Dejar a Leo fue la decisión más difícil que había tomado desde mi huida a Madrid. A las siete de la mañana, la Mansión Gordon era una fortaleza sitiada por la niebla matutina y el silencio posterior al funeral. El equipo de seguridad privada, reforzado por orden expresa de Bautista, patrullaba el perímetro con perros. Estaba arrodillada en el vestíbulo, abrochando la chaqueta de mi hijo. —Escúchame bien, leoncito —le dije, intentando que mi voz no delatara el pánico que sentía al separarme de él—. Tío Bau y yo tenemos que ir a un viaje de trabajo muy corto. Solo dos días. Tú te quedas aquí al mando del fuerte. —¿Con Mati? —preguntó Leo, abrazando su peluche. —Con Mati y con el señor Gómez —señalé al jefe de seguridad, un ex-militar de dos metros de altura que nos miraba con estoicismo—

