El tercer piso de la Mansión Gordon siempre había sido territorio prohibido.
Incluso cuando vivía aquí como la "señora de la casa", rara vez subía.
Era el dominio privado de Ignacio, donde guardaba sus colecciones de arte más valiosas, sus puros cubanos y, sospechaba yo, sus secretos más oscuros.
Ahora, al subir la ancha escalera de mármol con Bautista un paso por delante y mi hijo agarrado de mi mano, sentía que ascendía hacia un cadalso.
O quizás hacia un altar de sacrificios.
El ambiente cambió en cuanto pisamos el último escalón.
El aire aquí arriba era más frío, cargado con ese olor inconfundible y dulzón de la enfermedad: una mezcla de antiséptico industrial, flores marchitas y humanidad en decadencia.
Las alfombras amortiguaban nuestros pasos, convirtiéndonos en intrusos silenciosos en el mausoleo de un rey que se negaba a abdicar.
—Mami, huele raro —susurró Leo, arrugando su nariz pequeña y apretando mi mano con fuerza.
—Es solo medicina, cariño —le respondí, intentando que mi voz no temblara.
Me agaché un momento para estar a su altura y arreglarle el cuello de su camisa—.
Escúchame bien, Leo.
Vamos a ver a un hombre que está muy enfermito.
No puede moverse mucho y tiene máquinas que hacen ruido.
No te asustes, Él solo quiere verte.
—¿Es el papá malo? —preguntó, con esa lógica brutal de los niños que captan más de lo que creemos.
Sentí la mirada de Bautista quemándome la nuca.
Me enderecé.
—Es... es parte de tu familia.
Bautista tensó la mandíbula al escuchar , pero no dijo nada.
Sabía que era la única verdad segura que podíamos ofrecerle al niño en este campo minado. —Vamos —ordenó Bautista, su voz baja y rasposa—.
Antes de que el equipo de seguridad de Eliana termine su ronda.
Caminamos por el pasillo.
Había dos guardias de seguridad privada frente a la puerta doble de caoba que llevaba a la suite principal.
No eran los empleados habituales de la casa; eran gorilas contratados, con trajes baratos y auriculares.
Los mercenarios de Eliana.
Se interpusieron en nuestro camino cuando nos vieron acercarnos.
—Señor Gordon —dijo uno de ellos, un hombre calvo con cicatrices de acné—.
La señorita Sorel ha dejado órdenes estrictas.
Nadie entra a ver al paciente sin su autorización escrita.
Especialmente... visitas no programadas.
Bautista no se detuvo.
Siguió caminando hasta quedar pecho con pecho con el guardia, usando su altura y su aura de autoridad natural como un arma contundente.
—Soy el CEO de esta compañía y el hermano del paciente.
Esta es mi casa.
Y tú eres un empleado externo contratado hace dos semanas.
—Solo sigo órdenes, señor. Si lo dejo pasar, pierdo el trabajo.
—Si no me dejas pasar, perderás mucho más que el trabajo —dijo Bautista con una calma letal, sacando su teléfono del bolsillo—.
Tengo al jefe de policía en marcación rápida y a un equipo de abogados abajo auditando hasta el último centavo que tu jefa ha gastado.
¿Quieres que añada una demanda por secuestro y obstrucción de la tutela familiar a tu expediente?
El guardia dudó. Miró a su compañero.
El poder del apellido Gordon todavía pesaba en esta ciudad.
—Cinco minutos —cedió el hombre a regañadientes, apartándose del paso—.
Pero tengo que informar a la señorita Sorel por radio.
—Informa a quien quieras —espetó Bautista, empujando las puertas dobles—.
Para cuando ella llegue, ya habremos terminado.
Entramos.
Lo primero que me golpeó fue el sonido. Bip. Bip. Bip.
El ritmo constante y monótono de un monitor cardíaco.
Luego, el siseo rítmico de un respirador artificial. Fssh... clac... fssh...
La habitación estaba en penumbra.
Las cortinas estaban cerradas herméticamente, bloqueando cualquier rastro del día lluvioso.
Solo la luz parpadeante de los monitores médicos y una lámpara de lectura tenue en la esquina iluminaban la estancia.
Lo que antes había sido un dormitorio opulento, decorado con muebles Luis XV y tapices de seda, ahora parecía la unidad de cuidados intensivos de un hospital de lujo.
Había cables por todas partes. Bombas de infusión, tanques de oxígeno, pantallas con líneas verdes y rojas que trazaban la precaria existencia del hombre en la cama.
