Confesiones a medias

1983 Words
Estaba volviéndome loco pensando en ella. Pero me había dicho que no a mi invitación de vivir conmigo. ¿Qué tiene de malo? La quiero y me quiere, eso debería ser suficiente. No entiendo porque tiene que obsesionarse con la idea de casarse. Conozco a muchas parejas que viven juntas y son felices, y a muchos matrimonios que son un cascarón. Hipócritas que apenas se soportan. Infieles con piel de corderos… hombres y mujeres. ¿Qué tiene de malo querer ser feliz? Ella debería entenderlo. Le ofrecí mi amor, mi espacio personal. Ninguna mujer ha venido aquí, eso debería ser suficiente. Si lo que quiere es que me aleje… lo haré. El penthouse quedó en silencio. Ese silencio espeso que no te deja pensar con claridad, que pesa en el pecho como si alguien se sentara sobre uno. Me quedé junto a la ventana, mirando hacia la calle vacía. No sé cuántas veces me repetí que esto era lo mejor. Para ella. Para los dos. Pero la verdad es que no estaba seguro de nada, salvo de que la amaba. Me pasé una mano por la nuca, intentando soltar la tensión que se aferraba a mis hombros. No lo hacía por orgullo. No era una maldita estrategia para que me extrañara. Lo hacía porque, si insistía un día más en que viviera conmigo y ella nuevamente me rechazaba, iba a terminar diciendo cosas que no quería decir, haciendo daño del que cuesta sanar. Any necesitaba espacio, eso decía. Pero a veces sentía que me miraba como si yo fuera el enemigo. Como si mi amor fuera una presión. Y eso... eso no lo entendía. Tragué saliva. Me ardía el pecho, darle espacio a Any no era precisamente lo que deseaba. Imaginar no besarla otra vez, aunque fuera por un tiempo, me hacía sentir como si por dentro se me rompía algo. No soy de los hombres que se arrodillan para que los amen. Pero necesito saber que ella está segura de amarme, una mujer que ama desea estar con su hombre y ella… No sé… dice amarme, pero no quiere estar conmigo… siento estar solo en esto. Di un paso adelante y apoyé mi cabeza en la ventana, pensé: — Tengo todo lo que quise, lo conseguí con años de esfuerzo y trabajo y ahora siento como si nada de esto tuviera valor… — Es una estupidez. Llegue hasta aquí cerrando mi corazón y ahora que lo abro qué recibo… Caminé hacia la salida con paso firme. Cada paso pesaba más que el anterior, pero me obligué a seguir. El tipo de amor que yo siento no se grita, no se implora. Se demuestra. Y si después de todo lo que hecho por ella, Any no le toma valor o importancia… todo por su idea de casarse… Entonces… Bajo en el ascensor hasta mi casino, pero antes de entrar quise respirar un poco de aire. El aire de la noche me golpeó el rostro como una bofetada. Antes de entrar murmuré: —Quiero que te des cuenta de que me necesitas tanto como yo a ti. Un dolor seco, martilleante se coló en mi cabeza. Un dolor de esos que uno no muestra, pero que se lleva dentro como una maleta que nunca se desocupa. Esa noche necesitaba hablar con alguien. Sacar de mi pecho lo que me estaba matando. Saqué el teléfono y llamé al único ser con el que podía abrir mi corazón. —Te espero en mi oficina. —Ya subo, solo dame un minuto. La invitación estaba hecha. No había marcha atrás. Esa noche confesaría lo que Nick ya sabía… y lo que Any había tenido el valor de enfrentar antes que yo. Pero necesitaba el consejo de un amigo. No un asesor, no un socio, no un terapeuta. Un amigo. Uno que me conocía desde adolescentes cuando lo único que teníamos era ambición y sueños sin nombre. La puerta de mi oficina se abrió —Hola, Max. —Gracias por venir, Timothy. —Me llamaste tú, y supuse que debía ser importante. —Lo es. Mucho. —Bien —dijo con una media sonrisa—. Eso requiere un café. Timothy es ese tipo de hombre al que incluso los tiburones de Wall Street escuchan cuando habla. Implacable en negocios, elegante sin esfuerzo. Dueño de tantas empresas que ni él recuerda cuántas… y sin embargo, conmigo sigue siendo el mismo tipo de mirada serena que conocí en la secundaria, cuando su familia tenía lo justo y él soñaba en grande. Ahora posee jets privados, edificios con su apellido y propiedades en medio mundo. Pero conmigo aún se toma el café en mi oficina como si fuéramos dos chicos planeando el futuro desde un banco del parque. El café de Timothy olía fuerte. Cuando había algo serio de qué hablar, lo mezclaba con whisky. Siempre decía que era su forma de honrar las contradicciones de la vida: algo amargo y algo dulce en la misma taza. Supuse que por eso éramos amigos. Yo era un caos disfrazado de estabilidad. Y él, una estabilidad disimulada con silencios largos y respuestas precisas. Nos sentamos frente a frente en el sofá de cuero viejo que llevo arrastrando desde mis inicios en Las Vegas. Una reliquia entre tanta ostentación. Una especie de santuario donde solo caben las conversaciones sin máscaras. —¿Otra vez con esa cara de funeral, Max? —preguntó pasándome el vaso de whisky — ¿Qué pasó? ¿Te asaltaron las emociones otra vez? Solté una risa seca. —Algo así —murmuré, tomando un sorbo—. No es grave… solo que hay alguien que me tiene dándole vueltas a la cabeza. —¿Una mujer? ¿O estás pensando en vender el casino