¡Me perteneces!

1466 Words
+ELENA+ * El café de la mañana tenía gusto a ceniza. Intenté beberlo despacio, sentada en la recepción de la academia, escuchando el silencio. Tic-tac. Tic-tac. Cada segundo era un paso más cerca de la hora en que ese hombre había prometido aparecer. Anoche pasé en la academia, llena de miedo, no sé si debía irme a casa o ir a la policía, después de tanto pensar y pensar en todos los delitos que mi padre ha cometido, decidí esconderme debajo de la mesa de mi escritorio en la academia. No dormí tan bien que se diga, pasé llorando y llorando, no obstante horas después aprendí que con llorar no hacía nada. Cuando salió del sol salí de ahí, me duché y me cambie de ropa, siempre tengo ropa en la academia. Me había vestido con mi uniforme de trabajo: leotardo n***o simple, mallas gruesas y mi viejo châle de ballet alrededor de la cintura. Quería parecer profesional, inexpugnable. Quería que la bailarina que había sido ocultara a la mujer que había sido vendida. Me moví hacia la sala principal y encendí la música: Bach, suave, preciso. Puse una mano en la barra y empecé mis estiramientos. Necesitaba quemar la adrenalina, el miedo. Mi mente gritaba: No estás temblando por él. Estás calentando. Justo cuando estaba en una arabesque prolongada, el sonido del silencio se rompió. No fue el rugido de un motor, sino la quietud forzada que solo los hombres de ese hombre podían imponer. El sonido de un Mercedes-Benz n***o, pulido hasta el exceso, deteniéndose en la calle tranquila. Me enderecé de golpe. El corazón me retumbaba. La puerta se abrió y mi aliento se detuvo. Entró una mujer elegante, de unos treinta y tantos, con el mismo aire de autoridad que ese hombre, aunque envuelta en un abrigo de lana color crema. A su lado, una niña pequeña, preciosa, de ocho años, con ojos oscuros y el entusiasmo ingenuo de quien no conoce el dolor. Iba vestida con un tutú rosado que se veía nuevo y que brillaba con inocencia. Pero luego, en la entrada, como si la academia fuera su pasillo personal, entró ese infeliz sin corazón. Su presencia era un huracán silencioso. Vestía un traje gris carbón, y la tela no escondía la masa de músculo y peligro que había debajo. Al entrar, el aire pareció temblar, y el dulce olor a desinfectante y laca se mezcló con su perfume caro y ese deje metálico de amenaza. Me quedé quieta, esperando. La mujer elegante se acercó con cautela. —Buenos días, señorita Moreau —dijo con una sonrisa tensa—. Soy Gianna Varonelli. Y esta pequeña es mi hija, Estrella y él… Es mi hermano Dante. Ignoré al infeliz del hermano y me enfoqué en la pequeña… Estrella, mi pequeña Estrella, me miró con una reverencia infantil y sincera. —Buenos días, Profesora Elena. ¿Sabe mi nombre? Esa simple frase, llena de respeto infantil, me hizo sentir una punzada de culpa. Esta niña no tenía la culpa de la oscuridad de su tío. —Buenos días, Estrella —respondí, mi voz profesional y cálida, el tono que usaba para todas mis alumnas—. Bienvenida a Petite Étoile. Ese hombre se quedó en el marco de la puerta, observando. Como un cuervo en el borde de un nido. Su mirada no se despegaba de mí. Sentí el calor subir a mis mejillas, pero mantuve mi postura. —Mi tío dice que eres la mejor —dijo Estrella, con una honestidad desarmante. Me permití una pequeña sonrisa, dirigida a la niña, ignorando al depredador. —Tu tío tiene muy buen gusto, entonces. Pero lo que importa es que tú seas la mejor para ti. ¿Lista para empezar? —¡Sí! Mientras Estrella se dirigía al vestuario con su madre para acomodarse bien su tatu, Dante se acercó lentamente a mí. —Veo que has recordado el trato, ballerina —Su voz era un ronroneo bajo y peligroso. —No soy una de sus secretarias, Varonelli. Mi palabra es ley. Si prometí algo, lo cumplo, y hoy ella tendrá la clase sin compañeros, lo decidí a última hora, quiero ver su potencial —le espeté, manteniendo mi mirada en la de él, ja, mentí, si supiera que todo lo hice por miedo. Él sonrió