El trayecto de regreso a la mansión fue una borrosidad de semáforos en rojo ignorados y maniobras agresivas.
Bautista conducía como si el diablo nos persiguiera,
con una mano en el volante y la otra pegada al teléfono,
ladrando órdenes a su equipo legal.
—Quiero a los abogados penalistas en la casa ya.
No me importa que estén en un almuerzo.
¡Muévanse! —colgó y tiró el teléfono al asiento trasero.
—¿Qué crees que ha hecho?
—pregunté, agarrada al asa de la puerta,
sintiendo que el desayuno se me revolvía en el estómago.
—Ha cruzado la línea —dijo Bautista, con la mandíbula tan tensa que temí que se le rompiera un diente—.
Ha llamado a la policía alegando peligro para un menor o suplantación de identidad.
Es una jugada sucia para obligarte a mostrar papeles que quizás no tengas legalizados aquí,
o para que Servicios Sociales se lleve a Leo preventivamente mientras investigan.
Sentí que la sangre se me helaba.
—Servicios Sociales no se lo va a llevar.
Es mi hijo.
—En este país, con el apellido Gordon de por medio y una denuncia de "duda de identidad"
en medio de una sucesión millonaria... todo es posible, Brenda.
Prepárate. No llores. No supliques. Muestra los dientes.
Llegamos. La escena era dantesca.
Dos patrullas de policía con las luces azules girando estaban aparcadas justo en la entrada,
bloqueando el paso a los periodistas, que se habían multiplicado como hienas oliendo sangre.
Bautista frenó el SUV detrás de las patrullas.
Antes de que terminara de apagar el motor, yo ya estaba fuera, corriendo hacia la puerta principal bajo la llovizna.
—¡Señora! ¡Señora, una declaración!
—gritaban los reporteros.
Los ignoré. Subí las escaleras de dos en dos.
La puerta estaba abierta.
En el vestíbulo, el caos reinaba.
Matilde estaba arrinconada contra la escalera, sosteniendo a Leo en brazos.
El niño lloraba a gritos, escondiendo la cara en el cuello de la ama de llaves.
Frente a ellos, dos oficiales de policía uniformados intentaban dialogar, mientras Eliana,
de pie junto a una columna de mármol, fingía una preocupación teatral con un pañuelo en la mano.
—Solo queremos verificar el bienestar del menor, señora —decía uno de los oficiales a Matilde—.
Si la madre no está presente y no hay documentación...
—¡La madre está aquí! —grité, irrumpiendo en el vestíbulo como una furia.
Los policías se giraron.
Eliana me miró con una mezcla de triunfo y desdén.
Corrí hacia Matilde y le arranqué a Leo de los brazos,
abrazándolo con tanta fuerza que casi le corto la respiración.
—Shh, mi amor, mamá está aquí. Ya pasó. Nadie te va a tocar.
Leo se aferró a mi cuello, temblando.
—Mami, los hombres azules querían llevarme...
Me giré hacia los oficiales, con Leo en mi cadera.
Sentí a Bautista entrar detrás de mí,
su presencia llenando el espacio con una autoridad oscura y pesada.
—¿Se puede saber qué demonios pasa en mi casa? —tronó Bautista.
El oficial más joven, intimidado, dio un paso atrás.
El otro, un sargento con bigote canoso, se aclaró la garganta.
—Señor Gordon.
Hemos recibido una denuncia anónima sobre la presencia de un menor indocumentado en esta propiedad,
posiblemente víctima de tráfico o suplantación, traído al país ilegalmente para fines de extorsión hereditaria.
—¿Tráfico? —Mi voz salió estrangulada por la incredulidad—.
¡Es mi hijo!
—Eso dice ella —intervino Eliana con voz suave y venenosa—.
Pero oficiales, piénsenlo. Desapareció tres años.
Vuelve con un niño que casualmente tiene la edad perfecta para ser un heredero, pero no hay registros de nacimiento en Argentina, nadie lo ha visto nunca...