Y en el centro de toda esa tecnología, estaba él Ignacio.
Me llevé una mano a la boca para ahogar un grito.
La última vez que lo vi, hace tres años, ya mostraba signos de debilidad, pero seguía siendo un hombre corpulento, con una presencia intimidante.
El hombre que yacía en la cama era un esqueleto cubierto de piel cerosa y grisácea.
Sus pómulos sobresalían como cuchillas, sus ojos estaban hundidos en cuencas oscuras, y su boca estaba cubierta por una mascarilla de ventilación no invasiva transparente.
Sus manos, antes fuertes y crueles, descansaban sobre las sábanas blancas, atrofiadas y curvadas en forma de garra.
La ELA se lo había comido vivo.
Había devorado sus músculos, su fuerza, su voz, dejándolo prisionero en su propio cuerpo.
Sentí una mezcla nauseabunda de emociones. Horror, sí.
Pero también una punzada de lástima que me enfureció.
No quería sentir lástima por el monstruo que me había torturado psicológicamente.
Quería odiarlo. Pero ver a un ser humano reducido a eso... era devastador.
—Dios mío —susurré.
Bautista avanzó hacia la cama.
Su rostro era una máscara de piedra, pero vi cómo sus manos se cerraban en puños a sus costados.
A pesar de todo, a pesar del odio, era su hermano mayor. —Ignacio —llamó Bautista suavemente.
La figura en la cama no se movió.
Solo el pecho subía y bajaba mecánicamente al ritmo de la máquina.
Una enfermera, que estaba sentada en la sombra ajustando un gotero, se levantó de un salto, asustada.
—¡Señor Gordon! No deberían estar aquí. El paciente está descansando.
—Despiértalo —ordenó Bautista sin mirarla—.
Sé que puede oírnos. Súbale el respaldo de la cama.
La enfermera, intimidada, obedeció.
Presionó un botón en el control remoto y la cama articulada comenzó a zumbar, elevando el torso de Ignacio hasta dejarlo casi sentado.
Sus párpados parpadearon.
Se abrieron lentamente.
Y ahí estaba. A pesar de la ruina de su cuerpo, sus ojos seguían vivos.
Eran dos carbones encendidos de inteligencia maliciosa y sufrimiento.
Recorrieron la habitación con lentitud, enfocando primero a Bautista.
Hubo un destello de reconocimiento, quizás de alivio, quizás de envidia por ver a su hermano sano y fuerte.
Luego, su mirada se desplazó hacia mí.
Me quedé quieta, sosteniendo su mirada. Ya no era la niña asustada.
Los ojos de Ignacio se abrieron un poco más. El monitor cardíaco aceleró su ritmo. Bip-bip-bip-bip.
Me reconoció. Vi la sorpresa, la incredulidad y, finalmente, esa vieja chispa de desprecio mezclada con algo nuevo: miedo.
—Hola, Ignacio —dije. Mi voz sonó tranquila en la habitación silenciosa—.
He vuelto.
Ignacio intentó hablar, pero la mascarilla y su debilidad se lo impedían.
Solo salió un sonido gutural, húmedo. Grrr... ahhh...
—Tranquilo —dijo Bautista, acercándose al otro lado de la cama—.
No te esfuerces. Escucha. Tenemos poco tiempo antes de que tu... prometida entre aquí gritando.
Ignacio desvió la mirada hacia la puerta con un gesto de fastidio.
Al parecer, la convivencia con Eliana no era el paraíso que ella vendía a la prensa.
—Brenda ha vuelto —continuó Bautista, implacable—.
Y no ha vuelto sola.
Bautista se giró hacia mí y me hizo una señal. Tragué saliva.
Miré a Leo, que se escondía detrás de mis piernas, asustado por los ruidos y el aspecto del hombre en la cama.
—Leo, cariño —le dije suavemente, poniéndome de rodillas frente a él—.
Necesito que seas valiente.
Solo un momento. ¿Ves al señor en la cama? Quiere saludarte.
Leo negó con la cabeza, aferrándose a mi pantalón.
—Da miedo.
—Lo sé. Pero está muy solo.
Y tú eres un niño muy bueno.
Solo acércate y dile hola.
Yo te tengo de la mano. No te soltaré.
Leo dudó, pero su curiosidad y su buen corazón ganaron.
Asintió. Me levanté y, tomándolo de la mano, caminamos los dos metros que nos separaban de la cama.
Ignacio no nos quitaba la vista de encima.
Sus ojos estaban fijos en el niño.
