La medianoche en Punta del Este no es oscura. Es una neblina azulada iluminada por los faros de los coches de lujo y las luces de seguridad de las mansiones fortificadas. Conducíamos hacia "La Mansa", la zona más exclusiva donde Alejandro Ricci tenía su búnker personal, una villa de arquitectura brutalista hormigón y vidrio colgada sobre las rocas.
Bautista conducía en silencio. Su perfil, iluminado intermitentemente por las farolas, estaba tenso, con esa rigidez de quien camina hacia el patíbulo con la cabeza alta. Yo iba a su lado, vestida con el vestido n***o rasgado que había intentado arreglar con unos imperdibles de emergencia que encontré en la guantera y cubriéndome con su chaqueta. Me sentía expuesta, sucia y extrañamente poderosa.
—¿Estás segura de esto? —preguntó él sin apartar la vista de la carretera.
—No. Pero estoy contigo. Eso me basta.
Llegamos al portón de entrada. Era una barrera de acero n***o de tres metros de altura. Dos guardias armados con fusiles de asalto salieron de la garita. No eran guardias de seguridad privada normales; tenían el porte y la mirada vacía de mercenarios.
Bautista bajó la ventanilla. —Tenemos cita con el señor Ricci.
El guardia miró su tablet. —Adelante. Les están esperando en la terraza inferior. Dejen el coche aquí. Les llevaremos en el carrito de golf.
Bajamos del coche. El aire olía a jazmín y a mar, una mezcla embriagadora que contrastaba con el nudo de hierro en mi estómago. Nos subimos al pequeño vehículo eléctrico, sentados en la parte trasera, tomados de la mano. El carrito descendió por un camino sinuoso rodeado de jardines tropicales iluminados artísticamente.
La villa apareció ante nosotros como un templo moderno. Muros de hormigón desnudo, piscinas infinitas que se fundían con el horizonte n***o del océano y esculturas abstractas que parecían tótems de una religión olvidada.
Nos dejaron frente a una puerta de cristal inmensa que se abrió sola. Un mayordomo nos guió a través de un salón minimalista, decorado con obras de arte que valían más que mi vida entera, hasta salir a la terraza principal.
Alejandro Ricci estaba allí. Estaba de pie junto a la barandilla, mirando el mar. Había cambiado su traje blanco por un conjunto de seda azul noche. Sostenía una copa de coñac y el humo de su puro dibujaba espirales perezosas en el aire quieto.
Pero no estaba solo. Sentada en un sofá blanco, con una copa de champán en la mano y cara de estar viviendo la aventura de su vida, estaba Camila. Mi "amiga". La testigo. Al vernos llegar, Camila sonrió nerviosa. —Hola chicos... Alejandro me ha pedido que me quede. Dice que la fiesta sigue aquí.
Bautista no la miró. Sus ojos estaban clavados en la espalda de Ricci. —Se acabó la fiesta, Alejandro.
Ricci se giró lentamente. Su rostro estaba en sombra, pero sus dientes brillaron al sonreír. —Ah, mis invitados favoritos. Puntuales como un reloj suizo. —Levantó su copa en un brindis burlón—. ¿Traéis los papeles firmados? ¿O venís a suplicar por vuestras vidas financieras?
—Venimos a informarte de un cambio de planes —dijo Bautista, caminando hacia él con pasos firmes. Se detuvo a tres metros, invadiendo el espacio personal del mafioso con una arrogancia suicida.
—¿Cambio de planes? —Ricci arqueó una ceja plateada—. No recuerdo haber autorizado cambios. Tenéis una deuda de 50 millones que vence en... —miró su reloj Patek Philippe—... tres minutos. Y tengo a una testigo encantadora —señaló a Camila con el puro— que está dispuesta a declarar ante cualquier juez que vuestro hijo es una copia exacta del tío, probando el fraude de paternidad.
Camila se removió incómoda en el sofá. —Bueno, declarar... Alejandro dijo que solo quería confirmar lo que vi...
—Cállate, Camila —dije yo, mi voz sonando más fría de lo que me sentía—. No tienes ni idea de dónde te has metido.
Ricci rió. —Tiene razón, cara. Esto es cosa de mayores. —Volvió a mirar a Bautista—. Así que... ¿dónde está mi 51%?
Bautista metió la mano en el bolsillo de su chaqueta. Los guardias de seguridad en las esquinas de la terraza tensaron sus armas, pero Bautista solo sacó su teléfono móvil. Lo desbloqueó y lo puso sobre la mesa de cristal que los separaba, con la pantalla brillando hacia arriba.
