La huella en el sistema

1901 Words
La noche cayó sobre Buenos Aires, pero la lluvia, que había sido nuestra banda sonora desde mi regreso, finalmente dio una tregua. Sin embargo, el silencio que dejó tras de sí en la mansión se sentía más pesado que los truenos. Después de la euforia en la oficina y la adrenalina del "casi secuestro" de la policía, el agotamiento me golpeó de repente. Estaba en la habitación de invitados del ala oeste, sentada en el borde de la cama, viendo a Leo dormir. Se había negado a soltar mi mano hasta caer rendido, murmurando cosas sobre "hombres azules malos". La puerta se abrió suavemente. Bautista entró. Ya no llevaba el traje de CEO. Vestía un pantalón de chándal gris y una camiseta blanca de algodón que se ajustaba a su torso, dándole un aspecto peligrosamente doméstico. —¿Cómo está? —susurró, apoyándose en el marco de la puerta. —Inquieto. Ha tenido pesadillas. —Le acaricié el pelo sudoroso a Leo—. Es demasiado para él, Bautista. La prensa, los gritos, Eliana... Bautista entró en la habitación y se sentó a mi lado en la cama. El colchón se hundió bajo su peso. —Lo sé. Hoy hemos ganado una batalla en la oficina y hemos parado el golpe de la policía, pero el ambiente es tóxico. —Quizás debería enviarlo a un internado en Suiza. O con mi tía en Córdoba. —La idea me dolía físicamente, pero el miedo me hacía considerar locuras. —No —dijo Bautista con firmeza—. Si lo sacas de aquí ahora, Eliana dirá que lo estás escondiendo. Dirá que es la prueba de que es falso. Además... —hizo una pausa y miró al niño con una intensidad que me encogió el corazón—... no quiero que se vaya. Acabo de recuperarlo. No me lo quites otra vez. Sus palabras quedaron flotando en el aire. Acabo de recuperarlo. Bautista estiró la mano y, con un dedo grande y calloso, acarició la mejilla de Leo. El niño suspiró en sueños y se giró hacia el calor de su padre biológico, buscando instintivamente su contacto. Se me llenaron los ojos de lágrimas. —Se parece tanto a ti que asusta —susurré. —Y tiene tu boca. Y tu terquedad. —Bautista levantó la vista y me miró. Sus ojos oscuros brillaron en la penumbra—. Hoy, en la oficina... verte mandar, verte trabajar... me recordaste por qué me volví loco por ti esa noche. No fue solo el alcohol, Brenda. Fue que, por primera vez, vi el fuego que tenías escondido. —Ese fuego casi nos quema. —Que nos queme —murmuró él, inclinándose hacia mí. Nuestros rostros quedaron a centímetros. Podía sentir su respiración cálida. Mi cuerpo, traidor, se inclinó hacia él. Quería cerrar esa distancia. Quería olvidar a Eliana, a Ignacio y al mundo entero en sus brazos. Pero entonces, el teléfono de Bautista vibró en su bolsillo, rompiendo el hechizo con un zumbido grosero. Él gruñó, frustrado, y se apartó. Sacó el móvil y miró la pantalla. Su expresión se endureció al instante. —¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo el cambio de temperatura en la habitación. —Es el jefe de seguridad de la torre. Dice que ha detectado un acceso inusual a los archivos antiguos. Alguien está buscando registros de hace tres años. —¿Eliana? —O su perro de presa, Garrido. —Bautista se levantó, la ternura desaparecida, reemplazada por el instinto de combate—. Quédate con Leo. Cierra la puerta. Voy a ver qué han encontrado. Mientras tanto, en una habitación de hotel barato en el centro de Buenos Aires... Garrido, el investigador privado, estaba sentado frente a su portátil, rodeado de cajas de pizza vacías y humo de cigarrillo. Tenía los ojos rojos por el cansancio, pero una sonrisa de triunfo curvaba sus labios amarillentos. Había vuelto de Madrid con las manos vacías respecto al "amante", pero con un dato crucial del hospital: "Concepción natural. Fecha estimada: 28-30 de Noviembre". Garrido miró el calendario en su pantalla. 28 de Noviembre de hace tres años. La noche de la Gran Tormenta. Abrió el archivo que acababa de descargar ilegalmente. No era un registro médico de Ignacio (eso estaba demasiado protegido), sino algo más simple y accesible para un hacker de medio pelo: El registro de actividad del sistema de seguridad "Smart House" de la Mansión Gordon. El sistema registraba el movimiento de las tarjetas de acceso y los sensores de presencia en cada habitación. Garrido cruzó los datos con la historia oficial que Eliana le había contado esa mañana por teléfono 21:00 hrs: La tarjeta de Ignacio Gordon y Eliana Sorel se registra en el Estudio Principal. 21:30 hrs: Sensores de movimiento en el Estudio. (La discusión donde Ignacio echa a Brenda). 22:00 hrs: La tarjeta de Eliana Sorel accede a la Suite Principal (donde se instaló tras echar a Brenda). 22:15 hrs: Ignacio Gordon ingresa a la Suite Principal. Dato Clave 1: Desde las 22:15 hasta las 08:00 de la mañana siguiente, los sensores confirman que Ignacio y Eliana estuvieron juntos en la misma habitación toda la noche. Garrido soltó una carcajada ronca. —Así que el "cornudo" estuvo ocupado con la amante toda la noche. Imposible que se escapara para hacerle un hijo de despedida a la esposa. Pero entonces, Garrido buscó el rastro de Brenda. 21:45 hrs: Brenda Gordon sale del Estudio corriendo (Sensores de pasillo activados a alta velocidad). 22:00 hrs: Brenda Gordon no va a la habitación de servicio como le ordenaron. 