Un beso más allá de la piel

1736 Words
Habían pasado días desde que conocí a Timothy. No era extraño que un hombre se acercara a mí con intenciones románticas en casino. Pero Timothy era diferente. Cada mañana me regalaba una flor. No buscaba impresionarme con regalos costosos o con su estatus. Solo acercarse a mí. Su sonrisa agradable me inspiraba confianza. Era su sello personal. Además esa calma que transmitía fuerza y seguridad, eran como un magneto para mí en medio de todo el caos en mi vida. Mientras Timothy se acercaba a mí, Max se alejaba. Era tan confuso… su amor me desconcertaba. Durante más de una semana no lo vería, Max tenía que organizar varios eventos en sus otros casinos y contratar a varios artistas y músicos para sus shows. Era probable que no lo vería por dos a tres semanas. Y lo peor de eso es que no vino a despedirse de mí. Solo le envió flores a mi madre y pagó para que le hicieran un tratamiento experimental que podría ayudarla con su cáncer. Era mucho dinero, quizá pensó que así se aseguraría mi cariño. No sé, Max es un enigma para mí. Mientras Max estaba ausente Timothy estaba presente. Todos los días. Una tarde de lluvia yo había llegado al trabajo desanimada, mamá había reaccionado mal al tratamiento, pero el doctor me había asegurado que eso era normal, aún así decidí quedarme con ella hasta verla despertar, algo que no sucedió, aunque sus signos eran estables. Vine a trabajar al casino sintiendo el vacío de la incertidumbre, desee que Max estuviera y subir con cualquier excusa a su oficina para meterme en su brazos y llorar. Sentir el calor de su cuerpo y sus brazos rodearme. Necesitaba la sensación de protección y de no estar sola. Me sentía tan cansada que pedí permiso para ir por un momento al balcón y calmar mis emociones. De repente sentí el perfume de Timothy y me volví de frente. No hubo necesidad de que dijera nada, abrió sus brazos ofreciéndome consuelo. Me había visto, había leído mi tristeza y sin pensarlo mucho me metí en sus brazos y lloré. — Llora todo lo que necesites. Saca todo ese dolor. Deja que se vaya el miedo… Estoy aquí, para ti Anette. Su voz tenía un tono suave, cariñoso y comprensivo. Sus brazos le infundian calor a mi alma helada por el miedo a perder a mi madre y quedarme sola. Él sacó su pañuelo y dulcemente secó mis lágrimas. Luego besó mis ojos y mis mejillas con ternura — ¿Te sientes mejor? — Sí… te lo agradezco Timothy. Acariciando mi mejilla sonrió. No sé qué me pasó en ese instante que fije mis ojos en su boca… y la deseé. Él lo entendió y suavemente acercó su boca a la mía y la rozó lentamente, como pidiéndome permiso para besarme. Debí estar desesperada de cariño porque le ofrecí mi boca y él la tomó en un beso. Luego sentí sus brazos rodearme en un abrazo, como si me hiciera suya pero sin invadirme. Fue extrañamente exquisito. Quise más de sus besos y en segundos había rodeado su cuello con mis brazos y me estaba entregando en ese beso. No sé cuando atravesé la línea, pero en minutos estaba contra la pared y Timothy dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre mí. Y lo peor… era que lo estaba disfrutando y no me negaba a su avance. Escuché su respiración entrecortada, sus brazos rodearme con más fuerza y mis piernas abrirse para recibirlo. Pero en algún punto de mi locura apareció en mi imaginación el rostro de Max, el sabor de sus besos y la fuerza con la que me pedía, y sentí culpa… vergüenza. Me detuve, pensando que Timothy se molestaría, pero él retrocedió, tomó mi rostro en sus manos — Gracias… Fue exquisito. Pero no te obligaré a hacer nada que no desees… Te esperaré. Dándome un beso tierno se fue. Después de eso pensé que él cambiaría conmigo, pero no lo hizo, cada día me regalaba una flor y una sonrisa y se iba. Sentía sus ojos mirarme y me ardía el pecho. Sentía cómo el peso del beso de Timothy permanecía en mis labios y en mi mente como un eco que me helaba y, al mismo tiempo, encendía mi corazón. Una mañana, mientras me preparaba para ir al casino, mi reflejo en el espejo me parecía extraño: la joven que examinaba su rostro parecía la misma de siempre y a la vez alguien transformada. Como si ese beso me hubiera abierto una puerta que temía traspasar. Recordé la forma en que los ojos de Timothy me habían recorrido, aquella calma casi palpable que había emanado de él, generándome una certeza perturbadora y una parte de mí deseaba que volviera a pasar. Por un instante, quise cerrar los ojos, agitar la cabeza, despedazar con mis propias manos los fragmentos de aquel beso para que no quedara huella. La culpa me perseguía y me decía: — Es el mejor amigo de Max… no puede ser. Pero algo dentro de mí, un rescoldo de esperanza tan tenue que apenas alcanzaba a entreverse, me obligó a inclinarme un poco hacia la