Yo no soy de andar dando explicaciones a nadie. Nunca lo fui. Si algo no me gusta, lo mando a volar. Pero hay algo en Anette que me hace no querer soltarla, aunque lo que le pasa está más allá de mí.
A veces me encuentro mirándola, viendo cómo se sobrepone a todo, sin que nadie note lo que le está pasando por dentro.
Cuando la vi en el casino, con el tipo aquel acercándose a ella, no me importó lo que pensaran los demás. Era mi territorio, mis reglas.
El idiota ese no lo entendió y, sinceramente, no me importó. Mi gesto fue suficiente para dejarle claro que no jugara con lo que no debía. Un hombre como él no podía acercarse a Anette, no en mi presencia.
La tomé del brazo y la llevé sin mediar palabra, directo a mi oficina, porque en mi mundo, las reglas de respeto son claras.
La puerta se cerró con un estruendo que resonó por todo el pasillo. El contraste entre lo que sucedió en ese instante y lo que seguiría iba a ser más peligroso de lo que ambos imaginábamos.
No era por la situación, sino por lo que ella despertaba en mí. Un susurro peligroso que nadie en mi vida había conseguido provocar.
No es que no tuviera mujeres. Claro que las tenía. Pero con Anette, era distinto. Lo supe desde el primer momento en que la vi.
No me manipulaba con su dolor. Lo que sufría con su madre era suficiente para deprimirse y aún así ella mantenía una postura segura y fuerte y eso... eso me tocaba más de lo que quería admitir.
— ¿Estás bien? — Pregunté sin mirarla directamente. Su silencio era lo que me estaba matando por dentro. No podía soportar verla así, en esa mezcla de fragilidad y resistencia que ni ella misma entendía.
Any apenas levantó la vista, su mirada escondía una tormenta de emociones.
Pero yo no era un tipo que buscara respuestas fáciles, sabía leer a la personas con precisión. La vi intentar reprimir sus lágrimas, e
su respiración era pesada. Como si quisiera huir de todo eso, de mí, y no me extrañaba.
Sin embargo, cuando la tomé en mis brazos, algo cambió. El peso de su cuerpo en el mío, su fragancia tan cercana, era todo lo que necesitaba para darme cuenta de que mi control, tan cuidadosamente mantenido, tambaleaba al sentirla.
No quería que ella llorara, pero no podía evitarlo. Me dolía verla quebrarse así.
— No tienes que pasar por esto sola Any — murmuré, aunque en mi mente resonaba la realidad de que nunca había permitido que nadie fuera "mi responsabilidad" por completo.
Cada quien debiste enfrentar sus problemas, lo que pasará con mis trabajadores no era asunto mío, pero desde el primer día que Any llegó a mi casino, ella se convirtió en mi preocupación y responsabilidad.
Any tenía algo que me hacía querer cambiar eso. Nadie me había tocado el alma como ella lo hacía, sin siquiera saberlo.
Me separé un poco, pero seguía manteniéndola en mis brazos. El poder de mi presencia no era solo por la influencia que tenía en el casino o el dinero que movía. Yo era símbolo de control y amenaza implícita, eso se respiraba a mi alrededor.
Cuando me acercaba a alguien, ellos sabían que sus decisiones podían ser las últimas que tomaban si no se comportaban como yo lo decía.
Pero con Any, era diferente. No sabía cómo clasificarla, y eso me desconcertaba más de lo que me gustaba admitir.
Dentro de mí existían muchas preguntas sin respuestas, a las que Nick resumió en una sola frase: “Estás enamorado”
Eso no era fácil de digerir para un tipo como yo. Pero aquí estoy. Preso en su mirada y deseando llegar más lejos con ella, que solo un abrazo.
— No quiero que te acerques a ese tipo nunca más — le dije, dejando claro que no estaba negociando nada.
No buscaba explicaciones de lo que habia sucedido. Lo que me interesaba era que siguiera mis reglas. Nada más, no quería a ningún hombre tocándola, ni acercándose a ella con intereses románticos.
Pero al escucharme ella me miró desafiante y al mismo tiempo rota, esa actitud fuerte y decidida me hizo quedarme quieto.
No podía quitarle el poder de decidir por sí misma, pero yo era su jefe, y no deseaba que ningún hombre la pretendiera.
Así me encargaría sin que ella lo supiera.
— Any, solo quiero protegerte, no quiero que te hagan daño.
