»Capítulo 6«

1472 Words
Aún la recuerdo. Su piel tan tersa, parecía una muñeca de porcelana. Esos hermosos ojos que me hipnotizan. Sus labios que me provocaba de una manera sobrenatural y me hacen querer pecar. ¿Como una simple niña me causo todo esto? ¿Cómo no amarla? Ella llegó para convertirme en un monstruo. Un ángel caído del cielo, mandada a desatar el caos. Su misión era destruir al diablo y a sus príncipes. Tuve que irme, tuve que dejarla. La lastimaría, un alma tan pura no puede estar cerca del alguien tan retorcido como yo, por eso no pude permanecer con ella por eso tuve que irme. Dolió como el infierno ver por última vez su mirada y en ellos encontrar solo tristeza, ella no quería que la dejara, pero era quedarme o destruirnos, así que opte por la mejor desición. Y ahora, por la maldita culpa de esos par de inútiles tengo que volver y arreglar la cosas. Son tan imbéciles que no pueden hacer nada bien. Volveré a ver a mi muñeca volveré a sentirla, a tocarla. Mi pequeña muñeca de porcelana, ya pronto volveremos a estar juntos. [...] *Lucía Pearce* Ya no aguanto, quiero irme a casa, no quiero estar con ellos. Los odio. Ellos no son lo que yo creía que eran, son unos monstruos, son unas bestias. Con sus acciones llegué a tenerles un odio tan profundo, de tan solo sentirlos cerca me dan ganas de vomitar. No paran, nunca paran. No sé cuánto tiempo llevo a aquí, solo se que lo siento como si fuera una eternidad. Mí cuerpo está adornado de golpes causados por ellos, por su brutalidad. Cada violación de ellos es un poco de mi alma que arrancan. Me siento asquerosa, sucia, vacía, miserable. ¿No valgo nada? ¿No tengo voz ni voto aquí? Escucho la puerta ser abierta y de está veo entrar a uno de mis demonios el peor de todos. Lucían camina hacia mí con su asquerosa sonrisa de arrogancia, me ve de pies a cabeza y se muerde el labio, mi estómago se contrae de tan solo imaginar lo que piensa en su podrida mente. Me hago más pequeña en la esquina de la habitación donde me tienen encadena del tobillo, él se agacha a mí altura y toca mi mejilla lastimada, me aparto de su toque intuitivamente y el miedo me consume, pero trato de retener las lágrimas, aunque tarde o temprano se escaparan. —Se enojara — lo escucho hablar en un pequeño susurro, pero aún así no me atrevo a mirarlo —Si tan solo no fueras tan rebelde, no estarías tan lastimada. Sin evitarlo suelto una pequeña risilla por aquel comentario tan estúpido y sin sentido. ¿Quiere que me deje violar? ¿Quiere que deje que hagan lo que quieran conmigo? No, no lo haré, si aún tengo fuerzas lucharé, aunque se que en el proceso terminarán ganando. —Tú misma te buscas estás cosas Lucía ¿Por qué no puedes ser tan obediente, cariño? — dice levantando mi mentón, lo veo con asco, con odio, si las miradas pudieran matar hace mucho tiempo él no estuviera respirando. —Yo no me busque esto, ustedes están mal. No están bien de la cabeza ¿Sabes lo que haces? ¿Aparte de todo esto? Están cometiendo insesto — en todo momento Lucían no aparto la mirada de mí. Y aunque por dentro mis palabras suenen rudas, por fuera no son más que simples susurros temblorosos. Me odio por ser tan débil. Lucían río a carcajadas y paro de golpe viéndome como algo inferior a él. —No sigas diciendo tonterías cariño, no quiero volver a golpear tú lindo rostro. Él llegara pronto y no quiero que me mate — me quedo confundida con lo dicho último ¿Él? ¿Quién es él? ¿También me hará daño? Tiemblo por aquel pensamiento. —Ya déjala, tiene que darse una ducha y comer antes que él llegué — otra vez ese él. Damián esta con los brazos cruzados recargado de la puerta, mirando a Lucían molesto. —No me mires así, tenía que hacerlo. Todo se nos está llendo de las manos, hermanito — Damián suspira y antes de que hable lo hago yo. —¿Quién es él? — estos me ven y Damián camina hacia mí, imitando la acción de Lucían, agachándose a mí altura. Si con uno me siento