CON EL CORAZÓN HECHO PEDAZOS
Inanna se desplomó en la silla de la consulta médica, sus manos temblando mientras sujetaba el informe. Las palabras que el doctor le acababa de decir aún resonaban en su mente, envolviéndola en una realidad que nunca imaginó.
—Lo siento mucho, Inanna —dijo el doctor en voz baja, sin atreverse a mirarla a los ojos—. Las toxinas en tu sistema reproductivo han causado un daño irreversible. Nunca podrás quedar embarazada.
Ella no podía hablar, no podía moverse. Su mirada se fijó en el difusor de aromaterapia que había estado usando durante tres años. El regalo de Medusa. Ahora sabía que ese hermoso objeto, con su aroma tranquilizador, había sido la razón de su incapacidad para concebir. Las toxinas invisibles habían estado destruyendo lentamente su oportunidad de ser madre, y lo peor de todo: su amiga más cercana había sido la responsable.
—¿Por qué?— pensó Inanna, con un nudo de dolor apretándose en su pecho. La traición era más amarga de lo que jamás hubiera imaginado.
De regreso a la casa, Inanna sentía que sus pasos eran pesados, como si el suelo tirara de ella hacia abajo. Al abrir la puerta, encontró a Asmodeo y Medusa esperándola. El corazón de Inanna latió violentamente en su pecho. No quería enfrentarlos. No quería escucharlos, pero sabía que no había escapatoria.
Asmodeo fue el primero en hablar, su tono frío y distante.
—Inanna, necesitamos hablar.
Ella levantó la mirada, sus ojos llenos de dolor y furia.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó con la voz entrecortada, aunque por dentro ya temía la respuesta.
—¿No les bastó el espectáculo que tuve que soportar, al verlos juntos engañándome?
—Tres años, Inanna. Han pasado tres años desde que fuiste nombrada luna, y no has podido darme un heredero. Hemos probado de todo: tratamientos, rituales... Pero nada ha funcionado. La manada necesita un futuro, alguien que la guíe después de mí. Y si tú no puedes cumplir con ese deber, ¿¿entonces??
Medusa, con una sonrisa apenas disimulada, dio un paso adelante, pero Asmodeo la detuvo con un gesto de su mano. Su mirada estaba fija en Inanna, pero esta vez no era la mirada de amor que ella recordaba. Era una mirada vacía, indiferente.
Inanna sintió que su mundo se derrumbaba una vez más. Pero lo que vino después fue aún peor. Asmodeo desvió la mirada hacia Medusa, y sus ojos, que para Inanna ahora solo eran hielo, se suavizaron con algo que ella reconocía muy bien: amor.
—Ella ya está embarazada de mi cachorro.
Las palabras la atravesaron como una daga. Medusa, embarazada. Esa frase resonaba en su mente, rebotando en cada rincón de su ser.
—¿Qué…? —murmuró Inanna, sintiendo que el aire la abandonaba—. ¿Cómo pudiste? ¡Tú eras mi amiga!
Medusa sonrió, una sonrisa que ahora parecía más cruel que nunca.
—Era solo cuestión de tiempo, Inanna. Asmodeo y yo estamos destinados a estar juntos. Tú nunca fuiste lo suficientemente fuerte para ser luna. Por eso eres una estéril enfermiza y débil.
El dolor y la furia se mezclaron en el corazón de Inanna. La traición de su mejor amiga, el rechazo del hombre que amaba… todo se acumulaba dentro de ella, haciendo que cada respiración fuera más difícil.
—¡Malditos sean los dos! —gritó Inanna, con lágrimas de rabia y desesperación resbalando por sus mejillas—. ¡Todo esto lo planearon! ¡Me envenenaron para que no pudiera tener hijos, para apartarme de su camino!
Asmodeo no la creyó, —el médico dijo que solo había un tóxico, no sabemos qué droga inhalaste, siempre me pareciste loca— y su siguiente acción selló el destino de Inanna. Dio un paso hacia ella, sus ojos brillando con algo de desprecio.
—Tal vez tomaste pastillas o alguna droga para poder quedar embarazada y eso te intoxicó. No debiste ocultarme nada. No debiste seguir tratamientos inapropiados, sin consultar a tu Alfa. Eso lo considerto una falta de respeto.
—No te he faltado el respeto y nunca te ocultaría nada. El tóxico me fue dado en ese inhalador que tu amante me regaló descaradamente. Analiza el contenido, tómalo, no seas cobarde y enfrenta la verdad.
—No puedo desconfiar de Medusa. Tampoco puedo darle disgustos, ahora que está embarazada. Ella debe tener cuidados especiales. Pero no te preocupes, no sufrirás desprecio público.
—No te rechazo, Inanna. Hasta ahora eres mi luna. Pero no puedes darme un hijo a mi y a la manada y por eso tomé otra Luna.
Esas palabras fueron como un golpe físico para Inanna. Un dolor agudo, insoportable, la atravesó de pies a cabeza. Era un dolor que venía del vínculo que hasta ese momento los unía. Ese lazo que significaba todo para ella estaba siendo cortado, y sentía cómo su alma se desgarraba en el proceso.
—¡No! —gritó, llevándose las manos al pecho, intentando contener el dolor, pero era inútil. El vínculo que los unía estaba rompiéndose de manera brutal, y con él, el mundo de Inanna.
Medusa observaba todo con una sonrisa de triunfo en su rostro, y Asmodeo no mostró ni un atisbo de arrepentimiento.
Asmodeo le acariciaba la barriguita a Medusa, estaba muy ilusionado con su cachorro heredero.
Su alma clamaba por justicia y sabía que podría vengarse pronto de los dos. Desde ese mismo instante, comenzaría a idear una estrategia para destruir a los dos traidores infieles.
Les declaro la guerra, de ahora en adelante y no habrá perdón para ninguno de los dos. Este juramento, lo hago en presencia de la Diosa Luna que me protege.
Inanna cayó al suelo, jadeando, sintiendo que el mundo se desvanecía a su alrededor. El dolor la arrastraba hacia un abismo oscuro, y antes de perder el conocimiento, unas palabras resonaron en su mente.
—Traición, maldad, tinieblas. Debe haber venganza, nada debe quedar amparado en impunidad—
La oscuridad la envolvió por completo.