El trayecto de regreso a la mansión fue una borrosidad de semáforos en rojo ignorados y maniobras agresivas. Bautista conducía como si el diablo nos persiguiera, con una mano en el volante y la otra pegada al teléfono, ladrando órdenes a su equipo legal. —Quiero a los abogados penalistas en la casa ya. No me importa que estén en un almuerzo. ¡Muévanse! —colgó y tiró el teléfono al asiento trasero. —¿Qué crees que ha hecho? —pregunté, agarrada al asa de la puerta, sintiendo que el desayuno se me revolvía en el estómago. —Ha cruzado la línea —dijo Bautista, con la mandíbula tan tensa que temí que se le rompiera un diente—. Ha llamado a la policía alegando peligro para un menor o suplantación de identidad. Es una jugada sucia para obligarte a mostrar papeles que quizás no t