acorralada, imagínense con dos, presiono mis piernas a mi pecho como si estás fueran algún escudo protector. —Alguien a quien conoces bien, ángel — Damián acaricia mí cabello y luego lo olfatea —Lastima que por el momento no te puedo tocar, ángel mío. Me alejo de él y en mi mente solo se queda lo primero que dijo ¿Alguien que conozco bien? ¿A qué se refiere? Ambos se levantan al mismo tiempo, Lucían me quita las cadenas y en un empujón brusco me lleva hasta el baño. —Tienes cinco minutos, cariño, sino, yo mismo te iré a sacar, y créeme eso no sería un problema para mí — la primera vez que no obedecí a esa orden entro encontrándome desnuda, esa vez me violó hasta el cansancio. Desde ese día obedezco esa orden así el no entraría y me tocaría, aunque lo sigue haciendo sin tener que estar duchándome. Cerré la puerta con seguro, aunque si ellos quisieran pudieran entrar. Me deshago de la ropa que traigo puesta y me meto a la ducha, el agua fría cae por mí cuerpo, mandando espasmos hasta las puntas de mis pies. No sé dónde estoy, no se que casa es está, no se nada. Desde que llegué aquí no he salido de está habitación, he hecho el intento de escapar, pero las cadenas me lo impiden. Tampoco sé si mis tíos me buscan y no sé que cosa les habrán inventado. Ellos casi no están aquí, aunque es mejor para mí, porque cuando lo están aprovechan para lastimarme. ¿Y si nunca salgo de aquí? Esa pregunta me carcome la cabeza todo el tiempo. Salgo deprisa de la ducha y me envuelvo en una toalla. Quito el seguro y me dirijo hasta la cama donde puedo ver un vestido que seguro me cubriría la mitad de las pierna. Me coloco la ropa interior y deslizó el vestido por mí cuerpo. Damián entra con una bandeja de comida, la coloca encima de la mesita de noche, luego se acerca a mí me mira de pies a cabeza y noto que aprieta su mandíbula. Me agarra con fuerza del brazo guiándome hacia las cadenas que me tienen cautiva a ellos. —Come ángel - dice a secas entregándome la bandeja, lo hago solo porque se que necesitaré fuerzas para cuándo escape de este lugar. Lucían llega casi corriendo a la habitación, me ve con algo que no supe descifrar, pero se que no será nada bueno. —Ya llegó — dijo sin más, con una voz que detonaba miedo. Damián me quitó las cadenas y note que su mandíbula aún seguía apretada. Me levanto quitándome la charola y ambos me guiaron hacia la salida. Al fin saldría de aquí, es una oportunidad que podría aprovechar, aunque ahora mismo la ansiedad y el miedo me consume, seguro contrataron a alguien para matarme y deshacerse de mí, aunque suena ridículo ellos mismo podrían hacer por si mismos. Salimos hacia un pasillo que rápidamente nos llevo hacia unas escaleras, bajamos y me guiaron a lo que se supone es la sala. Allí pude ver a una figura masculina, no le podía ver el rostro porque nos estaba dando la espalda. Era alto, muy alto, era de complexión delgada, pero se veía que trabaja su cuerpo. Por alguna extraña razón se me hacía conocido, aunque estuviera de espalda presentía que ya lo conocía. Damián carraspeo y aquel sujeto se dio la vuelta poco a poco, al estar completamente de frente hacia nosotros el aire se me quedó atascado, el sudor empezó a recorrer por mi frente y mis manos también sudaban, el estómago se me contrajo y sentí desfallecer. Él. Él está aquí, él me salvará. —Veo que no saben hacer nada bien sin mí — su voz era como la recordaba, fuerte, demandante. Aún la sensación que sentía por él siguen intactas y de eso me acabo de dar cuenta. —Asmodeo — susurré. Él me miro y luego aparto su mirada de mí como si no fuera de su interés. Dolió. —Calla — ordenó Damián acercándose a él. —Es bueno volver a verte... — dijo Lucían dándole una palmada en su hombro —Hermano. Los tres se miraron con complicidad y supe de inmediato que él no estaba aquí para ayudarme, sino, para ayudarlos. Asmodeo Pearce volvió y no por mí.
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