El trayecto de regreso desde el puerto fue una huida silenciosa a través de una ciudad que parecía gris y hostil bajo la lluvia. Bautista conducía mirando obsesivamente los espejos retrovisores, esperando ver las luces azules de la policía persiguiéndonos. Pero no había nadie. Solo el tráfico denso del mediodía y nuestra propia paranoia ocupando el asiento trasero.
Mis manos seguían temblando sobre mi regazo. Tenía la ropa impregnada de ese olor metálico y acre del puerto, una mezcla de gasoil y miedo que se me había pegado a la piel.
—Russo... —susurró Bautista, rompiendo el silencio tras veinte minutos de conducción errática—. El viejo Russo está detenido. Lo vi por el espejo mientras salíamos. Varela le puso las esposas.
—Lo sacaremos —dije, intentando sonar firme, aunque sentía ganas de vomitar—.
Le pagaremos la fianza.
Le conseguiremos el mejor abogado penalista de la ciudad.
Dijiste que asumirías los daños.
—No es el dinero, Brenda.
Es su honor. —Bautista golpeó el volante—.
Russo es un hombre íntegro. Nunca había pisado una comisaría. Y hoy ha estrellado una grúa y mentido a la autoridad federal para salvar mi culo. Lo he corrompido. Igual que Ricci nos ha corrompido a nosotros.
—No tenías opción. Si Varela abría ese contenedor, tú y yo estaríamos ahora mismo en una celda, Leo estaría camino a un orfanato y Eliana estaría brindando con champán en tu despacho.
Bautista me miró un segundo.
Sus ojos estaban inyectados en sangre, oscuros de culpa. —Espero que valga la pena. Espero que esa maldita cancelación de deuda valga el alma de un hombre honesto.
Llegamos a la mansión entrando por la puerta de proveedores, en la parte trasera de la finca, para evitar a la prensa que seguía acampada en la entrada principal como buitres esperando carroña. Gómez, el jefe de seguridad, nos abrió la verja electrónica. Su rostro era una máscara de preocupación profesional.
—Señor, señora... —dijo Gómez al acercarse a la ventanilla—.
Las noticias están ardiendo.
—¿Qué dicen? —preguntó Bautista.
—"Incidente grave en el Puerto". "Tiroteo y fuga en terminal de Gordon Logistics".
Y... la señorita Eliana ha dado una entrevista telefónica hace diez minutos.
Bautista cerró los ojos y apoyó la frente en el volante. —Por supuesto que lo ha hecho.
Entramos en la casa por la cocina.
Matilde estaba allí, dándole de comer a Leo. Al vernos entrar —sucios, con olor a humo, con las caras desencajadas—, Matilde soltó el cucharón de la sopa. Leo nos miró con los ojos muy abiertos. —Mami, hueles a quemado —dijo, arrugando la nariz.
—Tuvimos un... problema con el coche, mi amor —mentí, forzando una sonrisa que debió parecer una mueca de dolor—. Nada grave.
—Tío Bau tiene sangre —señaló Leo.
Miré a Bautista. Tenía un corte superficial en la mejilla, probablemente de algún cristal roto o de la cizalla durante el forcejeo que yo no había notado en la adrenalina del momento.
—Me he cortado afeitándome, campeón —dijo Bautista, escondiendo la mano temblorosa en el bolsillo—. Matilde, llévatelo arriba. Ponle una película. Necesitamos... necesitamos ducharnos.
Cuando nos quedamos solos en la cocina, Bautista sacó su teléfono. Tenía veinte llamadas perdidas de abogados, de miembros de la Junta y de periodistas. Y un mensaje de texto. De un número desconocido.
Lo abrió. Era una foto. Una foto de un documento quemándose en una chimenea. Se podía leer claramente el encabezado antes de que las llamas lo consumieran: "CONTRATO DE PRÉSTAMO PRIVADO - IGNACIO GORDON - PHOENIX HOLDING".
Y debajo, un texto breve: "Mercancía recibida. Deuda saldada. Placer hacer negocios con la familia."
Bautista dejó caer el teléfono sobre la isla de mármol de la cocina. El sonido seco resonó como un disparo. —Está hecho —dijo, con voz muerta—. La deuda ha desaparecido.
Me dejé caer en un taburete, sintiendo que las piernas me fallaban. Debería sentir alivio. Debería estar celebrando. Habíamos salvado la empresa. Habíamos salvado la herencia de Leo. Eliana ya no tenía a su socio financiero para ejecutar la empresa. Pero solo sentía frío.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Ahora encendemos la televisión y vemos cuánto daño ha hecho Eliana.
