24/7 – Libro 2, Capítulo 2
NATALIA
Sé por el olor en dónde me encuentro. Si hay algo que odio con toda mi alma, son los hospitales. Debí advertirle que no me trajera, pero mi propia debilidad me arrastró hasta aquí. No importa: en cuanto logré ponerme en pie, volveré a mi causa.
Empecé a quitarme la aguja intravenosa.
—Hey, hey. Quieta.
La mano de Víctor detuvo mis intentos de levantarme con una firmeza que me hizo enfurecer.
—No puedes hacer eso, apenas te has recuperado.
—¿A quién diablos le importa? — No es que quisiera morir, pero en ocasiones la idea no resultaba tan desagradable; dejaría de ser un simple objeto para quienes quieren usar me.
—A mí me importa.
—Claro —ironizó, recorriéndolo con la mirada— Tanto te importa que te niegas a compartir tu cama.
—Si puedes hablar así, es porque ya te sientes mejor —retrocedió un paso cuando logré sentarme en la camilla.
La maldita habitación estaba decorada con un lujo absurdo, diseñado para hacerte sentir cómoda, pero sin dejar de ser una celda de hospital.
—¿Qué maldito lugar es este?
—Ucrania. Un hospital privado, dueño de los Ivankov.
—¿Conoces a esos imbéciles?
—¿Tú no? Si se supone que lo sabes todo.
—Solo rumores estúpidos sin sentido alguno. La historia más real es que masacraron a toda la familia y solo quedaron tres. Lo más sensato era que estuvieran ocultos... ¿Y ahora resulta que son dueños de este hospital?
Es increíble que una de las familias de segunda generación entre las hermandades siga viva. Había escuchado cosas, pero esto jamás. Necesito la UCB de Nick para que la Reina opere al máximo, y Dawson tiene la última pieza.
—No pienso perderte de vista y no vas a salir de aquí hasta que pase el peligro.
—sentenció él, cruzándose de brazos.
—Estoy bien —me dejé caer de nuevo contra la camilla, harta de este lugar.
—Desangrarte no es lo que considero "estar bien". ¿Te quieres matar o qué?
Cuando se pone así, no lo soporto, aunque su preocupación me parece extrañamente agradable, y son pocas las personas que me agradan. Se mantuvo dispuesto a discutir, pero yo ya no tenía ganas de nada. Me limité a cerrar los ojos; ignorarlo era imposible porque está aferrado a encontrarme a donde sea que vaya. Lo cual, por una extraña razón, me resulta halagador. Otros ya me han perseguido antes, pero no como él: no quiere nada a cambio, y eso es rarísimo. Siempre quieren algo de mí: matar a sus enemigos, acostarse conmigo, dinero o favores. Pero él no. Él simplemente me quiere viva.
Entonces las pesadillas empezaron.
ERIN
Los medios de comunicación son una monserga, pero al público le agradan, sobre todo si hay una cara bonita dando buenas noticias.
—No deben preocuparse —declaré frente a las cámaras—, los Ivanov aseguran el bienestar de su pueblo.
—¿Qué hay de la terrorista que persiguen las autoridades? —preguntó una reportera—. ¿Existe algún informe de que ataque a nuestro país?
—No estamos exentos, pero les aseguro que el procurador Elías está tomando las medidas necesarias para garantizar la seguridad nacional.
Le guiñé un ojo a la reportera; era linda y me regaló una sonrisa coqueta antes de dar por concluida la entrevista. Dar conferencias es un fastidio, pero son el pan de cada día en la política. Además, cuando Elías demanda algo, es difícil decirle que no, más aún siendo el causante de que mi hermana mayor dirija un imperio legal de armas. Aunque Víctor es el arquitecto de cada prototipo, a mí me fascina mi papel de espía. En ocasiones, coquetear con mujeres de grandes empresarios o políticos tiene sus ventajas: no solo por el sexo, sino por la información valiosa que una mujer puede soltar sin darse cuenta.
El hospital de los Ivankov es dirigido por el hermano menor de Kriv, un demente detrás de su fachada de director. He interactuado con él en varias ocasiones. Su complejo cuenta con quince plantas equipadas con la tecnología médica más avanzada, superando por mucho al Manhattan General, y por eso es tan cotizado por la élite.
Al ingresar a la planta de intensivos, concretamente donde Natalia está internada, un alarido inhumano me hizo correr hacia su habitación.
La escena al otro lado del cristal me erizó la piel. Me estremeció, pues esa mujer perfectamente podría matar a mi hermano así como quiere cogérselo; esa era su maldita esencia. Natalia estaba en pleno ataque de pánico, jadeando por falta de aire, pálida y empapada en un sudor febril. Víctor estaba sentado sobre sus piernas, invadiendo por completo su espacio personal y sujetándole las muñecas con fuerza bruta para contenerla.
—Ya pasó. Quédate conmigo —le escuché susurrar a mi hermano, con una urgencia que jamás le había oído emplear con nadie.
Retrocedí un paso, cerrando la puerta con sigilo para darles espacio mientras ella seguía luchando contra su propio monstruo interior. Al darme la vuelta, me topé con Ash, quien traía dos vasos de café y la ceja enarcada.
—No te recomiendo que entres —le dije, quitándole el café que claramente era para Víctor mientras caminábamos hacia la sala de espera— Mi hermano está intentando calmar a la fiera. Si cree que puede con ella, es un idiota. Es como querer adiestrar una fiera con otra. Totalmente ridículo.
Ash se sentó a mi lado con esa elegancia gélida que enerva a cualquiera.
—No me gusta esa mujer, Erin —dijo mi hermana protectora—. Desde el día que la conocí, algo con ella no cuadra. Es inestable, errática. No me gusta ver a Víctor tan encaprichado con ese peligro andante.
—Lo mismo pensabas de Iván y ahora comparten mesa —me burlé—. Natalia tiene ese veneno que te atrapa, y Víctor no es inmune. Aunque si la vieras intentando seducirlo te lo pasarías en grande, esa mujer está coladita por él y Víctor se niega a…
—No termines esa frase, Erin —me cortó Ash, con la voz afilada—. Ya es bastante perturbador que se cogan con la mirada.
Es verdad. Cuando esos dos están juntos, la tensión es altamente peligrosa. Bien podrían matarse mutuamente o arrancarse la ropa sin pudor alguno. Que no hayan cruzado esa línea no significa que no estén a punto de hacerlo; lo sorprendente es que Víctor se resista a ella y que, aun así, Natalia no se dé por vencida