Alicia observó y admiró la imponente habitación de Guillermo. Tenía que admitir que no solo era el hombre más ardiente que conocía, sino que también el más culto. Los cuadros eran verdaderas obras de arte, dignas de estar en los museos más reconocidos del mundo. Sus estantes estaban llenos de libros, títulos que ella no conocía, pero que invitaban a leer. Aspiró la fragancia en el aire y todo olía a él. La piel se le erizó con solo imaginarlo ahí, junto a ella. Era una pena que no estuvieran solos y que decidieran dormir con Isaac. Alicia negó, ¿qué era lo que estaba pensando? No podía creer que su subconsciente le hiciera esa mala jugada. Tenía que ser responsable con sus actos. Los hijos de Guillermo estaban ahí y Diana también. Tratando de aclarar sus pensamientos, Alicia caminó ha