con desprecio. —Pero no creas que es por lealtad. Es por el miedo a que mate a mi padre. —El miedo es una excelente motivación, Elena. Deberías agradecerle a tu padre por dármela. En ese momento, Estrella regresó, con su tutú bien acomodado y zapatillas. La clase no tardaría en empezar. Y cuando pensé que tenía todo calculado aparecieron un par de madres, sí, a ellas no les había avisado el cambio de horario. ¡Esto saldrá mal! No puede ser, no quiero poner en peligro a nadie. ¿Qué hago? Aaaah, me siento en medio de un temblor. —Quédate aquí —ordenó Dante, dirigiéndose a su hermana con voz firme—. Solo obsérvala. Gianna asintió, aunque se veía incómoda con la presencia de su hermano. Dante, sin embargo, no se fue. Se dirigió a una silla en la esquina más oscura del estudio, cruzó los brazos sobre su pecho musculoso y se dedicó a observar. No a la niña. A mí. —Muy bien, mis estrellas —dije, elevando la voz, volviendo al modo profesional—. ¡Empecemos! +*+*+ Durante la siguiente hora, me dediqué por completo a la clase. Corregí la posición de las manos de una niña, la plié de otra. Y llegué a Estrella. Su entusiasmo era contagioso, pero su postura era un desastre encantador. —No, mi amor. La espalda recta, como si tuvieras una corona de princesa que no quieres que se caiga —le susurré, tocando suavemente sus hombros para alinearla. Mientras la corregía, sentí la mirada de Dante quemándome la nuca. Me obligué a ignorarlo, a canalizar mi rabia en la precisión de mi arte. Mis movimientos, a pesar de mi rodilla lesionada, seguían siendo fluidos y elegantes. Me movía por la sala, demostrando cada paso con la gracia de la bailarina que fui. En un momento, me giré y vi su rostro. La frialdad había sido reemplazada por algo más. Una especie de fascinación oscura. No estaba mirando a su sobrina. Estaba observando la forma en que mis músculos se tensaban bajo el leotardo, la pasión con la que vivía cada nota de Bach, la manera en que el arte fluía a través de mí. Era como si estuviera viendo, por primera vez, el valor real de su nueva posesión. No solo el cuerpo, sino el fuego indomable que intentaba contener. + Cuando terminó la clase, las niñas corrieron a abrazarme con risas y chispas de felicidad. Me arrodillé para despedirlas, y ese fue el momento que Dante eligió para acercarse. —Interesante —murmuró, su voz grave resonando solo para mí. —¿La clase o la forma en que los niños me adoran? —pregunté, mi tono cargado de sarcasmo. En eso las niñas se fueron corriendo donde sus mamás y yo me encaminé hacía mi oficina, lejos de las miradas de las madres. —Tú. Eres más... dedicada de lo que esperaba. Creí que intentarías asustar a la niña. —No soy usted, Varonelli —le repliqué—. Yo no uso el miedo como herramienta. Me puse frente a él, desafiante. Él era una pared de trajes oscuros. —Estrella volverá pasado mañana —dijo, ignorando mi insulto—. Y tú vendrás a cenar a la mansión. No es una invitación. —¿Y si no voy? ¿Le romperá un tobillo a su sobrina? —No. Te romperé los sueños. —Su sonrisa era una promesa brutal—. Si no estás en mi mesa, tu padre tendrá un accidente en su "lugar seguro", y esta academia perderá su financiamiento. Y sé que amas demasiado este lugar como para permitirlo. Llevó su mano a mi barbilla, obligándome a alzar la mirada. Sus ojos verdes eran pura posesividad. —Te quiero donde pueda verte, Elena. Eres mía. Y tienes que empezar a actuar como tal. —Le detesto —susurré, la rabia y la humillación quemándome. —Lo sé —respondió él, acercando su rostro. El aliento cálido rozó mi oído—. Y lo que yo siento por ti es más peligroso que el odio. Luego, se alejó con un movimiento rápido, arrastrando a su hermana y sobrina tras él. Me quedé allí, inmóvil, sintiendo el eco de sus palabras y el calor de su mano en mi piel. Mi santuario ya no era mío. Había sido contaminado por el olor a peligro, y ahora, yo tenía una cena obligatoria con el diablo.
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