El peso de la corona sucia

2396 Words
El vuelo de regreso a Buenos Aires fue muy distinto al de ida. Si al ir nos sentíamos como guerreros a punto de asaltar un castillo, al volver nos sentíamos como supervivientes que han tenido que comerse a sus propios compañeros para no morir de hambre. El silencio en la cabina del avión era espeso. Bautista tenía el ordenador abierto, revisando los manifiestos de carga de Gordon Logistics, pero sabía que no estaba leyendo. Estaba buscando huecos. Estaba buscando cómo colar un contenedor fantasma en una empresa que su padre había construido sobre la base de la transparencia absoluta. Yo miraba las nubes por la ventanilla, sintiendo que cada kilómetro que nos acercaba a casa aumentaba el peso en mi pecho. Habíamos salvado la herencia. Habíamos salvado el secreto. Pero habíamos traído algo oscuro con nosotros. Aterrizamos en San Fernando bajo una llovizna persistente, ese clima gris que parecía haberse instalado en nuestras vidas desde mi regreso. El coche blindado nos llevó directamente a la mansión. Cuando entramos en el vestíbulo, la escena doméstica que nos recibió fue una puñalada de normalidad. Leo estaba corriendo por el pasillo con un avión de juguete, haciendo ruidos de motor con la boca. Matilde lo perseguía con una sonrisa cansada pero genuina. —¡Mami! ¡Tío Bau! —gritó al vernos, lanzando el avión (que chocó contra un jarrón chino sin romperlo, por milagro) y corriendo hacia nosotros. Bautista se agachó para recibirlo. Leo se estrelló contra su pecho. —¡Volvisteis! —exclamó el niño—. ¿Ganasteis a los malos? Bautista me miró por encima de la cabeza de su hijo. Sus ojos estaban oscuros, atormentados. —Sí, campeón —dijo con la voz ronca—. Ganamos. Pero ha sido una batalla difícil. —¿Sois superhéroes? —Algo así —respondí yo, acariciando su pelo suave. Me sentía una farsante. Los superhéroes no firman tratos con mafiosos en terrazas de Punta del Este. Esa noche, después de acostar a Leo (que nos hizo prometer que no nos iríamos nunca más), bajamos al despacho de Bautista. No era momento de descansar. Era momento de ejecutar la primera parte del pago. A las diez de la noche, el timbre de servicio sonó. Gómez, el jefe de seguridad, anunció la visita por el intercomunicador. —Señor, hay un abogado aquí. Dice que viene de parte del Sr. Ricci. Un tal Doctor Moretti... no, perdón, Doctor Molinari. —Hazlo pasar —dijo Bautista, sirviéndose un whisky doble sin hielo. Molinari no tenía aspecto de abogado penalista agresivo. Parecía un contable aburrido: traje gris barato, maletín desgastado, gafas de montura metálica. Pero sus ojos eran fríos y calculadores. Entró en el despacho sin saludar. Dejó el maletín sobre el escritorio de caoba y sacó dos carpetas. —Buenas noches. El señor Ricci envía sus saludos y espera que el viaje haya sido placentero. —Déjate de cortesías —cortó Bautista—. ¿Traes los documentos de cancelación de deuda? —Aquí están. —Molinari empujó la primera carpeta—. "Acta de Cancelación Total de Obligaciones Financieras por Dación en Pago de Servicios". Legalmente impecable. La deuda de 50 millones de Ignacio Gordon queda saldada a cambio de... consultoría logística futura. —¿Y la segunda carpeta? —pregunté. Molinari sonrió levemente. —Los detalles de dicha "consultoría". Abrí la segunda carpeta. No había contratos legales. Solo hojas técnicas. Un número de contenedor. Una fecha de llegada: Martes 14, Buque "MSC Napoli". Una descripción de carga: "Maquinaria Agrícola Pesada - Piezas de repuesto industriales". Y un destino final: Un depósito fiscal en la Zona Franca de La Plata, operado por una empresa fantasma de Ricci. —El contenedor debe pasar por el Canal Verde —explicó Molinari con voz monótona—. Gordon Logistics tiene estatus de "Operador Económico Calificado". Sus cargas rara vez se escanean si los papeles están en orden. Necesitamos que ustedes firmen el conocimiento de embarque como importadores directos. Bautista leyó el papel. Sus manos temblaban ligeramente, no de miedo, sino de ira contenida. —Si firmamos esto... somos los dueños de la carga. Si abren ese contenedor y encuentran droga o armas... vamos a la cárcel nosotros, no Ricci. —Ese es el seguro de vida del señor Ricci —admitió Molinari—. Él necesita saber que ustedes harán todo lo posible para que no lo abran. Porque si caen, caen solos. Era una trampa perfecta. Nos convertía en escudos humanos para su contrabando. Bautista agarró su pluma estilográfica. Miró el papel. Miró