Acero, lluvia y mentiras

2507 Words
El martes amaneció con un cielo de color hematoma, una mezcla de morado y gris oscuro que amenazaba con descargar una tormenta eléctrica sobre el puerto de Buenos Aires. Era el escenario perfecto para un crimen, o para una ejecución. Me desperté antes de que sonara la alarma. En realidad, no había dormido. Había pasado la noche mirando el techo de la habitación de invitados, escuchando la respiración acompasada de Bautista a mi lado (se había negado a dejarme sola) y la de Leo en la cama de al lado. Una extraña y retorcida familia durmiendo junta antes de cometer un delito federal. A las seis de la mañana, Bautista ya estaba vestido. Pantalones oscuros de trabajo, botas de seguridad y una chaqueta impermeable negra. Parecía un mercenario, no un CEO. Yo me vestí igual: vaqueros negros, botas, un jersey grueso de cuello alto y una parka. No íbamos a una junta directiva. Íbamos al barro. —¿Estás lista? —preguntó, revisando su teléfono por enésima vez. —Estoy aterrorizada —admití, atándome los cordones con manos frías. —Bien. El miedo te mantiene alerta. —Se agachó y me levantó la barbilla—. Hoy no eres Brenda Gordon, la diseñadora. Hoy eres mis ojos y mis oídos. Si ves algo raro, si ves a alguien que no debería estar allí, me avisas. Y si las cosas se ponen feas... te subes al coche y te vas. No me esperas. ¿Entendido? —No te voy a dejar allí, Bautista. —Brenda, esto no es una discusión. Si la policía aparece, yo asumo la culpa. Tú tienes que quedarte libre para cuidar de Leo. Prométemelo. Tragué saliva. —Te lo prometo. Dejamos a Leo con Matilde y Gómez, el jefe de seguridad de la casa. —Mamá tiene que ir a ver los barcos grandes —le dije a mi hijo, dándole un beso que me supo a despedida. —¡Traeme un barco pirata! —pidió él, inocente. Si supiera que su madre iba a tratar con piratas de verdad...l El trayecto al puerto fue un estudio en silencio tenso. La ciudad se despertaba lenta, ajena a que uno de sus pilares empresariales estaba a punto de traficar con contrabando para la mafia italiana. Al llegar a la Terminal 4, el ambiente era hostil. El viento del río cortaba la cara. Las grúas pórtico se alzaban como esqueletos gigantes sobre las montañas de contenedores multicolores. Russo, el capataz, no estaba en la garita de entrada. Bautista había sido claro: "Tómate el día libre". Pero al pasar por el control, vi su camioneta vieja aparcada en un rincón discreto, detrás de unos palets. Bautista también la vio. Apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. —El viejo es terco —masculló—. Se ha quedado. —¿Crees que intervendrá? —Espero que no. Por su bien. Aparcamos cerca del muelle de descarga. El buque MSC Napoli ya estaba atracado, un gigante de acero n***o y rojo que dominaba el paisaje. Las operaciones de descarga estaban en marcha. El estruendo de los contenedores y las alarmas de retroceso de los camiones llenaban el aire. En el muelle, esperando junto a un camión sin rotular, había tres hombres que desentonaban por completo con el entorno. No llevaban uniformes del puerto ni chalecos de Gordon Logistics. Llevaban chaquetas de cuero y miradas que decían "he estado en la cárcel y no me importaría volver". Eran los hombres de Ricci. El "equipo externo". El líder era un tipo calvo, con una cicatriz que le cruzaba la ceja y bajaba hasta la mejilla. Se acercó a nosotros cuando bajamos del coche. —Gordon —dijo, sin "señor" ni cortesías—. Soy El Turco. Vengo por el encargo del Don. Bautista lo miró con desdén. —El contenedor baja en diez minutos. ¿Tenéis los papeles del transporte? —Tenemos lo que hace falta. Tú solo asegúrate de que los aduaneros miren para otro lado. —Mis papeles están en regla. El contenedor GL-4098 tiene pre-despacho y Canal Verde. Nadie debería molestarnos. —Más te vale. —El Turco escupió al suelo—. Porque si alguien intenta abrir esa caja, mis órdenes son sacarla a la fuerza. Y no será bonito. Me estremecí. No eran estibadores. Eran matones armados. Si había un control sorpresa, habría un tiroteo en medio del puerto. —Mantén a tus perros atados —advirtió Bautista, dando un paso hacia el matón, usando su altura para intimidar—. Esto es mi terminal. Aquí se hacen las cosas con calma. Si sacas un arma, cancelo la operación y llamo a Prefectura yo mismo. El Turco sonrió, mostrando un diente de oro. —Tranquilo, jefe. Solo estamos nerviosos. Es carga valiosa. En ese momento, la grúa gigante se movió sobre el buque. Las garras de acero bajaron y se engancharon a un contenedor azul oscuro en la cubierta. GL-4098. Lo vi pintado en el costado con letras blancas oxidadas. El corazón me latía en la garganta. Ahí