24/7 L2 C5
NATALIA
La curiosidad es buena, te lleva por caminos y secretos que jamás hubieras pensado descubrir; quien piensa lo contrario es un retrasado mental que merece morir en la ignorancia. La mayoría de los imbéciles la ven como una maldición o un error, porque le temen a lo que no pueden controlar. Yo la veo como supervivencia.
La mañana había empezado con un cielo limpio sobre Moscú, pero el hallazgo en el despacho de Víctor arruinó el ambiente. Tras registrar el compartimiento secreto oculto detrás de su biblioteca, ahí estaban las carpetas físicas que conectaban su linaje familiar directamente con los Salomón.
Saber que me había ocultado algo de ese calibre me encendió la sangre. La traición no era un asunto moral para mí; era un vector de riesgo operacional.
Entrar al edificio en el centro de Moscú fue un trámite. La seguridad ya me conocía y Víctor había dejado órdenes explícitas de no trabarme el paso. Crucé el vestíbulo sin mirar a nadie, subí por el ascensor privado y me instalé en el sillón tras su escritorio. Saqué la Taurus, destrabé el seguro con un chasquido sordo y esperé.
La puerta se abrió veinte minutos después.
—Me dijeron que estarías aquí —dijo Víctor al cruzar el umbral, dejando la llave sobre la consola.
Avanzó hacia el escritorio con paso tranquilo e inclinó el torso para buscar mi mejilla. No varié la postura ni un milímetro. Lo único que cambió fue el metal de la Taurus presionando directamente el centro de su frente.
El aire de la oficina se congeló.
—En otra ocasión te habría vaciado el cargador antes de que tocaras el pomo —dije, manteniendo la presión contra su piel—. Te estoy dando el beneficio de la duda.
Víctor no dio un paso atrás. Su mandíbula se apretó casi imperceptiblemente. Retrocedió espacio a espacio bajo la guía de mi cañón hasta dejarse caer en la silla frente al escritorio.
—¿Qué tienes que ver con Héctor Salomón? —exigí.
Cerró los ojos un segundo y echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo. Deslicé la corredera metálica para amartillar una bala. El sonido en el silencio de la habitación fue tajante.
—Lo que digas en este segundo va a decidir si sales caminando o en una bolsa.
—Es mi primo —respondió sin alterar la voz.
—Eso ya lo leí en los expedientes que guardas bajo llave. Quiero lo que la Reina no ha encontrado en la red... todavía.
—Sabes que puedo desarmarte desde esta posición.
—Y sabes que te rompo la caja torácica antes de que toques mi muñeca. Así que hay dos opciones: me dices la verdad o intentamos matarnos mutuamente y pierdes a tu única aliada.
Víctor contuvo el aire unos segundos antes de hablar:
—Rafael Salomón. ¿Recuerdas la historia que te conté? Omití detalles, ¿pero qué esperabas? Tú no confías en mí y yo tampoco confío en ti. Todavía.
Apreté el cañón contra su hueso frontal para cortar su monólogo.
—Habla sin rodeos.
—Rafael fue criado por mi padre cuando su madre murió de cáncer —continuó, con voz neutra—. Mi familia se hizo cargo de los cuatro Salomón. Cuando le dimos la espalda a la familia y después de su muerte, borramos absolutamente todo rastro digital y público que nos conectara a mis primos. Es por eso que no hay nada en la red, Natalia. Solo existían esos papeles físicos en mi biblioteca.
Víctor tomó aire antes de proseguir:
—Cuando Rafael mató a mis padres, lo ejecuté y me quedé con la estructura de poder. Meses después, Héctor llegó con la propuesta de fusionar los apellidos y lucrar con el mío, con él al mando. Me negué. Eso lo desquició. Empezó a meterse en mis territorios en Moscú y desde entonces estamos en guerra.
No me dio tiempo de procesar la información. En un movimiento rápido, Víctor atrapó mi muñeca derecha y empujó la trayectoria del arma hacia arriba.
El forcejeo fue seco y brutal. Usamos los antebrazos como palancas; me desarmó golpeando mi nervio braquial, pero en el mismo giro le enganché los dedos, le retorcí la articulación y recuperé el control del arma. Bloqueó mi gancho de izquierda con el codo, pero estábamos demasiado cerca: elevé la rodilla con toda la fuerza del cuadríceps y se la encajé directamente en la entrepierna.
Víctor soltó un gruñido ahogado y cayó sobre una rodilla, sujetándose con una mano en el piso.
—Considérate afortunado de que siga necesitando tu información —murmuré, ajustándome el resorte de la chaqueta.
Me giré hacia la salida, pero la puerta se abrió de golpe. Erin y Ashley entraron a la estancia. Reconocieron la escena al instante: Víctor recuperando el aliento en el suelo, las marcas del forcejeo y mi mano en la empuñadura.
—Que no salga —ordenó Víctor desde el piso, con la voz rasposa.
Ashley actuó sin dudar. El primer golpe vino directo a mi yugular; lo esquivé echando el cuello hacia atrás. Erin se cerró por el flanco izquierdo. Moví el cuerpo según los patrones de esquiva que me enseñó Taylor: fluido, corto, economizando espacio. Ashley sacó una Glock de su pernera; me pegué a su torso en un giro sobre su eje, anudé su brazo derecho detrás de su espalda y le arrebaté el arma de un tirón.