Fuimos al despacho. Bautista encendió la pantalla gigante. El canal de noticias 24 horas tenía un rótulo rojo parpadeante: CAOS EN EL PUERTO.
Las imágenes mostraban la terminal llena de humo, coches de policía y la grúa estrellada contra los contenedores. Y en un recuadro, la foto de Eliana, con un titular:
"LA PROMETIDA DEL DIFUNTO IGNACIO GORDON ROMPE EL SILENCIO".
El presentador leía las declaraciones:
—"Es una vergüenza lo que está pasando con el legado de Ignacio. En menos de una semana desde que su hermano y su ex-esposa tomaron el control, la empresa se ha convertido en un escenario de violencia y negligencia.
Me llegan rumores de que ese contenedor ocultaba algo ilegal. Bautista siempre fue la oveja negra, el imprudente.
Si Ignacio estuviera vivo, se moriría de nuevo al ver cómo usan su logística para... fines oscuros. Exijo una auditoría externa inmediata y la intervención de la justicia."
Bautista apagó la tele. —Es lista —admitió con amargura—.
No dice "drogas" para no implicarse ella misma, pero siembra la duda de la incompetencia y la criminalidad. Quiere que los accionistas entren en pánico y me destituyan por "pérdida de confianza".
—Pero sin la deuda de Ricci, no tiene mayoría —le recordé—. Tenemos el 60%.
—Tenemos el 60% mientras yo sea el CEO y tú la Regente. Pero si me imputan por lo del puerto... si Varela consigue probar que yo ordené la fuga del camión... los estatutos de la empresa me obligan a dimitir. Y entonces tú te quedas sola, Brenda. Sola contra los lobos.
En ese momento, el teléfono privado de Bautista, el que solo tenían la familia y... Ricci, sonó. Bautista lo miró como si fuera una serpiente venenosa. Contestó y puso el altavoz.
—¿Sí?
—Bravo, ragazzo —la voz de Alejandro Ricci sonaba jovial, acompañada por el tintineo de hielo en un vaso—. He visto las noticias. Un poco dramático el final, con la grúa y todo eso, pero efectivo. Mis chicos dicen que el camión llegó seguro al depósito.
—Me alegro —dijo Bautista, con la mandíbula apretada—. Ya tienes tu carga. Y yo tengo la foto de la deuda quemada. Se acabó, Ricci. No me vuelvas a llamar.
Ricci soltó una risita suave. —Ay, Bautista. Qué temperamental. Pensé que éramos socios.
—Fuimos socios por necesidad durante una hora. El trato era: una carga, deuda cero, fin de la relación.
—Y yo cumplo mi palabra sobre la deuda. Financieramente, sois libres. Pero... —hizo una pausa teatral—... hemos abierto el contenedor. Y la mercancía es... exquisita.
—No quiero saber qué hay dentro —cortó Bautista.
—Deberías. Porque resulta que mis compradores están tan contentos con la eficiencia de tu "Canal Verde" que quieren repetir la operación el mes que viene.
—Ni hablar. —Bautista golpeó la mesa—. Se acabó. Búscate a otra mula.
—Me temo que no puedo hacer eso. Verás, Bautista... mis chicos grabaron todo el incidente en el puerto. Tengo un video precioso en 4K donde se te ve ordenando al capataz que estrelle la grúa, y luego facilitando la fuga de mi camión. Se te ve la cara, se oye tu voz.
Sentí que la sangre se me iba de la cara.
—Si ese video llega al escritorio del Inspector Varela... bueno, la obstrucción a la justicia se convierte en colaboración con banda armada y narcotráfico.
Son veinte años de cárcel, mínimo.
Y Brenda... ay, Brenda aparece al lado, cómplice necesaria. ¿Quién cuidará del pequeño Leo si papá y mamá están en la celda?
Bautista se quedó lívido. —Hijo de puta. Teníamos un trato.
—El trato era por la deuda de Ignacio. El nuevo trato es por vuestra libertad. Bienvenidos a la nómina, socios. Os enviaré los detalles del próximo envío en unas semanas. Y Bautista... dile a tu abogada que prepare la defensa de Russo. Sería una lástima que el viejo hablara en la cárcel, ¿no?
Click. La línea se cortó.
Bautista se quedó con el teléfono en la mano, mirando al vacío. Luego, con un grito de pura frustración animal, lanzó el aparato contra la pared opuesta. El teléfono estalló, dejando una marca en el papel pintado de seda.
Me acerqué a él. Estaba temblando. —Nos tiene —susurró—. Nunca nos va a soltar. Somos sus esclavos.
