La muerte tiene un olor específico. No me refiero al olor del cuerpo —que ya había sido retirado por la funeraria más exclusiva de Buenos Aires—, sino al olor del luto social. En la Mansión Gordon, ese olor era una mezcla sofocante de cera de velas caras, madera lustrada apresuradamente y, sobre todo, lirios.
Miles de ellos.
Apenas habían pasado doce horas desde que el corazón de Ignacio dejó de latir, y la casa se había transformado en un invernadero fúnebre. Camiones de floristerías descargaban coronas monumentales en el vestíbulo. Cintas de seda morada y negra con letras doradas cruzaban el mármol: "Al Gran Visionario", "Con Profundo Dolor, el Consejo de Administración", "Eterno Recuerdo, Club de Polo Los Alerces".
Yo estaba de pie en el descanso de la escalera, observando el ballet macabro desde las alturas. Me sentía una extraña en mi propia casa, o mejor dicho, la actriz principal esperando entre bastidores antes de que se levante el telón.
—Señora Brenda.
Me giré. Era el sastre que la funeraria había enviado de urgencia. Un hombre pequeño, vestido de n***o riguroso, que me miraba con una mezcla de reverencia y evaluación profesional.
—¿Sí?
—El vestido para el velatorio de esta noche ya está vaporizado. Lo he dejado en el vestidor de la suite principal... —se detuvo, incómodo, recordando que yo no dormía allí—. Disculpe, en el vestidor del ala oeste, como indicó el señor Bautista.
—Gracias. Iré a probármelo.
Caminé hacia el ala oeste. Al entrar en mi refugio temporal, la atmósfera cambió. Aquí no había flores. Solo el silencio tenso de los secretos compartidos.
Entré en la habitación de invitados. Leo estaba sentado en la alfombra, jugando en silencio con unos bloques de construcción. Matilde lo vigilaba desde un sillón, tejiendo con agujas que chocaban rítmicamente. —¿Cómo está? —susurré.
—Tranquilo —respondió Matilde en voz baja—. Le dije que hoy vendrá mucha gente a despedirse del tío Ignacio y que debe portarse muy bien.
—No quiero que baje, Mati. No quiero exponerlo a las cámaras todavía.
—No se preocupe, señora. Nos quedaremos aquí arriba viendo películas de dibujos. Haremos un fuerte con almohadas.
Le di un beso en la cabeza a mi hijo y me dirigí al vestidor improvisado. Allí colgaba el vestido. Era una pieza de alta costura, traída directamente de una boutique de la Avenida Alvear que había cerrado al público solo para atendernos. Terciopelo n***o, corte sirena, manga larga, cuello alto pero con una espalda descubierta cubierta por encaje chantilly. Era sobrio, elegante y obscenamente caro. Era el uniforme de la "Viuda de Hierro".
Me quité la ropa de casa y me deslicé dentro de la seda fría. La tela se ajustó a mi cuerpo como una segunda piel oscura. Me miré en el espejo de cuerpo entero. La mujer que me devolvía la mirada era hermosa, sí. Pero parecía una estatua. Pálida, con los ojos grandes y oscuros, los labios sin pintar.
—Pareces una reina en el exilio.
La voz de Bautista me hizo saltar. Lo vi reflejado en el espejo, de pie detrás de mí, en la entrada del vestidor. Ya estaba vestido para la función. Llevaba un traje n***o de corte italiano, camisa blanca inmaculada y corbata negra de seda. Se había afeitado, y su cabello estaba peinado hacia atrás, dándole un aire severo, casi cruel. Estaba guapísimo de una forma dolorosa.
—No te oí entrar —dije, alisando la tela sobre mis caderas, nerviosa por su mirada.
—Llevo cinco minutos observándote.
Entró en el vestidor, cerrando la puerta tras de sí para darnos privacidad. El espacio era pequeño, íntimo, rodeado de ropa y espejos. —¿Te gusta? —pregunté, girándome un poco.
Bautista no respondió de inmediato. Se acercó hasta quedar a un paso de mí. Sus ojos recorrieron el vestido, desde el cuello alto hasta el dobladillo que rozaba el suelo. —Te queda perfecto —dijo, pero su tono era extraño. Áspero—. Demasiado perfecto.
—Es lo que se espera de mí. La viuda afligida pero digna.
—¿Afligida? —Bautista soltó una risa corta, sin humor—. No sientas que tienes que fingir conmigo, Brenda. Sé que no lo amabas. Sé que estás aliviada.
—Estoy aliviada de que ya no sufra —respondí con diplomacia—. Y estoy aliviada de que estemos a salvo. Pero murió un hombre, Bautista. Tu hermano.
—Mi hermano —repitió él con amargura—. El hombre que te humilló. El hombre que me robó tres años de paternidad. Y ahora... —dio un paso más, invadiendo mi espacio—... ahora vas a bajar ahí y vas a llorar por él. Vas a recibir el pésame de cientos de hipócritas que te dirán "lo siento mucho", y tú tendrás que asentir y decir "era un gran hombre".