venía. La deuda de Ignacio. Nuestra libertad. O nuestra condena. La grúa levantó el contenedor. Parecía flotar en el aire gris, oscilando ligeramente por el viento. Bautista sacó su radio. —Grúa 1, aquí Gordon. Descarga directa al camión en muelle 3. Prioridad Alfa. —Recibido, señor Gordon —crepitó la radio. El contenedor empezó a descender hacia el camión de los hombres de Ricci. Todo iba bien. Demasiado bien. Miré hacia la entrada de la terminal. Todo tranquilo. Miré hacia la camioneta de Russo. No se veía movimiento. El contenedor tocó el chasis del camión con un estruendo metálico. CLANG. Los cierres de seguridad twist-lock se giraron. Asegurado. El Turco golpeó la cabina del conductor. —¡Vámonos! ¡Mueve el culo! El camión arrancó, soltando una nube de humo n***o. Bautista soltó el aire que contenía. Me miró y asintió levemente. —Está hecho. Pero el destino, o quizás Eliana, tenía otros planes. Justo cuando el camión empezaba a rodar hacia la salida, unas luces azules y rojas destellaron en el acceso principal. Una sirena corta, autoritaria, sonó dos veces. WOOP-WOOP. Un vehículo oficial, un todoterreno blanco con las letras AFIP - ADUANA en el costado, entró en la terminal a toda velocidad y se cruzó en el camino del camión, bloqueándole el paso. —¡Mierda! —gritó Bautista. —¿Es una inspección rutinaria? —pregunté, sintiendo que me mareaba. —No. —Bautista miraba fijamente al vehículo—. Ese coche es de la División de Narcotráfico y Contrabando. Alguien ha dado el chivatazo. Del coche oficial bajaron cuatro agentes armados con chalecos tácticos y un perro. Y un hombre de traje gris, con gafas de sol a pesar de la lluvia y una carpeta en la mano. Lo reconocí de las noticias. Era el Inspector Varela. Famoso por ser incorruptible y por odiar a los ricos. —¡Apaguen el motor! —ordenó Varela por un megáfono—. ¡Conductor, baje del vehículo con las manos en alto! El Turco, que estaba de pie junto al camión, se llevó la mano a la cintura, debajo de la chaqueta. —¡No! —gritó Bautista, echando a correr hacia ellos—. ¡No hagáis nada estúpido! Corrí detrás de Bautista, aunque mis piernas pesaban toneladas. —¡Inspector Varela! —gritó Bautista, levantando las manos para mostrar que iba desarmado—. ¡Soy Bautista Gordon! ¡Esta es mi terminal! ¿Qué está pasando? Varela se giró. Nos miró con frialdad. —Señor Gordon. Justo a quien quería ver. Tenemos una alerta roja sobre este contenedor. Procedencia Nápoles. Remitente bajo sospecha de la Europol. —Ese contenedor tiene Canal Verde —dijo Bautista, llegando hasta él, jadeando—. Son repuestos industriales para nuestra planta de ensamblaje. Tengo los papeles aquí. —El Canal Verde se revoca cuando hay sospecha fundada —dijo Varela, implacable—. Hemos recibido una llamada anónima esta mañana. Dice que este contenedor no trae repuestos. Dice que trae algo mucho más... volátil. Eliana. Tenía que ser ella. Había jugado su última carta para destruirnos, incluso si eso significaba destruir la empresa de Ignacio. El Turco miraba a Bautista. Sus ojos decían: "Si abren la puerta, empieza la masacre". Los agentes de aduana tenían las manos en sus armas. El perro ladraba, oliendo la tensión (o la droga). Bautista se interpuso entre el inspector y el camión. —Inspector, esto es un error. Si abre ese contenedor aquí, rompe la cadena de frío y los sellos de garantía de la maquinaria. Me costará millones. Si quiere inspeccionar, hágalo en el depósito fiscal, bajo techo, con mis abogados presentes. —Lo abriremos aquí y ahora —sentenció Varela—. Agentes, rompan el precinto. Uno de los agentes sacó una cizalla gigante y se acercó a las puertas traseras del contenedor. El Turco desenfundó su pistola. Fue un movimiento rápido, estúpido y letal. —¡Nadie toca la carga! —gritó el matón. —¡Arma! —gritó uno de los agentes. El caos estalló en un segundo. Los agentes de aduana apuntaron sus armas largas. Bautista se lanzó hacia El Turco, no para atacarlo, sino para bajarle el brazo. —¡Baja el arma, imbécil! —rugió Bautista, agarrando la muñeca del matón y torciéndola—. ¡Si disparas, estamos muertos! —¡Suéltame! —gritó El Turco, forcejeando. Yo me quedé paralizada a unos metros, viendo la escena a cámara lenta. El agente con la cizalla retrocedió. Varela sacó su propia pistola. —¡Gordon, apártese! ¡Al suelo! En ese momento, un ruido ensordecedor vino desde el otro lado del muelle. Un motor diésel rugiendo al máximo de revoluciones. Todos nos giramos. Era una grúa pórtico móvil. Una Reach Stacker gigante, de esas que mueven contenedores llenos como si fueran cajas de zapatos. Y venía directa hacia nosotros. O mejor dicho, hacia el coche de la aduana. La