Todos hablaban de él como un hombre frío y sin sentimientos, un rey Midas, un hombre sin corazón, pero yo había visto la otra cara de la luna en Max Hedrong.
Él era agradable, noble, y dispuesto a dar un paso más allá. Lo había hecho con mi madre, el acuerdo era solo pagar la deuda médica actual, eso era todo, así lo entendí yo.
Pero, él no solo pagó la deuda médica, sino que pagó por un cuidado especializado, no sé cuánto tiempo vivirá mamá, pero lo hará bajo un cuidado y trato especial. Eso yo se lo agradecería al señor Hedrong toda mi vida.
No tenía porqué hacerlo, no era parte del acuerdo, luego la casa, el auto, la comida, ah… y por supuesto, dejar a un hombre tan dulce y amable como Nick para que me ayude en todo lo que necesite… ¿Cómo pagar tanta bondad?
No era un tipo malo, un jefe al que había que temer, el señor Hedrong era un hombre maravilloso y no importaba lo que dijeran los demás sobre él, yo había visto su corazón y aunque no tenía derecho a hablar sobre eso, nadie me haría cambiar de opinión sobre él.
— Anette, las chicas y yo vamos a salir con unos chicos, y ya que mañana es tu primer día libre, te hemos arreglado una cita.
Sonya lo dijo sin darse cuenta que el señor Hedrong estaba detrás escuchando sin querer nuestra conversación.
— Gracias Sonya, pero no tengo interés en salir con nadie, es más, ya solicité trabajar mañana.
— ¿Por qué? … Anette, todas las mañanas vas a ver a tu madre, necesitas distraerte y recargar baterías… Además Fredy es muy guapo y tú le gustas mucho.
— No tengo interés Sonya. Trabajaré mañana y todos los días.
— ¡Eso va terminar enfermandote Anette! Debes descansar, despejarte, es lo mejor para ti… Acepta Anette, te aseguro que lo pasaras muy bien con Fredy.
— No Sonya, no saldré con él ni con otro hombre, ni ahora, ni después.
Disimuladamente noté una sonrisa leve en los labios del señor Hedrong qué desapareció tras la enorme cortina verde.
Sonya se molesto un poco conmigo, ella daba por un hecho que yo aceptaría, tuvo que convencer a otra chica de salir con Fredy, al final todo se revolvió y su día libre con chicos lindos, como lo decía Sonya, era un hecho.
Al día siguiente me levanté temprano para ir a ver a mamá, luego volvería a la casa para cambiarme e irme a trabajar.
— Anette… ¿Cómo está tu madre?
— Hola Nick. Pues… como debería. Ella …
Mi voz se quebró, esa mañana mi mamá ni siquiera me reconoció, fue duro para mí no poder hablar con ella, ni sentir su mano apretar la mía.
Gracias al señor Hedrong ella estaba en una mejor habitación con flores y una enfermera personal, pero eso no cambiaba la realidad de su cáncer.
Nick tomó mis manos entre las suyas y con una mirada de comprensión me dijo: — Debes descansar Anette, despejarte, aprovechar tu día libre.
— No Nick, prefiero trabajar, eso mantiene mi cabeza ocupada.
De repente una voz sonó detrás de mí.
— Es tu primer día libre, y no voy a permitir que lo uses trabajando.
— ¡Señor Hedrong! ¿Qué hace usted aquí?
— Vine a llevarte a un lugar que te ayudará a sentirte mejor.
— ¿A mí? ¿Dónde?
Me extendió la mano y respondió: — Solo ven conmigo.
No sé porqué lo hice pero me sentía tan vulnerable en ese instante, tan sola y triste, que no solo tomé su mano, me abracé a él.
Necesitaba un abrazo, consuelo, y él me lo dio. Me rodeó con sus brazos y sutilmente depositó un beso en mi cabeza, en ese instante empecé a llorar.
— Llora todo lo que quieras Any, todo lo que necesites.
Estar en sus brazos era como un abrigo en tiempo de frío, como el calor del sol al amanecer, me sentía como una niña, amparado y protegida.
Tenía años de soportar en silencio, de ser fuerte para mamá después de la muerte de papá y ahora por ella.
Era la primera vez que me permitía desarmarme, sentirme vulnerable por completo y cien por ciento necesitada de valor para seguir.
Sus brazos me rodearon con más fuerza, y los míos se aferraban a su espalda como un barco en una tempestad a su ancla.
Tenía los ojos cerrados manchando su fina gabardina de mis lágrimas, cuando abrí los ojos noté que la había manchado del rimel de mis pestañas.
— ¡Genial! Otra prenda cara que le echo a perder, voy a tener que vivir pagando mi deuda con él hasta en el otro mundo. – pensé.
De repente lo escuché reírse y a Nick también, en ese instante me di cuenta que había hablado en voz alta, habían escuchado mis pensamientos, y me sentí tan avergonzada que bajé la cabeza y dije: — ¡Perdón, por favor, perdóneme!
— No te preocupes Any, ¿ya te sientes mejor?
Me dio su pañuelo con el que lo primero que hice fue limpiar mi nariz, ¡estaba hecha un desastre!
— Entra y cámbiate, ponte algo cómodo, iremos al mar.
— ¿Al mar?
Nick sonriendo me miró y dijo: — Irás en su yate, será un viaje hermoso, cámbiate a prisa, así podrán disfrutar de vistas sorprendentes y un atardecer de película.
Sonreí aún entre lágrimas y cómo una niña me puse de puntillas y le di un beso en la mejilla antes de entrar a la casa para refrescarme y ponerme un bikini, y un lindo vestido azul.