Cuando Leo quedó bajo la luz directa de la lámpara, al lado de la cama, el tiempo pareció detenerse.
Ignacio miró a Leo. Leo miró a Ignacio.
Hubo un silencio absoluto, solo roto por el fssh del respirador.
Vi a Ignacio escrutar cada rasgo del niño.
Buscaba su propia imagen.
Buscaba la validación de su virilidad, la prueba de que su linaje no moría con su cuerpo podrido.
Y lo que vio debió ser confuso para él.
Vio el cabello oscuro y grueso de los Gordon. Vio la forma de la frente.
Vio la estructura ósea que, aunque infantil, prometía ser fuerte. Vio los genes Gordon gritando en cada célula del niño.
Pero también debió ver algo más.
Algo en los ojos profundos y conmovedores de Leo que no era suyo.
Algo que pertenecía al hombre que estaba de pie al otro lado de la cama.
El monitor cardíaco se disparó. Bipbipbipbipbip.
La mano atrofiada de Ignacio se agitó sobre la sábana, un movimiento espasmódico, desesperado. Intentaba levantarla. Intentaba señalar.
—¿Qué pasa? —preguntó Bautista, alarmado, acercándose más—. ¿Te duele algo?
Ignacio negó con la cabeza violentamente, dentro de lo que su cuello rígido permitía.
Sus ojos saltaban de Leo a Bautista y de vuelta a Leo. Había entendido.
En su lecho de muerte, con la mente afilada por el sufrimiento, Ignacio había conectado los puntos que Eliana, en su superficialidad, había ignorado.
Sabía que el niño era un Gordon.
Y sospechaba, con una certeza visceral, que no era suyo.
El pánico me invadió.
Si nos delataba... si encontraba la forma de comunicar que era un bastardo de su hermano, todo el plan se vendría abajo.
Apreté la mano de Leo.
—Es tu hijo, Ignacio —mentí. Lo dije con una firmeza que me sorprendió—.
Es el hijo que querías. El heredero.
Ignacio clavó sus ojos en mí. La malicia brilló con fuerza.
Tú mientes, parecían decir sus ojos. Tú, zorra mentirosa.
Pero luego, su mirada volvió al niño.
Leo, sintiéndose observado, levantó su manita y saludó tímidamente.
—Hola —dijo con su voz dulce.
La expresión de Ignacio cambió.
La malicia se suavizó, reemplazada por una avidez desesperada.
No importaba. Me di cuenta en ese segundo.
Para un hombre como Ignacio, obsesionado con el legado, con el apellido, con ganar... la verdad biológica era secundaria frente a la victoria pública.
Tenía delante a un niño sano, fuerte, hermoso.
Un Gordon perfecto.
Mucho más "Gordon" que el hijo pálido y mimado de Eliana.
Ignacio hizo un ruido fuerte, exigente.
Miró a la enfermera y luego a la mesita de noche donde había una tablet adaptada para comunicación ocular.
—Quiere la tablet —dijo la enfermera, apresurándose a colocar el soporte frente a su rostro.
Bautista y yo nos miramos.
Este era el momento. Ignacio centró su vista en la pantalla.
Un cursor se movía siguiendo sus pupilas. Letra por letra, comenzó a escribir.
El proceso era agónico, lento. S... A... C...
—¿Sacar? —aventuró Bautista. —¿Quieres que los saquemos?
Ignacio cerró los ojos con frustración y siguió escribiendo.
Borró. S... A... C... A... A... L... A... P... U... T... A...
Bautista frunció el ceño.
—¿A la puta? ¿Te refieres a Brenda?
Ignacio negó con los ojos y miró hacia la puerta.
Bautista comprendió. Una sonrisa oscura cruzó su rostro. —Te refieres a Eliana.
Ignacio parpadeó dos veces. Sí.
Luego siguió escribiendo.
E... L... N... I... Ñ... O... E... S... M... I... O...
El aire salió de mis pulmones.
Lo había aceptado. Había aceptado la mentira.
O quizás, había aceptado el regalo de su hermano como propio para joder a su amante.
Con Ignacio, el rencor siempre era el motor principal.
Bautista asintió solemnemente.
—Sí, Ignacio. Es tuyo. Es tu sangre.
Ignacio escribió más rápido ahora, con una urgencia febril. T... E... S... T... A... M... E... N... T... O... C... A... M... B... I... O...
—¿Quieres cambiar el testamento?
—preguntó Bautista. —Roberto está en camino. Podemos hacerlo.
Ignacio parpadeó afirmativamente.
Pero entonces, sus ojos se clavaron en mí de nuevo.