Ella me miró, sin decir nada, y por un segundo, vi cómo la lucha interna brillaba en sus ojos. No era un juego fácil, y no esperaba que lo fuera. Pero estaba dispuesto a jugarlo.
Ella me volvía loco, no podía dejar de pensar en el sabor de su boca, en la calidez de sus manos y en las ganas que me carcomían por dentro por amarla.
Pero ella ponía una barrera entre los dos, podía sentir cómo si corazón latía en su pecho. Con la intención de consolarla la había abrazado con fuerza.
— Eres un imbécil, te estás volviendo loco solo. – tuve que alejarme un poco, porque mis hormonas se habían enloquecido al sentir sus brazos rodearme y sus aferrarse a mi espalda.
Any era una debilidad para mí. Una obsesión deliciosa y un deseo que se me estaba saliendo de control.
Su negativa a tener una relación conmigo en lugar de alejarme de ella, me hacía desearla más.
Any no jugaba a seducirme. Si lo hiciera ya habría conseguido que me la llevaba a vivir conmigo, la habría hecho mi reina y si es tan intensa como lo imaginó…
Yo sería su siervo, le daría todo lo que me pudiera, todo, con tal de hacerla feliz y se quedara a mi lado.
Por el momento lo único que puedo hacer para que xinfie de mi y acepte mis sentimientos es ayudarla con su madre, eso es lo que único que a Any le interesa y si quiero ganarme su corazón, seré su benefactor, y el de su madre.
— Any…
Cuando ella levantó su mirada nuestros rostros quedaron tan cerca que podía sentir su respiración.
— Any, yo…
Las palabras se atoraron en mi garganta.
¿Qué estaba pasándome? Mis piernas empezaron a temblar, el piso entero temblaba bajo mis pies.
Estaba anclado en su mirada, preso del latir frenético de mi corazón.
Movido por mis deseos rocé sus labios y ella dejó escapar un gemido.
Eso fue suficiente.
Mis brazos la atrajeron con fuerza, nuestros cuerpos encajaron a la perfección antes de adueñarme de su boca.
Cada movimiento suave de nuestros cuerpos iba acompasado de nuestros besos. Estábamos cayendo en un abismo del que ninguno de los dos deseaba salir.
Nos íbamos entregando a un sentimiento poderoso, arrollador, que nos robaba el aliento a los dos.
Mis manos empezaron a deslizarse por su espalda hasta sus caderas pegándolo con suave y firme intensidad a la mía.
Lo que seguía era inevitable, ya estábamos envueltos en un ritmo candente,nuestros cuerpos se pedían y nuestros corazones ya habían explotado pidiéndonos llegar lejos.
Tan lejos como el universo de la pasión que nos consumía. Todo nos llevaba en esa dirección..
Cuando estaba a punto de levantarla en mis brazos y recostarla en el amplio sofá de mi oficina sonó mi teléfono en el bolsillo de mi pantalón.
Eso despertó a Any del trance, haciéndola retroceder y mirarme con una mezcla de tristeza y decepción.
No de mí, sino de sí misma al ceder ante mis deseos. Any me amaba, no había duda. Ninguna mujer se entrega así si no ama locamente a un hombre.
Y ella me amaba locamente a mí. Eso era una grandiosa noticia para mí y una barreta de acero que impedía qué ella fuera toda mía.
— Esto fue un error… no debió suceder Max.
— Sucedió Any, lo deseamos.
— ¿Y después qué Max?.
— Vivirás conmigo.
— ¿Hasta que te canses de mí o hasta que aparezca otra mujer?
— No. Eso no va ha suceder, Any yo…
— No puedes asegurarme que no sucederá Max, estás rodeado de mujeres hermosas y con deseos de ti, lo escucho todos los días en el casino….
— Yo no seré el secreto del jefe, no voy a ser un juguete oculto debajo de las sábanas….
— ¡Esa no es la vida que quiero! — Ya escuché suficientes mentiras disfrazadas de amor…. Te quiero, ese es mi error, pero no me convertiré en una más de tus amantes.
Su no fue tan intenso y determinado como su pasión al besarnos.
Any es una mujer inteligente y de principios, no se iba a dejar convencer fácilmente por mí, pero tampoco yo iba a renunciar fácilmente a ella, la deseaba, la amaba…
Podía decirme que no mil veces, pero ya era mía, aunque ella no lo supiera.