El último invitado se marchó a las dos de la madrugada. Fue un banquero suizo que me besó la mano con frialdad y me deseó "fortaleza para las auditorías".
Cuando la pesada puerta principal se cerró tras él, el silencio que cayó sobre la Mansión Gordon fue ensordecedor.
El servicio, dirigido por un Antonio exhausto pero impecable, comenzó a retirar las bandejas de canapés intactos y las copas medio vacías.
Yo me quedé de pie en el centro del vestíbulo, rodeada de coronas de flores que empezaban a desprender un aroma dulzón y nauseabundo.
Mis pies palpitaban dentro de los zapatos de tacón.
Mi espalda, rígida por horas de postura perfecta, gritaba de dolor.
Pero mi mente era un hervidero. Cincuenta millones de dólares. 48 horas.
Ignacio no solo había muerto; nos había dejado una bomba de tiempo atada al pecho.
—Señora, ¿desea subir a descansar? —preguntó Antonio, apagando las luces de la araña principal.
—No, Antonio. El señor Bautista y yo estaremos en la biblioteca. No nos molesten.
—Miré las flores—. Y por favor, saca esas cosas de aquí mañana a primera hora. No quiero que mi casa huela a muerto ni un minuto más.
—Como ordene, señora.
Caminé hacia el pasillo lateral que llevaba a la biblioteca, descalzándome por el camino.
Llevaba los Louboutin colgando de una mano y la cola de mi vestido de terciopelo barriendo el suelo como una sombra líquida.
La biblioteca era el corazón intelectual de la casa. Paredes forradas de caoba oscura, estanterías que llegaban hasta el techo llenas de libros que nadie leía, y un escritorio monumental en el centro. Bautista ya estaba allí.
Había encendido solo la lámpara verde del escritorio.
Se había quitado la chaqueta y la corbata, y tenía las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los codos.
Estaba sirviéndose un whisky, pero no en un vaso bajo.
Bebía directamente de la botella.
Al verme entrar, dejó la botella sobre el escritorio con un golpe seco. —Cincuenta millones —dijo, sin preámbulos.
Su voz era un gruñido bajo—.
¿Sabes cuánto efectivo líquido tenemos ahora mismo en las cuentas operativas?
Tres. Con suerte, cuatro si vaciamos la reserva de emergencia.
—¿Y los activos? —pregunté, cerrando la puerta y apoyándome en ella.
—Inmuebles, acciones, arte... todo está congelado por el proceso de sucesión. No podemos vender nada sin una orden judicial, y eso tarda meses.
Este "Fénix"... quienquiera que sea... lo sabía.
Diseñaron esto para ejecutarnos en el momento exacto de su muerte.
Bautista empezó a abrir cajones del escritorio con violencia, sacando carpetas y tirándolas al suelo cuando veía que no eran lo que buscaba. —Tiene que haber un registro. Ignacio era un obsesivo.
Guardaba copia de todo. ¿Dónde está el contrato de ese préstamo? ¿Quién demonios le presta cincuenta millones a un moribundo a cambio de acciones?
Me acerqué al escritorio. Dejé mis zapatos sobre una silla y empecé a buscar también.
Revisamos archivadores, cajas fuertes ocultas tras cuadros, libros huecos. Nada.
Solo papeles de la empresa, facturas médicas y cartas antiguas.
Una hora después, la biblioteca parecía un campo de batalla.
Papeles por todas partes. Bautista se dejó caer en el sillón de cuero del escritorio, derrotado.
Se pasó las manos por el pelo, desordenandolo por completo.
—Nos tiene —murmuró—. Incluso desde el infierno, nos tiene agarrados por el cuello.
Vamos a perder el control, Brenda. Phoenix entrará en la Junta.
Se aliarán con Eliana o con los chinos. Despedazarán la empresa.
Me acerqué a él.
Rodeé el escritorio y me paré entre sus piernas abiertas. Él levantó la vista. Sus ojos estaban rojos de cansancio y whisky, pero ardían con una intensidad que me hizo temblar.
—No nos tiene —dije, poniendo mis manos en sus hombros tensos—. Somos más listos que él. Encontraremos el dinero. O encontraremos un vacío legal en ese contrato.
—¿Cómo? Tenemos 48 horas.
—Tú eres Bautista Gordon. Tú levantaste esta empresa cuando él enfermó. Y yo... yo sobreviví tres años sola en un país extraño. No hemos llegado hasta aquí, no hemos mentido al mundo entero, para rendirnos por un papel firmado.
Bautista me miró. Su mirada bajó desde mis ojos hasta mi boca, y luego siguió bajando por el escote del vestido n***o. —¿Por qué tienes que estar tan jodidamente guapa vestida de viuda? —preguntó, con voz ronca.
—Es el uniforme de guerra.
—Es una provocación. —Sus manos subieron por mis caderas, apretando el terciopelo.
