El rey ha muerto, larga vida al rey

2130 Words
El pitido continuo del monitor cardíaco se convirtió en la única realidad existente en la habitación. Era un sonido agudo, plano, definitivo, que borraba cualquier esperanza y cualquier miedo. El doctor se movió con eficiencia profesional, apagando la alarma que taladraba nuestros tímpanos. Luego, con un gesto de respeto antiguo, tiró de la sábana blanca para cubrir el rostro de Ignacio Gordon. El rostro que me había mirado con desprecio durante años, y que en su último segundo me había mirado con una extraña complicidad retorcida, desapareció bajo la tela. Bautista no se movió. Seguía de pie junto a la cama, mirando la forma inmóvil de su hermano. Su mano, grande y fuerte, todavía envolvía la mano inerte de Ignacio bajo la sábana. Vi cómo sus hombros se sacudían una sola vez. Un espasmo de dolor reprimido. —Se ha ido —susurró Bautista. No había triunfo en su voz. Solo un vacío inmenso. Me acerqué a él y puse una mano en su espalda. Estaba rígido como una piedra. —Bautista... tenemos que movernos. Eliana está fuera. Él asintió lentamente, soltando la mano de su hermano. Se giró hacia la mesita de noche. Allí estaba el documento. El papel que valía un imperio. Lo tomó con cuidado. La tinta del garabato final de Ignacio, esa firma temblorosa e ilegible que legalmente significaba "Sí, es mi hijo", todavía brillaba húmeda bajo la luz de la lámpara. —Doctor —dijo Bautista, girándose hacia el médico, que estaba anotando la hora en su informe—. Usted es testigo. Vio que él firmó esto en pleno uso de sus facultades finales, ¿correcto? El médico, un hombre mayor que llevaba treinta años atendiendo a la familia, miró el papel y luego a Bautista. Comprendió el juego al instante. —El paciente estaba lúcido, señor Gordon. Experimentó lo que llamamos "lucidez terminal". Firmó voluntariamente ante mí. Yo daré fe de ello en el acta de defunción y ante el notario. —Gracias —dijo Bautista. Dobló el documento con reverencia y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta, justo sobre su corazón. Luego, se giró hacia la puerta cerrada. Al otro lado, Eliana había dejado de golpear, pero podíamos oír sus sollozos histéricos y los gritos exigiendo que abrieran. —¿Estás lista? —me preguntó Bautista. Se había secado una lágrima solitaria traicionera y había recuperado su máscara de hierro. —Estoy lista. Bautista caminó hacia la puerta y descorrió el pestillo. Abrió de golpe. Eliana casi se cae hacia adentro al perder el apoyo de la puerta. Se recuperó rápidamente, con el rímel corrido y el pelo revuelto, pareciendo una bruja enloquecida. Detrás de ella, en el pasillo, las enfermeras y los guardias de seguridad miraban la escena con horror. Y en el suelo, dispersos como hojas secas, seguían los papeles de los registros de seguridad que demostraban nuestra "traición". Eliana miró más allá de Bautista, hacia la cama. Vio la sábana cubriendo el rostro. Vio el monitor apagado. Soltó un grito desgarrador. —¡No! ¡Ignacio! Intentó correr hacia la cama, pero Bautista la detuvo con un brazo extendido, una barrera infranqueable. —No lo toques —ordenó. —¡Es mi prometido! ¡Tengo derecho a despedirme! —chilló ella, intentando golpearlo. —Tu prometido ha muerto, Eliana. Y contigo se ha llevado tu estatus en esta casa. —Bautista la empujó suavemente pero con firmeza hacia el pasillo, obligándola a retroceder—. Ya no tienes nada que hacer aquí. Eliana se detuvo, jadeando. Sus ojos recorrieron la habitación buscando algo. Buscaban el documento. Buscaban la firma. —No firmó... —susurró esperanzada, al no ver papeles sobre la mesa—. ¡Se murió antes de firmar! ¡El testamento viejo sigue vigente! ¡Lucas es el heredero! Se echó a reír, una risa maníaca. —¡Lo sabía! ¡Dios es justo! ¡Sois unos perdedores! —Se agachó rápidamente y recogió un puñado de los papeles del suelo, los registros de seguridad—. Y además... tengo