El vuelo de los cuervos

2926 Words
Dejar a Leo fue la decisión más difícil que había tomado desde mi huida a Madrid. A las siete de la mañana, la Mansión Gordon era una fortaleza sitiada por la niebla matutina y el silencio posterior al funeral. El equipo de seguridad privada, reforzado por orden expresa de Bautista, patrullaba el perímetro con perros. Estaba arrodillada en el vestíbulo, abrochando la chaqueta de mi hijo. —Escúchame bien, leoncito —le dije, intentando que mi voz no delatara el pánico que sentía al separarme de él—. Tío Bau y yo tenemos que ir a un viaje de trabajo muy corto. Solo dos días. Tú te quedas aquí al mando del fuerte. —¿Con Mati? —preguntó Leo, abrazando su peluche. —Con Mati y con el señor Gómez —señalé al jefe de seguridad, un ex-militar de dos metros de altura que nos miraba con estoicismo—. Nadie entra y nadie sale sin que Mati me llame primero. ¿Entendido? —¿Y la bruja mala va a volver? —susurró Leo. —No. La bruja se ha ido para siempre. Pero si alguien desconocido viene... tú te escondes en el "cuarto secreto" del Tío Bau, ¿vale? Bautista apareció detrás de mí. Llevaba una bolsa de viaje de cuero al hombro y gafas de sol oscuras, ocultando las ojeras de una noche de sexo y búsqueda frenética. Se agachó junto a nosotros. —Leo. —Le puso una mano en el hombro—. Eres un Gordon. Los Gordon somos valientes. Cuida de Matilde. —Sí, Tío Bau. Bautista le dio un beso rápido en la cabeza, un gesto que delataba cuánto le costaba separarse de él ahora que sabía la verdad, y se levantó bruscamente. —Vámonos, Brenda. El avión tiene ventana de despegue en cuarenta minutos. Cada minuto que perdemos es un minuto que Ricci gana para ejecutar la deuda. Subimos al coche blindado. Mientras nos alejábamos por el camino de grava, miré hacia atrás hasta que la figura pequeña de mi hijo desapareció tras las puertas de roble. —Estará bien —dijo Bautista, tomando mi mano y apretándola con fuerza sobre la consola central—. Gómez daría su vida por él. —Espero que no sea necesario. El Gulfstream privado de la familia despegó del aeródromo de San Fernando rompiendo la capa de nubes grises para encontrar un sol cegador a diez mil metros de altura. Era la primera vez que estábamos solos, realmente solos, sin paredes que oyeran ni sirvientes que espiaran, desde la noche en la biblioteca. Bautista pidió un café a la azafata y luego cerró la puerta corredera que separaba la cabina principal del resto del avión. Se sentó frente a mí en los asientos de cuero crema. Abrió su portátil y giró la pantalla hacia mí. —Esto es lo que sabemos de Alejandro Ricci —dijo, entrando en modo de guerra—. Italiano. 55 años. Hizo su fortuna en el negocio naviero en Génova, pero hace una década se mudó a Sudamérica. Oficialmente, es un inversor inmobiliario y coleccionista de arte. Extraoficialmente... —Lava dinero —completé, mirando la foto del hombre en la pantalla: bronceado excesivo, pelo blanco peinado hacia atrás, sonrisa de tiburón. —Lava dinero, trafica influencias y presta efectivo a gente desesperada que no puede ir al banco. Como mi hermano. —¿Por qué Ignacio necesitaba cincuenta millones cash? —pregunté, la duda carcomiéndome—. La empresa es solvente. Sus cuentas personales eran millonarias. Bautista miró por la ventanilla hacia el Río de la Plata, que brillaba abajo como una lámina de plata. —Tengo una teoría. Revisé los balances ocultos anoche . Hace cinco años, justo antes de enfermar, Ignacio hizo una inversión desastrosa en litio en el norte. Perdió setenta millones de la empresa. Para tapar el agujero antes de la auditoría anual y que papá no se enterara (aún vivía el viejo), pidió el préstamo a Ricci. —Cubrió un agujero con tierra sucia. —Exacto. Y puso sus propias acciones como garantía. Ricci sabía que Ignacio estaba enfermo. Sabía que moriría pronto. Solo tuvo que sentarse a esperar para cobrar la pieza mayor: el control de Gordon Enterprises. —Y Eliana... —Eliana era el seguro de vida de Ricci dentro de la casa. Ella se aseguraba de que Ignacio no pagará la deuda, o de que firmara