El regreso a Buenos Aires fue como descender de las nubes directo al asfalto caliente. Mientras el helicóptero aterrizaba en la azotea de la Torre Gordon, vi cómo la ciudad se extendía bajo nosotros: una mancha gris de hormigón y humedad que parecía querer tragarnos. Eliana seguía dando entrevistas, la policía seguía investigando el "accidente" del puerto, y Alejandro Ricci contaba los minutos para su próximo envío de droga. Bautista me ayudó a bajar del helicóptero. El viento de las aspas nos golpeaba la ropa y el pelo. Me agarró la mano con fuerza antes de entrar en la escalera de acceso. —Recuerda —me dijo al oído, gritando sobre el ruido del motor—. A partir de este momento, volvemos a estar en el escenario. Sonrisas. Calma. Y nada de tocarte la barriga en público. Asentí, alisand