—No hay 51% para ti, Alejandro. Y no hay deuda.
—¿Estás bromeando? —La sonrisa de Ricci desapareció—. Si no firmas, mañana a primera hora mis abogados presentan la ejecución de garantías y la demanda de impugnación de paternidad. Destruyo tu vida, Bautista. Y la de ella.
—Hazlo —desafió Bautista—. Pero antes, mira el teléfono.
Ricci miró el dispositivo con desdén, luego lo tomó. Leyó el correo electrónico que estaba en borrador, listo para ser enviado. Sus ojos se movieron rápidamente por la pantalla. A medida que leía, su bronceado pareció desvanecerse bajo la luz de la luna.
—¿Qué es esto? —preguntó, con voz peligrosa.
—Es un informe detallado para la SEC, la Comisión de Valores de Estados Unidos, y para la Fiscalía de Delitos Económicos de Uruguay —explicó Bautista con calma—. Contiene números de cuentas, fechas de transferencias y, lo más importante, los correos electrónicos internos entre tú y Eliana donde discutís cómo lavar el dinero del narcotráfico a través de la Fundación Gordon.
Ricci levantó la vista. Sus ojos eran los de una cobra a punto de atacar. —Esto es mentira. Son documentos fabricados.
—Son los metadatos originales extraídos del servidor. —Bautista se cruzó de brazos—. Y he programado un envío automático. Si no introduzco un código de seguridad cada seis horas... ese correo se envía a 50 periodistas de investigación y a tres agencias federales.
—Es un farol —siseó Ricci.
—Pruébame. —Bautista se inclinó hacia adelante—. Ejecuta la deuda mañana. Quédate con la empresa. Pero te advierto: te quedarás con un cascarón vacío que está siendo investigado por lavado de dinero internacional. Tus activos en Europa serán congelados. Tus socios... esos que no perdonan errores... se preguntarán por qué dejaste que un "niño rico" te expusiera.
Se hizo un silencio absoluto en la terraza. Solo se oía el romper de las olas contra las rocas abajo. Ricci miró a Bautista. Luego miró el teléfono. Luego a sus guardias. Podía matarnos. Podía ordenar que nos tiraran por el acantilado ahora mismo. Pero si el envío era automático... su muerte financiera estaba asegurada.
Ricci soltó una carcajada. Fue un sonido seco, gutural. Lanzó el teléfono de vuelta a Bautista, quien lo atrapó en el aire. —Touché, hijo de puta. —Ricci aplaudió lentamente—. Tienes huevos. Me gusta. Amenazar con quemar tu propio legado para salvar el culo... es algo que yo haría.
—No es para salvar mi culo —dijo Bautista, mirándome—. Es para salvar a mi familia.
Ricci se sirvió más coñac. Su lenguaje corporal cambió. Ya no era el depredador atacando; era el hombre de negocios reevaluando el mercado. —Bien. Digamos que te creo. Digamos que estamos en un punto muerto. Yo tengo el secreto de tu bastardo. Tú tienes mis trapos sucios. Mutua destrucción asegurada. ¿Y ahora qué?
—Ahora rompemos el contrato de la deuda —dijo Bautista—. Tú cancelas el préstamo de Ignacio. Lo das por pagado. Nosotros borramos los archivos. Y cada uno sigue su camino.
Ricci negó con la cabeza, sonriendo con malicia. —No, no, no. Así no funcionan las cosas en mi mundo, Bautista. No puedes robarme 50 millones y esperar que te dé las gracias. —Dio un sorbo al coñac—. Acepto el empate. No ejecutaré la deuda. No me quedaré con las acciones. Y me olvidaré de lo que tu amiga Camila vio o dejó de ver.
Miró a Camila, que estaba pálida, dándose cuenta de que era un peón sobrante. —Pero... —Ricci levantó un dedo—. El dinero tiene que volver a casa.
—No tenemos liquidez —repitió Bautista.
—Lo sé. Pero tenéis algo mejor. Tenéis una estructura corporativa limpia y respetable. —Ricci caminó hacia nosotros, rodeándonos—. Ignacio me debía 50 millones. Vosotros no me los vais a devolver en efectivo. Me los vais a devolver en... servicios.
—¿Qué tipo de servicios? —pregunté, temiendo la respuesta.
