Es lo mejor

1481 Words
Había escuchado la voz de mamá, fueron susurros cargados de amor y esfuerzo. Ella no está bien, pero me ama tanto que se aferra a la vida por mí. — Mamita… – dije, sin poder evitar sentir que me desarmaba. Mi madre había sido una mujer hermosa y elegante. Una mujer con una hermosa sonrisa y un consejo sabio en sus labios. Ahora, sus bellas facciones se desfiguraban con la delgadez de su rostro. — ¿Por qué tuvo que pasarte a ti mamita? — ¿Por qué tú? ¿Qué voy a hacer cuando ya no estés? En instantes como este es cuando miro al cielo llena de preguntas y aunque no quiero hacerlo, con un reproche. — Los malos gozan de salud, mientras mi madre que solo ha hecho bien se muere, ¡no es justo! Mientras caminaba por el pasillo del hospital todo olía a desinfectante y a una enorme tristeza. Caminaba apresurada con el corazón latiendome en la garganta. Había recibido un mensaje de la enfermera diciendo que el doctor quería hablar conmigo. No sabía qué esperar en esa reunión con el doctor de mamá Cuando llegué al consultorio, encontré al doctor Henderson revisando unos expedientes. Era un hombre de edad madura, con el cabello canoso en las sienes y un rostro curtido por los años de experiencia y las malas noticias que debía dar cada día a los familiares de sus pacientes. —Señorita Anette —dijo el doctor al verme—, por favor, siéntese. Tragué saliva y obedecí. —¿Es sobre mi madre? —pregunté en un hilo de voz. El doctor suspiró, juntando las manos sobre el escritorio. —Su madre ha mostrado una leve mejoría en los últimos días. Los valores de sus análisis se han estabilizado un poco, y su respuesta a los sedantes ha sido menos agresiva. Una chispa de esperanza iluminó mi rostro. —¿Entonces… eso significa que se está recuperando? El doctor inclinó levemente la cabeza y me miró con pesar. —Quisiera darle una respuesta más optimista, pero no puedo señorita… — Su madre está en una situación muy delicada. Que haya tenido una mejoría no significa que estemos fuera de peligro. Su cáncer está en una fase avanzada, y aunque los tratamientos han aliviado un poco su sufrimiento, no podemos hablar de una recuperación. La pequeña chispa de esperanza en mi corazón se apagó de golpe. Sentí que la garganta se me cerraba y bajé la mirada, apretando los puños sobre mi falda. —Pero ella habló —susurré, mi voz se quebraba a punto del llanto. — Me habló, la escuché decir mi nombre y … — ¿Acaso eso no significa nada? El doctor Henderson se reclinó levemente en su silla, observándome con comprensión, y podría decir que hasta con lástima. —Las personas en estados avanzados de enfermedad tienen momentos de lucidez, pequeños destellos donde parecen volver a ser las mismas de antes. Es posible que su madre tenga algunos días mejores, pero también vendrán días peores. El peso de sus palabras cayó sobre mí como una losa de concreto duro y pesado, como si fuera a aplastarme. Sentía el ardor en mis ojos, me mordí el labio con fuerza para no llorar frente al doctor. —Entonces… ¿cómo podría ayudarla? El doctor me miró con compasión. —Solo esté con ella. Háblele. Sosténgale la mano. A veces, el amor y la compañía pueden hacer más que cualquier medicina. Cerré los ojos con fuerza. —No quiero perderla… No estoy lista para esto doctor. El doctor suspiró, como si esas palabras fueran un eco de muchas súplicas amargas que había escuchado antes. —Nadie está listo para perder a alguien que ama, Anette. Pero su madre sigue aquí. Aproveche cada momento con ella. Las lágrimas que había estado reteniendo finalmente escaparon de mis ojos, rodando por mis mejillas sin control. El doctor me ofreció un pañuelo de papel y lo tomé, mis manos temblaban. La tristeza y la impotencia eran un peso demasiado grande para mis hombros. —Gracias, doctor —susurré, limpiándome los ojos. El doctor Henderson asintió con un gesto comprensivo. —Si necesita algo, estoy aquí Anette… También puede contar con el apoyo de los especialistas que acompañan a los familiares en momentos como estos. — Gracias doctor, lo tomaré en cuenta. Me puse de pie, sintiendo como si una parte de mi alma se hubiera roto un poco más ese día. Salí del consultorio con el corazón