El despertador de mi teléfono sonó a las seis de la mañana, pero yo ya llevaba media hora con los ojos abiertos,
mirando cómo la luz grisácea del amanecer se filtraba por las rendijas de la persiana.
Leo dormía a mi lado, con una pierna fuera del edredón y la boca ligeramente abierta,
en esa paz absoluta que solo tienen los niños y los inocentes.
Yo no tenía paz. Tenía una guerra que ganar.
Me levanté con cuidado para no despertarlo.
El suelo de madera crujió bajo mis pies descalzos, recordándome que estaba en una casa antigua,
llena de fantasmas.
Al cruzar hacia el baño, me detuve un segundo frente a la puerta del pasillo.
Al otro lado, a escasos metros, dormía Bautista.
Imaginé su respiración, su cuerpo ocupando esa cama enorme y solitaria.
Me pregunté si él también estaba despierto, mirando al techo,
pensando en la mujer que dormía al otro lado de la pared.
Sacudí la cabeza para alejar esos pensamientos.
Hoy no podía ser la amante arrepentida.
Hoy tenía que ser la Señora Gordon.
Me duché rápido y elegí mi vestuario con la precisión de un general eligiendo su armadura.
Nada de colores pastel.
Nada de vestidos vaporosos. Saqué de mi maleta un vestido de tubo azul marino,
de corte midi, con un cinturón ancho que marcaba la cintura y un escote geométrico, elegante pero severo.
Me recogí el pelo en un moño bajo impecable y me maquillé para resaltar los pómulos
y ocultar las ojeras de una noche de insomnio.
Por último, los stilettos negros. Quería ser más alta.
Quería mirar a los hombres de la Junta Directiva a los ojos.
Cuando salí al salón del apartamento, Bautista ya estaba allí.
Estaba sirviéndose un café, vestido con un traje de tres piezas color carbón que gritaba poder y dinero.
Se giró al oírme.
Sus ojos me recorrieron de arriba abajo,
deteniéndose un segundo más de lo necesario en mis piernas antes de volver a mi rostro.
—Buenos días —dijo. Su voz era áspera, mañanera.
Me provocó un escalofrío en la columna.
—Buenos días. —Acepté la taza de café que me tendió sin preguntar.
Sabía cómo me gustaba: n***o, sin azúcar.
Un detalle pequeño que demostraba que no había olvidado nada en tres años.
—Matilde vendrá en diez minutos para quedarse con Leo
—informó Bautista, mirando su reloj Rolex—.
He puesto a dos guardias de mi confianza en la puerta del ala oeste.
Nadie entra, nadie sale sin mi código de autorización.
Eliana no podrá ni acercarse.
—Gracias. —Le di un sorbo al café caliente—. ¿Cuál es el plan para hoy?
—Junta Extraordinaria a las nueve.
—Bautista se apoyó en la encimera de mármol de la pequeña cocina—.
Convoqué a los accionistas anoche, alegando emergencia corporativa tras las declaraciones de Eliana en prensa.
Ella estará allí, por supuesto, representando a la Fundación y el voto de Ignacio, o eso cree ella.
—Tengo el documento de la Regencia —le recordé, tocando el maletín de cuero que había dejado sobre el sofá.
—Sí. Pero no basta con tener el papel, Brenda. —Bautista me miró con seriedad—.
Esos hombres... los consejeros... son dinosaurios.
Amigos de mi padre. Hombres que creen que las mujeres sirven para decorar eventos benéficos y criar hijos.
Te verán como la "esposa florero" que volvió por dinero.
Si quieres que te respeten, tendrás que demostrar que tienes cerebro, no solo un apellido prestado.
Sonreí, una sonrisa afilada que aprendí negociando con proveedores italianos que intentaban estafarme.
—No te preocupes, Bautista. En estos tres años he aprendido a morder.
La salida de la mansión fue un circo romano.
El coche blindado de Bautista tuvo que abrirse paso entre una marea de fotógrafos que golpeaban los cristales, cegándonos con los flashes a pesar de los vidrios tintados.
—¡Brenda! ¡Brenda, mira aquí! —¡¿Es cierto que el niño no es de Ignacio?!
—¡Asesina! ¡Cazafortunas!
Los gritos llegaban amortiguados, pero las palabras se clavaban igual.
Miré al frente, imperturbable, mientras Bautista conducía con una mano en el volante y la otra apretando la palanca de cambios con fuerza, los nudillos blancos.
—No les escuches —gruñó.
—No lo hago. Son ruido.
El viaje hacia el distrito financiero de Puerto Madero fue silencioso.
La tensión en el habitáculo era espesa. Estábamos hombro con hombro en la trinchera.
Al llegar a la torre de cristal de Gordon Enterprises, el escenario se repitió, pero esta vez con empleados curiosos en el lobby.
Cuando entramos, el murmullo cesó de golpe.
Caminamos hacia los ascensores privados. Bautista iba medio paso por delante, abriendo camino, pero yo no me quedé atrás. Caminé a su ritmo, con la cabeza alta, ignorando las miradas de las recepcionistas que susurraban tapándose la boca.
