El crepúsculo sobre el Sena tenía un tono violáceo, como un moretón en el cielo de París. Victoria Ferré se encontraba en el balcón de su oficina, observando el tráfico de la ciudad con la frialdad de quien observa hormigas. A su espalda, el ambiente era frenético. Julián y Marco Ferré, sus hermanos gemelos, estaban coordinando la estocada final. Habían descubierto que Dante, en un acto de locura, había retirado sus últimos fondos legales para contratar a un grupo de mercenarios de los bajos fondos de Marsella. —Quiere a Julián —dijo Marco, con la mandíbula apretada y los puños cerrados—. Cree que si te quita a tu estratega, a nuestro hermano, volverás a sus brazos por puro terror. El idiota no se ha dado cuenta de que ya no tenemos miedo. Julián Ferré, el gemelo analítico, ajustó sus g