Como ciudadana preocupada y futura madrastra de esta familia,
es mi deber proteger el legado de Ignacio de posibles fraudes.
¿Y si ese niño es robado?
Bautista avanzó hacia Eliana, pero el sargento se interpuso,
poniendo una mano en su arma reglamentaria.
—Señor, mantenga la distancia.
Bautista se detuvo, fulminando a Eliana con la mirada.
—Esa denuncia es falsa. Y usted lo sabe, sargento.
—Necesitamos ver la documentación del menor,
señora —dijo el oficial, dirigiéndose a mí—.
Partida de nacimiento, pasaporte, entrada al país.
Si no puede acreditar el vínculo ahora mismo,
tendremos que poner al niño bajo custodia de protección hasta que se aclare la situación.
El mundo se detuvo. Custodia de protección. Un orfanato.
Sin mí. Eliana sonrió levemente.
Esa era su jugada.
Separarnos.
Romperme.
Si me quitaban a Leo, yo firmaría cualquier cosa,
renunciaría a cualquier herencia, con tal de recuperarlo.
—Tengo los papeles —dije, tratando de que mi voz no temblara.
—¿Dónde? —preguntó el policía.
—Arriba. En mi maleta.
—Acompáñela, Pérez —ordenó el sargento al oficial joven.
—¡Nadie sube a mi planta! —bramó Bautista—. ¡Esto es propiedad privada!
—Tengo los papeles aquí —dije rápidamente,
recordando que había guardado una copia compulsada en mi bolso de mano que dejé en la entrada al llegar—.
No hace falta subir.
Matilde, rápida como siempre, me alcanzó el bolso que había quedado sobre la consola.
Con manos temblorosas, saqué la carpeta de viaje.
Extraje el pasaporte español de Leo y su partida de nacimiento internacional.
—Aquí tiene —se los estampé en el pecho al sargento—.
Leonardo Gordon. Nacido en Madrid, España.
Madre: Brenda Gordon.
El sargento abrió el pasaporte.
Revisó la foto. Miró a Leo. —Apellido Gordon... —murmuró, frunciendo el ceño—.
Pero aquí no figura el padre. El campo del padre está en blanco.
Eliana soltó una risita. —Ahí lo tienen.
Sin padre reconocido.
¿Cómo puede ser un heredero de Ignacio si ni siquiera lleva su apellido por reconocimiento paterno?
Es solo el hijo de Brenda. Un bastardo cualquiera.
El sargento me miró, esperando una explicación. —Oficial —intervino Bautista, con una calma gélida—.
Mi hermano, Ignacio Gordon, estaba en tratamiento de fertilidad y gravemente enfermo cuando su esposa quedó embarazada.
Ella viajó a Europa por seguridad médica y personal.
El registro paterno quedó pendiente por la distancia y la burocracia, pero se está tramitando la filiación post-mortem o mediante juicio de reconocimiento ahora mismo.
—Eso es una historia muy conveniente —dijo Eliana.
—Sargento —Bautista se acercó al policía, bajando la voz, hablando de hombre a hombre—.
Usted conoce a mi familia.
Conoce mi apellido. ¿De verdad quiere ser el hombre que arrastró al sobrino de Bautista Gordon a un centro de menores basándose en los chismes de una amante despechada?
Mis abogados están llegando. Si tocan a ese niño,
le aseguro que su carrera terminará patrullando pingüinos en la Antártida.
El sargento miró los papeles legales otra vez. Eran válidos
. El niño era hijo de la mujer presente.
No había secuestro. Cerró el pasaporte y me lo devolvió.
—Los papeles de identidad y maternidad están en regla —anunció, ignorando la protesta ahogada de Eliana—.
No hay causa para retirar al menor. Es un asunto civil de herencia, no penal.
Se giró hacia Eliana.
—Señora, la próxima vez que llame al 911, asegúrese de que hay un delito real.
