El tercer piso de la Mansión Gordon siempre había sido territorio prohibido. Incluso cuando vivía aquí como la "señora de la casa", rara vez subía. Era el dominio privado de Ignacio, donde guardaba sus colecciones de arte más valiosas, sus puros cubanos y, sospechaba yo, sus secretos más oscuros. Ahora, al subir la ancha escalera de mármol con Bautista un paso por delante y mi hijo agarrado de mi mano, sentía que ascendía hacia un cadalso. O quizás hacia un altar de sacrificios. El ambiente cambió en cuanto pisamos el último escalón. El aire aquí arriba era más frío, cargado con ese olor inconfundible y dulzón de la enfermedad: una mezcla de antiséptico industrial, flores marchitas y humanidad en decadencia. Las alfombras amortiguaban nuestros pasos, convirtiéndonos en intrusos

