Habían pasado tres días. Apenas tres. Y no había visto a Max desde que le dije que no.
Lo amaba y él lo sabía. Pero yo no quería ser parte de su colección de mujeres, ni ser la enemiga número uno de sus ex amantes que venían al casino con la intención de tener un encuentro íntimo con él.
Max no era un mujeriego, pero tampoco un santo, y yo no quería estar con él y temer a una infidelidad. Husmear en su ropa y descubrir olor a otra mujer.
Esa vida sería un infierno.
Y sin embargo, al regresar, mi corazón pedía verlo. Sentía como si el mundo hubiera girado sin mí, dejándome perdida en mis sueños y la realidad.
El casino no había cambiado. Las luces seguían desbordando ese brillo decadente, los pasillos alfombrados amortiguaban los pasos apresurados, las risas falsas se mezclaban con el tintinear de las fichas y las copas.
Todo estaba exactamente igual.
Menos yo.
La fiebre me había dejado débil. No de esas fiebres que solo afectan el cuerpo, sino de las que te hacen pensar. Cuestionarte. Enredarte en pensamientos que duelen más que los huesos.
Cuando caminaba hacía el salón, de repente sentí una mano que me atrajo escondiéndome tras una gruesa cortina.
Era Max.
Él me abrazó. Ese abrazo tibio, dueño, que no pide permiso. Me olió el cabello, y luego me besó la frente, con esa familiaridad con la que se acaricia algo que se cree suyo.
—Te extrañaron, Any —me dijo con voz ronca, recordándome el recibimiento caluroso de Sonya y las otras chicas.
— Yo también te extrañé… y mucho
Sonreí con tristeza. A veces, ser Anette era más fácil que ser Any. Su Any.
—Solo fueron tres días.
—Este lugar sin ti se siente más frío.
Me limité a asentir. Él siempre sabía decir lo justo para que lo mirara, sin poder evitarlo.
Por suerte para mí, el encargado del salón me estaba buscando, eso hizo que Max me soltara y como una sombra desapareciera por el pasillo.
Yo me quedé allí sin saber qué pensar. Hacía dos días me había dicho que me amaba, ahora su amor parecía estar condicionado por las apariencias.
Volví a mi trabajo, curiosamente los clientes habituales me saludaban con cariño y se alegraban de que estuviera de vuelta. Eso fue algo extraño, y gratificante a la vez.
No fue hasta media hora más tarde, cuando salí al salón principal, que sentí una mirada sobre mí. Pensé que era Max.
Entonces lo busqué con mi mirada, pero no era él.
Era otro hombre. Estaba apoyado en la barra del sector reservado, vestido con un traje gris oscuro que contrastaba con su piel clara y sus ojos demasiado intensos para pasar desapercibidos.
No bebía. Solo me observaba. Y cuando su mirada me encontró, sentí una punzada en el pecho que nada tenía que ver con mi reciente enfermedad.
No sabía quién era, pero no parecía un cliente cualquiera. Había algo en él… serenidad, firmeza. Ese tipo de hombre que no se pierde en el ruido, sino que escucha más allá de él.
—Ese es Timothy Edwards —me susurró al oído Sonya, al ver mi desconcierto—. El mejor amigo de Max. Dueño de media ciudad, eso dicen.
Me distraje apenas segundos mirándolo, luego sacudí mi cabeza, para recomponerme y ubicarme en el contexto de quién era ese hombre.
Volví a caminar fingiendo que no había pasado nada. Pero lo sentía mirándome.
Él me seguía con la mirada, como si buscara algo en mí. Algo que no tenía que ver con mi escote ni con mis pasos. Algo que me dio miedo y curiosidad a partes iguales.
No tenía energías de sobra esa noche, como para detenerme a pensar en lo que quería ese hombre.
Las luces del salón me dieron un segundo aire. Era como si el calor del salón con sus voces y el sonido de las fichas me cosiera las partes rotas con hilos de oro, por una noche más.
Cuando terminó mi día de trabajo, caminé hacía los vestidores para cambiarme y salir de allí. Pero no pude evitar volver la vista hacia la barra, sentía su presencia, como un imán que me atraía sin que yo lo quisiera.
Él seguía allí. Ya sin corbata, con el primer botón de la camisa desabrochado y una expresión en su rostro que no supe leer. No a la primera.
Cuando me marchaba, uno de los mensajeros del casino me alcanzó.
— Esto es para usted señorita.
Era una nota. Una hoja pequeña doblada con precisión, escrita con letra firme y elegante:
“ Hay bellezas que no se disfrazan, y la tuya es inconfundible
—T. Edwards.”
Sostuve la nota entre los dedos más de lo necesario. Me pregunté: ¿Esto es una trampa? ¿Un juego de Max para que corra a él? ¿O simplemente un hombre que sabe ver más allá del lente sucio con el que muchos me miran?
Cerré los ojos, sintiendo en mi pecho algo extraño. Confusión tal vez, o solo curiosidad.
Ese hombre que no me pidió que sonriera. Que no esperó que fingiera. Que solo me miró, ¿qué pretendía? ¿Qué quería de mí?