—¿Viste eso? —oí a una—. Es ella. La desaparecida.
—Dicen que volvió con un hijo bastardo. —Qué vergüenza. El pobre Señor Ignacio muriéndose y ella paseándose así.
Entramos en el ascensor y las puertas se cerraron, aislándonos del juicio público.
Bautista soltó un suspiro y se aflojó el nudo de la corbata imperceptiblemente.
—Estás haciéndolo bien —dijo, mirando los números subir—. Ni un parpadeo.
—Estoy temblando por dentro, Bautista.
Él se giró y me miró. Estábamos solos en la caja de metal.
—No se nota. —Levantó una mano y, por un segundo, pareció que iba a tocarme la mejilla, pero la dejó caer—.
Eres buena actriz.
—No estoy actuando. Estoy sobreviviendo.
El ascensor se detuvo en la planta 40. La planta ejecutiva.
—Bienvenida al nido de víboras —anunció Bautista cuando las puertas se abrieron.
La sala de juntas era un espacio impresionante con vistas panorámicas al Río de la Plata,
dominado por una mesa ovalada de vidrio n***o. Ya estaban casi todos allí.
Ocho hombres de trajes grises, con calvas brillantes y relojes caros, charlando en voz baja.
Y en el centro, sentada en la silla que correspondía al Presidente (la silla de Ignacio), estaba Eliana.
Llevaba un traje sastre blanco, una imitación descarada del que yo había usado el día anterior,
como si intentara apropiarse de mi imagen de "pureza".
Al vernos entrar, su sonrisa se congeló.
—Bautista —saludó con una falsa cordialidad—.
Y... Brenda.
No sabía que se permitían acompañantes en las reuniones de la Junta.
¿Vienes a traernos café?
El silencio en la sala fue absoluto. Los consejeros me miraron con curiosidad morbosa y desdén.
Bautista avanzó, pero yo le puse una mano en el brazo para detenerlo.
Déjame a mí, le dije con la mirada.
Avancé hacia la mesa. No me senté.
Me quedé de pie detrás de una de las sillas vacías, apoyando las manos sobre el respaldo de cuero.
—Buenos días, caballeros —dije con voz clara y proyectada—.
Y buenos días, Eliana. Veo que estás cómoda en la silla de mi esposo.
Lástima que te quede grande.
Eliana soltó una risa nerviosa.
—Ignacio me dio poderes notariales, querida.
Yo represento sus intereses.
Tú no pintas nada aquí.
—Eso es incorrecto —intervino Bautista, sentándose en su lugar habitual como CEO—.
Brenda, por favor.
Saqué el documento de mi maletín y lo deslicé por la mesa de cristal hacia el hombre más anciano,
el Sr. Moretti, presidente del Consejo de Administración.
—Señor Moretti, si es tan amable de revisar la Cláusula 14-B de las capitulaciones matrimoniales vigentes,
ratificada por el Acta de Reincorporación firmada ayer ante notario.
Moretti, un hombre con cejas pobladas y cara de bulldog, tomó el papel. Se ajustó las gafas y leyó en silencio.
Los demás esperaban. Eliana miraba con impaciencia.
—Es... auténtico —gruñó Moretti finalmente, levantando la vista hacia mí con una nueva chispa de interés—.
La Señora Gordon ha activado la Regencia. El voto de Ignacio le pertenece a ella, no a la Fundación.
Y, por ende, no la señorita Sorel.
—¡Eso es absurdo! —chilló Eliana, poniéndose de pie—.
¡Ese papel es viejo! ¡Ignacio me ama a mí! ¡Tenemos un hijo!
—Un hijo que no figura en ningún documento oficial de la empresa todavía —recordé con frialdad—.
Siéntate, Eliana. O vete. Pero esa silla es mía.
Moretti hizo un gesto a Eliana.
—Señorita Sorel, legalmente... la Señora Gordon tiene razón.
Le ruego que ceda el asiento y ocupe el lugar de invitada observadora por la Fundación.
Eliana se puso roja de furia.
Miró a los hombres alrededor, buscando apoyo, pero en el mundo corporativo,
el papel manda. Agarró su bolso y se movió a una silla lateral,
lanzándome una mirada que prometía venganza sangrienta.
Me senté en la cabecera. La silla de cuero crujió. Miré a los hombres.
—Bien. Empecemos.
He revisado el orden del día. Punto uno: La venta de la filial de diseño y hotelería Gordon Living al grupo inversor chino.
Bautista se tensó. Ese era el punto crítico. Eliana quería vender esa división para hacer caja rápida.
—Es una venta necesaria —intervino un consejero calvo, el Sr. Ferrari, aliado de Eliana—.
Gordon Living da pérdidas. Los hoteles boutique en Europa no están rindiendo. La oferta china es generosa.
—Es una venta estúpida —dije.
Todos me miraron, sorprendidos por mi lenguaje directo. —Perdone, señora Gordon —dijo Ferrari con condescendencia—, pero con todo respeto, usted ha estado... ausente. Y su experiencia previa era organizar cócteles. No creo que entienda de márgenes de beneficio.