El bloqueo final se congeló en un segundo:
Víctor, ya de pie, me apuntaba a la nuca a un metro de distancia. Yo tenía el cañón de la Glock de Ashley pegado al estómago de ella. Erin me encañonaba la frente a centímetros. Con mi mano izquierda libre, saqué la Taurus y le apunte directamente al esternón a Víctor.
Un triángulo cerrado.
Solté una carcajada corta que resonó en el despacho.
—Esto va a ser divertido.
—Sabíamos que eras peligrosa desde lo del almacén y el bar, pero no que ibas a volverte contra nosotros en nuestro propio terreno —escupió Ashley, sintiendo la presión del metal en su vientre.
—No me he vuelto contra nadie. Solo vine por respuestas.
—Baja el arma —amenazó Erin, acortando el margen sobre mi frente.
En vez de responder verbalmente, dejé caer el cuerpo sobre la rodilla izquierda, rompiendo la línea de tiro de Erin. El mapa de armas se reconfiguró en un instante: Víctor me apuntaba a la espalda, Ashley al cuello, Erin a la cabeza. Mi Taurus quedó fija en la ingle de Erin y la Glock de Ashley apuntando al hígado de Víctor.
—No tengo intención de matar a nadie hoy —dije, manteniendo la respiración estable—. Pero lo haré si es la única forma de cruzar esa puerta. Podemos apretar los gatillos al mismo tiempo y ver quién queda en pie. Dos de ustedes van a morir en este piso, y el único con posibilidades de sobrevivir soy yo o Víctor.
—¿Qué propones? —intervino Víctor desde mi espalda—. ¿Dejarte ir como si nada?
—No confiamos en ti, Natalia —agregó Ashley—. Ya saldaste una deuda sacando a Víctor del almacén, pero sigues siendo un cabo suelto.
—No tengo nada contra ustedes dos —respondí sin desviar la mirada de Erin—. Solo voy tras la hermandad y los Salomón.
—¿Quién más trabaja contigo? —exigió Ashley.
—Solo somos tres. No necesito a nadie más —mentí con el rostro completamente plano. Víctor no me corrigió.
—¿Y por qué deberíamos creerte? —insistió ella.
—Me importa un carajo si me creen o no. La ecuación es sencilla: me dejan salir en paz o empezamos a derramar sangre en este escritorio.
El silencio que siguió fue absoluto. Solo se escuchaba el aire entrando y saliendo de los pulmones en el espacio cerrado. Vi el intercambio de miradas entre los hermanos Zolov. Víctor fue el primero en bajar el brazo con un movimiento calculado. Ashley y Erin lo siguieron un segundo después.
Me puse de pie sin descuidar las líneas de tiro. Paso a paso, retrocedí hasta colocar la madera de la puerta a mi espalda. Solo entonces bajé las armas.
—¿Por qué no puedo encontrar nada sobre tu historial en la red? —preguntó Víctor, fijando sus ojos únicamente en los míos—. Creí que la Reina Roja había dejado de operar cuando Nickelay murió. Pensé que sin él no tenías quién sostuviera la infraestructura.
Una sonrisa helada se dibujó en la esquina de mis labios.
—Asumiste mal. La Reina no murió con Nick; solo aprendió a trabajar directamente bajo mis órdenes. Tengo el sistema cubriendo mis huellas en tiempo real. Nadie en el submundo puede burlarlo, ni siquiera Edward. Tu red interna va a estar bloqueada por los próximos siete días. Si intentas meter un rastreador sobre mi identidad, el código destruye tus servidores. Yo soy la única que puede liberarlo.
Víctor apretó la mandíbula, asimilando que la Reina Roja no era un recurso del pasado, sino una amenaza activa.
—¿Cuál es tu verdadero nombre? —preguntó Erin desde el costado.
—Natalia.
Le arrojé la Glock a Ashley; la atrapó en el aire con reflejos limpios. Víctor tenía mi Taurus sobre la palma de su mano, examinando el peso, pero no hizo ademán de entregármela. Guardé la segunda arma en la funda oculta tras mi espalda.
—Apreciaría que me la devuelvas. Le tengo cierto afecto.
Una curva sutil apareció en sus labios, pero mantuvo la Taurus bajo su control.
—Podríamos ser un gran equipo.
Ashley se cruzó de brazos, intercambiando una mirada de resignación con Erin. Conocían ese tono en su hermano.
—Trabajo sola —dije—. Devuélvemela.
—Ven por ella —desafió, dejando la Taurus sobre la madera de su escritorio y recargándose contra el borde mientras se aflojaba el nudo de la corbata—. Quédate. Enfrentemos juntos a mis primos. ¿Quieres liquidar las cuentas con los Salomón? Esta es la forma. Somos más fuertes alineados.
Hubo una punzada de adrenalina en el estómago que ignoré al instante.
—Me lo pensaré.
—Te la devuelvo cuando me des la respuesta —dijo, sosteniendo la mirada.
Giré la cara, abrí la puerta y salí al pasillo.
—Somos tu mejor opción, Natalia —escuché que decía Víctor a mi espalda antes de que la madera se cerrara—. Si te niegas, pierdes al único aliado en Moscú capaz de abrirte las puertas que necesitas.
No respondí. Caminé por el pasillo sin mirar atrás. Les estaba dando la espalda, pero no había peligro de un disparo rastrero. Ninguno de los dos era un sádico incauto; todos sabíamos exactamente de lo que era capaz el otro.
Hola mis lectores, mis más sinceras disculpas, me quedé sin celular, pero ya he vuelto y estaré editando un capítulo diario o los que pueda y estarán disponibles en cuanto mi editora los autorice.