esto. ¡Voy a hundiros! ¡Voy a demostrar que sois unos adúlteros y unos cerdos! Bautista la miró con una calma que helaba la sangre. Metió la mano en su chaqueta y sacó el documento doblado. Lo desdobló con lentitud deliberada, mostrándole solo la parte inferior. La firma. Ese trazo n***o, caótico, pero inconfundible. La risa de Eliana se murió en su garganta. —¿Qué es eso? —graznó. —Es el Reconocimiento de Filiación y Designación de Heredero Universal —recitó Bautista con voz de juez—. Firmado ante testigo médico a las 08:40 horas. Ignacio Gordon reconoció a Leonardo Gordon como su único hijo legítimo y heredero de la totalidad de su patrimonio, revocando cualquier disposición anterior. —¡Es falso! —gritó ella—. ¡Lo habéis falsificado! ¡Estaba en coma! —El doctor atestiguará lo contrario —dije yo, dando un paso adelante y colocándome al lado de Bautista—. Estaba despierto, Eliana. Y sabía exactamente lo que hacía. —¡Pero eso da igual! —Eliana agitó los papeles de los registros de seguridad en el aire—. ¡Mirad esto! ¡Tengo la prueba de que el niño no es suyo! ¡Tengo la prueba de que Ignacio estaba conmigo esa noche y tú estabas con el cuñado! ¡Si presento esto, el reconocimiento se anula por fraude biológico! Bautista dio un paso hacia ella. Le arrancó los papeles de la mano con un movimiento rápido. Eliana intentó recuperarlos, pero él la miró con desdén. —Llegas tarde, Eliana. —¿Qué? —Ignacio lo sabía —dijo Bautista. Eliana parpadeó, confundida. —¿Qué... qué dices? —Antes de morir, Ignacio leyó esto. —Bautista mintió con una naturalidad pasmosa, protegiendo el secreto final—. Le dijimos la verdad. Le dijimos todo. Y aun así... firmó. Me quedé conteniendo el aliento. Era una verdad a medias brillante. —Ignacio decidió que un hijo de su sangre, aunque fuera a través de mí... —continuó Bautista, bajando la voz para que solo ella y yo oyéramos—... era mejor que un hijo comprado por catálogo como el tuyo. Él eligió a Leo. Conociendo la verdad. Así que tus "pruebas" ya no son un chantaje. Son irrelevantes. La voluntad del testador prevalece sobre la biología cuando hay reconocimiento expreso. Eliana se quedó blanca como la cera. Se tambaleó. Había perdido su última carta. Si Ignacio había firmado sabiendo la verdad (o si el mundo creía eso), ella no tenía nada. —No... no puede ser... me amaba... —Te usaba —le corregí yo, sintiendo una punzada de lástima por primera vez—. Igual que me usó a mí. Igual que usó a todos. Pero al final, Eliana, la sangre Gordon llama a la sangre Gordon. Y tú nunca fuiste una de nosotros. Bautista se giró hacia el jefe de seguridad, que había llegado al pasillo alertado por el Código Azul. —Gómez. —Sí, señor Bautista. —Acompañe a la señorita Sorel a su habitación. Tiene una hora para hacer las maletas. Quiero que supervise que solo se lleve ropa y efectos personales. Nada de joyas de la familia, nada de documentos, nada de dispositivos electrónicos comprados por la empresa. —¡No podéis echarme! ¡Tengo derechos! ¡Llevo tres años viviendo aquí! —chilló Eliana mientras el guardia la tomaba del brazo. —Te estoy haciendo un favor, Eliana —dijo Bautista con frialdad—. Si te vas ahora, en silencio, no te denunciaré por malversación de fondos en la Fundación. Tienes diez millones de razones negativas para irte sin hacer ruido. Si te quedas, o si hablas con la prensa... irás a la cárcel. Tú eliges: Italia con lo puesto, o Ezeiza con las esposas puestas. Eliana miró a Bautista. Miró la puerta cerrada donde yacía el hombre que creía su boleto de lotería. Y finalmente, me miró a mí. Su mirada estaba llena de odio puro, sin diluir. —Quédate con la casa maldita, Brenda —escupió—. Quédate con el dinero y con el cadáver. Pero te aseguro una cosa... nunca serás feliz. Porque cada vez que mires a ese niño, sabrás que vive una mentira. Y algún día... él te odiará por ello. Se dio media vuelta y caminó por el pasillo, con