Felicidad a medias

1672 Words
Me había quedado con Any hasta que ella se sintiera mejor. Podía mentirle al mundo entero, a mi mismo ante el espejo, pero no podía engañar a mi corazón. Amaba a esa mujer. Por primera vez, lo podía decir sin sentirme ridículo. No soy un hombre de palabras melosas o románticas, pero Any me convierte en un imbécil. Un tipo celoso, cuando no soy inseguro. De hecho, fui tan estúpido que contraté a un medico de edad adulta, tan feo que solo su madre lo viera atractivo. Eso es estúpido lo sé. Pero si iba a estar sobre ella tocándola, no quería pensar en qué el tipo le gustara. Any es para mí. Mía, aunque ella no lo sepa aún o no lo acepte como su única salida. Sabía que estaba muy preocupada por su madre, hallarse tan enferma y no poder ir a verla, sabía que le dolía, así que me ofrecí a ir a verla en su nombre. No suelo hacer esas cosas, pero por Any, haría lo que fuera. No soy un tipo de flores. Ni de discursos largos ni de gestos dramáticos. Pero hoy… hoy era diferente. Apreté el volante con más fuerza de la necesaria mientras esperaba que el semáforo cambiara. El motor del auto rugía con impaciencia, igual que mi pecho. Visitar a la madre de Any en la clínica no era algo que hacía por cortesía. Era algo que necesitaba hacer. Algo que debía hacer. Llevaba dos días dándole vueltas a esa idea, por eso me ofrecí a visitarla, no solo era por Any, sino, que por alguna razón necesitaba la aprobación de la madre de Any. Pensando en las palabras correctas. Ensayaba frases que luego descartaba por ridículas. Porque, maldita sea, no soy un poeta. Soy un hombre que ama. Y eso, aunque parezca sencillo, para mí no lo es. Al llegar, saludé con un leve movimiento de cabeza a la recepcionista. Reconoció mi cara—o tal vez mi andar, supongo que recordó cuando vine a pagar la factura médica de la madre de Any, y dejé dinero de más para quw la cuidaran — así que me indicó la habitación con una sonrisa. Toqué la puerta suavemente antes de entrar. —¿Se puede? —Mi voz fue grave, firme, pero suave. La señora estaba sentada en la cama, más erguida de lo que imaginaba. Su rostro, aunque delgado, mostraba un color más saludable. La miré, y ella sonrió con calidez. —Señor Max Hedrong ... Qué sorpresa —dijo, con esa voz que lleva la fuerza de las mujeres que no se rinden fácilmente. —Quise venir a verla en nombre de su hija Anette. Ella no se siente muy bien hoy — Me alegra que esté mejor —respondí, acercándome hasta el borde de la cama. —Me informaron de su condición y de que usted vendría. Le agradezco lo que ha hecho por ella. — En cuento a mí, estoy estable, según los médicos. Un día a la vez —contestó con una mirada serena, como si hubiera hecho las paces con muchas cosas. Luego entrecerró los ojos—. ¿Y mi hija cómo está? —Está bien, recuperándose. Preocupada por usted, como siempre —hice una pausa, bajé la mirada un segundo—. Y por mí también, creo. Hubo un silencio breve, pero no incómodo. —¿Sabe por qué estoy aquí, verdad? —le pregunté sin rodeos. —Imagino que no solo vino a hablar de mi salud —dijo, con un dejo de picardía. Me senté en la silla junto a la cama. Me acomodé con lentitud, como si con ese gesto buscara la forma correcta de soltar lo que llevaba dentro. —He sido muchas cosas en esta vida. Un hombre complicado, terco, y a veces frío. Me he escondido detrás de mi trabajo, de mis silencios, de mis cicatrices. Pero con su hija… es diferente. Ella me ve. No como todos. Ella mira más allá del escudo, más allá del hombre. Y aún así… me quiere. — Por qué sé me quiere – creo que lo dije más para mí que para ella. La señora me miraba con los ojos llenos de atención. No interrumpió. No necesitaba hacerlo. —Amo a Anette, señora —dije, con la voz más limpia que he usado en años—. La amo de verdad. Y no estoy aquí para pedir permiso, porque ni ella ni yo somos niños. Pero sí estoy aquí para prometerle que voy a cuidarla. Que voy a pelear por su sonrisa cada día. Y si usted… si usted puede confiar en eso, me haría un honor El silencio se extendió un poco más. Esta vez, lo sentí pesado. Emocional. Humano. Ella estiró su mano. Tomé la suya. Era frágil, pero cálida. Apretó con una fuerza suave —Anette necesita a alguien que no solo la ame señor Hedrong , sino que se quede a su lado —dijo, mirándome directo a los ojos — ¿Usted se va a