extensiones con intereses abusivos. Estaban compinchados, Brenda. Nos han estado desangrando desde dentro. Me recosté en el asiento, sintiendo una mezcla de asco y admiración por la complejidad de la trampa. —Entonces vamos a Punta del Este a negociar con un mafioso que tiene la ley de su lado. —Vamos a Punta del Este a demostrarle que los Gordon no somos Ignacio. —Bautista cerró el portátil— Ricci está allí por el torneo de Polo de José Ignacio. Es el evento social de la temporada. Todo el mundo estará allí. —Nosotros estamos de luto oficial. Si aparecemos en una fiesta de polo al día siguiente del entierro... nos crucificarán en la prensa. Bautista se quitó las gafas de sol. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, brillando con esa intensidad peligrosa que me había hecho gemir su nombre horas antes. —Que hablen. Que digan que somos unos desalmados. Prefiero ser un villano rico que una víctima pobre. Además... —bajó la voz—... necesitamos que nos vean. Necesitamos que Ricci vea que no tenemos miedo. Vamos a entrar en su fiesta, vamos a beber su champán y vamos a decirle que su contrato es papel mojado. —¿Y cómo vamos a hacer eso? No tenemos el dinero. —No. Pero tenemos información. —Bautista sacó un pendrive de su bolsillo—. Antes de salir, copié los archivos encriptados de la "Fundación" que Eliana manejaba . Si Ricci usaba la Fundación para lavar dinero de sus otros negocios... a la Interpol le encantaría ver esto. Sonreí lentamente. —Chantaje. —Negociación agresiva —corrigió él, devolviéndome la sonrisa—. Bienvenido al mundo real, cariño. Aterrizamos en el aeropuerto de Laguna del Sauce. El aire aquí era diferente: olía a pino, a sal y a dinero viejo. Un coche de alquiler de lujo nos esperaba. Bautista condujo hacia la zona de La Barra, cruzando el famoso puente ondulado que siempre me mareaba. No fuimos a un hotel. Fuimos a "La Casa del Acantilado", una propiedad de los Gordon en Manantiales que llevaba cerrada tres años. Al entrar, el aire estaba viciado y los muebles cubiertos con sábanas blancas, como fantasmas esperando. Bautista abrió los ventanales y el rugido del Atlántico llenó la sala, barriendo el olor a encierro. —Tenemos dos horas antes del partido de polo —dijo, mirando su reloj—. Dúchate y vístete. Ricci estará en la carpa VIP. —No traje ropa de "polo chic" —dije, mirando mi maleta llena de ropa de luto. —Improvisa. —Bautista me miró, y su mirada recorrió mi cuerpo—. Cuanto más negra y peligrosa vayas, mejor. No vamos a pedir perdón. Vamos a pedir guerra. Subí a la habitación principal. El baño tenía vistas al mar. Mientras me duchaba, quitándome el sudor del viaje y el estrés, pensé en la noche anterior. En el escritorio. En la forma en que Bautista me había poseído. No habíamos hablado de ello. En el avión, habíamos sido socios. Pero la tensión seguía ahí, latente, un cable de alta tensión zumbando bajo nuestros pies. Salí de la ducha y abrí mi maleta. Tenía el vestido del funeral. Demasiado solemne. Tenía el traje sastre. Demasiado oficina. Y tenía ese vestido. Uno que había comprado en Madrid para una gala de diseño y nunca usé porque me pareció "demasiado". Era n***o, sí. Pero era un vestido midi de seda con un escote halter que dejaba los hombros y la espalda completamente desnudos, y una abertura lateral que subía peligrosamente al caminar. Me lo puse. Me solté el pelo, dejándolo caer en ondas salvajes por mi espalda, luchando contra la humedad del mar. Me pinté los labios de un rojo oscuro, casi granate. Gafas de sol negras oversize. Me miré al espejo. No parecía una viuda. Parecía una viuda negra que acaba de comerse al marido. Bajé las escaleras. Bautista me esperaba en el salón. Se había cambiado el traje formal por un pantalón de lino n***o y una camisa negra desabrochada en los dos primeros botones, con las mangas remangadas. Llevaba mocasines sin calcetines. Parecía un príncipe oscuro de vacaciones en el infierno. Al verme, dejó de mirar su teléfono. Se quedó inmóvil. —Joder —susurró. Caminé hacia él, mis tacones resonando en el suelo