destrozado, pero con una sola idea en mi cabeza. — Aprovecharé cada segundo que me queda para estar contigo mamá. . Antes de abrir la puerta y salir del hospital cerré los ojos por un instante y susurré una plegaria silenciosa al cielo, pidiendo un milagro que sabía que quizá nunca llegaría, pero esa era mi única esperanza. Volví a casa para descansar un poco antes de irme al trabajo, pero no pude. Unos minutos después Nick tocó a mi puerta con una rebanada de su pastel especial y me hizo compañía por un rato. Él es un gran amigo, puedo entender porque Max lo aprecia tanto. Luego, llegó mi hora de volver al trabajo, el Casino El Imperio del Tigre me esperaba. Desde la baranda del segundo piso del casino, sostuve una bandeja vacía como pretexto para mi momentánea distracción. Desde allí, podía ver claramente a Max, estaba de pie cerca de la barra privada, con la elegancia imponente que lo caracterizaba, hablando con Jack y otro hombre al que no reconocía. Su porte era impecable, la chaqueta ajustada a su complexión atlética, la forma en que inclinaba ligeramente la cabeza mientras escuchaba, el movimiento de sus manos al enfatizar un punto... todo en él irradiaba poder y magnetismo. Y yo lo observaba, como hechizada con cada uno de sus movimientos. No actuaba como una mujer frágil atrapada en un sentimiento sin salida, sino como una guerrera consciente de su batalla interna. Sabía lo que sentía por él, reconocía la intensidad de mi atracción, pero me negaba a sucumbir a eso. Max Hedrong era un universo prohibido, un deseo al que no podía entregarme sin perderme en el proceso. Mi corazón se encogió al recordar el susurro que me había dedicado. — También sueño despierto contigo. Sus palabras habrían hecho temblar a cualquier mujer, pero no a mí, eso solo era un eco de algo que no podía permitirme. No podía permitirme ser la ilusión pasajera de un hombre que jamás pertenecería a nadie. No a mí. Bajé la mirada y respiré hondo, obligando a mi corazón a calmarse. No había espacio para sueños imposibles ni para debilidades en este momento de mi vida. Max no era un hombre con quien construir una vida. Era un benefactor, un acreedor, un jefe. Nada más que eso. Me erguí con determinación y forcé una sonrisa serena, como si nada me afectara. Tomé la bandeja con firmeza y bajé las escaleras sin mirarlo, sin demostrar la batalla interna que se libraba dentro de mí cabeza y mi corazón. Max Hedrong era el hombre con el que cualquier mujer podría soñar, poderoso e increíblemente atractivo, pero eso no era suficiente para mí. Y no sería yo quien cometiera el error de entregarle mi corazón. Si lo hacía, aunque fuera por una noche, su toque sería capaz de hacer pedazos mi corazón. Mientras caminaba tratando de no pensar, mi amiga Sonya se acercó a mí para preguntarme por mi madre. — No está nada bien Sonya. – respondí con tristeza. — Lo siento Anette. – dijo regalándome una sonrisa y un abrazo reconfortante. — Gracias… realmente necesitaba un abrazo. — Yo también necesito un abrazo. – dijo un hombre de traje blanco impecable. El sujeto estaba algo ebrio. Me tomó de la mano atrayendome hacia él con fuerza. No supe qué hacer, me asusté. Y Sonya no podía apartarlo de mí o golpearlo con la bandeja como deseaba, porque el hombre era un cliente preferencial del casino. De repente apareció una figura fuerte detrás de mí y con un gesto de su mano el cliente quitó sus manos de sobre mí. — Lo siento… de verdad que lo siento señor Hedrong… Su mirada intimidante lo atravesó causándole al sujeto temor. Con sus manos levantadas y tambaleándose se alejó del lugar. — Ven conmigo Anette. – ordenó, caminando frente a mí. Sonya se preocupó por la seriedad en su rostro. Mientras yo lo seguía cabizbaja. Cuando llegamos a su oficina cerró la puerta y su rostro cambió, suavizando sus facciones. Acercándose a mí me envolvió en sus brazos con ternura, y no pude evitar llorar. El aroma exquisito de su perfume y su musculoso cuerpo me hicieron sentir seguridad y protección. Yo quería huir de él, y Max me atraía con su actitud protectora. Nadie podía acercarse a mí sin que él lo permitiera
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