quedar? —Hasta el último día, señora —respondí sin titubear. Sus ojos se humedecieron. No lloró, no hizo escándalo. Solo asintió. —Entonces, Max… cuide a mi hija. Y permítase ser feliz con ella. Porque sé que lo necesita tanto como ella a usted. — Gracias señora. Había escuchado lo que necesitaba. Había dicho lo que venía a decir. No quería quedarme un minuto más. La señora se veía muy cansada y para mi fortuna el médico entró a la habitación y yo tenía que salir. Me levanté, con un nudo en la garganta. Besé el dorso de su mano. Y antes de salir, le dediqué una mirada agradecida. Como quien recibe una bendición sin necesidad de palabras religiosas. Y al cerrar esa puerta, supe que el amor, ese que uno cree que se le ha escapado de las manos, puede empezar también así: con una promesa firme, desde el corazón… incluso de un hombre que pensó que ya no tenía nada más que dar. Las mujeres no me faltaban, pero yo ya no quería solo una mujer en mi cama, quería amar y ser amado, no solo de cuerpo, de alma, con todo el ser. Y Any era esa mujer. La mujer que quería toda para mí. Volví a su lado en lugar de ir a mi trabajo en el Imperio del Tigre. Tenía reuniones, asuntos importantes, pero en ese momento nada me importaba, solo estar al lado de Any, y verla sonreír. Cuando llegué a su lado, Any llevaba el cabello peinado en una trenza, sus mejillas tenían mejor color y sus labios brillaban con un tenue brillo labial. Sentí hambre de un beso, y no sé qué me pasó que sin pensarlo caminé hasta ella y la besé. Frente a la enfermera, frente a Nick y el doctor. Any se quedó mirándome sorprendida, sonrojada, y yo de idiota en lugar de disculparme, me aproveché del momento, puse mi mano en su mejilla y le dí un beso profundo. Su boca me supo a cielo, a miel y nubes de azúcar. Suspiré cuando me alejé. Al voltearme, me di cuenta de que nos habían dejado solos en la habitación. — No voy a disculparme por lo que hice Any. Sinceramente, lo deseaba, y mucho. — Se notó – me dijo sin apenarse — ¿Te arrepientes? — ¿De aceptar tu beso, o de corresponderte? Sonreí y me senté a su lado en la cama. — De corresponderme. — No. Me gustó. — ¿Ah sí? — ¿Y eso significa qué …? — Max, te amo. Y eso no es un secreto para ti, lo sabes… pero no … — No digas nada. Any, yo sé que mi vida ha sido un maldito desastre, lo reconozco. Pero desde que tú llegaste a mi vida no ha habido nadie… ¡te lo juro! Nadie. — Tú eres la única mujer que ha logrado que nada me importe más que tú. Eso es extraño para mí, pero me gusta sentir lo que siento cuando estoy cerca de ti, y sé que esto es amor. — Amor del bueno. Y lo quiero compartir contigo. — Pero no quieres casarte… Esa era una frase que no esperaba escuchar, casarme. Yo no creo en el matrimonio. Solo he visto desgracia, infidelidad y amargura. Por un instante con el matrimonio de mi primo pensé en creer en el amor fiel, pero ese maldito duerme con cada mujer que le ofrece placer y después vuelve con su esposa con la máscara de marido leal y complaciente. Esa vida no es para mí. — No necesitamos un contrato para ser felices juntos Any, nos amamos, eso es suficiente. — Para ti Max. Yo vi el amor en mis padres, lo viví en una familia unida, y creí en un hombre que era mi prometido y me juraba amor eterno que esa sería mi vida… — Pero mis sentimientos no bastaron para que se quedara a mi lado cuando yo lo necesite… — Yo no soy como él Any – la interrumpí — Lo eres, él tampoco creía en el matrimonio, dijo que se casaría conmigo solo porque me amaba, pero su amor desapareció cuando la tragedia tocó a mi familia y a mí… — Max, piensa bien lo que quieres, porque yo no voy a vivir contigo. Has tenido muchos amantes y te sobran invitaciones de mujeres hermosas y sin escrúpulos… — Yo no toleraría saber que llegas tarde a casa, y que tu ropa huela a otra mujer. Sus palabras sonaron a amenaza. Me dolió. Fue raro, pero no podía negar que eso podría suceder. Mujeres bellas habían llegado hasta mi oficina y allí algunas de ellas habían dejado su perfume no solo en mi camisa. No pude refutar sus palabras, yo había disfrutado del cuerpo y del placer momentáneo con varias mujeres, sin culpa, sin arrepentimiento. ¿Sería capaz de serle completamente fiel? En ese instante, no estaba seguro, así que me quedé callado.
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