El amanecer llegó sucio y gris, como si el sol tuviera miedo de iluminar lo que iba a suceder en la Mansión Gordon. La lluvia había cesado por fin, dejando un silencio antinatural en el exterior, roto solo por el goteo ocasional de los canalones y el crujido de las ramas rotas en el jardín.
Dentro del ala oeste, el aire estaba viciado por el encierro y la ansiedad.
Me desperté con el cuerpo entumecido. Había dormido —si es que a ese estado de alerta intermitente se le podía llamar dormir— en el suelo, con la cabeza apoyada en el hombro de Bautista.
Él seguía despierto, con la mirada fija en la pared de enfrente, como un centinela que ha visto demasiadas guerras.
—Ya es de día —susurró. Su voz sonaba a lija.
Me incorporé, estirando los músculos doloridos. Miré hacia la cama. Leo seguía durmiendo, ajeno a que su existencia estaba a punto de convertirse en la prueba del delito en un tribunal familiar. —¿Crees que lo hará? —pregunté, frotándome la cara—.
¿Crees que Eliana se atreverá a usar los registros hoy?
Bautista se levantó y me ofreció una mano para ayudarme.
Su agarre fue fuerte, pero noté el temblor imperceptible de la adrenalina contenida. —Eliana es un animal acorralado, Brenda.
Ayer le quitamos el control de la empresa y paramos a la policía.
Sabe que su tiempo se acaba. Si tiene esa información... la usará antes de que sirvan el café.
—Entonces, bajemos antes de que ella suba —dije, sintiendo cómo mi "yo" guerrera tomaba el control sobre mi "yo" asustada—.
No vamos a esperar el golpe. Vamos a recibirlo de pie.
Nos preparamos en silencio. Fue una danza íntima y triste.
Nos turnamos en el baño, nos vestimos con ropa "de batalla" (yo volví a mi traje sastre, él a su armadura de ejecutivo), pero había una pesadez en nuestros movimientos.
Era la pesadez de las despedidas anticipadas.
Si Eliana exponía la verdad, si Ignacio despertaba y nos repudiaba... hoy podría ser nuestro último día en esta casa.
Dejamos a Leo con Matilde en la cocina.
La mujer nos miró con preocupación, viendo las ojeras marcadas y la tensión en nuestras mandíbulas, pero no hizo preguntas.
Solo nos dio un termo de café fuerte y prometió que cerraría la puerta de servicio con llave.
Caminamos hacia el comedor principal. El sonido de nuestros pasos resonaba en el vestíbulo vacío.
Al llegar a las puertas dobles, Bautista se detuvo un segundo.
Me miró y me acomodó un mechón de pelo suelto detrás de la oreja.
—Pase lo que pase ahí dentro... no niegues nada. La mentira ya no nos protege.
Solo la verdad puede, quizás, salvarnos.
—Estoy lista.
Bautista empujó las puertas.
Eliana ya estaba allí. Esta vez no había gritos, ni vajilla rota, ni guardias de seguridad.
Estaba sentada sola en la cabecera de la mesa, la misma silla que yo le había disputado el día anterior. Llevaba una bata de seda negra, fúnebre y elegante.
Frente a ella, no había desayuno. Solo había una carpeta de color manila, cerrada.
Al vernos entrar, sonrió. No fue la sonrisa histérica de ayer.
Fue una sonrisa tranquila, lenta, la sonrisa del gato que finalmente ha atrapado al ratón y no tiene prisa por matarlo.
—Buenos días, familia —dijo suavemente.
Nos sentamos frente a ella. Bautista no se molestó en saludar. Clavó sus ojos en la carpeta. —Veo que has estado ocupada anoche, Eliana.
—Oh, no fui yo. Tengo gente competente trabajando para mí.
Gente que sabe buscar donde otros olvidan mirar.
—Tamborileó sus dedos manicurados sobre la carpeta—.
¿Café? ¿O preferís un trago fuerte? Lo vais a necesitar.
—Ve al grano —dije, cruzando los brazos sobre el pecho.
Eliana abrió la carpeta con teatralidad. Sacó unas hojas impresas con gráficos y líneas de tiempo. Las hizo girar sobre la mesa pulida para que quedaran frente a nosotros. Eran los registros del sistema "Smart House".
Las barras de tiempo estaban resaltadas en amarillo fluorescente.
28 de Noviembre. 22:00 hrs - 06:30 hrs. Ubicación: Ala Oeste. Dormitorio Principal. Ocupantes: Bautista Gordon / Brenda Gordon.
Al lado, otro gráfico mostraba la ubicación de Ignacio esa misma noche: Suite Principal (con Eliana Sorel).
Eliana se reclinó en su silla, disfrutando del efecto. —Las matemáticas son una ciencia maravillosa, ¿verdad? —dijo con voz melodiosa—. Dos más dos son cuatro. Y nueve meses después de una noche de encierro tormentoso en el apartamento del cuñado... nace un bebé con los ojos del cuñado.
