La lluvia era un mal presagio, lo sabía. Siempre lo supe.
Las gotas no caen al azar. Son como advertencias del cielo para los hombres que han hecho tratos con el infierno.
Y yo soy uno de esos.
Apoyado en mi auto, sin paraguas, empapado como un idiota, la vi asomarse por la ventana
con esos ojos que me desarman.
Any, mi hermosa Any.
Podría comprarme cien mujeres más hermosas, más dóciles, más dispuestas que ella. Podría tener a cualquiera con tan solo un gesto de mi mamo. Pero ninguna me ha hecho sentir como Any.
Y créeme, lo he intentado todo para sacármela del sistema. Sin que ella se entere he dormido con mujeres hermosas y seductoras, pero no funciona. Nada logra sacármela de la cabeza.
Cuando ella salió bajo la lluvia, con el cabello pegado al rostro, gritándome con esa mezcla de furia y ternura…supe que estaba jodidamente loco por ella.
La mujer que más me reta es la única a la que no puedo tener sin romper mis propias reglas.
Y tengo muchas reglas.
Las hice para sobrevivir en este mundo de hienas. Y he sobrevivido en el por años.
A traiciones. A sobornos. A juegos sucios en cada mesa de cada uno de los casinos que me pertenecen hasta los cimientos.
Pero ella… Ella simplemente me desarma.
— ¡Maldición! ¿Qué puedo hacer?
Me dejó ahí, empapado. Sin paraguas. Sin excusas… Me habló de amor como si aún creyera en esas cosas. Como si yo no supiera cuánto duele que te amen a medias… o por interés.
Esa noche no dormí. No pude.
Llamé a Nick por la mañana cuando creí que ya había salido del departamento para ir a ver a su madre.
— Hoy no fue a ver a su madre Max. Anette tiene mucha fiebre. – dijo Nick.
— Lo sabía. Y fue mi culpa. Por eso pude dormir en toda la noche, sabía que algo le pasaba. Lo sentí. – me dije con angustia.
— Voy a llevarle un caldo de pollo, eso la ayudará un poco. Creo que no irá a trabajar hoy Max, le avisaré a su amiga Sonya, para que cubran su puesto por esta noche.
— No te preocupes por eso Nick. Quédate con ella. No te apartes de su lado.
Colgué, sin dejar de pensar. .No iba a quedarme de brazos cruzados.
No con ella en ese estado.
Contraté a un medico y a una enfermera, ellos se encargarían de cuidarla hasta que ella se recuperara.
Veinte minutos después estaba allí.
— ¿Cómo está ella Nick?
— Mal. Tiene mucha fiebre.
— En un minuto llegará el doctor que contraté, él se encargará de ella.
Cinco minutos exactamente llegaron el doctor y la enfermera.
Entré detrás de Nick, con el médico y la enfermera como escoltas. Como si fuera el puto presidente entrando a una zona de guerra.
Su apartamento era cálido. Muy diferente al hielo que suelo respirar a diario en mi propia casa.
Tenía detalles de mujer. Any le había puesto si toque femenino. Y por un instante, solo por un instante, me imaginé viviendo ahí en mi antiguo departamento, desayunando con ella.
Encontrándonos por las noches.
Abrazándola como si fuera mía y yo completamente suyo.
Pero eso no es lo que soy.
Soy Max Hedrong, su jefe y benefactor.
Un hombre que construyó su imperio sobre las ruinas de otros. El tipo que aprendió que todo lo que se ama, eventualmente te traiciona.
Al entrar a su habitación la encontré en la cama, temblando. La fiebre la hacía lucir tan vulnerable… tan pequeña.
Y me odié a mi mismo por no haber entrado con ella anoche. Por no haberla obligado a secarse. Por no saber cómo cuidarla sin asustarla, sin alejarla con mi loca obsesión de que acepte mi amor y ser mía.
El doctor me pidió espacio. Yo obedecí.