Las denuncias falsas sí son penables.
—¡Pero no tiene padre! —chilló Eliana, perdiendo la compostura—.
¡Ese niño es un fraude!
—Eso discútanlo con sus abogados. Vámonos, Pérez.
Los policías se dieron media vuelta y salieron.
El silencio que dejaron tras de sí era más pesado que el plomo.
Matilde se llevó a Leo, que seguía sollozando, hacia la cocina para darle un chocolate caliente y calmarlo.
Nos quedamos los tres en el vestíbulo. El triángulo del odio.
Bautista caminó lentamente hacia Eliana.
Ella retrocedió hasta chocar contra la columna de mármol. —Has asustado a mi hijo —dijo Bautista.
No gritó. Su voz era un susurro mortal.
—No es tu hijo —respondió ella, aunque su voz temblaba.
Bautista apoyó una mano en la columna, junto a la cabeza de Eliana, invadiendo su espacio.
—Vuelve a hacer algo así... vuelve a traer a la policía a mi casa... y te juro que publicaré las fotos.
Eliana se quedó blanca. —¿Qué fotos?
—Tú sabes cuáles.
Las de tus "viajes de negocios" a Mónaco.
Esos donde el inversor no era precisamente un banco. —Bautista sonrió, y fue aterrador—.
Tengo el dossier de seguridad, Eliana.
Sé con quién te acostabas mientras mi hermano empezaba a usar silla de ruedas.
Si quieres jugar sucio, juguemos.
Pero ten en cuenta que yo no tengo nada que perder.
Tú tienes una reputación social que mantener.
Eliana tragó saliva. Lo empujó y salió corriendo escaleras arriba, hacia su refugio en el tercer piso.
Bautista se quedó allí, respirando agitadamente.
Se pasó las manos por el pelo, despeinándose por primera vez en el día. Me acerqué a él.
Le toqué el brazo. Sus músculos estaban duros como rocas bajo la tela del traje.
—Gracias —le dije.
Él se giró y me envolvió en un abrazo repentino, feroz. Me apretó contra su pecho, hundiendo su cara en mi cuello.
—Casi se lo llevan —murmuró contra mi piel—. Por un segundo pensé que se lo llevaban.
—Yo también —admití, cerrando los ojos y permitiéndome sentir su calor, su olor a protección—.
Pero lo paraste.
Nos quedamos así un momento, abrazados en el vestíbulo de la casa que intentaba destruirnos,
encontrando refugio el uno en el otro. Sentí su corazón latir contra el mío, rápido y fuerte.
Luego, se separó suavemente, recuperando su máscara de control.
—Esto no ha terminado —dijo, mirando hacia la puerta por donde había salido la policía—.
Eliana ha fallado con la policía, pero no se rendirá. Va a buscar otra forma de desacreditarte.
—¿Qué más puede hacer?
—Puede buscar la verdad —dijo Bautista, sombrío—.
Puede buscar al padre biológico. Si encuentra pruebas de que yo estuve contigo... o de que no fue Ignacio...
lo usará para anular la cláusula de moralidad del testamento y echarnos a los dos.
Mientras tanto, en el exterior de la mansión, bajo la lluvia que empezaba a amainar...
Un coche sedán gris, sin distintivos, estaba aparcado a una distancia prudente de la aglomeración de periodistas.
Dentro, un hombre de unos cincuenta años, con aspecto de haber vivido tres vidas y
haber perdido en todas, observaba la escena a través de unos prismáticos.
Tenía una cámara fotográfica con teleobjetivo en el asiento del copiloto y una grabadora de voz encendida.
Su teléfono sonó. Contestó sin dejar de mirar la entrada de los Gordon.
—Dígame.
La voz de Eliana al otro lado sonaba histérica, chillona.
—Garrido, el plan de la policía falló. Esos inútiles no se atrevieron a llevárselo.
—Se lo advertí, señorita. Los Gordon tienen influencias. La vía directa no funciona.