Las chicas no habían dejado de hablar de él. Timothy Edwards era un hombre serio, callado, un hombre al que las chicas no señalaban como mujeriego. No estaba casado. Pero al parecer buscaba esposa.
¿Por qué guardé toda esa información en mi cabeza? Él era amigo de Max, y no cualquier amigo… Timothy era su mejor amigo.
Pero sin saber por qué, guardé su nota en mi bolso y salí del casino.
Cuando arranque mi auto, un botón de rosa apareció frente a mí.
— Buenas noches. Espero que descanses bien y mañana tener el placer de volver a verte.
No pude articular palabra, tomé la rosa y sonreí. Luego solo arranqué mi me fui. Por el retrovisor lo vi mirando fijamente mi auto.
Su elegancia e imponente presencia eran imposibles de pasar desapercibidas, Timothy Edwards tenía una atmósfera de paz, seguridad y calma, que Max no tenía.
Max era fuego, dureza y dominio. No podía negar que conmigo había sido tierno. Pero su ternura siempre tenía como objetivo doblarme. Ponerme a su alcance para que aceptara vivir con él.
En cambio Timothy, con él no sentía esa fuerza de dominio, sentía calma. Seguridad y su fuerza en lugar de hacerme desear huir de él, me causaba curiosidad. Una inquietud que no me asustaba. Algo que no sabía descifrar aún.
Pero Timothy era el mejor amigo de Max, eso lo colocaba en un polo lejano al mío.
Esa noche al llegar a casa, coloqué en agua el botón de rosa y me fui a bañar para dormir. No quería pensar en nada, ni en nadie.
Al día siguiente fui a ver a mi mamá, estaba mejor y eso levantaba mi ánimo. Pasé horas con ella, hablamos, comimos juntas, algo que no habíamos hecho en mucho tiempo.
Salí de la clínica dejándola dormida.
Me preparé para ir al trabajo, esta vez con una sonrisa de esperanza. Mi madre estaba conmigo todavía, y según el médico su condición había mejorado.
Esa tarde apenas crucé la puerta del casino, supe que él estaba allí.
No lo vi de inmediato, pero lo sentí. Esa forma en la que el aire parece pesar distinto cuando alguien te está esperando.
Me acomodé el uniforme y solté mi cabello, como quien intenta disimular los nervios bajo un gesto cotidiano.
—Hoy te ves más hermosa —dijo una voz masculina, grave, tranquila, detrás de mí.
Me volteé despacio. Timothy estaba allí, apoyado en el marco de la puerta, sin la chaqueta de su traje, solo con la camisa blanca arremangada y los ojos puestos en mí.
Pero esta vez, sonriendo.
—Y usted sigue observándome como si buscara una g****a —le dije, intentando sonar más segura de lo que me sentía.
Él sonrió, despacio, como si mi respuesta le hubiera parecido encantadora.
—No busco grietas, Anette. A mí me interesa lo que hay detrás de los disfraces, no lo que se rompe con facilidad.
Su voz tenía algo... una pausa entre palabra y palabra que me obligaba a escucharlo con atención.
—Solo soy una anfitriona —le recordé, con suavidad—. Aquí todos llevamos algún disfraz.
—Quizás. Pero hay personas que aun disfrazadas, no pueden esconder lo que son. Y tú eres una de ellas.
Sentí el calor subir por mi cuello, como si hubiera leído algo en mí que ni yo misma entendía.
Miré hacia otro lado, buscando una salida en medio de la conversación, pero él fue más rápido.
—No te detendré mucho. Solo quería decirte algo...Yo no juego con las personas Anette, y mucho menos con lo que siento.
Lo miré, sorprendida. Él dio un paso hacia mí, con calma, sin invadirme.
—Desde que te vi, supe que eras diferente. Y no porque tengas un rostro bonito o una sonrisa entrenada. Es por lo que no muestras…
— Por la tristeza que escondes entre pestañeos, por la dignidad con la que cargas una armadura invisible. Me gustas, Anette. No como un capricho de casino, sino como alguien que quiero conocer sin máscaras. Sin apuros. Con la verdad de frente.
Me costó respirar un segundo. Las palabras no eran dulces por el tono, sino por el peso. Timothy no era un hombre que hablara por hablar. Sentí que cada sílaba la había pensado antes de dejarla salir de su boca.
—¿Y qué harías si te dijera que no estoy lista para nadie? —le pregunté, más a mí misma que a él.
Él asintió, sin perder la calma.
—Entonces esperaría. O me alejaría si me lo pides. Pero no sin antes decirte que mereces más de lo que has aceptado hasta ahora.
— Te daré el espacio y el tiempo necesario para que lo pienses… estaré aquí esperándote, y disfrutando tu belleza.
Y con eso, me regaló una última mirada que me desarmó.
Se marchó sin pedir mi número, sin tocarme, sin promesas vacías. Solo me dejó con esa certeza callada de que algo había cambiado.
Y mientras lo veía alejarse, supe que esa calma que me daba… podía terminar volviéndose peligrosa. Porque por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo de sentir.
Pensé en Max, en él... y en mí.