de madera. —¿Demasiado? —Perfecto —dijo, acercándose y tomándome de la mano. Me hizo dar una vuelta—. Ricci no sabrá qué le ha golpeado. Pareces... intocable. —Tócame tú —dije, provocándolo, necesitando esa confirmación física antes de salir a la arena. Bautista me agarró de la cintura y me pegó a él. Su erección fue inmediata contra mi vientre. —Si te toco ahora, no llegamos al polo. Y Ricci se quedará con la empresa. Me besó con fuerza, un beso rápido y duro que me dejó los labios palpitando. —Vamos a recuperar lo que es nuestro. Luego... luego terminamos lo que empezamos anoche. El Medellín Polo Club era un escenario de postal. Césped verde esmeralda, cielo azul intenso, caballos pura sangre resoplando vapor y gente guapa bebiendo Clericó. Nuestro coche n***o entró en el parking VIP, levantando una nube de polvo y murmullos. Cuando bajamos, el contraste fue brutal. Todo el mundo vestía de blanco, beige, colores pasteles. Lino, sombreros de paja, vestidos floreados. Era la fiesta del verano. Y nosotros éramos dos manchas de tinta negra caminando por el prado. Los fotógrafos que cubrían el evento social se giraron como suricatos. —¡Son los Gordon! —¡Bautista y la viuda! —¡Aquí! ¡Miren aquí! Los flashes estallaron bajo el sol. No sonreímos. No saludamos. Caminamos tomados del brazo, con gafas de sol, con una arrogancia que era nuestra única defensa. Sentí las miradas de juicio, los susurros venenosos. "¿Cómo se atreven?" "El marido no está ni frío." "Dicen que son amantes." Apreté el brazo de Bautista. —Cabeza alta —murmuró él—. Son plebeyos mirando a la realeza. Nos dirigimos directamente a la Carpa VIP, la zona exclusiva de patrocinadores y millonarios. El guardia de seguridad, un gorila con lista en mano, nos miró dudoso. —Nombre. —Gordon —dijo Bautista, sin detenerse. El hombre miró la lista. —No están invitados, señor. —Dígale al señor Ricci que sus socios mayoritarios han venido a brindar con él. El guardia dudó. Miró hacia adentro. Un hombre salió de la sombra de la carpa. Era Alejandro Ricci. En persona era más bajo que en las fotos, pero irradiaba poder. Llevaba un traje de lino blanco impecable y un sombrero panamá. Tenía un cigarro puro en la mano y una copa de champán en la otra. Al vernos, su sonrisa se ensanchó, mostrando unos dientes demasiado blancos. —¡Bautista! ¡Y la encantadora Brenda! —Su voz era ronca, con un marcado acento italiano—. Qué sorpresa tan... audaz. Pasad, pasad. Mis condolencias, por supuesto. Aunque veo que el luto os sienta de maravilla. Hizo un gesto al guardia, que se apartó. Entramos en la boca del lobo. La carpa estaba llena de gente poderosa. Políticos uruguayos, modelos argentinas, banqueros. Ricci nos guió hacia un rincón privado, lejos de los oídos indiscretos, donde había sofás de mimbre blanco. —No os esperaba tan pronto —dijo Ricci, sentándose y cruzando las piernas— Pensé que estaríais ocupados llorando a mi querido amigo Ignacio. O buscando dinero debajo de las piedras. —Ignacio era tu amigo, pero tú eras su verdugo —dijo Bautista, permaneciendo de pie. Yo me quedé a su lado, cruzando los brazos. Ricci soltó una carcajada y dio una calada al puro. —Negocios son negocios, ragazzo. Ignacio necesitaba liquidez. Yo se la di. Las condiciones estaban claras. Muerte = Ejecución de deuda. Son 50 millones. ¿Traéis un cheque o vengo a por las llaves de la torre mañana? —Traemos una propuesta —dije yo. Ricci me miró. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con un descaro que me hizo sentir sucia. —Ah, la viuda negra habla. Me han contado cosas de ti, Brenda. Dicen que tienes garras. Me gusta. —Se inclinó hacia adelante—. ¿Qué propuesta? ¿Vais a pagar en especie? Bautista dio un paso adelante, amenazante. —Cuidado, Alejandro. —Tranquilo, toro. Solo bromeo. —Ricci se puso serio—. No hay propuesta que valga, Bautista. Quiero el 40% de Gordon Enterprises. Ya tengo comprador para esa parte. —¿Eliana? —pregunté. —Digamos que es alguien que tiene muchas ganas de volver a entrar en vuestra casa por la puerta grande. —Si vendes a Eliana, o