Ricci se detuvo frente a mí. —Voy a mover una carga grande el mes que viene. Contenedores. Necesito que pasen por la aduana de Buenos Aires sin preguntas. Gordon Logistics, vuestra filial de transporte, tiene "Canal Verde" en el puerto, ¿verdad? Inspecciones mínimas.
Bautista se tensó. —Quieres que usemos nuestros camiones para mover tu mierda.
—Quiero que Gordon Logistics importe una partida de "maquinaria industrial" desde Nápoles. Vosotros firmáis los manifiestos de carga. Vosotros garantizáis el paso. Una vez que la carga salga del puerto y llegue a mis almacenes... la deuda de Ignacio queda saldada. Quemamos el contrato. Y somos amigos.
Era narcotráfico. O contrabando de armas. Nos estaba pidiendo que nos convirtiéramos en cómplices activos de un delito federal. —No —dijo Bautista—. No voy a convertir mi empresa en una mula de carga para la mafia.
—Entonces pulsa el botón, Bautista —dijo Ricci con frialdad—. Envía el correo. Húndenos a todos. Pero recuerda... si tú me hundes, yo me llevo a tu hijo por delante. Mañana todo el mundo sabrá que es un bastardo incestuoso.
Miré a Bautista. Vi la lucha en sus ojos. La ética contra el amor. El legado contra la supervivencia. Si aceptábamos, cruzábamos una línea de la que no había retorno. Ya no seríamos inocentes chantajeados. Seríamos criminales.
Pero si nos negábamos... Leo pagaría el precio. Su vida quedaría marcada por el escándalo. Podrían quitárnoslo.
Me acerqué a Bautista y le toqué el brazo. Él me miró. —Hazlo —susurré—. Es solo una vez. Una carga. Y seremos libres.
Bautista apretó la mandíbula hasta que los músculos de su cuello se marcaron. Miró a Ricci, que esperaba con paciencia de reptil. —Una carga —dijo Bautista con voz ronca—. Una sola. Y después quemas el contrato de deuda y cualquier copia digital o física que tengas. Y firmas un acuerdo de confidencialidad sobre la paternidad de Leo.
—Trato hecho. —Ricci extendió la mano—. Bienvenidos a la familia, chicos.
Bautista estrechó la mano del mafioso. Fue un pacto faustiano sellado bajo la luna de Punta del Este. —¿Y qué pasa con ella? —preguntó Bautista, señalando a Camila.
Ricci se giró hacia la chica, que temblaba en el sofá. —Ah, la testigo. No te preocupes. Camila y yo vamos a hacer un crucero largo en mi yate. Estará... incomunicada una temporada. Disfrutando del sol. ¿Verdad, cara?
Camila asintió frenéticamente, con lágrimas en los ojos. Sabía que no tenía opción. —Sí... me encantan los cruceros.
—Bien. —Ricci nos dio la espalda—. Largo de aquí. Tenéis una semana para preparar la logística. Mi gente os contactará. Y Bautista... no intentes engañarme con la carga. Sé dónde vive tu hijo.
Salimos de la terraza con el sonido de esa amenaza resonando en nuestros oídos. El camino de vuelta al carrito de golf fue silencioso. Nos habíamos salvado. Pero el precio había sido vender nuestras almas.
Subimos al coche de alquiler. Bautista arrancó y salió de la propiedad quemando rueda. No habló hasta que estuvimos a kilómetros de distancia, en la carretera oscura.
—Somos criminales —dijo, mirando fijamente la línea blanca del asfalto—. Acabo de comprometer la empresa de mi padre para mover droga.
—Lo hiciste por Leo —le recordé, poniendo una mano en su muslo—. Lo hicimos por él.
—¿Hasta dónde vamos a llegar, Brenda? —Se giró un segundo para mirarme, y vi el terror real en sus ojos—. Mentiras, adulterio, chantaje, y ahora contrabando. ¿En qué nos estamos convirtiendo?
—En supervivientes —dije—. Nos estamos convirtiendo en los padres que Leo necesita para mantener su corona.
Bautista volvió a mirar la carretera, pero puso su mano sobre la mía. —Una carga. Solo una. Y después... después limpiaré esa empresa aunque tenga que fregar el suelo con mi propia sangre.
El viaje de regreso a Buenos Aires fue diferente. Ya no había euforia. Había una complicidad oscura, pesada. Habíamos entrado en el inframundo para salvar nuestro cielo. Y ahora, teníamos que vivir con el olor a azufre en nuestra ropa.