8
Esta vez no pienso hacer el oso: me quito el uniforme, me pongo jeans, una blusa oscura y una chaqueta de jean, me paro frente al espejo de mi cuarto y me retoco el maquillaje. Todavía es temprano pero no me aguanto las ganas de ver a Laura. Bajo a la cocina, me tomo un vaso de leche achocolatada, me pongo las baletas y como no hay nadie en la casa, no me despido de nadie y salgo rauda y veloz hacia el consultorio de mi loquero. Después de caminar una cuadra me acuerdo que no puedo llegar roja y agitada y disminuyo el paso. Voy pensando en si debo sugerirle algo a Laura, como una salida o algo así o dejar que ella lo haga primero. Igual, no tendría nada de raro salir con una simple amiga; ella aún no tiene razón para imaginarse cuales son mis oscuras intenciones. Después de cinco cuadras dejo de preocuparme por el asunto y decido que lo mejor es esperar a que las cosas fluyan espontáneamente.
Saludo con un simple "hola" al portero, vigilante o celador y entro en el ascensor; afortunadamente voy sola y no tengo que aguantarme a ningún viejo calvo y barrigón sonriéndome. Salgo del elevador, recorro el pasillo, pero antes de tocar a la puerta respiro profundo, me acomodo el pelo por detrás de la oreja e, inclusive, me hecho la bendición, así las iglesias no me hayan visto desde el año antepasado cuando celebraron la primera comunión de una primita. Golpeo y pasan veinte segundos antes de que la puerta se abra. No lo puedo creer, Laura es demasiado… Es que hoy está mejor que nunca; no sé si es la pinta, el peinado o el maquillaje o la suma de todas las anteriores. Se puso un busito naranja, un pantalón n***o y unos tenis negros, pero el pelo lo lleva hacia un lado y el maquillaje es suave pero llamativo. Noto que se le abren los ojos apenas me ve, me sonríe resto y me dice:
–Wendy, pasa, qué chévere que hayas llegado temprano, así podemos adelantar cuaderno –me da un pico en la mejilla, me agarra de la mano y me lleva a sentarme en una silla frente a su escritorio. Eso es nuevo, pues siempre me había sentado en el sofá. No hay nadie en la recepción lo cual me place y me complace.
–Tengo una pereza de lo de esta noche, imagínate que mi novio me invitó a comer a su casa, que quiere presentarme a los papás… –la nena no para de hacer muecas– Como si tuviéramos treinta años y nos fuéramos a casar, que mamera, y mínimo sirven algo bien horrible –se ríe y aprovecho para hablar.
–La solución la tienes frente a ti, solo es que lo digas.
–Claro, ¿por qué no se me ocurrió antes? –la nenorra me muestra una sonrisa de payaso –coges mi lugar y yo el tuyo.
–No, pequeña, más bien nos vamos a tomar algo por ahí, le dices a tu novio que te toca estudiar para un parcial, que soy una compañera que te va a explicar unas cosas que no entiendes.
–Sabes que no suena mal, pero es que ya le dije que sí –me fascina como arruga los labios que algún día, si tengo suerte, serán míos.
–Eso no es problema, solo es decirle que el profe de… de lo que sea, simplemente se le ocurrió poner un examen a última hora.
–¿Será…?
–Solo digo… Pues si quieres, yo invito, nos podemos tomar algo suave o algo fuerte –le pongo sonrisa de Joker esperando hacerme la graciosa.
–¡Ay! No sé, me da embarrada con Fede.
–Fede supongo que es por Federico… –el noviecito tiene nombre de nerdo.
–Sí… Mira, déjame lo pienso y te digo cuando salgas de tu cita, ¿te parece?
