El pitido continuo del monitor cardíaco se convirtió en la única realidad existente en la habitación. Era un sonido agudo, plano, definitivo, que borraba cualquier esperanza y cualquier miedo. El doctor se movió con eficiencia profesional, apagando la alarma que taladraba nuestros tímpanos. Luego, con un gesto de respeto antiguo, tiró de la sábana blanca para cubrir el rostro de Ignacio Gordon. El rostro que me había mirado con desprecio durante años, y que en su último segundo me había mirado con una extraña complicidad retorcida, desapareció bajo la tela. Bautista no se movió. Seguía de pie junto a la cama, mirando la forma inmóvil de su hermano. Su mano, grande y fuerte, todavía envolvía la mano inerte de Ignacio bajo la sábana. Vi cómo sus hombros se sacudían una sola vez. Un es