Lo abracé por la espalda, rodeando su pecho con mis brazos, sintiendo su corazón latir desbocado. —No —dije, apoyando mi mejilla en su espalda ancha—. No somos esclavos. Somos rehenes. Y los rehenes tienen derecho a matar a sus captores para escapar.
Bautista se giró entre mis brazos. Me miró, y vi algo romperse en sus ojos. La integridad, la moral, el legado de su padre... todo se había hecho pedazos en ese puerto. —He destruido todo lo que mi apellido significaba.
—Tu apellido no significa nada si no estás aquí para proteger a tu hijo —le dije con dureza, agarrándole la cara para que me mirara—. Ricci cree que nos tiene. Cree que el miedo nos va a paralizar. Pero se olvida de una cosa.
—¿De qué?
—De que nosotros ya no tenemos nada que perder salvo a nosotros mismos. Y eso nos hace más peligrosos que él. —Le besé, un beso rápido y fiero—. Vamos a sacar a Russo de la cárcel. Vamos a calmar a la prensa. Y luego... luego vamos a averiguar qué es lo que Ricci valora más que el dinero, y se lo vamos a quitar.
Bautista asintió lentamente. La desesperación dio paso a una frialdad nueva. Una oscuridad que yo no había visto antes en él. —Tienes razón. —Me acarició el pelo, que aún olía a humo—. Primero, control de daños. Tengo que ir a la comisaría. Tengo que ver a Russo antes de que Varela lo rompa.
—Iré contigo.
—No. Tú tienes otra misión. —Bautista me miró seriamente—. Tienes que ir a la empresa. Tienes que convocar a los jefes de departamento de Gordon Living. Tienes que actuar como si no pasara nada. Lanza el proyecto de renovación de los hoteles. Haz ruido. Mucho ruido positivo. Que la prensa hable de tus diseños y no de mis contenedores. Necesitamos una cortina de humo, Brenda. Y tú eres la encargada de fabricarla.
Era una buena estrategia. Dividir y conquistar. Él se encargaba de la oscuridad, yo de la luz. —Está bien. Iré a la oficina. Brillaré tanto que cegaré a todos.
Bautista me besó la frente. —Ten cuidado. Eliana estará merodeando.
—Que venga. La estoy esperando.
Una hora después, yo estaba en mi despacho de la planta 12, maquillada, peinada y vestida con un traje blanco impoluto que desmentía la suciedad de mi alma. Había convocado a la prensa especializada en diseño y arquitectura para una "rueda de prensa sorpresa".
Los periodistas estaban allí, más interesados en el morbo del puerto que en los hoteles, pero yo tomé el control. —Señores, lo que ocurrió en el puerto es un incidente operativo lamentable que está siendo investigado —dije ante los micrófonos, con mi mejor sonrisa de hielo—. Pero Gordon Enterprises es mucho más que logística. Hoy quiero presentarles el futuro. El Renacimiento de Gordon.
Proyecté los renders. Hablé de sostenibilidad, de lujo consciente, de inversión millonaria. Desvié la atención. Fui encantadora. Fui brillante. Fui la viuda perfecta que transforma el dolor en arte.
Al terminar, mientras los periodistas aplaudían (y Eliana rabiaba en algún lugar viendo la transmisión), sentí una punzada en el vientre. Fui al baño privado de mi despacho y me miré al espejo. Estaba pálida. Me lavé la cara con agua fría.
De repente, una náusea violenta me dobló por la cintura. Vomité bilis en el lavabo de mármol. Me quedé allí, respirando agitadamente, agarrada al borde del lavabo. ¿Era el estrés? ¿Era el olor del puerto?
O...
Hice cuentas mentales. La noche en el escritorio de la biblioteca. Sin protección. La noche en la casa de la playa en Punta del Este. Sin protección. La ducha de anoche. Sin protección.
Habíamos estado tan desesperados, tan hambrientos el uno del otro, que habíamos olvidado la precaución básica. Me toqué el vientre plano. —No puede ser —susurré al espejo—. No ahora. No en medio de esta guerra.
Pero una parte de mí, la parte irracional y salvaje que amaba a Bautista más allá de la lógica, sonrió. Si estaba embarazada... sería otro secreto. Otro Gordon. Pero esta vez, no huiría. Esta vez, el niño nacería en el campo de batalla.
Me sequé la boca, me retoqué el labial rojo y salí del baño.
Tenía una empresa que dirigir.
Un mafioso que destruir.
Y un hombre al que amar.
La Viuda Negra estaba lista para la siguiente fase.