.
Y caminó hacia la puerta.
—Ryder.
Se detuvo.
No giró.
—Gracias… por lo de antes.
Silencio.
—No lo hice por ti.
Mentira.
Lo sabía.
Él también.
Abrió la puerta.
Y desapareció.
Me quedé quieta.
Mirando la sudadera.
Olía a lluvia.
A madera.
A algo extrañamente seguro.
Idiota.
La agarré.
Porque sí tenía frío.
Al meter la mano en el bolsillo…
Noté algo.
Papel.
Fruncí el ceño.
Lo saqué.
Una nota doblada.
Letra horrible.
La misma del agua.
Abrí el papel.
Y mi respiración se detuvo.
“No eres puta.”
Pausa.
Otra línea.
“Eres problema.”
Y abajo.
Más pequeño.
Peor escrito.
“Mi problema.”
Se me congeló el corazón.
Y arriba…
La puerta de emergencia acababa de cerrarse.
Como si Ryder hubiera sabido exactamente cuándo iba a leerla.