La cláusula de la jaula dorada

2269 Words
Nos refugiamos en el despacho de Bautista, en el ala oeste. Era el único lugar de la casa que parecía inmune a la infección rosa de Eliana. Aquí, las paredes estaban forradas de libros de derecho y economía, y el aire olía a cuero viejo y tabaco, un aroma masculino que actuaba como un bálsamo para mis nervios deshilachados. Dejé a Leo con Matilde en la cocina con instrucciones precisas: "Si alguien que no seas tú o yo intenta sacarlo de allí, grita. Rompe platos. Haz lo que sea". Matilde, con su lealtad de hierro, había asentido mientras le daba al niño un vaso de leche caliente. Bautista caminaba de un lado a otro frente al ventanal, como un tigre enjaulado. La lluvia había arreciado, convirtiendo el jardín en un pantano oscuro. —Llamé a Roberto —dijo, sin dejar de mirar la tormenta—. Está a veinte minutos. Trae al notario de guardia. —¿Crees que llegaremos a tiempo? —pregunté desde el sofá de piel, abrazándome las rodillas. A pesar del traje sastre impecable, me sentía frágil—. Eliana bloqueó la puerta. Dijo que Ignacio estaba en crisis. Si entra en coma antes de firmar... Bautista se giró. Su rostro estaba sombrío. —Si entra en coma sin firmar el cambio de testamento, volvemos a la casilla de salida. El testamento actual, redactado hace seis meses bajo la influencia de ella, nombra a Lucas como beneficiario mayoritario del fideicomiso. —Pero Ignacio escribió en la tablet... —insistí. —Una tablet no es un documento legal vinculante, Brenda. Es una declaración de intenciones, sí. Pero un juez corrupto o comprado por Eliana podría desestimarse alegando que estaba delirando, hipóxico o coaccionado. Se acercó a la mesa de bebidas y se sirvió un whisky. Dudó un segundo y me sirvió uno a mí. —Tómalo. Lo necesitas. Lo acepté. El cristal estaba frío contra mis dedos. —¿Qué quiso decir con "Ella se queda aquí conmigo"? —pregunté, yendo al núcleo del miedo que me atenazaba—. Ignacio me odia. ¿Por qué querría que viviera en su casa? Bautista se sentó en el borde de su escritorio, quedando frente a mí. Dio un sorbo largo a su bebida antes de responder. —Porque Ignacio es un sádico, incluso muriendo. Él sabe. Sabe que Leo es mío. Sabe que tú y yo... —hizo un gesto vago con la mano que abarcaba todo nuestro pasado prohibido—... que tuvimos algo. —Fue una noche —susurré, bajando la vista. —Para él es traición eterna. Su condición no es un regalo, Brenda. Es un castigo. Nos quiere bajo el mismo techo para torturarnos. Para obligarnos a vernos las caras cada día sabiendo que le mentimos. O quizás... quizás cree que si te obliga a quedarte, de alguna manera sigue poseyéndote. Un escalofrío me recorrió la espalda. —No me voy a quedar si eso significa ser su prisionera otra vez. —No serás su prisionera —dijo Bautista con firmeza, clavando sus ojos oscuros en los míos—. Serás mi aliada. Si Ignacio muere, la casa es un campo de batalla. Si él pone como condición para que Leo herede que tú vivas aquí... entonces vivirás aquí. Y yo me aseguraré de que nadie te toque. —¿Y tú? —pregunté, atreviéndome a cruzar la línea—. ¿Tú quieres que me quede? El silencio se espesó. Bautista dejó el vaso sobre la mesa. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. —Si te digo que sí, pensarás que es por estrategia. —¿Y si no fuera por estrategia? Bautista me sostuvo la mirada. Había tantas cosas no dichas entre nosotros. Tres años de preguntas sin respuesta. El rencor por mi huida. El deseo que seguía latente bajo la piel como brasas bajo la ceniza. —Si te quedas —dijo con voz ronca—, será difícil. Te odiaré por las mañanas por haberte ido, y te desearé por las noches porque estás aquí. Es una tortura, Brenda. Pero es una tortura que prefiero antes que no saber dónde estás. Mi corazón dio un vuelco doloroso. Antes de que pudiera responder, el intercomunicador del escritorio sonó. —Señor Gordon —era la voz del guardia de la garita, el que me había dejado pasar al principio—. El abogado Roberto Valdés está aquí. Y trae compañía. —Hazlo pasar. Inmediatamente. Cinco minutos después, Roberto entró en el despacho. El viejo abogado parecía haber envejecido una década desde la última vez que lo