Mi camisa blanca quedó con una enorme mancha de sangre, y yo, con una herida en forma de dos aruños de tres centímetros y medio en la parte baja de mi pecho. Me sorprende que una herida pequeña pudiera hacerme sentir tanto dolor. Lo más irónico es que, cuando quedé arrodillada en el piso, llorando del dolor, Liam se quitó su chaqueta negra y me cubrió los hombros con ella. —No dejes que nadie te vea la herida, cúbrete —me dijo. Ahora me encuentro en mi apartamento, me he curado la herida en el pecho. Me puse una pijama y me encuentro hecha bolita en la cama, abrazando a Grifi. Intento no llorar, pero no puedo retenerlo. Me siento violentada, asustada. Me ultrajaron de todas las formas posibles. Observo fijamente la chaqueta negra de cuero que reposa en la piecera de la cama. Me e