Bautista abrió la boca para defenderme, pero yo levanté una mano. —Entiendo de márgenes, señor Ferrari. Pero sobre todo, entiendo de valor de marca. He pasado los últimos tres años en Europa trabajando en el sector del diseño de interiores de lujo. Conozco el mercado. Sé lo que buscan los clientes de alto nivel.
Me levanté y caminé hacia la pantalla de proyección. Conecté mi propia tablet. —Los hoteles de Gordon Living no fallan por la ubicación ni por el servicio. Fallan por la identidad. —Proyecté unas imágenes de los hoteles actuales: decoraciones recargadas, anticuadas, pesadas—. Esto es lo que estamos vendiendo. Estética de los años 90. Pesado. Oscuro. Viejo.
Cambié la diapositiva. Mostré renders y fotos de mis propios proyectos en Madrid y bocetos rápidos que había hecho la noche anterior en el avión. Espacios luminosos, minimalistas, materiales nobles, lujo silencioso. —Esto es lo que el mercado paga hoy a precio de oro. El "Lujo Silencioso". Si vendemos ahora, nos darán centavos por dólar. Pero si hacemos un rebranding, si renovamos la imagen y enfocamos la experiencia al nuevo cliente millonario joven... —mostré un gráfico de proyección financiera—... el valor de la filial se triplicará en dieciocho meses.
La sala quedó en silencio. Los viejos miraban los gráficos. —¿Y quién dirigiría esa renovación?
—preguntó Moretti, escéptico pero intrigado. —Contratar a una agencia externa costaría millones.
—Yo lo haré —dije firmemente—.
Asumo la dirección creativa de Gordon Living como parte de mis funciones de Regente.
Sin sueldo extra. Solo pido seis meses.
Si en seis meses no hemos subido la ocupación y el valor de la acción, vendemos.
Eliana soltó una carcajada desde su esquina.
—¡Por favor! ¡Ahora resulta que la decoradora aficionada es una genia de los negocios!
Solo quiere jugar a las casitas con el dinero de la empresa para justificar su estancia aquí.
—Es una propuesta sólida —dijo Bautista, su voz resonando con autoridad—.
He visto los números de Brenda. Son conservadores.
El potencial es real. Y nos evita descapitalizarnos ahora.
Moretti tamborileó los dedos sobre la mesa. Miró a Eliana, luego a Bautista, y finalmente a mí.
—Sometamoslo a votación. Venta inmediata o Plan de Renovación a seis meses bajo la supervisión de la Señora Gordon.
La votación fue tensa.
Bautista: Renovación. Yo (Voto de Ignacio): Renovación. Ferrari y otro aliado de Eliana: Venta. Quedaban cuatro votos.
Moretti levantó la mano. —Renovación. Demos una oportunidad a la sangre nueva.
Los otros tres siguieron a Moretti. Ganamos. 6 a 2.
Eliana se levantó, temblando de rabia.
—Esto es un error. ¡Estáis dejando la empresa en manos de una aventurera!
—La reunión ha terminado, Eliana —dijo Bautista, cerrando su carpeta.
Cuando los consejeros empezaron a salir, Moretti se detuvo a mi lado.
Me miró con ojos astutos. —Tiene agallas, muchacha. Y buen ojo.
Esos diseños... tienen clase. Pero tenga cuidado.
Ha ganado una batalla, pero Eliana no juega limpio. Y...
—bajó la voz, mirando hacia la puerta por donde había salido Bautista—... la gente habla.
Ese niño que trajo...
Me tensé. —¿Qué pasa con mi hijo?
—Tiene los ojos de un Gordon, sin duda. Pero no los de Ignacio.
—Moretti me dio una palmadita en el hombro—. Proteja su flanco, señora Gordon.
Porque aquí, las dudas matan más rápido que las balas.
Se fue, dejándome con un nudo en el estómago.
Habíamos ganado la primera victoria corporativa.
Me había ganado mi puesto. Pero Moretti lo había visto.
Había visto el parecido. Y si Moretti lo veía, otros también lo harían.
Bautista se acercó a mí. Estaba sonriendo, una sonrisa de orgullo genuino.
—Has estado brillante. Los has dejado mudos.
—Moretti sospecha —susurré, sin devolverle la sonrisa—.
Me lo acaba de decir. Dijo que Leo no tiene los ojos de Ignacio.
La sonrisa de Bautista se desvaneció. Miró hacia la puerta cerrada.
—Entonces tenemos que acelerar el plan.
Necesitamos el testamento nuevo antes de que alguien pida una prueba de ADN pública.
En ese momento, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Matilde.
Solo decía: Vengan rápido. La policía está aquí.
El corazón se me detuvo.
—¿Qué pasa? —preguntó Bautista, viendo mi cara.
—Es Matilde. La policía está en la mansión.
Bautista maldijo y corrió hacia el ascensor.
Yo le seguí, corriendo con mis tacones,
sintiendo que la pequeña victoria de hacía un minuto se disolvía como humo.
Eliana no se había quedado quieta.
Mientras nos entretenía en la Junta, había movido otra ficha en el tablero.
Y esta vez, la ficha apuntaba directamente a Leo.