El amanecer en la Patagonia no pide permiso; invade. La luz entró por los ventanales del salón como una inundación de claridad blanca y pura, obligándonos a abrir los ojos a una realidad que, por primera vez en semanas, no dolía. Me desperté en la alfombra, envuelta en la manta de lana y en los brazos de Bautista. El fuego de la chimenea se había reducido a unas brasas rojas que palpitaban suavemente, pero el calor humano bajo el edredón era un microclima tropical. Sentí el pecho de Bautista subir y bajar contra mi espalda. Su respiración era profunda, tranquila. Me giré despacio para mirarlo. Dormido, sin el ceño fruncido por las preocupaciones de la empresa o la mafia, parecía más joven. Las líneas de tensión alrededor de su boca se habían suavizado. No pude evitarlo. Tracé el con