Salió rogada la nena. Bueno, si fuera un gurre, o sea, una vieja fea, bien fea, pues no tendría por qué pensarlo tanto, pero es que semejante cosita…
–No te afanes, solo quería ayudarte –me rio por dos segundos, creo que es una sonrisa nerviosa…–, pero bueno, la oferta sigue en pie –me lanza una sonrisa matadora, lo más lindo que he visto en años y nos ponemos a hablar de otras cosas. Me cuenta sobre lo que estudia, de un profesor que le está cayendo, pero que el tipo es inmundo además de que tiene fama de cambiar las notas o calificaciones por favores sexuales. Me causa repulsión la historia y le aconsejo que se aleje del man. Estando en esas sale del consultorio un tipo como de mi edad, de carita desordenada, es decir: feo. Se despide de Laura y no disimula en mirarme de pies a cabeza y por suerte se abre rápido.
–Wendy, por favor sigue –me dice mi loquero. Hoy, al igual que su hija, está más divino que nunca: lleva unos jeans azul claro, unos mocasines cafés y una camisa beige de un tejido súper extraño, como algo proveniente de otras latitudes, posiblemente peruanas, ecuatorianas o algo así, pero lo hace ver demasiado bien.
–Hola, doc –le sonrío y antes de entrar al confesionario le guiño el ojo a Laura.
–¿Cómo has estado? –me pregunta mi loquero cuando me ve acomodada en el diván, estirada cual larga soy.
–Yo, bien, ¿y usted?
–Muy bien, gracias. ¿De qué te gustaría hablar hoy?
–De una cosa que… –miro hacia el techo antes de seguir– que no he podido descifrar muy bien.
–Te escucho –su melodiosa voz me da la seguridad para empezar a hablar.
–Primero respóndame algo, pero tiene que ser sincero…
–La sinceridad es la dueña de este consultorio.
–¿Yo le parezco fea o bonita?
Se demora como cinco segundos en volver a abrir la boca.
–Eres una pelada muy bonita.
–Pero lo dudó, por eso se demoró en responder.
–No lo he dudado, simplemente estaba pensando en las mejores palabras que podía usar para responderte.
–Bueno, supongamos que es así… Entonces, si soy muy bonita, como usted mismo dice, ¿por qué carajos no tengo a nadie especial?
–¿Te refieres a un novio?
–Pues claro, no estoy hablando de mis papás, ni de tíos, tías, primos o primas.
–Tú eres quien mejor conoce la respuesta a tu pregunta.
–Supongo –pongo las manos debajo de mi nuca, como si fueran una almohada – ¿Y sabe por qué?
–Cuéntamelo.
–Porque nadie me llena y los que me llenan no me hacen caso.
–¿Eres exigente?
–De pronto, sí. Por lo menos en eso. Es que no me cuadraría con un gurre.
–¿Qué quieres encontrar en un novio?
–Pues… pues todo –este man sí que hace preguntas complejas.
–¿Podrías ser más específica?
–¿Se refiere a aparte de lo físico?
–Empecemos por ahí –me dice, y menos mal que no lo estoy mirando.
–Pues alguien que sea especial, que me trate bien, que yo pueda ser bien dulce con él, que también pueda ser especial, que sienta apoyo, que me ayude y yo lo pueda ayudar… no sé qué más decir.
–¿Y de la parte física?
Complicado el asunto. Me da oso hablar de esa parte, pero supongo que se viene a esta clase de sitios a confesarlo todo o a morir en el intento.
–Pues lo normal; dar besos, caricias, y pues… usted ya sabe…
–Solo sé lo que tú me quieras contar –no lo estoy mirando pero presiento que debe tener una de esas sonrisas que enamoran.
–Mire, es que yo nunca he estado con nadie, y es que ya estoy medio grande para seguir en este estado… Entonces, eso es lo que quiero.
–¿Por qué crees que nunca has estado con nadie?
–Fácil, porque no se ha presentado la persona correcta.
–Para ti, ¿en qué consiste que sea la persona correcta?
Este interrogatorio está poniéndose intenso.
–Ya sabe, alguien que uno quiera, o que le guste mucho, porque yo no soy la zunga que solo por ganosa va a ir a hacerlo con el primero que me lo pida.
–¿El hacerlo te haría sentir mejor?
–Pues… yo creo que sí. ¿No disque eso es lo máximo?
