UN TOQUE DE PIEDAD

1612 Words
Estaba ante un hombre poderoso que podía echarle a la calle sin piedad, había cometido un grave error…o quizá dos. Pero qué podía haber, había logrado que me contrataran en ese casino gracias a una de las chicas que trabajaba allí, yo la había conocido en la clínica en la que está internada mi madre. Ella es la novia de uno de los enfermeros que atiende a mi mamá, la conocí por casualidad en la cafetería, estuvimos hablando mientras ella esperaba a su novio y le conté mi historia. Fue un ángel enviado del cielo en un momento de desesperación, había intentado encontrar empleo en otras partes, pero mi falta de experiencia me cerraba las puertas en todas partes. Yo nunca había trabajado, era estudiante universitaria, estudiaba relativamente internacionales, y economía. Cuando mi padre falleció hace cinco años dejó una fideicomiso para mis estudios, mi madre y yo vivíamos bien. Hasta que se enfermó y el cáncer de estómago fue su diagnóstico, salí de la universidad para cuidarla, pero poco a poco el dinero fue escaseando y tuve que vender la casa. Mi mamá empeoraba cada vez más y tuve que ingresarla en una clínica privada, allí la cuidarían bien. Yo alquilé una habitación cerca de la clínica para estar cerca de ella, pero con el paso de las semanas y los pagos a la clínica las habitaciones que alquilaba se fueron haciendo más pequeñas y sencillas. Ya no me quedaba mucho dinero ni tiempo para conseguirlo, estaba desesperada cuando esa chica apareció como mi ángel salvador. El encargado de contratar personal para el casino era su amigo y me dio la oportunidad de trabajar allí. Pero en mi primer día en el The Tiger Empire cometí el peor error de mi vida y ahora temo, no solo por mí, sino por mamá. — Señorita Melanton, no puedo permitir que mi personal viva en condiciones inapropiadas… Eso no daría buena imagen a mi negocio. Yo baje mi cabeza y me imaginé en la calle, llorando desesperada y sin saber qué hacer. — Vaya a esta dirección. Escribió una dirección en un papel y lo extendió hacia mí. — Allí vivirá. Y no se preocupe por su madre, yo pagaré la deuda médica, con la condición de que trabaje aquí hasta que la deuda se pague en su totalidad… ¿Está de acuerdo? Me quedé sin palabras, ¿ese hombre iba a pagar la deuda médica de mamá a cambio de que trabajará en su casino? Eso significaba toda mi vida. — No importa si tengo que morir aquí, pagare mi deuda hasta el último centavo. –me dije. Conteniendo las lágrimas respondí: — Gracias señor Hedrong, le aseguro que pondré todo mi esfuerzo para hacer mi trabajo, y no se preocupe por donde yo viva, no lo voy avergonzar, se lo prometo. — Para mí es más que suficiente con lo de pagar la deuda médica de mi madre. Conseguiré un lugar digno para vivir. Mirándome fijamente dijo: — Vaya a esa dirección, es una orden. Mordí mi labio nerviosa, y asentí. No tenía más salida que obedecer. — Mañana por la tarde, venga a verme, firmará el pagaré y su compromiso de trabajar aquí hasta que pague toda la deuda. — Sí señor, eso haré… Y muchas gracias señor Hedrong, por no despedirme, y por favor, discúlpeme por lo que le hice a su traje. — No se preocupe, su admirador ya pagó por eso. Me sentí avergonzada por la forma en que el dijo: “su admirador” Es verdad que gracias al señor Thomas el error que cometí me dio una nueva oportunidad y me abrió un camino de esperanza, mi madre estaría bien cuidada hasta el último día de su vida. Eso me daba paz en medio de todo el dolor que sentía al verla irse un poco cada día. Cuando iba a salir de la oficina del señor Hedrong él dijo: — Una cosa señorita Melanton, no le diga a nadie sobre nuestro acuerdo, no quiero una fila de empleados esperando el mismo beneficio. — No se preocupe señor, no se lo diré a nadie, y, nuevamente gracias. Sonreí instintivamente en señal de gratitud, sin esperar recibir una sonrisa suya como respuesta. Pero la recibí, me sonrió y me dijo: — No se preocupe por la distancia del departamento a la clínica de su madre, un auto la estará esperando… ¿Sabe conducir, verdad? Yo sonreí al ver su cara. — Sí, sé conducir. Con una mirada suave, que lo hacía ver humano, no como el monstruo que me habían pintado en mi imaginación, me dijo amablemente: — Es tarde, vaya y descanse, por la mañana podrá ir por sus