Nadie habló. El papel sobre la mesa parecía irradiar calor radiactivo.
—Sabía que eras una zorra, Brenda —continuó Eliana, mirándome con asco genuino—.
Pero acostarte con el hermano de tu marido enfermo, bajo su propio techo, mientras él sufría... eso es un nivel de depravación que incluso a mí me sorprende.
Y tú, Bautista... el "hermano leal", el "santo". Resulta que eres el peor de todos. Traicionaste a tu propia sangre.
—Ignacio me había echado esa noche —dije, mi voz temblando de rabia, no de vergüenza—.
Él estaba contigo.
Estabais en la suite principal. Tú acababas de traer a tu hijo falso. Yo no tenía a dónde ir.
—Excusas —cortó Eliana—.
Ante un juez, esto se llama adulterio e incesto moral.
Y según la cláusula 8 del testamento actual de Ignacio, cualquier beneficiario que cometa actos de "indignidad familiar" queda automáticamente desheredado.
—Señaló los papeles—. Esto es vuestra sentencia de muerte financiera. Si presento esto hoy, perdéis la empresa.
Perdéis la casa. Perdéis la tutela.
Y tú, Brenda, te vas a la calle sin un centavo y con un hijo bastardo marcado para siempre.
Bautista se inclinó hacia adelante. Su calma era aterradora. —¿Y qué quieres, Eliana? Porque si quisieras destruirnos, ya habrías llamado a la prensa. Si estás aquí enseñándonos las cartas, es porque quieres negociar.
Eliana borró la sonrisa. Sus ojos brillaron con codicia.
—Quiero una salida limpia. Y rica.
—Habla.
—Quiero diez millones de dólares en una cuenta en las Islas Caimán. Quiero la propiedad de la villa en la Toscana. Y quiero que firméis una renuncia voluntaria a la gestión de la empresa a favor de una junta externa que yo designaré.
A cambio... —puso la mano sobre la carpeta—... yo quemo esto. Y me voy con Lucas. Desaparezco.
—¿Y el niño? —pregunté—. ¿Admites que Lucas no es de Ignacio?
—Admito que Lucas y yo estaremos mejor en Italia gastando vuestro dinero que peleando en tribunales.
Bautista soltó una risa seca. Negó con la cabeza. —No.
Eliana parpadeó, sorprendida. —¿Cómo que no?
—No voy a darte ni un centavo de la empresa de mi padre. No voy a dejar que extorsiones a mi familia.
—¡Entonces os destruiré! —chilló ella, golpeando la mesa—. ¡Le enseñaré esto a Ignacio! ¡Si despierta, se lo enseñaré! ¡Morirá sabiendo que su hermano y su esposa se reían de él en su propia casa!
—Hazlo —desafió Bautista—. Pero ten en cuenta una cosa, Eliana. Si tú enseñas eso, también pruebas que Ignacio estaba contigo esa noche. Pruebas que Ignacio te aceptó en su cama mientras estaba casado. Pruebas tu propio adulterio.
—¡A él no le importará! ¡Él me ama!
—Él no ama a nadie —intervine yo, recordando la frialdad de sus ojos—. Y si cree que Leo es su única oportunidad de legado genético real... le importará un bledo quién lo engendró, con tal de que sea sangre Gordon.
Eliana se puso de pie, temblando de ira. Agarró la carpeta. —Vamos a probarlo. Voy a subir ahora mismo. Le gritaré al oído hasta que despierte. Y le contaré todo.
Se dio la vuelta para salir del comedor. Bautista y yo nos levantamos de un salto.
Pero antes de que Eliana pudiera dar tres pasos, un sonido paralizó la casa entera.
WIIIIUUUUUU. WIIIIUUUUUU.
No era la alarma de incendios. Ni la de robos. Era un sonido agudo, rítmico, electrónico, que venía de los altavoces del sistema de intercomunicación. Era el Código Azul.
La voz de una de las enfermeras irrumpió por los altavoces, quebrada por el pánico. —¡Atención! ¡Código Azul en la Suite Principal! ¡El paciente ha entrado en crisis! ¡Necesitamos al doctor! ¡Señor Bautista, suba!
Bautista y yo nos miramos. El color desapareció de su rostro. —Está despertando —dijo Bautista—. O se está muriendo.
Eliana se quedó petrificada a medio camino, con la carpeta en la mano. —¡No! —gritó—. ¡No se puede morir todavía! ¡No ha firmado nada!
Y entonces empezó la carrera.
No hubo caballerosidad. No hubo etiqueta. Eliana echó a correr hacia las escaleras con sus tacones resonando como martillazos. Bautista saltó por encima de una silla caída y corrió tras ella, adelantándola en el primer tramo de la escalera gracias a sus piernas largas y su fuerza física. Yo corrí detrás de ellos, con el corazón en la garganta, sintiendo que cada escalón que subía me acercaba al final de mi historia.