si ejecutas la deuda... —Bautista sacó el pendrive de su bolsillo y lo dejó caer sobre la mesa de cristal. Hizo un sonido seco clac. —¿Qué es eso? —preguntó Ricci, mirando el dispositivo con desconfianza. —Es la contabilidad B de la Fundación Gordon. Esa que Eliana manejaba con tanta diligencia. —Bautista sonrió—. Hay transferencias muy interesantes a empresas offshore en Panamá y las Islas Vírgenes. Empresas que, curiosamente, figuran a nombre de tus testaferros, Alejandro. "Inversiones Vesubio", "¿te suena?" Ricci dejó de sonreír. El puro se quedó inmóvil en su mano. —Esos documentos son privados. Robados. —Son auditoría interna. Y si llegan a la fiscalía de delitos financieros de Uruguay y Argentina... bueno, creo que tu reputación de "inversor legítimo" sufriría un golpe. Y tus cuentas serían congeladas. Tal vez incluso te extraditen a Italia. Ricci nos miró. Sus ojos de tiburón evaluaron la amenaza. Evaluaron a Bautista. Me evaluaron a mí. Se dio cuenta de que no éramos los niños asustados que esperaba. —Sois peligrosos —murmuró Ricci, dejando el puro en el cenicero—. Me gusta. Ignacio era un blando. Vosotros... vosotros tenéis colmillos. —Queremos renegociar la deuda —dijo Bautista—. No la negamos. La pagaremos. Pero a nuestros plazos. Y sin ceder acciones. Ricci se recostó, pensando. —¿Y qué gano yo si acepto no ejecutaros mañana? Aparte de que no enviéis ese pendrive a la policía. En ese momento, una mujer se acercó a nuestra mesa. Llevaba un vestido de seda fucsia y un sombrero enorme. Se giró hacia nosotros con una sonrisa de sorpresa genuina. El corazón se me paró. —¡Brenda! —exclamó con acento español—. ¡Brenda Pérez! ¿Qué haces aquí? Me quedé helada. Era Camila, una compañera de mi máster de diseño en Madrid. —Camila... hola —balbuceé, intentando no entrar en pánico. —¡Qué fuerte encontrarte aquí! —Camila se acercó a darme dos besos, ajena a la tensión mortal en la mesa—. No te veía desde la graduación. Oye, ¿cómo está tu peque? ¿Leo, verdad? Sentí la mirada de Ricci clavada en mí como un láser. —Está... está bien. Grande. —¡Ay, qué mono era de bebé! Me acuerdo cuando lo llevabas a clase en el carrito porque no tenías con quién dejarlo. —Camila sonrió y luego miró a Bautista, que estaba rígido a mi lado—. Y este debe ser el padre, ¿no? El tiempo se detuvo. Camila miró a Bautista. Lo miró bien. Sus ojos oscuros, su mandíbula, su ceño fruncido. Luego me miró a mí, recordando la cara de mi hijo en Madrid. —Oye... —Camila soltó una risita nerviosa, señalando a Bautista—. Es que es clavado. El niño es una fotocopia de él. ¡Por fin conozco al misterioso papá! En Madrid nunca querías decir quién era, solo decías que estaba "lejos". Camila no sabía nada de Ignacio. No sabía quiénes eran los Gordon. Solo veía a una amiga, a su hijo, y al hombre que tenía los mismos rasgos genéticos. Ricci miró a Camila. Miró a Bautista. Y finalmente me miró a mí. Una sonrisa lenta y malévola se dibujó en su rostro bronceado. —Vaya, vaya... —dijo el mafioso, conectando los puntos que le faltaban. Su sospecha se acababa de confirmar por una testigo imparcial—. Así que el niño de Madrid... es una fotocopia del "tío". Ricci soltó una carcajada triunfal. Agarró el pendrive de la mesa y lo lanzó dentro de su copa de champán. Ploc. —Olvidad el pendrive —dijo Ricci, mirándonos con ojos brillantes—. Creo que acabo de encontrar algo mucho más valioso para negociar. La Cláusula de Moralidad del testamento de Ignacio sigue vigente hasta que se ejecute la sucesión definitiva. Y si el "hijo legítimo" resulta ser un bastardo del cuñado... adiós herencia, adiós empresa, adiós todo. Estábamos atrapados. En medio de la fiesta más glamurosa del verano, una simple coincidencia y la genética implacable nos habían delatado. Bautista me agarró la mano. Su agarre era de hierro. —Vámonos —dijo, sabiendo que la negociación había muerto. —No tan rápido —dijo Ricci, levantando la copa con el pendrive ahogado—. Ahora el precio ha subido. Y quiero cobrarlo esta noche.
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