Caminé hacia la cocina mientras mi cabeza hervía.
— No soporto verla mal. – le dije a Nick, con una mezcla de emociones hirviendo dentro de mí. Verla así me arranca algo de mi pecho, que no sabía que tenía.
Nick me ofreció café. No lo toqué. Solo observé la taza perdido en mis pensamientos.
—¿Por qué no me llamó? —pregunté más para mí que para él.
—Porque tiene miedo, Max. —Nick me miró como si hablara con un hombre desesperado — Tiene miedo de confundirse, de perderse en esto… en ti Max.
Me reí por lo bajo.
— ¿Confundirse, eh?
— Como si yo no estuviera igual de perdido en ella. – pensé.
Cuando el médico salió y la enfermera dijo que Any debía descansar, entré sin pedir permiso.
Cerré la puerta. Y me senté en la silla junto a su cama. Tome su mano y se la besé.
Miré su hermoso rostro. Y me quedé ahí.
—Any —susurré.
Ella abrió los ojos. Lentos. Densos.
La fiebre seguía allí.
—Msx…No tienes que hacer esto —dijo con un hilo de voz.
—Ya lo estoy haciendo. —Apreté su mano. Pequeña, delgada, caliente como fuego.
Eso no me importaba.
—No quiero deberte más de lo que ya te debo…
Ahí estaba de nuevo. Su orgullo. Esa muralla que no puedo atravesar.
No sin destruirla.
—No quiero que me debas nada —le dije con seriedad—. Pero tampoco puedo hacerme a un lado. No cuando estás así. No cuando me importas.
El silencio volvió a aparecer entre los dos.
Solo se oía su respiración agitada.
Y mi propio corazón, traicionandome.
—No soy bueno para esto Any —admití—. No sé cómo amar sin arrasar.
— Todo lo que quiero lo tomo, Any. Así he vivido siempre. Así me he convertido en quien soy.
Ella me miró fijamente. Sus ojos tenían más verdad que todo mi imperio junto.
—Pero contigo… —tragué saliva, odiando sentirme así de vulnerable —… contigo, no quiero tomar. Quiero merecer.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Pero no habló.
Quizás no sabía qué decir.
Quizás estaba tan cansada que no podía más.
Pero no necesitaba que me respondiera.
Solo necesitaba que supiera lo que hay en mí.
Aunque no lo puedo decir frente a otros, Any es mi debilidad.
Y también, probablemente mi única salvación.
Salí del cuarto una hora después, cuando ella ya dormía. Di órdenes de que no le faltara nada. Le pagué doble a la enfermera para que no se despegara de su lado ni un minuto.
Y me fui.
No al casino.
No a mi oficina.
Sino al único lugar donde puedo pensar sin el ruido del mundo.
Mi ático.
Mi fortaleza.
Encendí un habano.
Serví un whisky añejo.
Y me senté frente al ventanal con la ciudad a mis pies.
— Te amo Any… Eres mi error más hermoso.
— Y, hay algo que temo…
— Y es que algún día, me pidas elegir entre mi mundo y tú.
— No sé si podré soltar todo esto por amor.
— Pero sé que si te pierdo… nada de esto tendrá sentido.
Hay una regla que nunca se rompe en este mundo: No apuestes lo que no estás dispuesto a perder.
Yo la hice mía. Tatué esa regla en mi cabeza desde que aprendí a caminar sobre c*******s para levantar mis cimientos.
Y sin embargo… aquí estoy. Rendido a sus pies. Jugándome el alma por una mujer que ni siquiera me pertenece.
Any duerme en su cama, rodeada del médico y la enfermera a los que pagué por su silencio, eso no lo había hecho antes, con nadie.
Solo por ella.
Y sin embargo, no estoy tranquilo.
No porque tenga miedo de perder el dinero, ni la reputación, ni el control.
Tengo miedo de perderla a ella.
A una mujer que no se vende, que no se rinde, que no se doblega.
Una mujer que, cuando me mira, no ve a Max Hedrong, el intocable… Al tigre al que todos temen, sino al hombre detrás del nombre.
Y eso, jodidamente, me hace sentirme débil, necesitado de ella.
— ¡Maldita sea! — Me estoy muriendo por volverla a besar… ¿Cómo es posible que no pueda apagar este fuego dentro de mí?
Después de volverme loco pensando en ella y en volver a su lado, decidí bajar a mi oficina.
Por un instante pensé en buscar a una de mis ex amantes y saciar mis ganas de Any en ella. Pensando que unos labios ardientes borrarían de mi boca la sed de los besos de Any.
Pero no pude. Su imagen en esa cama, su fragilidad y fuerza, me vuelven loco. Ella tiene un poder sobre mí que me trastorna.
—Jefe, los números del club nocturno en el Bronx bajaron esta semana —me informa uno de mis hombres mientras me entrega una carpeta.
No lo escucho.
O mejor dicho, lo escucho, pero no me importa.
Mi cabeza está en otra parte.
En esa cama.
En esa fiebre.
En esos ojos que me acusan incluso cuando no me miran.
La vida me enseñó a dividir el afecto del negocio. A mantener el corazón en un banco suizo, lejos del alcance de cualquier tentación.
Pero ella…Ella no es una tentación.
Es una sentencia.
— Soy tu esclavo Any, lo quieras o no, estoy encadenado a ti.
Cuando recibí el reporte de la enfermera diciendo que había llorado dormida.
— ¿Llorar?
— Sí señor. — La escuché llorar y repetir su nombre mientras lo hacía.
Al escuchar a la enfermera algo dentro de mí crujió.
No me gusta que ella sufra..No me gusta saberla rota… y lo peor, es saber que soy parte del motivo por el que ella está así.
Any quiere un amor de verdad.
Uno que la mire como si fuera lo único en el mundo. Y yo… Yo he dado promesas que no sé cumplir.
No porque no quiera, sino porque no sé cómo.
¿Qué sabe un hombre como yo del amor?
Si crecí viendo desamor.
Aprendí que la lealtad es un chiste contado entre traidores. Cada mujer que he tenido ha terminado viendo mi billetera antes que mi alma.
Pero ella… Any no me quiere por lo que tengo. Me quiere a pesar de lo que tengo, lo sé, lo he visto en sus ojos, lo he sentido en sus besos.
Y eso me rompe. Me rompe como nada más ha podido hacerlo.
No lograba concentrarme en mi trabajo. Asi que bajé al casino .
— Jack, encárgate de todo. Tengo que salir.
— ¿A dónde vas a estás horas?
— Eso no te importa. Encargarte, y haz que todo funcione como si yo estuviera aquí.
Me giré sobre mis talones y me fui.
Tenía que volver a verla.
— ¿Cómo está? – le pregunté a Nick que no se apartaba de ella.
— La fiebre ha bajado. Esta mucho mejor.
— Iré a verla. – entré en su habitación y ella giró su cabeza para mirarme.
—¿Por qué volviste Max? —
—Porque no quiero que te sientas sola.
— No estoy sola desde que me enamoré de ti.
Eso fue como un disparo al corazón, tan letal, que mi corazón cayó a sus pies.
No supe qué responder. No me lo esperaba, dijo que se enamoró de mí.
No sabía si lo decía por la fiebre, por los medicamentos, o porque realmente deseaba darme una oportunidad
Me senté a su lado en una silla observándola dormitar, hasta que se durmió. Otra vez.
Cuando cerró los ojos, me permití mirarla como un hombre mira a la mujer que lo puede destruir.
Y entendí algo:
Any no es una ficha en mi tablero.
Es el tablero entero.
Y si un día me pide quemar el casino por ella… Tal vez, solo tal vez, lo haría sin pensar.
Porque algunos amores no se ganan.
Se pierden… o se arriesga todo por amor.
Y esta vez, estoy arriesgándolo todo por ella.