Y empezó a escribir una última frase.
Una frase que cambiaría las reglas del juego y nos atraparía en una jaula dorada mucho peor que la que imaginábamos.
C... O... N... D... I... C... I... O... N...
Me acerqué a la pantalla, leyendo letra por letra a medida que aparecían, sintiendo un nudo en el estómago.
E... L... L... A... (Refiriéndose a mí). S... E... Q... U... E... D... A...
A... Q... U... I...
C... O... N... T... I... G... O...
Bautista leyó en voz alta.
—Ella se queda aquí. Contigo.
Ignacio nos miró a los dos.
A su esposa y a su hermano.
A los dos traidores que le habían dado el único heredero válido.
Y en sus ojos vi una última jugada maestra de control.
No nos estaba dando la libertad. Nos estaba obligando a vivir juntos, bajo su techo (o el de su fantasma), atrapados en nuestra mentira, vigilándonos el uno al otro.
Sabía lo que había entre nosotros.
Lo había olido.
Y su venganza sería obligarnos a convivir con la culpa mientras salvábamos su imperio.
De repente, las puertas de la habitación se abrieron de golpe.
Eliana entró como un huracán rosa, seguida por los guardias de seguridad que parecían avergonzados.
—¡¿Qué está pasando aquí?!
—gritó, su voz aguda rompiendo la atmósfera sagrada de la muerte—.
¡Saquen a esta gente de inmediato! ¡Están alterando a mi prometido!
Se lanzó hacia la cama, empujándome a un lado con una fuerza sorprendente.
—Oh, mi amor, mi pobre Ignacio. ¿Qué te han hecho? —gimió, poniendo sus manos sobre él, bloqueando su visión de la tablet.
Ignacio, atrapado, hizo sonar la alarma del monitor.
Su ritmo cardíaco se disparó peligrosamente.
BIPBIPBIPBIP. Estaba furioso. O asustado.
—¡Largo! —nos gritó Eliana, girándose con los ojos desorbitados—.
¡Lo están matando! ¡Si se muere ahora, será culpa vuestra! ¡Asesinos!
La enfermera intervino, pálida.
—Señor Gordon, la saturación está bajando.
Tienen que salir. Por favor. Es una crisis.
Bautista me agarró del brazo.
Miró a Ignacio una última vez. El mensaje en la tablet seguía brillando, una orden final incompleta pero clara. —Vámonos —dijo Bautista—.
Ya tenemos lo que queríamos. Él sabe la verdad.
Tomé a Leo en brazos, protegiendo su cabeza contra mi pecho para que no viera el caos. —Adiós, Ignacio —susurré.
Mientras nos retirábamos hacia la puerta, empujados por la emergencia médica y los gritos de Eliana, miré hacia atrás.
Vi la mano de Ignacio intentando apartar a Eliana.
Vi su mirada fija en nosotros, en mi hijo.
No era una mirada de amor. Era una mirada de posesión.
Salimos al pasillo, y las puertas se cerraron tras nosotros, silenciando el pitido de la máquina pero no el eco de su mandato.
Ella se queda aquí. Contigo.
Bautista me arrastró pasillo abajo, lejos de los guardias.
Cuando estuvimos seguros cerca de la escalera, me soltó y se pasó las manos por el pelo, exhalando con fuerza.
—Lo ha aceptado —dijo, con una mezcla de incredulidad y triunfo—.
Va a reconocerlo.
—Pero quiere que me quede —repliqué, sintiendo el peso de la condena—.
Quiere que vivamos aquí. Los tres.
Bautista me miró. La adrenalina todavía dilataba sus pupilas.
—Entonces te quedas. Esa es la jugada, Brenda.
Viviremos aquí. Criaremos al niño. Salvaremos la empresa.
—¿Y Eliana?
—Eliana acaba de cometer un error fatal —dijo Bautista, mirando hacia la puerta cerrada del fondo—.
Ha interrumpido al dueño del circo cuando estaba dando instrucciones.
Sus días están contados.
Miré a Leo, que estaba callado, chupándose el dedo, procesando el miedo.
Habíamos ganado la batalla del reconocimiento.
Pero acabábamos de firmar un contrato con el diablo.
Ignacio iba a morir, pero se aseguraría de seguir manejando nuestras vidas desde la tumba.
—Llama a Roberto —le dije a Bautista, recuperando mi frialdad—.
Que venga con el notario.
Esta noche, o Ignacio cambia ese testamento, o Eliana lo falsificará.
No hay tiempo que perder.