—Es el papel que escribimos anoche, Bautista. Tú fuiste el director de la obra. "La historia oficial es la única historia", ¿recuerdas?
—Lo sé. —Bautista apretó los puños a los costados—. Pero me revienta. Me revienta verte vestida de luto por él. Me revienta saber que, ante el mundo, eres suya.
Incluso muerto, él sigue marcándote. Llevas su apellido.
Llevas su luto. Y yo... yo sigo siendo el "cuñado" que te sostiene el brazo.
Su celo era palpable. No eran celos de amor romántico; eran celos de posesión y de identidad. Odiaba que la sociedad me vinculara a Ignacio mientras él tenía que amarme en la sombra.
—Date la vuelta —ordenó suavemente.
Obedecí. Le di la espalda. —Súbeme la cremallera. No llego.
Sentí sus dedos rozar mi piel desnuda a través del encaje de la espalda. Estaban calientes. Trazaron la línea de mi columna vertebral con lentitud, provocándome un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Bautista tomó el tirador de la cremallera invisible. Lo subió despacio. Zzzzip. El sonido fue erótico en el silencio del vestidor.
Cuando la cremallera llegó arriba, él no se apartó. Apoyó la frente contra mi hombro, respirando mi perfume. Sus manos se posaron en mi cintura, apretando la tela de terciopelo. —Hueles a vida —murmuró contra mi cuello—. En esta casa que huele a muerte, tú eres lo único vivo.
Cerré los ojos, dejándome caer un poco hacia atrás, contra su pecho sólido. —Bautista... no podemos. Matilde está en la otra habitación. Los invitados llegarán en una hora.
—Lo sé. —Sus manos subieron hasta mis costillas, justo debajo del pecho—. Pero me dan ganas de arrancarte este vestido n***o. Me dan ganas de vestirte de rojo, o de blanco, o de nada. De cualquier cosa que no sea el color de Ignacio.
Se giró hacia mi cuello y depositó un beso húmedo, abierto, justo donde latía mi pulso. Gemí bajito. —Bautista, por favor... me vas a dejar marca. Tengo que bajar.
Él mordió suavemente la piel sensible, marcando su territorio de una forma que nadie vería bajo el cuello alto, pero que yo sentiría arder toda la noche. —Que sepan que no eres intocable —susurró—. Que sepan que hay fuego debajo del hielo.
Se separó bruscamente, dejándome fría y temblando. Me giré para mirarlo. Sus ojos estaban oscuros, dilatados. —Te espero abajo —dijo, ajustándose la corbata con manos firmes—. Sé fuerte, Brenda. Esta noche van a intentar comerte viva. Los socios, las ex-amantes, la prensa. Todos buscarán una grieta en tu máscara.
—No la encontrarán.
—Bien. Porque si alguien te hace llorar de verdad... no responderé de mis actos. Y un funeral no es el mejor lugar para un homicidio.
Salió del vestidor, dejándome sola con mi reflejo y con la marca invisible de sus labios en mi piel. Me miré al espejo una última vez. Me puse los pendientes de perlas negras que Ignacio me regaló el día de la boda (el único regalo "bueno" que me hizo). Me pinté los labios de un tono nude discreto. Y ensayé mi cara de tristeza.
—Que empiece el show —susurré.
El Gran Salón de la Mansión Gordon se había convertido en una capilla ardiente digna de un jefe de estado. El ataúd estaba en el centro, cerrado, cubierto por una montaña de rosas blancas. Candelabros de plata altos flanqueaban el féretro, y un cuarteto de cuerdas tocaba adagios tristes en una esquina.
Cuando bajé la escalera, sentí cientos de ojos clavándose en mí. La élite de Buenos Aires estaba allí. Empresarios, políticos, celebridades de segunda. Todos vestidos de n***o, todos con copas de jerez en la mano, todos murmurando.
Bautista me esperaba al pie de la escalera. Me ofreció su brazo. Al tomarlo, sentí la tensión de sus músculos. —Respira —me susurró sin mover los labios.
Caminamos hacia el ataúd. La multitud se abrió a nuestro paso como el Mar Rojo. —Señora Gordon... mi más sentido pésame. —Brenda, querida, qué tragedia. Tan joven. —Fuerza, Bautista. Era un grande.
Asentí. Apreté manos sudorosas. Acepté besos al aire de mujeres que apenas conocía. —Gracias. Fue muy rápido al final. No sufrió. —Repetí la frase ensayada una y otra vez, como un mantra vacío.
De repente, un murmullo diferente recorrió la sala. Una tensión eléctrica. Me giré hacia la entrada. Eliana había vuelto.