Llegamos al tercer piso casi al mismo tiempo. El pasillo era un caos. Las enfermeras corrían con carros de medicación. Los monitores pitaban frenéticamente desde el interior de la habitación.
Bautista llegó a la puerta primero y la abrió de un empujón. Eliana intentó entrar detrás de él, pero Bautista se giró y le bloqueó el paso con el cuerpo.
—¡Tú no entras! —le gritó.
—¡Es mi prometido! —chilló ella, intentando arañarle la cara con las uñas, desesperada.
—¡Es mi hermano! —Bautista la empujó hacia atrás con fuerza. Eliana tropezó y cayó al suelo del pasillo, soltando la carpeta. Los papeles con los registros de seguridad se esparcieron por la alfombra como confeti sucio.
—¡Brenda, entra! —me ordenó Bautista.
No lo dudé. Salté por encima de Eliana, pisé los papeles que probaban mi "delito" y entré en la habitación de la muerte. Bautista entró tras de mí y cerró la puerta en las narices de Eliana, echando el pestillo justo cuando ella empezaba a aporrear la madera.
—¡Abrid! ¡Malditos, abrid!
Dentro, el caos se detuvo de golpe. El silencio médico era aterrador.
Me giré hacia la cama. El doctor estaba allí, con las palas del desfibrilador en las manos, pero las bajó al vernos. Ignacio estaba convulsionando levemente. Sus ojos estaban abiertos de par en par. No miraba al techo. Nos miraba a nosotros.
Y esta vez, no había máquinas de por medio. No había tablets. Ignacio se arrancó la mascarilla de oxígeno con una fuerza sobrehumana, una última llamarada de energía vital antes de extinguirse. Su boca se abrió. Intentaba hablar.
Bautista corrió a su lado y le tomó la mano. —Ignacio... estamos aquí.
Ignacio apretó la mano de su hermano. Sus nudillos estaban blancos. Giró la cabeza hacia mí. Sus ojos inyectados en sangre se clavaron en los míos. —El... —graznó. Su voz sonaba como cristales rotos—. El... niño...
Me acerqué al otro lado de la cama, temblando. —Leo está bien, Ignacio. Está a salvo.
Ignacio negó con la cabeza. Hizo un esfuerzo titánico, levantando el cuello de la almohada, las venas de su frente a punto de estallar. Miró a Bautista. Luego me miró a mí. Y soltó una risa. Una risa gorgoteante, horrible, llena de sangre y flema.
—Lo... sé... —susurró.
El mundo se detuvo. —¿Qué sabes? —preguntó Bautista, con la voz rota.
—Sé... que... es... tuyo —dijo Ignacio. Cada palabra era una agonía.
Bautista bajó la cabeza, derrotado. La verdad había salido. —Perdóname, hermano.
Pero Ignacio no había terminado. Con su último aliento, con la última gota de maldad y poder que le quedaba, nos dio su veredicto. No fue lo que esperábamos. No fue una maldición. Fue algo peor.
Ignacio tiró de la mano de Bautista, obligándolo a acercarse más. —Quédatelo... —siseó Ignacio, mirando hacia la puerta donde Eliana seguía gritando—. Quédatelo... todo. Pero...
Sus ojos se desviaron hacia la mesa de noche, donde reposaba un documento que el notario había dejado preparado la noche anterior y que no se había llegado a firmar. O eso creíamos. Había una mancha de tinta fresca en la sábana. Y un garabato tembloroso al pie de la página.
—Prométeme... —Ignacio nos miró a los dos, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla gris—. Prométeme... que nunca... se lo diréis.
—¿A quién? —lloré yo.
—Al niño... —Ignacio tosió, y la sangre manchó sus labios—. Que nunca... sepa... que su padre... fue un traidor... y su madre... una...
No terminó la frase. Sus ojos se pusieron en blanco. Su cuerpo se arqueó una última vez y luego cayó, pesado e inerte, sobre el colchón. El monitor cardíaco emitió un pitido continuo, agudo e infinito.
Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
El doctor miró el reloj. —Hora de la muerte: 08:42.
Bautista seguía sosteniendo la mano muerta de su hermano. Yo me tapé la boca para no gritar, mirando el cuerpo del hombre que había sido mi carcelero y que, en su último segundo, nos había entregado las llaves de la jaula a cambio de un secreto eterno.
Fuera, Eliana dejó de golpear la puerta. El silencio de la muerte se extendió por la Mansión Gordon. Pero en la mesilla de noche, el documento firmado brillaba bajo la luz de la lámpara. Ignacio había firmado. Había firmado reconociendo a Leo como su hijo. Nos había salvado. Y nos había condenado a mentirle a nuestro hijo para siempre.