—Quiero que caves más hondo. Quiero saber qué pasó en Madrid. Quiero saber con quién se acostaba esa zorra.
Quiero nombres, fechas, recibos de hotel. ¡Quiero saber quién es el padre de ese bastardo!
Garrido sonrió, mostrando unos dientes manchados de nicotina.
—Todo el mundo deja un rastro, señorita Sorel. Si ese niño nació en Madrid, habrá registros médicos.
Y si la señora tuvo un amante... lo encontraré.
—No me importa cuánto cueste. Destruyela. Encuentra la suciedad y tráemela.
—Considérelo hecho. Pero mi tarifa acaba de subir por peligrosidad.
El señor Bautista no es un hombre con el que uno quiera enemistarse.
—Te pagaré el doble. Solo tráeme la cabeza de Brenda en una bandeja de plata.
Colgó. Garrido bajó los prismáticos y miró la foto que había tomado esa mañana, cuando el coche salía.
Había logrado captar una imagen borrosa a través de la ventanilla.
Se veía a Brenda, y al fondo, en la sillita, el perfil del niño.
Luego miró otra foto que tenía pegada en el salpicadero: una foto vieja de Bautista Gordon de joven.
Garrido entornó los ojos, comparando los perfiles.
—Vaya, vaya... —murmuró para sí mismo, encendiendo un cigarrillo—.
Parece que no voy a tener que buscar al padre muy lejos.
El secreto está dentro de la casa.
Arrancó el motor y se alejó despacio, como un tiburón que acaba de oler sangre en el agua y
sabe esperar su momento para atacar.
Esa noche, después de acostar a Leo (que durmió agarrado a mi mano, negándose a soltarme),
salí al pasillo del ala oeste.
Bautista estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared,
justo entre nuestras dos puertas. Tenía los ojos cerrados.
Me senté a su lado, hombro con hombro, en silencio.
No nos tocamos, pero compartimos la carga.
—Garrido —dijo Bautista de repente, rompiendo el silencio.
—¿Quién?
—Vi un coche gris fuera. Matrícula vieja. Es Garrido.
Un investigador privado sucio que solía trabajar para la competencia. Eliana debe haberlo contratado.
—¿Qué va a hacer?
—Va a ir a Madrid. O va a rebuscar en mi pasado. —Bautista giró la cabeza y me miró.
Sus ojos estaban cansados pero intensos—. Si descubre que estuvimos juntos esa noche... si encuentra alguna prueba...
—No hay pruebas —dije—. Quemaste la nota. No hubo testigos.
—Hay un testigo —dijo Bautista, señalando con la cabeza la puerta de la habitación donde dormía Leo—.
Él es la prueba viviente. Su ADN es mi ADN.
—Escondimos el resultado de la prueba de hoy, ¿verdad?
—Está en una caja fuerte en Suiza. Nadie puede acceder. Pero Garrido no necesita ADN.
Solo necesita sembrar la duda razonable de incesto o adulterio para que un juez anule tu tutela.
Apoyé mi cabeza en su hombro. No pude evitarlo.
Estaba agotada. —Estamos caminando sobre el filo de una navaja, Bautista.
Él apoyó su mejilla sobre mi cabeza. —Sí. Pero mientras estemos juntos en el filo, no nos caeremos.
Me quedé allí, respirando su aroma, sintiendo una paz peligrosa. Sabía que el investigador estaba ahí fuera.
Sabía que Eliana planeaba nuestro fin.
Pero en ese pasillo oscuro, con el hombre prohibido a mi lado, me sentí extrañamente invencible.
—Mañana empezamos la renovación de los hoteles —dije,
cambiando de tema para no pensar en el miedo.
—Mañana conquistamos el mundo —respondió él.
Y así, hombro con hombro, nos preparamos para el asedio que vendría.
Porque la guerra civil de los Gordon acababa de dejar de ser una batalla legal para convertirse en una cacería personal.