la cabeza alta pero los hombros caídos, escoltada por la seguridad. La "Bruja del Oeste" había caído. Cuando el pasillo quedó despejado, Bautista se apoyó contra la pared y cerró los ojos. Exhaló un suspiro largo y tembloroso. El papel del reconocimiento seguía en su mano. Me acerqué a él. —Lo has conseguido. La has destrozado. Bautista abrió los ojos y me miró. Estaban húmedos. —Le he mentido a mi hermano en su lecho de muerte, Brenda. Y ahora... ahora tengo que vivir sabiendo que mi hijo me llamará "tío" el resto de su vida para poder heredar esto. Señaló la mansión a su alrededor. —¿Vale la pena? —preguntó—. ¿Vale la pena todo este dinero a cambio de mi paternidad? Le tomé la mano y besé sus nudillos tensos. —No es por el dinero, Bautista. Es por su seguridad. Si Leo fuera reconocido como tuyo ilegítimamente... siempre sería un bastardo a los ojos de la ley y la sociedad. Ahora... ahora es el Rey. Es el heredero indiscutible de Ignacio Gordon. Le has dado un reino. —Le he dado una jaula de oro. Como la que nos atrapó a nosotros. —Pero nosotros estaremos dentro de la jaula con él —le recordé—. Juntos. Bautista me miró. La intensidad de la muerte y el peligro había despojado nuestras defensas. —Juntos —repitió—. Eso es lo único que me importa. Se separó de la pared y miró el suelo. Allí quedaban todavía algunas hojas de los registros de seguridad que Eliana había dejado caer. Bautista se agachó y las recogió una a una. "Brenda Gordon - Ala Oeste". "Bautista Gordon - Ala Oeste". Caminó hacia el final del pasillo, donde había una trituradora de papel en el puesto de las enfermeras. Encendió la máquina. Metió los papeles. El sonido del motor triturando el papel fue el sonido final de nuestra vieja vida. Grrrzzzzt. La prueba de nuestro amor prohibido se convirtió en confeti. —Se acabó —dijo Bautista, sacudiéndose el polvo de las manos—. A partir de hoy, la historia oficial es la única historia. Leo es hijo de Ignacio. Tú eres la viuda digna. Y yo... yo soy el cuñado leal que ayudará a criar al sobrino. —¿Y qué pasa con nosotros? —pregunté, sintiendo un vacío en el estómago ante la frialdad de los títulos. Bautista caminó hacia mí. Me tomó la cara con ambas manos, obligándome a mirarlo. —Lo que pasa con nosotros... sucede detrás de puertas cerradas, Brenda. Como siempre. Pero ahora... —su mirada bajó a mis labios—... ahora nadie tiene la llave de esas puertas excepto nosotros. Se inclinó y me besó. No fue un beso de pasión desbordada. Fue un beso de pacto. Un beso salado por las lágrimas y amargo por la muerte, pero sólido como la roca. Un beso que sellaba nuestro destino entrelazado. Cuando nos separamos, oímos pasos pequeños corriendo por el pasillo de la escalera. —¡Mami! ¡Tío Bau! Era Leo. Se había escapado de la cocina. Matilde venía corriendo detrás de él, sofocada. Leo se detuvo al vernos. Nos vio abrazados. Vio la puerta cerrada de la habitación de Ignacio. —¿El señor enfermo se curó? —pregunté con inocencia. Bautista se agachó y abrió los brazos. Leo corrió hacia él y Bautista lo levantó en el aire, abrazándolo contra su pecho con una fuerza desesperada, cerrando los ojos para aspirar su olor a vida en medio de tanta muerte. —No, campeón —dijo Bautista con la voz rota—. El señor enfermo se ha ido al cielo. Pero nos dejó un regalo. —¿Qué regalo? Bautista miró al niño a los ojos. A sus propios ojos. —Nos dejó esta casa. Y nos dejó el encargo de cuidarnos los unos a los otros. Ahora tú eres el hombre de la casa, Leo. Leo sacó pecho, orgulloso. —Yo te ayudaré, Tío Bau. Esa palabra, "Tío", fue como un cuchillo, pero Bautista sonrió y le besó la frente. —Sé que lo harás. Me miró por encima de la cabeza del niño. El rey había muerto. Eliana había huido. El secreto estaba enterrado. La verdadera historia de amor, la complicada, la sucia, la real... acababa de empezar.
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