cosas. Ese hombre era muy diferente a lo que me habían comentado. Al salir Sonya que era la chica que me había conseguido el empleo y dos chicas más me esperaban. — ¿Cómo te fue? – me preguntaron las chicas — ¿Te despidió? – preguntó Sonya — No, pero mañana tengo que firmar unos documentos, si deseo seguir aquí deberé cumplir con algunas condiciones. Pero no estoy despedida. El alivio en mi sonrisa las hizo sonreír a ellas también. — ¡Esto hay que celebrarlo! — No puedo Sonya, estoy muy cansada y mañana quiero ir a ver a mamá. — Es cierto Any, tu mamá esta muy enferma… Ve a descansar, las chicas y yo celebraremos por ti. Con un abrazo me despedí de ellas, antes de cruzar la puerta principal quise mirar atrás, sentía una mirada detrás de mi espalda, al voltear mi cabeza, allí estaba él, le sonreí y susurré: — Hasta mañana. Él asintió con su cabeza, y desapareció en el pasillo. Al llegar a la dirección que me había dado me sentí algo abrumada, el departamento era como una casa, al llegar un hombre de barba blanca muy gentil me saludó: — Buenas noches, ¿usted debe ser la señorita Anette Melanton? — Sí, soy yo… ¡perdón! No respondí a sus saludo, buenas noches, soy Anette Melanton, el señor Hedrong me envió a esta dirección. El hombre de barba blanca que me recordó a San Nicolás, sonrió divertido y luego extendió dos juegos de llaves. — Estas son las llaves del departamento y las de la cochera y su auto. El señor Hedrong me ordenó que preparara el lugar para su llegada… — ¿Preparar? – Cuando lo escuche decirlo pensé: — De seguro le ordenó poner candados en las habitaciones donde no debía entrar. — En la cocina encontrará su cena caliente, y como no sabía si le gustaba tomar café o té le preparé las dos bebidas. La refrigeradora tiene de todo, pero si algo le hace falta solo dígamelo. Estaba boquiabierta, ¿había ordenado mi cena, llenado el refrigerador y puesto a un amable anciano para cuidar de mí? Debían estar equivocados al hablar mal de Max Hedrong, ese hombre era un ángel. Con las llaves en la mano entré en la casa “departamento” era tan cálida y cómoda, de un fino gusto , tal como lo era él. En el contestador había un mensaje, toque el botón rojo y lo escuché: — Espero que sea de su gusto y que se encuentre cómoda, esa será su casa ahora. Si el auto no es de su gusto hágaselo saber a Nick, él se encargará de todo. — ¿Nick? – me reí. — Eso es imposible. No espera…¡Todo esto es imposible!... ¡Es un milagro! Me arrodille y me eché a llorar. Pasaría toda mi vida pagando una deuda, viviendo en una casa preciosa con todas las comodidades y con un auto, que podría cambiar si no me gustaba. Perdí mis sueños de adolescente, perdí a mi padre que era mi primer amor, un hombre maravilloso, y a mi mamá, una mujer que parecía tener alas dirigidas al cielo. Era mi luz y mi mejor amiga, perdí mi auto , mi casa, mis amigos… y hasta mi novio, lo perdí todo. Llorando y sollozando miraba todo a mi alrededor y agradecí al cielo poner en mi camino a Sonya, que me llevó a conocer al señor Hedrong. Un hombre de fachada dura, pero de un corazón de oro puro. Después de cenar me bañe y caí rendida en la cama, una amplia y suave cama,dormí hasta el día siguiente, y al despertar todo era como un sueño. La refrigeradora de dos puertas estaba completamente llena de los que se me antojara, me recordó a mi casa, a los desayunos en familia, a las sonrisas de mamá y a las bromas de papá. Me prepare algo rápido, debía recoger mis cosas y ver a mamá, antes de ir al trabajo en el casino, debía llegar temprano para firmar el acuerdo para que el señor Hedrong hiciera efectivo el pago de la clínica de mamá. Al abrir la cochera encontré un Audi RS5 Sportback 2021. — ¡No puede ser! ¿Cómo lo supo? Ese modelo de auto era el mío, bueno el que vendí, yo lo amaba, fue un regalo de mi padre, ni era n***o, pero era el mismo modelo, lo amé tan pronto lo vi. De repente apareció en la entrada de la cochera Nick. — ¿Le gustó el auto señorita? — ¿Gustarme? … ¡Lo amo! Es más, si tuviera al señor Hedrong frente a mí lo besaría. Estaba tan emocionado que a Nick le causó tanta gracia que se echó a reír. No puedo decir que su risa me recordó a “jo jo” de Santa Claus, pero era tan contagiosa que terminamos riendo los dos.
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