idea de reencontrarme con él, mientras un puñado de dudas revoloteaba en mi estómago incluyéndome miedo. Llegué al trabajo más temprano de lo normal. Me obligué a calzarme los tacones y me dirigí al casino con el uniforme, como una soldado que marcha a una guerra contra sus propios miedos y ansias. El pasillo que me llevaba al salón me pareció hoy más largo. Sentía que cada paso resonaba en mi cabeza: tic… tac… tic… tac. Un pensamiento me asaltó en medio de aquel soniquete: “¿Qué esperaba de mí Timothy? ¿Y qué quería yo de él en realidad?” Mi ritmo cardiaco se aceleró cuando, a lo lejos, vi la figura inconfundible de Timothy parado junto a las luces parpadeantes de una máquina de póquer. Él me saludó con la cabeza apenas perceptible, un leve mover de barbilla que, sin embargo, se tradujo en un llamado irrefrenable para mí. Como era temprano mis pies se dirigieron al balcón. Quizá por temor, o para recomponerme. —Hola Anette —me dijo él, con esa voz baja que, a pesar de todo, guardaba una calidez inconfundible—. Hoy luces preciosa. Sentí que en ese saludo, algo se quebraba dentro de mí, pero me esforcé por no demostrarlo. — Hola Timothy —respondí. Él esbozó una sonrisa que, en su sutileza, llevaba la promesa de una complicidad recién nacida. —Hay algo en tu mirada que brilla más, algo como… un anhelo, una esperanza. Quisiera pensar que tiene mi nombre. Me obligué a respirar despacio, a no ahogarme en las dulces palabras de Timothy. Recordé entonces la sensación de seguridad que él me había transmitido antes, como si supiera exactamente cómo sostenerme cuando el mundo se resquebrajaba a mi alrededor. Vi amor y deseo en sus ojos y eso me confundió más que cualquier otra cosa. Timothy dio un par de pasos hacia mí. — No hay un solo minuto del día en que no piense en ti – dijo rompiendo la distancia entre los dos. —Mañana es tu día libre. Me gustaría invitarte a cenar Anette. Nada formal, solo tú y yo en mi casa…Quiero que me conozcas, tal y como soy. Me quedé mirándolo a los ojos —esos ojos grises que parecían sostener la promesa de un puerto seguro— y por un segundo, me vi a su lado. Un viento helado me subió por la nuca y retrocedí un poco, mis propias piernas no querían obedecerme. Pensaba en huir, no de él, de mí misma y lo que sentía por él. Sin embargo, la expectativa se coló en mis venas: “¿Cómo rechazarlo después de aquel beso? ¿Después de tanto tiempo sintiendo sus ojos en mí?”. —No sé qué decirte Timothy —murmuré, sin saber si hablaba para él, para mí misma o para ese nudo que sentía en la garganta. — Tal vez… no sería apropiado, tú eres un magnate y yo… —Eres perfecta. Tal y como eres Anette —dijo Timothy acercándose tanto a mí que podía sentir su aliento contra mi cara — Timothy yo…. Él acercó su boca a la mía, la rozó invitándome a corresponder su beso. Y lo hice… Abrí mi boca y recibí sus labios. Suavemente me fue abrazando conforme se intensificaba el beso. Esta vez no me aparté, lo dejé avanzar hasta donde él quisiera. Sentí sus piernas estremecerse y luego tensarse y mis piernas abrirse y sentir. Sentir, con fuerza e intensidad la ráfaga de calor y fuerza que él me causaba. Los minutos fueron pasando y la intensidad subiendo, ya no había marcha atrás. Había provocado mi propia desgracia. Timothy me sentía, me apretaba con fuerza pero sin violencia. Y eso me gustaba. Me ardía el cuerpo, me dolía el ser. Como si una punzada violenta abriera paso en medio de mí. — Anette… gimió Timothy contra mi boca Yo no podía hablar, estaba perdida entre mis emociones, mi locura y mis sentimientos. Lo dejé avanzar hasta que los dos perdimos el control. Habíamos llegado demasiado lejos. Vestidos pero sintiéndonos desnudos. Sus manos apretaban con ansias mis caderas, mientras yo me aferraba con fuerza a su espalda. Lo que estaba haciendo era una locura, me había dejado llevar por un deseo en mi piel. Timothy no era un hombre cualquiera y yo había atravesado la línea de lo prohibido. Pero sin pretenderlo, me había convertido en mujer, bajo mi ropa seguía siendo virgen, pero mi cuerpo ya no se sentía así, tampoco mi conciencia. Con Max todo era inseguro, inestable, pero le debía mucho. Eso me hacía sentir culpable. Pero con Timothy, sentía un alivio que nunca había conocido. Y al mismo tiempo, me aterraba la pasión que me provocaba. Apartándose un poco me dijo: — Anette… cásate conmigo. Me quedé helada ante sus palabras. — Después de esto, ya no quiero estar sin ti. Anette no te quiero como mi amante, no busco de ti solo tu cuerpo, que me despierta fuego y ansias desesperadas… — Estoy enamorado de ti… Locamente enamorado. Te amo Anette. Te quiero mía, toda… Toda mía. Sus ojos decían la verdad, y ahora me tocaba a mí responder. Decidir mi destino.
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