El calor de sus palmas atravesó la tela y la ropa interior, quemándome la piel—. Llevo toda la noche viéndote llorar lágrimas falsas, recibiendo abrazos de desconocidos, actuando como la esposa perfecta de mi hermano... y me estaba volviendo loco.
—Bautista...
—Dime que no sentiste lo mismo —me desafió, tirando de mí hasta que mis muslos chocaron contra sus rodillas—. Dime que no estabas pensando en mí mientras mirabas ese ataúd.
La verdad salió disparada antes de que pudiera frenarla.
—Estaba pensando que quería que se acabara para poder estar sola contigo.
La confesión rompió el último dique. Bautista soltó un gruñido y me jaló hacia él.
Me sentó sobre el escritorio, barriendo con el brazo una pila de documentos legales que cayeron al suelo como nieve sucia.
Me besó con una desesperación violenta.
No hubo ternura.
Había rabia, duelo, miedo y un deseo acumulado durante tres años de abstinencia y miradas furtivas.
Sus labios devoraron los míos, mordiendo, exigiendo.
Su lengua invadió mi boca, sabiendo a whisky y a peligro.
Yo respondí con la misma ferocidad. Enredé mis manos en su cabello, tirando de él, anclándolo a mí. Necesitaba esto.
Necesitaba sentir algo que no fuera miedo o tristeza.
Necesitaba sentirme viva.
—Brenda... —jadeó él contra mi cuello, sus manos buscando frenéticamente la cremallera de mi vestido en la espalda—.
Te necesito. Ahora. Aquí.
—Sí —susurré, arqueando la espalda para facilitarle el trabajo—. Por favor.
La cremallera bajó con un sonido rasgado. El vestido de terciopelo se deslizó por mis hombros, dejándome expuesta hasta la cintura, solo cubierta por un sostén de encaje n***o que apenas contenía mi pecho agitado. Bautista se separó un centímetro para mirarme. Su mirada era de adoración y lujuria pura.
—Eres mía —dijo, como si estuviera grabando la frase en mi piel—.
Ya no eres de él. Eres mía.
—Siempre fui tuya —respondí.
Él atacó de nuevo. Sus manos grandes ahuecaron mis pechos, sus pulgares rozando los pezones a través del encaje hasta que se endurecieron dolorosamente.
Gemí, echando la cabeza hacia atrás. Bautista bajó la cabeza y besó la piel sensible de mi escote, bajando más y más, hasta capturar un pezón con la boca a través de la tela, humedeciéndola, succionando con fuerza.
Un rayo de placer me atravesó el vientre.
Abrí las piernas instintivamente, y él se colocó entre ellas, pegando su ingle contra mi centro.
Podía sentir su erección, dura y palpitante, a través de la tela de su pantalón y de mi ropa interior.
—Bautista... la puerta... —balbuceé, con un último vestigio de cordura.
—Está cerrada —gruñó él contra mi piel—. Y si alguien entra, los mato.
Me levantó las faldas del vestido, amontonando el terciopelo n***o en mi cintura.
Sus manos recorrieron mis muslos desnudos, subiendo con una posesividad que me hizo delirar. Cuando sus dedos rozaron el borde de mis bragas, mojadas por la anticipación, soltó un suspiro tembloroso.
—Estás tan mojada... —murmuró, su voz cargada de asombro y triunfo—.
¿Esto es por mí, Brenda? ¿Todo esto es por mí?
—Solo por ti.
Él no esperó más. Se bajó la cremallera del pantalón con una mano torpe, liberándose.
Me apartó la ropa interior hacia un lado y, sin más preámbulos, me penetró de una sola estocada profunda.
Grité, ahogando el sonido en su hombro.
Me llenó por completo. Era grande, duro, implacable.
La sensación de tenerlo dentro de mí otra vez, después de tanto tiempo, fue abrumadora.
Era como volver a casa, si tu casa estuviera en llamas.
Bautista empezó a moverse. Al principio lento, mirándome a los ojos, asegurándose de que yo estaba con él en esto.
—Mírame —ordenó—. Quiero ver cómo te sientes.
Sus embestidas se volvieron más rápidas, más fuertes. El escritorio crujía bajo nuestro peso.
Los libros en los estantes parecían juzgarnos, pero no nos importaba.
Yo rodeé su cintura con mis piernas, atrayéndolo más profundo, clavando mis uñas en su espalda a través de la camisa.
—Más... Bautista, más... —supliqué.
Él me hizo caso. Me tomó por las caderas y aumentó el ritmo, golpeando una y otra vez contra mi punto más sensible.
El placer se acumulaba en oleadas, mareantes, cegador.
El dolor del día, el miedo a la deuda, la sombra de Ignacio... todo desapareció. Solo existía este momento.
Solo existía la fricción, el calor, el sudor, el olor a sexo y madera vieja.
—Voy a... —Bautista tensó la mandíbula, cerrando los ojos.
—Yo también... —gemí.