conducía Russo. El viejo capataz, con la cara roja de furia y determinación, había arrancado la máquina y cargaba contra el bloqueo policial. —¡Cuidado! —gritó Varela, saltando hacia un lado. La Reach Stacker no frenó. Russo giró el volante en el último segundo y, en lugar de aplastar el coche patrulla, bajó el spreader (el brazo de agarre) y golpeó violentamente una pila de contenedores vacíos que había al lado. CRASHHHHHHH. La pila de contenedores se derrumbó con un estruendo apocalíptico, cayendo justo entre el camión de Ricci y los agentes de aduana, creando una barrera de acero retorcido y polvo. —¡Ahora! —gritó Bautista, empujando a El Turco hacia la cabina del camión—. ¡Sacadlo de aquí! ¡Ya! El conductor del camión no necesitó que se lo dijeran dos veces. Aprovechando la confusión y la nube de polvo, metió primera y aceleró, esquivando el coche patrulla por el hueco que quedaba y saliendo disparado hacia la puerta de salida secundaria de la terminal. Varela tosía en el polvo, intentando levantarse. —¡Alto! ¡Disparen a las ruedas! Los agentes dispararon, pero era tarde. El camión ya había cruzado la barrera, rompiéndola, y se perdía en el laberinto de calles del puerto. Bautista se quedó de pie en medio del desastre, respirando con dificultad. Miró hacia la grúa gigante. Russo estaba en la cabina, con las manos en la cabeza, dándose cuenta de lo que acababa de hacer. Había provocado un accidente para salvar a su jefe. Había cometido un delito por lealtad. Varela se levantó, furioso, limpiándose el polvo del traje. Caminó hacia Bautista con la pistola aún en la mano. —¡Gordon! ¡Esto es obstrucción a la justicia! ¡Cómplice de fuga! ¡Está usted detenido! Bautista levantó las manos lentamente. Me miró. Sus ojos me decían: "Vete. Cuida a Leo". Pero yo no me fui. Caminé hacia ellos, sacando mi teléfono, donde tenía abierta la aplicación de la cámara grabando. —Inspector Varela —dije con voz firme, aunque me temblaban las rodillas—. Tengo grabado cómo sus agentes apuntaron con armas de guerra a civiles desarmados antes de que hubiera ninguna provocación. Y cómo ese contenedor cayó por un fallo de la grúa debido al viento. ¿Va a detener al CEO de la mayor logística del país por un accidente laboral, o vamos a hablar como personas civilizadas? Varela me miró. Miró el caos. Miró que el camión ya no estaba. La prueba del delito se había esfumado. Si nos detenía ahora, solo tendría un lío administrativo y una demanda millonaria de los Gordon. Sin la droga (o lo que fuera), no tenía caso. Bajó la pistola lentamente. —Esto no se va a quedar así, señora Gordon. Voy a encontrar ese camión. Y cuando lo haga... espero que tengan buenos abogados. —Tenemos los mejores —respondió Bautista, bajando las manos. Varela escupió al suelo y se dirigió a sus hombres. —¡Alerta general a todas las patrullas! ¡Camión azul sin rotular! ¡Búsqueda y captura! Mientras los agentes corrían a sus coches, Bautista corrió hacia la grúa. Russo estaba bajando, pálido y temblando. —Señor Bautista... —balbuceó el viejo—. Yo... vi que le apuntaban... pensé que lo iban a matar... Bautista agarró al viejo capataz por los hombros y lo abrazó fuerte. —Me has salvado la vida, Russo. Pero acabas de meterte en un lío enorme. —No importa, señor. Lo hice por su padre. —Escucha bien —dijo Bautista, mirándolo a los ojos—. La grúa falló. Se trabó el acelerador. Fue un fallo mecánico. Yo pagaré los daños. Yo pagaré tu defensa. Pero tienes que mantener esa versión hasta la muerte. —Sí, señor. Fallo mecánico. Bautista se giró hacia mí. Estaba sucio, despeinado y sus ojos brillaban con una mezcla de alivio y horror. El contenedor había salido. La deuda estaba pagada. Pero ahora teníamos a la Aduana respirándonos en la nuca y a un empleado leal a punto de ser interrogado. —Vámonos —dijo Bautista—. Antes de que Varela cambie de opinión y nos ponga las esposas. Subimos a nuestro coche. Bautista arrancó y salimos del puerto por la vía de servicio, alejándonos de las sirenas que empezaban a llenar la mañana. En el asiento del copiloto, miré mis manos. Estaban manchadas de grasa y polvo. Ya no había vuelta atrás. Éramos criminales. Y acabábamos de arrastrar a un hombre inocente a nuestra caída. —¿Qué había en el contenedor? —pregunté, mirando por el retrovisor el humo que subía desde el muelle. Bautista apretó el volante. —No lo sé. Y reza para que nunca lo sepamos. Pero yo tenía la sensación de que esa "carga" iba a pesarnos mucho más que 50 millones de dólares. La carga del diablo ya estaba en las calles de Buenos Aires. Y llevaba nuestro nombre en los papeles.
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