–Puede serlo si se reúnen varios factores.
–¿Sabe que una vez leí que las mujeres podemos sentir igual o mayor placer yendo de compras o comiendo chocolate?
–En algunos casos puede ser así. Es un tema complejo, pero creo que si se hace con la persona que reúne los factores necesarios, la experiencia puede ser inigualable.
–Me imagino… Pero es que ese es el punto: ya estoy cansada de imaginarme las cosas. Y la verdad es que todo es mi culpa. A mí me han caído toda clase de tipos, pero como nadie me llena y con los que me ha parecido que pudieran clasificar, resulta que son unas bolas o solo quieren pasarla bien un ratico. Y es que es lo mismo para lo de tener novio, por eso es que sigo solterona –me rio al terminar mi discurso.
–¿Alguna vez has tenido novio?
–Tuve dos hace tiempos. El primero como a los trece años, pero de darnos piquitos no pasamos, fuera de que solo duramos quince días. Después tuve otro, a los quince. Con ese ya los besos eran en serio.
–¿Cuánto duraste con él?
–Por ahí dos meses, hasta que un día lo pillé con otra al muy perro y lo mandé a freír espárragos. Desde ahí empezó mi sequía hasta que me rumbeé con los tipos del comercial del desodorante.
–¿No has tratado de conocer otra gente en tu colegio?
–Ya sé que usted me lo dijo la vez pasada, pero la verdad, no.
–Podrías tratar de hacerlo por fuera…
–Lo sé, pero la verdad es que… –no sé si contarle que a la única persona nueva que he conocido y con la que he entablado amistad es la preciosura de su hija. ¿Es que qué tal que el man se la pille que a mí me gusta? Con estos doctores de la mente, que dicen poco pero no hacen más que analizar cada palabra, no sería raro que si le menciono a Laura de una se la pille.
–Continúa…
–La verdad es que Laura, su hija, es la única amiga nueva que tengo.
–Ella sí me mencionó algo al respecto.
–¿En serio? ¿Qué le dijo? – ¿Será que le confesó que es lesbiana y que está enamorada de mí? ¿Qué fue amor a primera vista? Me rio internamente de las estupideces que se me ocurren.
–Que fueron a comprar capuchino a la equina y que se han hablado por internet.
–Sí, nada del otro mundo, pero Laura es muy buena gente, pero lo que necesito es conocer hombres, no mujeres.
–Podría ser que ella te presentara a algunos de sus amigos.
–¿A usted no le molestaría?
–Se supone que el terapeuta no debe tener ninguna clase de relación con el paciente, pero en este caso la relación sería con mi hija; no le veo ningún problema.
–Gracias. Pero sabe que es una buena idea, de pronto por intermedio de ella pueda conocer a alguien –me importan cinco centavos los amigos de Laura, pero esta puede ser la disculpa perfecta para empezar a verme con ella sin levantar sospechas.
–Ella tiene un grupo de amigos muy simpático.
Pasamos el resto de la cita hablando de lo que podría estudiar en la universidad. Le cuento que no tengo ni idea y que no me importa si es algo que dé mucha plata o poca. Me dice que tenemos que hacer una sesión de lo que llaman "orientación profesional". Me explica que son unas pruebas para descubrir mis habilidades, mis cualidades y mis facilidades en diferentes campos y así poder llegar a saber para qué diablos sirvo.
Pero al final de la cita, cuando me siento en el diván y empiezo a ponerme los zapatos, el loquero me sorprende con lo que me dice:
–De lo que me dijiste la vez pasada, de tomarnos un café por fuera del consultorio, creo que al final de esta tarde, por ahí en una hora, podría hacerlo.
Dejo de mirar mis pies, subo la mirada y lo veo ahí sentado con su sonrisa matadora. Siento el corazón acelerado pero con mucho esfuerzo logro no ponerme roja. No tengo ni idea de qué decirle. Yo estaba haciendo planes con la hija y ahora este man me sale con estas. ¿Y ahora qué puedo hacer? ¿Ella o él?