El Puente del Alma se había convertido en un escenario gótico bajo la lluvia torrencial de París. Las sirenas de los vehículos de seguridad privada, mezcladas con las luces azules de la gendarmería que Julian Vacher no había podido detener, creaban un ambiente de juicio final. El viento azotaba el abrigo n***o de Victoria Ferré, que se mantenía erguida entre sus dos hermanos, Marco y Julián. Ella era el eje sobre el cual giraba el destino de los dos hombres que, en su arrogancia, creyeron que podían poseerla. Frente a ella, Julian Vacher sostenía un arma con la elegancia de un verdugo real, mientras Dante Valente, de rodillas y herido por el frío y la humillación, reía con una demencia contagiosa. —¡Míranos, Victoria! —aulló Dante, señalando a Vacher—. ¡Tu caballero blanco es un asesino