El clímax nos golpeó al mismo tiempo. Fue una explosión blanca detrás de mis párpados.
Mi cuerpo se convulsionó alrededor de él, exprimiéndolo, y él rugió mi nombre, vertiéndose dentro de mí con espasmos poderosos que parecían no tener fin.
Nos quedamos así un largo rato, colapsados el uno contra el otro, respirando el mismo aire viciado. Bautista escondió su rostro en mi cuello, besando suavemente la piel húmeda.
Yo acaricié su pelo empapado en sudor.
La realidad tardó unos minutos en volver.
Estábamos follando sobre el escritorio de un hombre muerto, el mismo día de su funeral.
Éramos unos monstruos. O quizás éramos, simplemente, supervivientes desesperados.
Bautista se separó lentamente, ayudándome a bajar del escritorio.
Me subí la ropa interior y me ajusté el vestido con manos temblorosas. Él se arregló el pantalón y la camisa. Ninguno de los dos dijo nada.
No había palabras para lo que acababa de pasar.
Bautista se giró para recoger la botella de whisky. Iba a servirse otro trago cuando se detuvo en seco.
Su mirada estaba clavada en el suelo, en uno de los libros que habían caído durante nuestro frenesí.
Era una vieja edición de La Divina Comedia de Dante, encuadernada en cuero rojo.
El libro había caído abierto boca abajo, con las páginas dobladas.
Pero lo que llamó la atención de Bautista no fue el libro. Fue lo que había caído de el libro.
Una tarjeta. Una tarjeta de visita negra, mate, con letras plateadas en relieve.
Bautista se agachó y la recogió. —¿Qué es eso? —pregunté, acercándome mientras me subía la cremallera de la espalda yo sola con dificultad.
Bautista me mostró la tarjeta. Solo tenía una palabra y un número de teléfono internacional.
PHOENIX
Y debajo, escrito a mano con la inconfundible caligrafía picuda de Ignacio, había una fecha y un nombre.
Vencimiento: Día D + 2. Contacto: A. R.
—"A. R." —leyó Bautista—. ¿Quién demonios es A. R.?
Me quedé mirando las iniciales. Mi cerebro, todavía nublado por el sexo, empezó a conectar puntos. —Ignacio escondió esto dentro de su libro favorito.
En el "Infierno" de Dante. —Tomé la tarjeta—. Si puso un contacto... significa que hay una persona detrás del holding. Alguien que él conocía.
—Alguien a quien él le debía dinero... o un favor.
—O alguien con quien tenía un secreto —dije, sintiendo un presentimiento oscuro—. A. R...
De repente, recordé algo. Una conversación escuchada a medias hace cuatro años, en una de las primeras cenas de gala a las que asistí. Ignacio discutía en la terraza con un hombre. Un hombre con acento extranjero.
—Alejandro Ricci —susurré.
Bautista me miró, sorprendido. —¿Ricci? ¿El magnate naviero italiano? ¿El que estuvo investigado por lavado de dinero en Europa?
—Sí. Ignacio hizo negocios con él antes de enfermar.
—Mis ojos se abrieron de par en par—. Bautista... Ricci es el padrino de bautismo de Lucas.
El silencio cayó sobre la biblioteca como una losa de granito. —¿El hijo de Eliana?
—Sí. Eliana y Ricci... se conocían de antes. Se rumoreaba que ella fue... "azafata" en sus yates.
Bautista golpeó el escritorio con el puño, haciendo saltar la botella de whisky.
—¡Es una trampa circular! —exclamó—. Ignacio pidió el dinero a Ricci. Ricci usó el holding Phoenix como pantalla. Y Ricci es aliado de Eliana.
—Lo que significa... —completé la frase, sintiendo náuseas—... que si no pagamos en 48 horas, Ricci se queda con el 40% de la empresa.
Y Ricci le dará el control a Eliana.
Eliana no se había ido derrotada. Se había ido sabiendo que su verdadero jefe estaba a punto de llegar.
Habíamos ganado la batalla de la herencia, pero la guerra corporativa estaba amañada desde el principio.
Bautista miró la tarjeta, luego me miró a mí. La pasión de hace unos minutos se transformó en fría determinación. —Tenemos 48 horas para encontrar 50 millones o para demostrar que esa deuda es ilegal.
—¿Y si no podemos?
Bautista se acercó, me agarró la nuca y me besó la frente con fuerza. —Entonces tendremos que jugar sucio. Más sucio que ellos.
Miró el reloj de pared. Eran las cuatro de la mañana.
—Vete a dormir, Brenda. Mañana viajamos.
—¿A dónde?
—A Uruguay. Ricci tiene sus oficinas centrales en Punta del Este. Vamos a hacerle una visita sorpresa al acreedor fantasma.
Y le llevaremos una oferta que no podrá rechazar... o una amenaza que no verá venir.
La caza había comenzado. Y esta vez, nosotros éramos los lobos.