La muerte tiene un olor específico. No me refiero al olor del cuerpo —que ya había sido retirado por la funeraria más exclusiva de Buenos Aires—, sino al olor del luto social. En la Mansión Gordon, ese olor era una mezcla sofocante de cera de velas caras, madera lustrada apresuradamente y, sobre todo, lirios. Miles de ellos. Apenas habían pasado doce horas desde que el corazón de Ignacio dejó de latir, y la casa se había transformado en un invernadero fúnebre. Camiones de floristerías descargaban coronas monumentales en el vestíbulo. Cintas de seda morada y negra con letras doradas cruzaban el mármol: "Al Gran Visionario", "Con Profundo Dolor, el Consejo de Administración", "Eterno Recuerdo, Club de Polo Los Alerces". Yo estaba de pie en el descanso de la escalera, observando el ballet