22:10 hrs: La tarjeta de Brenda Gordon accede al Ala Oeste. (Territorio de Bautista). 22:15 hrs: La tarjeta de Bautista Gordon ingresa al Ala Oeste (llegando del trabajo). Garrido se inclinó hacia la pantalla, saboreando el momento. Dato Clave 2: Desde las 22:15 hasta las 06:30 de la mañana, no hay salida de ninguna de las dos tarjetas del Ala Oeste. Dato Clave 3: Los sensores de temperatura del dormitorio principal del Ala Oeste registraron ocupación doble durante toda la noche. Garrido apagó el cigarrillo en una lata de refresco. Ahí estaba. La prueba no era médica. Era logística. Esa noche, mientras Ignacio dormía con su amante, su esposa estaba encerrada en el apartamento de su cuñado. Nueve meses después, nació un niño. No hacía falta ser un genio. Hacía falta ser un oportunista. Marcó el número de Eliana. Eran las dos de la mañana, pero sabía que ella contestaría. —¿Lo tienes? —preguntó ella al primer tono, ansiosa. —Tengo algo mejor que un nombre, señorita Sorel —dijo Garrido con voz rasposa—. Tengo el mapa del tesoro. O mejor dicho, el mapa de la cama. —Habla claro, imbécil. —La noche que usted llegó a la mansión... la noche que echaron a la señora Brenda... ella no se fue a llorar a un rincón. Se metió en la cueva del lobo. Tengo los registros de seguridad. Brenda pasó toda la noche, desde las diez hasta el amanecer, encerrada en el apartamento privado de Bautista. Se hizo un silencio sepulcral al otro lado de la línea. Luego, una respiración agitada. —¿Estuvieron... juntos? —preguntó Eliana, y su voz destilaba incredulidad y una furia nueva. —Encerrados a cal y canto durante ocho horas en medio de una tormenta. Y nueve meses después nace un bebé que se parece sospechosamente al tío. Haga usted las cuentas. Es incesto, señorita. Adulterio con el hermano. Si presentamos esto ante el juez que lleva la sucesión... la cláusula de moralidad del testamento estalla en mil pedazos. Brenda pierde la tutela, pierde la herencia y Bautista pierde la empresa por conducta inmoral. —¡Es perfecto! —exclamó Eliana, y casi pude ver su sonrisa diabólica a través del teléfono—. ¡Es absolutamente perfecto! Mañana... mañana los destruiré en el desayuno. —Prepare el cheque, señorita. Mi silencio es caro, pero mi información vale oro. Bautista volvió a la habitación veinte minutos después. Estaba pálido. Me levanté de la cama al verlo. —¿Qué ha pasado? —Alguien entró en el servidor local de la casa. Un acceso remoto. —¿Qué buscaban? —Los registros de la noche del 28 de noviembre de hace tres años. Me llevé una mano a la boca. —La noche que te fuiste —dijo Bautista, mirándome con gravedad—. La noche que estuvimos aquí. —¿Esos registros existen? Pensé que se borraban. —El sistema de seguridad guarda un backup de cinco años por protocolo de seguros. —Bautista se pasó una mano por la cara—. Si Garrido tiene esos registros... sabe que pasaste la noche conmigo. Sabe que Ignacio estaba con Eliana en la otra punta de la casa. —Sabe que Leo es tuyo —concluí, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies. Bautista asintió. Se acercó y me tomó por los hombros. —Mañana va a atacar. No sé cómo, pero lo hará. Si saca esto a la luz, el escándalo será nuclear. —¿Qué hacemos? —pregunté, sintiendo el pánico subir—. ¿Huimos? —No —dijo Bautista, y sus ojos se oscurecieron con una determinación feroz—. Ya no huimos. Si Eliana quiere sacar la verdad a la luz... entonces le daremos la verdad. Pero la daremos a nuestra manera. —¿De qué hablas? —Si ella revela que estuvimos juntos, la acusaremos de espionaje ilegal. Pero hay algo más... —Bautista miró hacia la puerta, hacia el resto de la casa donde su hermano yacía moribundo—. Si Ignacio muere antes de que ella hable, el testamento actual sigue vigente. Pero si logramos que Ignacio firme el nuevo testamento antes de que ella abra la boca... lo que hayamos hecho en el pasado dará igual, porque su última voluntad prevalecerá. —Pero Ignacio está en coma —recordé. —Roberto me llamó mientras revisaba los logs. —Bautista me miró fijamente—. Ignacio ha tenido actividad cerebral leve hace una hora. Los médicos dicen que podría tener una "ventana de lucidez" final. Es un fenómeno común antes del final. —¿Cuándo? —Pronto. Tal vez mañana. Tal vez esta noche. —Bautista me apretó los hombros—. Tenemos que estar listos. Si Ignacio despierta, tenemos que entrar ahí antes que Eliana. Es una carrera contra el tiempo, Brenda. Si llegamos primero, ganamos la herencia y salvamos a Leo. Si llega ella con los registros de seguridad... Ignacio nos deshereda a todos y quema la casa con nosotros dentro. Miré a Leo durmiendo. Luego miré a Bautista. Estábamos en el ojo del huracán. —No dormiré —dije—. Haré guardia en la puerta. —Haremos guardia juntos —corrigió él. Bautista se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la puerta cerrada, bloqueando la entrada física y simbólicamente. Yo me senté a su lado. Él tomó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos. —Pase lo que pase mañana —susurró en la oscuridad—, que sepas que esa noche, hace tres años... fue la mejor noche de mi vida. Apreté su mano, con el corazón en un puño. —La mía también. Y así esperamos el amanecer, sabiendo que el sol traería consigo el juicio final.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD