El roce de sus labios todavía ardía en los míos, como un tatuaje invisible que no me dejaba en paz. Cerré la puerta de su oficina tras de mí sin mirar atrás, sabiendo que si me atrevía a hacerlo, él volvería a atraparme con esa mirada suya que me sacude el alma.
Max tenía el poder de convertir el hielo en fuego con una sola palabra, y lo sabía.
Dominaba el ambiente como si cada centímetro de este mundo le perteneciera, y tal vez sí, sus casinos, las luces, los espectáculos y los murmullos de gente importante.
Dentro del casino hasta las sombras lo obedecían. Pero yo no. No iba a ceder a sus deseos.
No iba a convertirme en una más en su vida. Había escuchado muchas historias sobre él. Historias de sus romances, mujeres que soñaban con volver a estar con él.
No iba a dejarme envolver sólo porque su voz me hacía temblar de deseo.
— ¡No! Aunque muera de ganas, no lo haré.
Me detuve frente al espejo del pasillo, con el corazón todavía golpeando mi pecho, ya habia sufrido la humillación de las falsas promesas de amor.
Aunque, no podía negar que Max me gustaba mucho, más de lo que debía ser. Y, como una tonta me había enamorado de él. Esa verdad me dolía como si me quisieran arrancar el corazón.
Me vi en el espejo, tenía los labios hinchados, los ojos enrojecidos por el llanto que me negaba a dejar salir.
Pero más allá de mi tristeza, había fuego dentro de mí, una decisión tomada. Yo no era reina sin corona, sabía lo que valía, y me negaba a ser la concubina de un rey acostumbrado a poseerlo todo.
— No soy una presa fácil Max. Puedo parecer dulce, hasta ingenua, pero debajo de esta apariencia suave vive una mujer que ha tenido que aprender a sostener su mundo sola.
He cuidado a mi madre durante años, he soportado su enfermedad, su dolor, por encima de mis necesidades.
— He trabajado hasta el agotamiento, he llorado noches enteras y he limpiado mis lágrimas para volver a sonreír. No hay dolor que no haya conocido, ni herida que no me haya cosido con mis propias manos.
— Y aún sigo entera, de pie ante la vida y tú no vas a derribarme.
Hablaba con mi alma mientras me miraba en el espejo, tomando fuerzas y levantando mi rostro con orgullo. Max no era el único hombre que me ofrecía una felicidad a medias.
No era la primera vez que escuchaba un té amo rodeado de deseo en los labios de un hombre.
El problema con Max era que estaba acostumbrado a que todos cedan ante él. Cree que el amor es un juego de poder, una transacción en la que el más fuerte gana como en sus negocios.
— Pero yo no estoy en venta. ¡Ni mis labios, ni mi cuerpo, ni mi corazón tienen precio!
Estaba segura de lo que quería y aunque a veces me sentía débil y deseaba sentir a un hombre fuerte a mi lado, no podía volver a cometer el mismo error dos veces.
Confiar en un amor que no es real, cerrar mis ojos por la necesidad de no estar sola. Yo debía ser fuerte, amarme a mí misma más de lo que sentía amar a Max.
Sé que le atraje porque vio en mí algo que no podía controlar. Porque en su mundo de apuestas, yo soy la carta imposible de predecir. Y eso lo enloquece.
Yo lo vi en sus ojos, lo sentí al estar en sus brazos. El temblor en sus manos. El temblor en su voz al decirme:—Vivirás conmigo.
— ¿Quién se cree? Eso no fue una petición o una pregunta, fue una orden. Como si yo fuera un objeto, una prenda que puede llevar a su armario de conquistas.
— No, Max. Conmigo no será así.
Necesitaba calmarme, así qué subí a la azotea del edificio del casino, necesitaba eatar a solas por unos minutos, para calmar mis emociones y poner en orden mis pensamientos y deseos .
Las luces de la ciudad se esparcían como joyas en un tapiz oscuro. Me senté en el borde de una maceta de concreto dónde se hallaba un precioso arbusto lleno de flores.
Y hable conmigo misma.
— Lo deseas Anette, ¿Verdad? – baje mi cabeza fijando mis ojos en mis pies.
—Sí. Me derrite su forma de mirarme, la forma en cómo dice mi nombre, "Any".
Suspiré con nostalgia. — Lo dice como si fuera un secreto que solo él conoce.
Pero no podía entregarme a él. No podía bajar la guardia, Max era más fuerte que yo y sabía cómo hacerme temblar y dudar de mí misma.
No estaba dispuesta a amar a un hombre como él. Sería una sombra de su poder. Un adorno, una mujer infeliz.
Después de hallar calma volví a mi trabajo, Max estaba allí, buscó mi mirada pero yo lo ignoré.
La noche siguiente lo evité a toda costa. Me dediqué a atender a los clientes, a sonreír con la máscara perfecta de dominio y control, mientras él me seguía con la mirada, cómo un cazador esperando que su presa vuelva al claro del bosque para atraparla.
Pero yo no estaba dispuesta a ser su presa. Yo no era como las demás.
Y Max lo sabía.
Cuando volvía del tocador Max me detuvo en el pasillo cuando pensó que nadie miraba. Su mano tomó mi muñeca con esa fuerza que me ponía la piel de gallina.
—Any —dijo—, no puedes seguir ignorándome.
—Claro que puedo —respondí sin levantar la voz—. Eres mi jefe Max, no mi dios.
Se quedó mirándome fijamente, entre fascinado y frustrado. Como si no entendiera por qué el mundo no se acomodaba a su voluntad esta vez.
—Te amo —susurró. Sin adornos. Sin trampas.
Yo también lo amaba. A pesar de todos mis miedos, de todas mis heridas, lo amaba. Pero eso no bastaba.
Me solté de su agarre al escuchar los pasos seguros de un hombre. Yo sabía quien era y Max también. Así que yo segui mi camino y él otro .
Al volver al salón me uní a Sonya en el servicio a las mesas y a la distancia, lo vi mirándome.
Se veía tan guapo con su traje a la medida, dibujando su cuerpo como una escultura, su aura de poder, y sus silencios que hablaban más que sus palabras.
Max Hedrong era un hombre difícil de pasar por alto, pero su juego de poder al hacerme sentir su imponente presencia tras de mí, no podía intimidarme ni achicar mis deseos de ser yo misma por encima de mis sentimientos por él.
El amor no era dominar..Era elegir quedarse cuando se podía huir. Y yo sinceramente no sabía si deseaba huir de él o meterme en sus brazos a pesar del riesgo que eso significaba.
Él parecía estar dispuesto a atraparme en su red como un hábil cazador.
A mí nunca me gustaron los hombres que creían que podían dominarlo todo con una mirada o un gesto.
Y Max… era exactamente ese tipo de hombre.
Arrogante, controlador y con esa presencia intimidante que hacía que todos le obedecieran sin cuestionarlo.
Pero a mí no me intimida un hombre autoritario, y mucho menos un hombre que no sabe diferenciar entre el deseo y el amor.
Cuando me tomó del brazo en el casino y prácticamente me arrastró hasta su oficina sin decir una sola palabra, sentí cómo me ardía la dignidad.
No porque me sintiera avergonzada frente a los demás, sino porque entendí que yo era “su territorio”, como si fuera algo que le pertenecía.
Así me trató, así me hizo sentir.
No me gusta armar escenas, pero tampoco me dejo avasallar. Pero me sentía tan triste por lo que el médico me dijo sobre mamá que me metí en sus brazos buscando refugio.
Me sentí dulcemente atrapada en sus brazos fuertes y musculosos, por un instante sentí como si estuviera atrapada en una celda de emociones que no entendía del todo.
Max no entendía lo que era lidiar con una madre que se desvanecía un poco más cada día frente a mis ojos y que apenas podía respirar.
— Amo a mi madre, es lo único que tengo. Ella es mi prioridad ahora, no las dudas que hay en mi corazón.
Amé estar en sus brazos, el aroma de su perfume, su pecho firme contra mi mejilla, su respiración que se aceleraba al ritmo de la mía.
Por un momento me permití ser débil, sentirme suya en medio de mi dolor y vulnerabilidad. Pero ese instante casi destruye todo lo que construí con esfuerzo dentro de mí.
Él dijo que quería protegerme.
Me dijo que no quería que nadie me hiciera daño. Pero, ¿Y qué hay de él?
¿No se da cuenta que lo que más me duele es que me mire como si fuera suya y no poder serlo. Max es una tormenta.
Una que arrasa sin pedir permiso.
Y yo he aprendido a sobrevivir a duras tormentas, no quiero una más en mi vida.
Aunque verlo allí, mirándome, me dolía.
No quería quererlo… pero negarme a eso me estaba costando más de lo que imaginé.
Lo peor era que mi amor por él se clavaba como una lanza en mi pecho, sus celos cada vez que un hombre se acercaba a mí eran evidencia de lo que él sentía por mí.
¿Cómo podía ignorarlo? Si él no me dejaba olvidar su presencia tras de mí.
Ser fuerte era más difícil cada vez, y él lo sabía. Jugaba con mi fuerza de voluntad, pero yo no podía quebrarme, debía tomar fuerzas de mi propia dignidad.