El precio de la traición

1026 Words
Capitulo 9 A la mañana siguiente, me desperté primero. Me incorporé con cuidado para no despertarla y salí a buscar madera para encender otra fogata. Cuando regresé, vi que Davina ya estaba sentada, cubierta por la manta. Bostezaba y estiraba los brazos. —Te levantaste temprano, Draco —dijo aún con voz adormilada. —Sí... quería asegurarme de que estuvieras cómoda, mi amor —respondí con una sonrisa. —¿Mi amor? —repitió ella, sorprendida y algo sonrojada. —¿Qué pasa, mi amorcito? —pregunté, confuso pero divertido. —¿Ahora somos novios? —preguntó Davina, casi en un susurro, como si temiera la respuesta. —Claro que sí... ¿acaso ya no quieres ser mi novia? —dije, fingiendo tristeza. —¡Sí quiero! —respondió ella enseguida, con una gran sonrisa. Nos reímos y compartimos un momento de ternura que hacía olvidar el mundo exterior. —Creo que ya deberíamos irnos —dijo luego Davina, mirando alrededor, más seria. —Tienes razón. Cámbiate mientras preparo todo —le respondí. Ella se vistió y lanzó un pequeño hechizo a su bolso, guardando las ramas y algunas cosas del bosque que podrían ser útiles. Emprendimos camino, caminando juntos, en silencio por momentos, con los dedos entrelazados. Mientras andábamos, le conté sobre los Mortífagos, sobre el riesgo de que descubrieran que la había ayudado... o peor aún, que ahora estaba con ella. No le dije todo, no aún. Pero sabía que pronto tendría que hacerlo. Porque si ellos se enteraban... Davina no solo corría peligro: podrían ir tras ella sin piedad. Y yo no lo permitiría. En lo profundo del bosque de Hogwarts, Neville lanzó con determinación una bengala encantada hacia Luna. Ella, alerta, respondió con un ágil hechizo que cortó el aire con destellos plateados. —¡Harry, atrápala! —gritó Luna con urgencia. Harry, ocupado en un duelo feroz con los mortífagos, giró justo a tiempo para ver la bengala ascender en espiral. Con un preciso movimiento de varita, la atrapó en el aire y la redirigió en una explosión rojiza que iluminó el cielo y sacudió las ramas del bosque como una alarma encendida. Los mortífagos, desorientados por la señal, se dispersaron buscando el origen. Luna y Neville aprovecharon el momento para alertar a Dumbledore y a los profesores. La batalla en el bosque estaba por comenzar, y Hogwarts se preparaba para responder. Lejos del caos, Davina y Draco se movían en silencio por una zona más densa del bosque. Ambos sabían que el tiempo era limitado: los mortífagos seguían el rastro de Draco, y su cercanía al ritual los ponía en peligro. Caminaron con sigilo, sin notar que se acercaban al lago. Pero el peligro no tardó en alcanzarlos. —¡Draco! —gritó Davina, al ver aparecer repentinamente a un grupo de mortífagos que los rodearon, varitas alzadas y ojos llenos de odio. Se defendieron con todo lo que tenían, pero estaban superados. En medio del combate, un mortífago se dirigió directamente a Draco. —¿Por qué haces esto más difícil, Draco? —le espetó mientras atacaba. —Déjanos... hagan como si no nos hubieran visto —respondió Draco, devolviendo el hechizo con fuerza. —Sabes que todo debe ser informado —insistió el mortífago, dando otro paso hacia él. Draco dudó por un instante, y su respuesta dejó helada a Davina: —Esta vez... haré todo lo que me pidan. No pondré objeción alguna. El mortífago alzó su varita y lanzó una luz verde que surcó el cielo. Inmediatamente, los demás mortífagos desaparecieron, uno por uno, dejando solo al que había hablado con Draco. Davina observaba perpleja, sin entender qué estaba pasando. —Vamos —le dijo el mortífago a Draco. Él asintió, y se giró hacia ella. Se acercó con rapidez, y le susurró al oído: —Espérame aquí. Busca a mis amigos y escóndete, amor. Antes de que Davina pudiera reaccionar, Draco tocó la capa del mortífago, y ambos desaparecieron. —¡¿Qué?! No... ¡Draco! ¡No me dejes sola! —gritó ella, con una mezcla de pánico y desolación. El eco de su voz se perdió en el aire. La noche caía, y la soledad del lago se hacía más profunda. Con el corazón encogido y la mente en llamas, Davina echó a correr, adentrándose en la espesura en busca de un refugio. Tras un rato de huida desesperada, encontró una cabaña abandonada, cubierta de hiedra. Entró con cautela. Estaba vacía. Lanzó un hechizo de protección alrededor y, exhausta, se dejó caer sobre el suelo. grieta en su frialdad. —Nadie me controla. Esto es lo que quiero. Y lo llevaré a cabo. Liam se sentó en el suelo, frente a ella, y comenzó a tararear una melodía siniestra mientras decía: —El reloj avanza, cariño... tik-tak, tik-tak... Davina lo miraba, atada y sin escapatoria, sabiendo que el tiempo corría. Si no lograba encontrar una forma de huir, todo podría perderse. Tenía que ser más astuta que él. Y más fuerte que el miedo. —Liam, escúchame —suplicó Davina, con la voz cargada de miedo pero también de determinación—. No necesitas hacer esto… debe haber otra forma de obtener lo que buscas. Una forma pacífica. Sin dañar a nadie. Liam soltó una carcajada seca. Su mirada era tan fría como el acero. —No entiendes nada, Davina —replicó con una sonrisa torcida que desfiguró su rostro—. Este ritual me dará lo que siempre me fue negado. Poder. Control. Libertad absoluta sobre mi naturaleza… sobre mi existencia como vampiro. Sus palabras resonaron con una convicción aterradora. Davina lo miró con el corazón encogido, sabiendo que, en ese momento, él era capaz de cualquier cosa. Mientras Liam hablaba, ella no dejó de observar su entorno. Atada aún, pero con los sentidos agudos por la desesperación, descubrió en el suelo un objeto punzante. No sabía si sería suficiente, pero era su única esperanza. Con movimientos cautelosos, comenzó a deslizar el pequeño filo por la hebilla de las esposas. El metal le raspó la piel hasta hacerla sangrar, pero no se detuvo. El dolor era un precio menor por su libertad.
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