No había venido a hacer un escándalo. Al menos, no del tipo que esperábamos. Llevaba un vestido n***o corto, demasiado corto para un funeral, y un sombrero con velo que ocultaba sus ojos pero no su boca pintada de rojo intenso. Caminó directamente hacia nosotros.
Bautista se tensó a mi lado. Iba a dar un paso al frente para echarla, pero yo le apreté el brazo. —Déjala —susurré—. Si la echamos ahora, pareceremos culpables. Deja que se ahorque sola.
Eliana se detuvo frente a nosotros. La gente a nuestro alrededor contuvo el aliento, esperando el drama. —Brenda —dijo ella, con una voz que goteaba veneno dulce—. He venido a despedirme. A pesar de... nuestras diferencias, él fue el amor de mi vida.
—Eres libre de despedirte, Eliana —respondí con calma—. Nadie tiene el monopolio del dolor.
Ella sonrió. Se acercó un paso más, bajando la voz para que solo nosotros la oyéramos. —Disfruta de tu papel de viuda doliente, querida. Pero recuerda... los muertos no hablan, pero dejan papeles. Todavía no has encontrado todo lo que Ignacio escondía.
—¿Es una amenaza? —preguntó Bautista.
—Es un consejo. —Eliana miró el ataúd—. Dicen que el diablo está en los detalles. Yo digo que está en las cajas fuertes que nadie conoce.
Se giró hacia el féretro, tocó la madera con una mano enguantada, dejó una sola rosa roja (un gesto teatral y vulgar en medio de las blancas) y se marchó sin mirar atrás.
—¿Qué ha querido decir? —le pregunté a Bautista, sintiendo un nudo en el estómago.
—Está faroleando. Está desesperada. Ya revisamos la caja fuerte de su despacho y la del banco.
—¿Y si hay otra?
En ese momento, se acercó un hombre mayor, calvo, con gafas gruesas. Lo reconocí de inmediato: el Notario Mayor, el Sr. Echeverría. El hombre que custodiaba el testamento oficial. Pero no venía solo. Venía acompañado por un hombre joven, de traje gris, con cara de abogado tiburón.
—Señora Gordon, Señor Bautista —dijo el notario con gravedad—. Lamento interrumpir en este momento de dolor. Pero... hay un asunto urgente.
—¿No puede esperar a la lectura del testamento mañana? —preguntó Bautista, impaciente.
—Me temo que no. —El notario miró al joven abogado a su lado—. Este es el Dr. Larrea. Representa a un fideicomiso ciego en Suiza.
Se ha presentado en mi despacho hace una hora con un documento de prelación.
—¿Prelación? —Bautista frunció el ceño.
—El documento que Ignacio firmó en su lecho de muerte... el reconocimiento de Leo... —el notario bajó la voz—. Es válido, por supuesto. Pero el Dr. Larrea ha presentado una Cláusula de Deuda Anterior.
—¿De qué está hablando?
El joven abogado, Larrea, habló por primera vez. Su voz era suave, profesional, desapasionada. —El Sr. Ignacio Gordon contrajo una deuda privada hace cinco años. Una deuda avalada con el 40% de las acciones de Gordon Enterprises. La condición del préstamo estipulaba que, en caso de fallecimiento, la deuda se ejecutaba inmediatamente... o las acciones pasaban al acreedor.
Sentí que el suelo se movía. —¿Quién es el acreedor? —preguntó Bautista, pálido.
Larrea sonrió levemente. —Un holding de inversiones llamado Phoenix.
—Nunca he oído hablar de ellos.
—Son discretos. —Larrea sacó una tarjeta—. Tienen 48 horas para liquidar la deuda de cincuenta millones de dólares. Si no, Phoenix tomará posesión del 40% de la compañía y tendrá asiento en la Junta.
—Eso... eso nos dejaría en minoría —calculó Bautista rápidamente—.
Si Eliana se alía con ellos... o si ellos son hostiles... perdemos el control.
—Cincuenta millones... —susurré—. No tenemos esa liquidez ahora mismo. Las cuentas están congeladas por la sucesión.
—Exacto —dijo Larrea—. Mi cliente estará en el entierro mañana. Le gustaría hablar con ustedes después de la ceremonia. Buenas noches.
El abogado y el notario se retiraron, mezclándose con la multitud que bebía champán y comía canapés.
Nos quedamos solos frente al ataúd florido.
Bautista miró la caja de madera donde yacía su hermano. —Maldito seas, Ignacio —susurró con odio—. Incluso muerto, has encontrado la forma de jodernos.
Eliana tenía razón. El diablo estaba en los detalles.
Y acababa de aparecer un acreedor fantasma que podía quitarnos el imperio antes de que Leo pudiera siquiera aprender a escribir su nombre.
La música de los violines subió de volumen, ahogando nuestra desesperación, mientras seguíamos sonriendo y estrechando manos, atrapados en nuestro luto de seda negra.