Nos refugiamos en el despacho de Bautista, en el ala oeste. Era el único lugar de la casa que parecía inmune a la infección rosa de Eliana. Aquí, las paredes estaban forradas de libros de derecho y economía, y el aire olía a cuero viejo y tabaco, un aroma masculino que actuaba como un bálsamo para mis nervios deshilachados. Dejé a Leo con Matilde en la cocina con instrucciones precisas: "Si alguien que no seas tú o yo intenta sacarlo de allí, grita. Rompe platos. Haz lo que sea". Matilde, con su lealtad de hierro, había asentido mientras le daba al niño un vaso de leche caliente. Bautista caminaba de un lado a otro frente al ventanal, como un tigre enjaulado. La lluvia había arreciado, convirtiendo el jardín en un pantano oscuro. —Llamé a Roberto —dijo, sin dejar de mirar la tormenta