hacia arriba, hacia el techo, como pidiendo perdón a su padre muerto. Luego, firmó. Bautista Gordon, CEO. Me pasó la pluma. Yo firmé debajo, como Regente de la Presidencia. Brenda Gordon. Molinari recogió los papeles con eficiencia, dejando la copia de la cancelación de la deuda sobre la mesa. —Un placer hacer negocios. El martes, asegúrense de que sus aduaneros amigos miren para otro lado. Cuando el abogado salió, el despacho se sintió contaminado. Bautista se dejó caer en su silla de cuero y cerró los ojos. —Ya está hecho. Estamos dentro. Me acerqué a la ventana. La lluvia golpeaba el cristal. —Solo es una vez, Bautista. El martes sacamos ese contenedor, lo entregamos y somos libres. Quemamos los puentes. —¿Crees que Ricci nos dejará ir después de esto? —preguntó él, abriendo los ojos—. Ahora tiene algo peor que el secreto de Leo. Tiene nuestra firma en un delito federal. Nos tendrá cogidos por el cuello para siempre. —Entonces tendremos que ser más listos que él. —Me giré, sintiendo una frialdad nueva en mis venas—. Tendremos que asegurarnos de que, si caemos, él caiga más fuerte. En ese momento, la televisión que Bautista tenía encendida en silencio en la esquina del despacho llamó mi atención. Era un programa de chismes nocturno. De esos que se alimentan de la carroña de la alta sociedad. En la pantalla, aparecía una foto nuestra saliendo del funeral. Y en el recuadro pequeño, conectada por videollamada... estaba Eliana. —Sube el volumen —dije. Bautista agarró el mando. —...y por eso digo que la investigación sobre la muerte de mi prometido no debería cerrarse —decía Eliana, con los ojos llorosos y un fondo falso de una biblioteca elegante (probablemente un hotel barato)—. Hay cosas muy extrañas. Esa mujer apareció de la nada, el testamento cambió en el último segundo... y ahora me entero de que se han ido de viaje romántico a Uruguay el día después del entierro. El presentador, un hombre con dientes blanqueados, preguntó con morbo: —¿Insinúa usted que hay una relación entre la viuda y el cuñado? Eliana hizo una pausa dramática. —Yo no insinuó nada. Solo digo que la genética es caprichosa. Y que a veces, los tíos se parecen demasiado a los sobrinos. La verdad saldrá a la luz. Estoy escribiendo un libro. "La Casa de los Secretos". Y voy a contarlo todo. Bautista apagó la tele con violencia. La pantalla se fue a n***o. —Escribiendo un libro —escupió—. No tiene pruebas, así que va a vender humo. —El humo asfixia igual que el fuego —dije—. Va a mantener la duda viva. Va a hacer que la gente mire a Leo con lupa. —Que escriba lo que quiera. —Bautista se levantó y caminó hacia mí. Me tomó por la cintura, atrayéndome hacia su cuerpo caliente—. Mientras tengamos el control de la empresa y Ricci no hable... Eliana es solo ruido de fondo. —Tenemos que ir al puerto mañana —dije, cambiando el chip a modo operativo—. Tenemos que preparar el terreno para el martes. Hay un capataz allí, Russo. Es un hombre honesto. Lleva treinta años con tu padre. —Russo... —Bautista suspiró, dolorido—. Él maneja la terminal 4. Tendremos que apartarlo. —Tendrás que mentirle, Bautista. Tendrás que mirarle a los ojos y mentirle. —Lo sé. —Me soltó y fue a servirse otro trago—. Sumalo a la lista de pecados. A la mañana siguiente, el puerto de Buenos Aires era un monstruo de acero y ruido bajo el cielo plomizo. Grúas gigantes movían contenedores como si fueran piezas de Lego. El olor a gasoil y a río podrido impregnaba el aire. Llegamos en el coche oficial. Bautista llevaba su casco de seguridad y el chaleco reflectante con el logo de Gordon Logistics. Yo iba a su lado, vestida con ropa práctica, fingiendo ser la nueva jefa interesada en la operativa. Entramos en la oficina del capataz. Russo era un hombre bajo, robusto, con la piel curtida por el sol y las manos manchadas de grasa. Al ver a Bautista, se levantó de un salto y se quitó la gorra. —¡Señor Bautista! Qué alegría verlo por aquí. Y mi más sentido pésame por Don Ignacio. Una tragedia. —Gracias, Russo. —Bautista le estrechó la mano. Vi cómo le costaba mantener la mirada—. Te presento a Brenda, mi cuñada. Ella supervisará la división de Living, pero hoy estamos aquí por un tema operativo. —Lo que necesiten. La terminal es suya. Bautista carraspeó, incómodo. —Russo... el martes llega el MSC Napoli. Trae una carga especial para un cliente VIP. Maquinaria sensible. —Sí, vi el aviso en el sistema. Contenedor GL-4098. Iba a asignarle la cuadrilla de inspección habitual. —No —dijo Bautista rápidamente—. Hay un cambio de protocolo. El cliente exige confidencialidad absoluta por patentes industriales. No quiere que nadie abra ese contenedor. Ni siquiera nosotros. Russo frunció el ceño, confundido. —Pero señor... el protocolo de aduanas exige al menos un escaneo aleatorio. Y nosotros siempre verificamos los precintos. Es la norma de su padre: "Confianza, pero verificación". —Esta vez no, Russo. —La voz de Bautista se endureció. Odiaba hacer esto—. Es una orden directa de Presidencia. Ese contenedor pasa directo al camión de salida. Sin escáner. Sin apertura. Y quiero que tú... quiero que tú te tomes el día libre el martes. Russo se quedó helado. —¿El día libre? Pero si llega carga importante... —Has trabajado mucho, Russo. Tómate el día. Ve a pescar con tus nietos. Yo supervisaré la descarga personalmente con un equipo externo. El viejo capataz miró a Bautista. Vio algo en sus ojos. Quizás vio la mentira. Quizás vio la desesperación. —Señor Bautista... —dijo lentamente—. Usted sabe que yo le vi crecer. Sabe que haría cualquier cosa por esta empresa. Pero esto... esto suena raro. ¿Está usted en problemas? El silencio en la pequeña oficina fue terrible. Bautista apretó los puños. —No es asunto tuyo, Russo. Es una orden. ¿La vas a cumplir o tengo que buscar a otro jefe de terminal? Russo bajó la mirada, herido en su orgullo y en su lealtad. —No hace falta que me amenace, señor. Si usted me dice que me vaya, me voy. Pero tenga cuidado. En el puerto las paredes oyen. Y los contenedores que no se abren... suelen traer desgracias. —El martes. Fuera de aquí —sentenció Bautista. Salimos de la oficina. Bautista caminaba rápido, huyendo de la mirada decepcionada del viejo empleado. Cuando llegamos al coche, golpeó el techo con fuerza. —¡Mierda! —Hiciste lo que tenías que hacer —le dije, intentando calmarlo. —Le he roto el corazón a un hombre leal para proteger a un mafioso. —Me miró, y sus ojos estaban llenos de autodesprecio—. Me siento sucio, Brenda. —Nos lavaremos —dije, tomándole la cara—. Cuando esto acabe, nos lavaremos. Esa noche, la necesidad de limpieza se volvió literal y física. Llegamos a la mansión agotados, con el alma manchada de mentiras y coacción. Matilde ya había acostado a Leo. La casa estaba en silencio. Bautista subió directo a su habitación. Yo fui detrás de él. Entró en el baño principal, una estancia de mármol n***o y grifos dorados. Empezó a abrir el agua de la ducha, caliente, muy caliente, hasta que el vapor llenó la habitación. Se quitó la ropa con rabia, dejándola tirada en el suelo. Entró bajo el chorro de agua hirviendo, apoyando las manos en los azulejos, bajando la cabeza. Yo me desnudé en silencio. Entré en la ducha con él. El agua me quemó la piel, pero no me importó. Lo abracé por la espalda, pegando mi cuerpo al suyo. Sentí cómo sus músculos se tensaban y luego se relajaban bajo mi tacto. —No puedo quitarme la sensación —murmuró él, sin girarse, bajo el estruendo del agua—. La sensación de que hemos vendido el alma. —La recuperaremos —le prometí, besando su espalda mojada, sus omóplatos, su nuca—. Pero ahora... ahora estamos aquí. Vivos. Bautista se giró bruscamente. Me agarró por la cintura y me levantó, inmovilizándome contra la pared húmeda de la ducha. —Hazme olvidar —suplicó—. Hazme olvidar quién soy y qué he hecho hoy. Me besó con hambre, con una necesidad que iba más allá del placer. Era una búsqueda de redención a través de la carne. Hicimos el amor bajo el agua hirviendo, de pie, resbalando, desesperados. Fue un acto crudo, intenso, donde el dolor y el placer se confundían. Él me lavó y yo le lavé a él, como si el jabón pudiera quitar las manchas morales. Cuando terminamos, envueltos en toallas grandes y blancas, sentados en el suelo del baño, Bautista me miró. Sus ojos ya no estaban tan oscuros. Había una nueva determinación en ellos. —El martes —dijo—. El martes entregamos esa carga. Y el miércoles... el miércoles empezamos a planear cómo destruir a Ricci. —¿Cómo? —No lo sé todavía. Pero no voy a ser su mula para siempre. Voy a encontrar su punto débil. Y cuando lo haga... deseará no haberme conocido nunca. Me acurruqué contra su pecho. La guerra había cambiado. Ya no era por una herencia. Era por nuestra libertad. Y estábamos dispuestos a todo para conseguirla. Fuera, la tormenta había vuelto. Pero dentro, en el ojo del huracán, estábamos listos para lo que viniera.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD