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935 Words
Encima del escritorio estaba un sobre. Ella lo abrió y ante sus ojos apareció una carta de despido por haberse ido sin justificación. Melissa sonrió, en medio de su tristeza decidió sonreír en lugar de llorar o hacer un berrinche. Fue a la oficina de su marido, le dijo que no la podía despedir porque había sido él mismo quien le ordenó que no se acercara por ese día. —No me importa a donde hayas ido o lo que hayas hecho, ese es tu problema. A partir de mañana ya no te presentes, o si gustas puedes tomar el puesto como jefe en el departamento de la limpieza. —Te vas a arrepentir, Alejandro. Le amenazó Melissa, tomó la renuncia y la firmó. Regresó al hospital para cuidar personalmente de su hijo. Su suegro estaba con él en ese momento, cuando ella le comentó lo que había pasado, el señor llamó a su hijo y le ordenó que de inmediato fuera reintegrada. Sin embargo, ese puesto ya había sido ocupado por otra persona y se presentaría al día siguiente. El suegro no pudo hacer nada por hacer que volviera a ser la secretaria de presidencia. No quiso insistir, el día de la boda le había prometido a su hijo que no interferiría en su matrimonio. Reconocía que era suficiente con obligarlo a casarse con alguien a quien no conocía, o eso era lo que se creía. Dos días después los padres de Alejandro tuvieron un accidente mientras regresaban a casa, habían venido a visitar a su nuera y ese fue su último día en la tierra. Desde entonces, otra desgracia se sumó para Melissa, su marido la acusó y dijo que en sus espaldas cargaba la muerte de los señores, que ella había tenido la culpa porque los había invitado a cenar en casa cuando no tenía derecho a llevarse bien con ellos porque su matrimonio era una total farsa. Melissa comenzó a trabajar en otra empresa. Habían pasado ya varios días desde la muerte de sus suegros y estaba segura que en cualquier momento su esposo le pediría el divorcio y terminaría en la calle, prefería prepararse con dinero para el futuro de su hijo. Sin embargo, ese mismo día fue despedida. Su jefe le informó que la empresa había sido adquirida por un nuevo dueño y hubo recorte de personal, lastimosamente ella quedó entre los elegidos para irse. Buscó una oportunidad de trabajo en otros lugares, sin embargo; todos le decían lo mismo: lo siento, no hay espacio para usted. Comenzó a sospechar que todo había sido obra de su esposo. Era tanto el odio que sentía por ella que hasta la había inhabilitado en el sistema laboral. Decidió enfrentarlo, ella necesitaba el dinero. Su hijo no se alimentaba de aire y los empleados de la casa ya habían renunciado por falta de pago. En el pasado su suegro había destinado los fondos para ello, ahora ella había sido despedida de la empresa y sus suegros ya no estaban para que la respaldaran ante tanta injusticia. Fue a la empresa en busca de su marido, él no había vuelto ni una sola noche a casa. Eso le favorecía a ella porque seguía manteniendo en secreto la identidad del pequeño Alfonso. Su misión era pedirle que suspendiera la orden que había hecho circular sobre las contrataciones, sin embargo; al llegar se encontró con algo que la devastó. El hombre del que estaba enamorada desde su infancia, había contratado a su amante para cubrir el puesto que le había sido quitado injustamente. Su pecho dolía, el amor que sentía por él, se desvanecía con cada acción que estaba llevando a cabo. —¿Quién es ella? Preguntó la amante mientras se levantaba de las piernas del hombre. —Fue una protegida de mi padre. No sé nada más de ella. Respondió tajante. Su boda había sido en secreto, por lo tanto, no había ninguna imagen sobre ellos en el internet, razón por la cual nadie sospechaba que eran un matrimonio de conveniencia familiar. —Señor Alejandro, ¿podemos hablar? Solo será un par de minutos. Alejandro le ordenó a su amante que los dejara solos. Ella le rogó que necesitaba trabajar para poder mantenerse a sí misma, estaba desesperada y no le quedaba otra opción que humillarse ante el frío hombre que tenía de frente. —Si quieres trabajar, puedes hacerlo. Ordenaré que abran un espacio en el departamento de diseño, quiero ver como te humillas y llevas a pique a tu equipo de trabajo. Ella aceptó emocionada, pero ante él fingió estar preocupada. Alejandro sonrió victorioso, había llegado el momento de demostrarle que sin la ayuda del finado ya no podía servir para nada en la empresa. La jefa de diseño la obligaba a trabajar horas extras. Volvía a casa y debía continuar a altas horas de la noche diseñando, ya que, le exigían que en menos de tres días presentara un diseño de anillo de matrimonio que dejara impresionado al cliente. Se burlaban de ella por haber bajado de categoría, anteriormente era la secretaria de presidencia, ahora era una más del montón. —Todo esto lo hago para que tú tengas un futuro bueno, hijo mío—. Decía en su mente cada vez que alguna de sus compañeras derramaba café en su vestido y afirmaban que había sido un accidente. Tenía que quedarse callada, no habría otra forma. En cierta ocasión fue a quejarse con su marido, pero él le dijo que si no quería continuar trabajando podía renunciar. —¡Nadie te está obligando a que estés aquí!— Declaró.
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