vi. Caminaba con bastón y respiraba con dificultad, pero sus ojos detrás de las gafas gruesas seguían siendo astutos. —Brenda —dijo, tomando mis manos con calidez—. Has vuelto. Y veo que no has perdido el tiempo armando revuelo. —Hice lo que me dijiste, Roberto. Traje al heredero. —Y casi matas a Ignacio del susto, según me cuentan mis fuentes en la cocina —Roberto soltó una risita seca y se sentó pesadamente en el sillón que Bautista le ofreció—. Bien. Vamos al grano. El notario está esperando en el coche. No quise que entrara todavía para no alertar a la "Bruja del Oeste". —Ignacio quiere cambiar el testamento —informó Bautista, relatando rápidamente lo sucedido en la habitación: la tablet, el reconocimiento visual de Leo, la crisis respiratoria provocada por Eliana. Roberto escuchó atentamente, asintiendo. —Es bueno. Muy bueno. El reconocimiento in extremis tiene peso. Pero tengo malas noticias. Bautista y yo nos tensamos. —Habla —ordenó Bautista. —El médico de cabecera acaba de salir de la habitación. Me interceptó en el pasillo. Ignacio ha sido sedado profundamente. Ha entrado en lo que llaman "coma inducido para protección neurológica". No va a despertar esta noche. Quizás no despierte nunca. —Maldita sea —Bautista golpeó el escritorio con el puño—. Entonces no puede firmar. —No —concedió Roberto—. Pero... —levantó un dedo huesudo—... hay un as bajo la manga. Algo que redacté hace años, cuando Ignacio se casó contigo, Brenda, y que él nunca anuló porque, en su arrogancia, creyó que nunca sería necesario. Roberto abrió su maletín de cuero desgastado y sacó una carpeta azul. —Es la "Cláusula de Regencia Matrimonial". —¿Qué es eso? —pregunté. —Es un documento vinculado a las capitulaciones matrimoniales. Estipula que, en caso de incapacidad total del titular (Ignacio) sin un heredero mayor de edad designado, la tutela del patrimonio y el voto en la Junta Directiva recaen en la esposa legítima, siempre y cuando... —Roberto hizo una pausa dramática, ajustándose las gafas. —¿Siempre y cuando qué? —apremió Bautista. —Siempre y cuando la esposa cohabite en el domicilio conyugal y mantenga la estabilidad familiar. El objetivo de la cláusula era evitar que una esposa separada o alejada tomara el control desde fuera. Ignacio quería asegurarse de que su mujer estuviera "bajo su techo". Bautista soltó una carcajada incrédula. —Es la misma condición que escribió en la tablet. "Ella se queda aquí". —Exacto —dijo Roberto—. La ironía es deliciosa. Ignacio creó su propia trampa hace años. Brenda, tú nunca te divorciaste. Nunca hubo separación legal, solo abandono de hecho. Si regresas hoy al domicilio conyugal... si te instalas aquí esta noche y declaras ante notario que has vuelto para cuidar a tu esposo y asumir tu rol... activas la Cláusula de Regencia. —¿Eso me da control sobre la empresa? —pregunté, viendo la luz al final del túnel. —Te da el voto de Ignacio —aclaró Roberto—. Y con el voto de Ignacio sumado al de Bautista (como socio minoritario), tienen el 60%. Pueden bloquear cualquier venta que Eliana intente hacer. Pueden congelar las cuentas. Pueden echarla de la Junta. Era perfecto. Demasiado perfecto. —¿Cuál es la trampa, Roberto? —pregunté—. Siempre hay una trampa. El abogado suspiró y me miró con lástima. —La trampa es la letra pequeña, querida. Para activar la cláusula y mantenerla vigente hasta que se resuelva la sucesión o Ignacio muera y se abra el testamento nuevo (si es que logramos que despierte), debes cumplir el requisito de "Convivencia Ininterrumpida". —¿Qué significa eso? —Significa que no puedes salir de la Mansión Gordon por más de 24 horas seguidas. Significa que debes dormir aquí. Comer aquí. Vivir aquí. Si te vas, si Eliana prueba que has abandonado el hogar de nuevo, la cláusula se anula y el control pasa al siguiente en la línea... que sería el tutor legal del heredero aparente actual: Lucas. Miré a Bautista. Estaba atrapada. Si quería salvar la herencia de Leo, tenía que convertirme en prisionera de esta casa otra vez. Tenía que vivir bajo el mismo techo que Eliana. Y bajo el mismo techo que Bautista. —¿Por cuánto tiempo? —pregunté. —Hasta que Ignacio muera y podamos impugnar la paternidad