de Atlantic City? —Mujer. —No agregué más. Él me miró de reojo, con esa expresión entre afilada y calmada que sólo él sabe usar. —Eso sí que es raro. Después de todo lo que has vivido… creí que las mujeres no eran un problema para ti. Que habías superado esa historia. —No es ese tipo de historia. No se trata de una amante complicada, de hecho no hubo historia. No como lo piensas. —Entonces, ¿qué hubo? Me quedé en silencio por unos segundos. ¿Qué hubo? Me pregunté antes de responder. Pensé, hubo un silencio compartido. Miradas que lo decían todo. Conexiones tan reales que dolían. Y algo más: amor. Tal vez solo mío. Tal vez también suyo. Pero cubierto de heridas viejas y desconfianzas nuevas. — ¿Quién es ella? – me pregunto Timothy, tomando un sorbo de su café serenamente —Es alguien que no encaja en mis planes —dije al fin—. Ni yo en los suyos. Alguien que ha sufrido tanto que ya no se fía ni del aire que respira. Y yo… bueno, ya me conoces, no soy muy paciente. —Eso es cierto —dijo Timothy, bebiendo un poco—. Tú das un paso atrás antes de tocar una puerta. ¿Y qué es lo que te molesta? ¿Que ella no vea lo que vales? —Lo ve. Pero no sabe qué hacer con eso. “Any… siempre siempre ha sabido lo que valgo, ella ve en mí lo que yo no veo” – pensé. —Entonces dime Max —dijo con tono inquisitivo—, ¿por qué no la nombras? Hablas de "ella", como si fuera un fantasma. ¿Tiene nombre esa chica o es un secreto que prefieres guardar? —No todos los nombres deben pronunciarse Timothy —dije—. A veces basta con tenerlos dentro. Es más seguro así. —¿Seguro para quién? ¿Para ti o para ella? Ese comentario me dolió. Bajé la mirada. —Para los dos. Supongo. Porque si lo digo en voz alta, entonces… existe. Y si existe, ya no podré esconderme. —Tú nunca fuiste de correr riesgos con los sentimientos. ¿Qué cambió ahora? Nunca fuiste cobarde … Lo miré de frente. —No confundas prudencia con cobardía. —¿Entonces qué es Max? Nos quedamos en silencio. Me levanté, caminé hacia la ventana con vista al strip de Las Vegas. Desde allí, las luces parpadeaban como si también dudaran. —Ella es fuerte —dije en voz baja—. Pero está rota. Y yo… también lo estoy. No sé si dos piezas rotas hacen algo nuevo o solo se astillan más. Timothy suspiró. Se levantó también y se acercó, todavía con la taza en la mano. —Max… la gente rota entiende a la gente rota. Lo que no perdonan es que los dejen solos. Si vas a quedarte en silencio, lejos de ella … asegúrate de que sea por algo que valga más que el amor. No respondí. Porque no lo sabía. Él se sirvió vino. Siempre cambiaba de bebida cuando iba a hablar de lo que no se dice. —¿Sabes? —dijo, girando la copa entre los dedos—. A veces uno cree que lo ha visto todo. Que ya no hay mujer que lo mueva por dentro. Pero hay personas… que te cambian la lógica con solo mirarte. Lo miré de reojo. No interrumpí. —No es una mujer cualquiera. No finge ser perfecta. Tiene cicatrices, batallas… y aún así, conserva esa dulzura que no tiene explicación. Esa forma de ver tus miserias y no salir corriendo. Eso me desarma, Max. Su voz sonaba distinta. Suave. Decidida. —Se nota que te importa —murmuré. —Mucho Max… Es la clase de mujer que te obliga a ser mejor. Que te hace sentir en casa… incluso cuando el mundo entero parece un campo minado. Me sentí extrañamente incómodo. No sé por qué. O tal vez sí. Escucharlo hablar así sobre esa mujer, era como me sentía con Any, solo que Timothy sabía como expresarlo, pero yo no. —¿Y qué piensas hacer con eso? Él me miró, directo. —Quiero casarme con ella. Mi ceja subió por reflejo. —¿Casarte? No crees que estás llevando las cosas un poco lejos…¿Por qué no vives con ella por un tiempo? Si funciona… pues tal vez. Timothy soltó una risa seca. —No soy como tú, Max. Lo miré de lleno. Él continuó: —Para mí el amor es más que piel. No necesito hacer una prueba de convivencia para saber que quiero compartir la vida con alguien como ella. Cuando lo siento en mi ser… sé en mi corazón que ella es la indicada. —Y si me arriesgo, lo hago de frente. Tal vez un día Max, cuando te enamores de verdad puedas entender de qué hablo. No respondí. Porque sí lo entendía. Solo que yo lo había vivido en silencio. A mi manera. A mi ritmo. —A veces el amor también es mirar desde lejos —dije—. Proteger sin tocar. Querer tanto que uno se aparta para no romper algo que te importa mucho. Él me observó. Tal vez supo de quien hablaba, tal vez no. Pero no dijo nada. Solo se sirvió otra copa, y la bebió despacio. —Puede ser —dijo—. Pero yo no quiero amar desde la distancia. Yo quiero caminar a su lado. Vivir toda la vida con ella. Timothy brindó solo. Yo no levanté la copa. Algo no parecía claro entre nosotros. Como una pared que nos dividía. El silencio se volvió más denso que el whisky. Yo sabía que el amor no se gana con tiempo ni con riqueza. Se gana con valor. Y tal vez… quizá yo había llegado tarde. Pero amaba a Any, aunque no supiera cómo expresarlo. Aunque temiera al fracaso por todo lo que había visto de un matrimonio. Había llamado a Timothy para encontrar paz y consejo, y sólo había hallado más confusión y duda.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD