Sombras y deseo

1895 Words
No importa cuántas veces me lo repita: “No voy a caer en su juego”, aunque mi cuerpo no siempre escucha lo que le digo y mi corazón tampoco. Pero mi voluntad es más fuerte que mis deseos. No pienso volver a creer en las promesas falsas de un hombre. Desde que llegué a este casino sentí que entraba a un mundo que no era mío, uno lleno de máscaras, apuestas peligrosas, miradas que ocultan dagas y sonrisas que prometen puñales por la espalda. Y entre todo ese caos, estaba él. Max Hedrong Dueño de todo este imperio. Incluyéndome… según él, a mí entre sus pertenencias. La verdad, yo no pedí ser el centro de sus deseos. No pedí su protección, ni su ayuda, ni su departamento lujoso. Tampoco pedí que me mirara como si pudiera leer cada rincón de mi alma. Acepté todo esto porque necesitaba cuidar de mamá, ya no tenía dinero para cuidar de ella ni cómo pagar sus cuentas médicas, menos esa costosa operación. No tenía otra salida, y Max me brindó su ayuda en el momento justo. Pero si él pensó que eso me haría suya, está muy equivocado. Lo que Max no entiende de mí es que no necesito que nadie me rescate, no soy una damisela en peligro. He aprendido a mantenerme firme en medio del fuego. He vivido con el miedo, lo he abrazado, lo he vencido. He aprendido a lidiar con la pérdida y a soportar el dolor. Y sin embargo, él logra hacerme temblar con una sola mirada, me hace dudar de todo cuando me toca. Pero Max Hedrong no es más que una incógnita para mí. Un camino que no sé a dónde podría llevarme. Me tomé el borde de la barra mientras Sebastián Cárdenas hablaba tonterías al otro lado. Su sonrisa vacía y sus ojos prepotentes no me impresionaban. Solo fingía escucharlo mientras mi mente estaba en otra parte. En Max. Sentí su presencia incluso antes de verlo. Era como una vibración en el aire, como el rugido de un tigre entre las paredes del casino. Cuando lo vi avanzar hacia nosotros, con los ojos oscuros, supe que estaba a punto de explotar. Sebastián puso una mano sobre mi muñeca, hablándome de una fiesta privada y cosas que no me interesaban. Yo no soy una de esas chicas que se venden por un apellido famoso. Lo miré con frialdad, me solté de su agarre y, sin pensarlo, caminé directo hacia Max. Tenía que detener lo que fuera que estuviera por hacer. Porque si algo aprendí trabajando aquí, es que Max no actúa: ataca. No en vano le llaman el tigre. Y no lo quería ver así. No por mí. —No paso nada. Así que no tienes por qué intervenir —dije con seguridad, parándome frente a él. Mi voz era firme, aunque por dentro mi alma se agitaba con su imponente presencia. Me miró, y por un segundo, su mirada se ablandó. Solo un segundo. Luego volvió a ser ese tigre salvaje, ese depredador que se niega a mostrar debilidad. —Él te tocó. —Su voz era un gruñido, como si se tragara su propia furia. —No necesito guardaespaldas señor Hedrong. — Estoy bien. Puede confiar en mí. Eso lo detuvo y lo calmó. Vi algo romperse en su mirada. Algo que no sé si me dolió o me asustó. Porque Max no está acostumbrado a que se le enfrenten. Mucho menos a que le pidan confianza. Me giré sin decir una palabra más y caminé hacia el área de empleados. No podía discutir con él ahí, en medio del salón, bajo las luces y la curiosidad de todos. Debía parecer una llamada de atención por parte del jefe. Y como nadie podía escuchar lo que hablábamos, era mejor para los dos. Así que me marche sin mirarlo. Apenas cerré la puerta del vestuario, apoyé mi cuerpo detrás de ella y respiré hondo. — ¿Por qué tiene que ser tan complicado? Un nudo en mi garganta me impidió llorar. No podía hacerlo, aunque podía justificar mis lágrimas sin palabras antes las chicas, conocían lo estricto que es Max. Sinceramente yo no quería enamorarme de él. No quería sentir lo que sentía cada vez que él se me acercaba. Pero ahí estaba ese sentimiento, latiendo fuerte dentro de mí, como si mi pecho fuera demasiado pequeño para contener algo tan grande. — No. No vas a perder la cabeza por él. Su amor solo te destruiría y tu madre te necesita. Me dije a mí misma para convencerme. Necesitaba hacerlo. Max ponía todas mis prioridades de cabeza cada vez que me cubría con su sombra protectora y posesiva. Terminé mi turno sin volver a verlo. Parte de mí deseaba que me llamara a su oficina, o que me esperara fuera del departamento. Otra parte de mí, rogaba que no lo hiciera. Porque lo que siento por él no tiene espacio en mi vida. Y porque si alguna vez me dejo amar por alguien como él, no quiero sentirme el pago de una deuda. Quiero ser amada y amar sin tener temor a ser abandonada otra vez. Ya tuve suficiente de mentiras y falsas ilusiones. Ahora, no voy a caer por miel y cristal. Quiero algo real y sólido en mi vida, y Max, es como todo esto, luces, fantasía y poder… Pero al final de la noche, todo es mentira, una ilusión que desaparece con el sol. La noche cayó con la promesa de lluvia. Mi turno había terminado y era hora de volver a casa. Llegué tan agotada como siempre con el abrigo cubriéndome hasta el cuello. El apartamento que Max me ofreció era más que un techo. Era hermoso, cálido, lleno de detalles que hablaban de alguien que no vive en el lujo, sino que lo convierte en su refugio. Y eso me confundía aún más sobre quién era realmente Max Hedrong. Me di un baño caliente y me preparé un té, me senté en el sofá con los pies bajo una manta, y mientras las gotas golpeaban el vidrio, pensando en mamá. En cómo su semblante ha cambiado desde que iniciaron los tratamientos. En su fuerza y su amor por mí. Pensé en Max… en su alma llena de cicatrices, en sus silencios, en la forma en que me miraba como si yo fuera el único lugar donde él puede descansar. — ¿Qué haces cuando el hombre que puede destruirte, también es el único que puede amarte intensamente? Suspiré con tristeza. Me levanté porque me pareció escuchar algo, fui a asomarme a la ventana. Y ahí estaba él. Bajo la lluvia. Apoyado en su auto, mirándome a través de la ventana. Sin paraguas. Abrí la puerta sin pensar. Caminé hasta él mientras el agua me empapaba el cabello y la ropa. —¿Estás loco? —le dije, mirándolo con una mezcla de sorpresa y confusión. —¿Qué haces aquí, mojandote en medio de esta tormenta? —No podía dormir. —Eso no es excusa. ¿Quieres enfermarte? —No vine a que me regañes Any. Vine a verte. Su voz… Era la voz de un niño que nunca conoció el amor. Era la voz de un hombre cansado de luchar con lo que siente. —Max… Esto no puede seguir así. – le dije. Esperaba que él lo entendiera y se fuera. —No puedo dejar de sentir esto. No sé cómo hacerlo, Any. —No te estoy pidiendo que dejes de sentir —susurré—. Max… Lo que te estoy pidiendo es que no me obligues a caer. Porque si caigo… no sé si podré levantarme después. Él me miró fijamente, en sus ojos había algo más que deseo. Él me miró con necesidad. Con una ternura que me quebró por dentro. —No quiero que estes conmigo porque sientes que me debes algo… Quiero que elijas quedarte conmigo porque me amas. — Te necesito Any. Me acerqué. Puse mi mano sobre su pecho, justo donde sentía el latido acelerado de su corazón. —Max, esto no puede ser, no funcionaria. —Déjame ir… hasta que estés seguro de que no me necesitas… que me amas de verdad. Y que estás dispuesto a amarme sin sentirme un objeto de tu vasto tesoro. Él se quedó quieto. No respondió. Y yo, con el alma mojada como el cuerpo, me giré y regresé al interior de la casa. Sabía que no sería la última vez que vendría a mi puerta. Porque este juego entre nosotros no era un juego de poder. Era una guerra en la que ambos éramos prisioneros. Y aunque intento resistirme… Cada vez que lo veo… Cada vez que escucho su voz… La intensidad del tigre me llama. No era fácil negarme a un hombre como él, Max era un poderoso imán, y si tenía que ser sincera, lo deseaba. Más que nada en el mundo. Deseaba volver a sentirme en sus brazos, perderme en su perfume y el sabor de sus besos. Pero, ¿y sí llegaba a cansarse de mí? Si me dejaba por una nueva aventura o una de sus ex amantes… ¿Qué pasaría conmigo? Él no me daba la seguridad de creer en la autenticidad de sus sentimientos, yo podría ser una obsesión, algo que no puede dominar y que lo reta en su ego de hombre. ¿Y si no es amor lo que siente por mí sino solo deseo? Que pasaría una vez que me posea, se cansaría, se aburriría, dejaría de ser yo una presa. ¿Y entonces qué? No. Mi madre me necesita, yo necesito el trabajo en el casino. Max es mi benefactor, el hombre al que le debo una gran suma de dinero… Eso es él y no puede ser nada más. Sentada en la cocina con una taza de té caliente, que no pude terminar, me metí en la cama sin darme cuenta que mi ropa se había secado con el calor de mi cuerpo. A la mañana siguiente me sentía muy mal, tenía fiebre y me dolía todo el cuerpo. Nick me llamó al darse cuenta que era tarde y no había salido de casa para ir a ver a mi madre a la clínica. Le conté que me sentía mal y él prometió prepararme una sopa para hacerme sentir mejor. Media hora después, Nick tocó la puerta, pero no estaba solo. Max venía con él, también un médico y una enfermera. No podía creer lo que veía, él se veía completamente sano y yo hecha un desastre bajo las sábanas. Max era sobrehumano, porque él se había empapado bajo la lluvia y no se había enfermado, mientras yo, me sentía muy mal, no solo mi cuerpo, sino mi corazón. Su mano se posó en mi frente, yo abrí mis ojos. — Te cuidaré personalmente Any. Me quedaré a tu lado hasta que mejores. Cerré mis ojos, pero antes de quedarme dormida por la fiebre alta, le dije: — Gracias mi amor. Sentí el roce de sus labios sobre los míos en un beso tierno. No supe si aquello era un sueño, o era realidad. Lo único que sabía era que mi cuerpo ardía en fiebre y que había voces a mi alrededor. Pero que en medio de todas ellas, la voz de Max, era inconfundible.
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