de Lucas con el ADN de Leo, o hasta que Ignacio despierte y firme el nuevo testamento. Pueden ser días... o pueden ser meses. Meses viviendo con el hombre al que amaba y al que no podía tener. Meses esquivando a la amante asesina. Meses de mentiras. —Lo haré —dije. No había otra opción. —Bien —Roberto sacó unos documentos—. Firma aquí. Es el Acta de Reincorporación al Domicilio Conyugal. El notario dará fe de que estás aquí, físicamente, a las 19:00 horas del día de hoy. Firmé. Mi firma fue un trazo rápido y agresivo. Brenda Gordon. El apellido que había intentado borrar de mi piel volvía a ser mi escudo y mi cadena. En ese momento, la puerta del despacho se abrió sin llamar. Pero no era Eliana. Era Matilde. Y traía la cara desencajada, blanca como el papel. —Señor Bautista... Señora Brenda... —jadeó, apoyándose en el marco de la puerta. Me levanté de un salto, el pánico estallando en mi pecho. —¿Leo? —grité—. ¿Dónde está Leo? —El niño está bien, está conmigo en el pasillo —dijo Matilde rápidamente, tratando de calmarme—. Pero... tienen que poner las noticias. Ahora mismo. Bautista agarró el mando a distancia y encendió la pantalla plana colgada en la pared. Sintonizó el canal de noticias 24 horas. El rótulo rojo parpadeaba en la parte inferior de la pantalla: "ÚLTIMA HORA". La imagen mostraba la entrada de la Mansión Gordon, donde estábamos ahora mismo. Había una multitud de periodistas bajo la lluvia, con paraguas y cámaras. Y frente a ellos, subida a un podio improvisado bajo un toldo, estaba Eliana. Llevaba un vestido n***o, no el rosa de antes. Lloraba. O fingía llorar muy bien. —Subid el volumen —ordenó Bautista. La voz de Eliana llenó el despacho. —...es con el corazón roto qué debo informarles de la gravedad del estado de mi amado Ignacio. Pero lo más doloroso no es la enfermedad... es la crueldad. Hizo una pausa dramática, secándose una lágrima inexistente. —Hoy, la paz de nuestro hogar ha sido violada. Una mujer que abandonó a mi esposo hace tres años ha regresado como una oportunista, trayendo a un niño que... que Dios me perdone, no sé de dónde ha sacado. Ha irrumpido en el lecho de muerte de Ignacio para exigir dinero. Ha agredido a mi personal. Y lo peor... cuenta con la complicidad de su cuñado, Bautista Gordon. Las cámaras dispararon flashes como ametralladoras. —Quiero hacer pública mi preocupación por la seguridad de mi hijo, Lucas, el verdadero heredero. Temo por nuestras vidas. Si algo nos pasa... responsabilizó públicamente a Brenda y a Bautista. Ellos quieren el control. Y están dispuestos a todo. La pantalla se fue a n***o cuando Bautista la apagó con violencia, lanzando el mando contra el sofá. —Hija de puta —gruñó. Roberto se quitó las gafas y se frotó los ojos. —Ha movido ficha. Ha jugado la carta de la víctima ante la opinión pública. Ahora, si intentamos echarla, pareceremos monstruos. Me acerqué a la ventana y miré hacia abajo, hacia las luces de las cámaras que asediaban la verja. Estábamos rodeados. Dentro, un marido en coma y una amante psicópata. Fuera, la prensa sedienta de sangre. Me giré hacia Bautista. Él me miraba. Ya no había dudas en sus ojos. Había guerra. —Parece que la convivencia va a ser más intensa de lo que pensábamos —dije, sintiendo una extraña calma descender sobre mí. La calma del ojo del huracán. Bautista caminó hacia mí y me tomó la mano. Su agarre fue fuerte, cálido, sólido. —Que diga lo que quiera. Que mienta. Tú firmaste el papel, Brenda. Estás dentro. Y en esta casa, bajo mi guardia, nadie te toca. —¿Y ahora qué hacemos? —pregunté. Bautista miró hacia la puerta, donde Matilde esperaba con Leo. —Ahora cenamos —dijo, con esa frialdad aristocrática que tanto me aterraba y me fascinaba—. Vamos a sentarnos en la mesa principal. Los tres. Y si Eliana quiere bajar a cenar, tendrá que ver cómo la "familia real" ocupa su trono. Me soltó la mano, pero la sensación de su tacto persistió. Caminé hacia la puerta para recoger a mi hijo. La jaula se había cerrado. Pero por primera vez, sentía que no estaba sola dentro de ella. El león estaba conmigo. Y Eliana no tenía ni idea de lo hambrientos que estábamos.
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