Al salir hallé al señor Hedrong sin su gabardina, vestía unos pantalones claros y una camisa blanca holgada, unos zapatos sport, se veía tan relajado sonriendo y hablando amistosamente con Nick, que como una tonta me quedé contemplandolo sin que él se diera cuenta.
Al menos el señor Hedrong no lo notó, Nick sí, apenada por que me hubiera visto disfrutar de lo guapo que se veía el señor Hedrong, me mordí el labio avergonzada y bajando la cabeza me quedé allí sin saber qué hacer o qué decir.
Hasta que sentí su mirada.
—Te ves hermosa Any.
Mi corazón se aceleró y mi pulso parecía haberse convertido en un auto de carreras.
— ¿Nos vamos?
— Sí.
De lo apenada que me sentía no levanté la cabeza, eso a Nick le pareció divertido, se despidió de mí diciendo: — Disfrútalo Anette.
Viajamos en su coche por más de una hora, hasta llegar a un hermoso lugar, una preciosa casa a la orilla del mar, un yate que parecía de película, aquello era mágico, era un lugar privado.
Me abrió la puerta del auto y me tomó de la mano. Un hombre alto y grueso lo saludó diciendo: — Buenas tardes Hedrong, su yate esta listo como lo ordenó.
Asintiendo se dirigió por el muelle sin soltar mi mano. Subimos a él y con una elegancia tomó el timón y en minutos nos hallábamos mar adentro.
Mis ojos bailaban entre lo hermoso del paisaje y el atractivo del señor Hedrong. Yo no era digna de un hombre como él, al menos ya no.
Si lo hubiera conocido antes, cuando papá vivía y yo era una chica de universidad me habría gustado coquetearle y que se enamorara de mí, pero ahora, solo era una más de sus empleadas en uno de sus casinos, y una obra de caridad.
Con tristeza quite mis ojos de él y fije mi mirada en un delfín que jugaba alrededor del yate.
De pronto el delfín saltó muy cerca del yate, golpeando el yate, sin que yo previera lo que iba a hacer, me desbalanceé, estuve cerca de caer al agua sino fuera por los brazos fuertes del señor Hedrong que me sostuvieron.
— Es un travieso, no quería hacerte daño Any, solo quería invitarte a jugar con él en el agua, solo míralo reírse.
El sonido del delfín era fuerte, al igual que los salpicones del agua que hacía con sus aletas. Yo empecé a reír, sosteniéndome de las manos del señor Hedrong que tenían se habían unido a las mías.
Estaba en sus brazos, mirando al delfín, los dos reíamos viéndolo jugar e invitándome a entrar en el agua. Fue un momento tan especial.
Me hizo olvidar el dolor que llevaba en mi interior, la decepción de no ser suficiente para un hombre como Max Hedrong.
Decidí disfrutar el momento como me lo dijo Nick, disfruté de sentirme en sus brazos, de nuestras manos unidas como si estuviéramos enamorados.
Era una fantasía, pero en ese momento quise vivirla, soñar con los ojos abiertos. Vivir plenamente el momento.
Escuchar su voz a mi oído y sentir su rostro rozar el mío y oler su exquisito perfume.
Después de aquel momento pensé que él me soltaría y volvería al timón, pero no lo hizo, conmigo en sus brazos me contaba algunas anécdotas con ese travieso delfín.
Hablando y riendo el atardecer apareció en el horizonte.
— ¡Es precioso! Increíble y bello.
Rodeándome con sus brazos me apretó suavemente contra su cuerpo y susurro a mi oído: — Siente como cambia el clima, del calor al frío y disfruta de la paz y la quietud del mar.
Cerré mis ojos y lo sentí, un instante de paz 6 libertad se adueñó de mí.
— Abre los brazos Any, permite que lo que sientes se vaya y deja entrar esa paz dentro de ti.
Eso fue lo que hice, abrí mis brazos y dejé que la quietud del mar entrara en mí. Luego sentí frío y estornudé.
El me abrazó fuerte contra su pecho, mientras mirábamos caer el atardecer abrazados de pie ante un cielo majestuoso.
Después me llevó a tomar una copa de vino para entrar en calor, me colocó una manta en la espalda y con delicadeza me cubrió con ella mientras yo me reía por lo tonta que había sido al no traer un abrigo.
Volvimos al muelle, el encargado se ocupó del yate. Una mujer de mediana edad se acercó a nosotros y dijo: — La cena está lista señor.
Él solo asintió, con su acostumbrada actitud de mando. Pensé que toda aquella magia se había quedado en el mar. Pero luego me tomó de la mano y me dijo: — Ven Any, hay que reponer las fuerzas antes de volver.
Lo seguí apretando suavemente con mis manos la suya, me sentía algo intimidada ante tanta opulencia.
Pero estando con él me sentía segura, nada me daba miedo o me hacía sentir fuera de lugar.
La cena estaba exquisita, nuestra conversación fue relajada y hasta divertida, hubo sonrisas y frases elocuentes que nos hacían reír.
Luego de unos minutos era hora de volver, antes de subir a su auto suspiré mirando al mar, tal vez esa sería la última vez que viviría algo tan hermoso.
Sentí la mirada del señor Hedrong sobre mí sonriendo, y sin que yo lo esperara me dio un beso en la mejilla, otro en la frente y se quedó mirándome fijamente a los ojos.
Deseaba que besara mi boca, lo desee muchísimo, pero luego recordé quién era yo y quién era él y bajé mi mirada.
El paseo por la fantasía había terminado, era hora de volver a la realidad.