Salimos de la carpa VIP con una calma fingida que dolía en los huesos. Bautista me agarraba del brazo con tanta fuerza que sus dedos se clavaban en mi piel a través de la seda negra, guiándome entre la multitud de sombreros de paja y risas despreocupadas. Camila intentó seguirnos, confundida. —¡Brenda! ¡Espera! ¿No nos tomamos una copa para celebrar el reencuentro? Bautista se giró un segundo, solo uno, y le lanzó una mirada tan gélida que la chica se detuvo en seco, con la copa a medio camino de los labios. —No nos sigas —advirtió él. Llegamos al coche. Bautista abrió la puerta del conductor y se metió sin esperar a abrirme la mía. Yo me deslicé en el asiento del copiloto justo cuando él arrancaba el motor. Los neumáticos del sedán alquilado chirriaron sobre la grava del estacionami

