Mario y Eylin llegaron a su hogar. En el camino se mantuvieron en un silencio tranquilo ya que los niños estaban dormidos. Eylin se sentía ansiosa, estaba atenta a cada actitud de su esposo para determinar si hay algún cambio en él.
Una vez que llegaron, Mario llevó a Iveth a dormir a su habitación, Eylin fue a la suya y se sentó en el borde de la cama, y con nerviosismo jugaba con sus manos, este aumentó una vez que Mario entró a la habitación.
—¿Qué sucede amor? ¿Por qué estabas llorando hoy?
Eylin se quedó asombrada. No esperaba que su esposo se diera cuenta de su agonía. Ella aclaró la garganta y sin mirarlo a la cara le respondió.
—Es que estaba recordando a papá —mintió—... Lo extraño mucho, Carla me consoló mientras lloraba.
Mario creyó en sus palabras. No porque Eylin fuera buena mintiendo, sino que él sabía que de vez en cuando Eylin tenía episodios donde lloraba como Magdalena la muerte de su amado padre.
Sin esperarlo, Eylin sintió como el brazo de su esposo la rodeaba y le daba un cálido beso en su cabello.
—Emilio fue un gran hombre. Estaría orgulloso de la mujer en que te has convertido.
Eylin se dejó mimar por un momento por su esposo, mientras que por su mente pasó una idea maliciosa para poder poner a prueba a su esposo.
—¿Y tú?... ¿No estás orgulloso de la esposa que tienes?
La pregunta confundió a Mario, “¿Por qué me preguntaría eso?”, pensó.
—Por su puesto. Eres mi mayor orgullo. Tu y mis hijos.
Dijo con franqueza, ya que dentro de su narcisismo se enorgullecía de la esposa ideal que todos anhelaban tener. Sumisa y dedicada. Lo único que a Mario deseaba cambiar en su esposa, era su físico, ya que no era ni la sombra de la mujer hermosa y esbelta que cautivo su corazón de adolescente.
Eylin alzó su rostro para verlo y hacerle la pregunta que más quería que respondiera con honestidad, es por eso que quería ver la ventana de sus almas. Quería que le mintiera a la cara o que le destrozara el alma diciéndole la verdad. Pero Eylin estaba tan vulnerable que no sería capaz de ver si le mentía o no,
—¿Y engañarme?... ¿Serías capaz de engañarme?
Mario sintió un frío recorrer su espalda. El escalofrío que causaba su engaño lo agredió. ¿Qué diría?. Para Mario era inverosímil confesar su engaño a su esposa, para él mientras ella no supiera, nada pasaba, no le haría algún daño ignorar la verdad. En cambio… “Si supiera la verdad, sé que sufriría mucho”. Pensó.
—¡Jamás!. No pienses eso amor. ¿Por qué buscaría a otra mujer cuando te tengo a ti?, la mujer más increíble del mundo. —Mario tomó el rostro de su esposa acunándolo con sus manos—. ¿Cómo podría fallarle a la mujer que me ha dado la mayor felicidad en mi vida?
Los ojos de Eylin se humedecieron. Quiso creer con desesperación en esas palabras. Quería aferrarse a la poca esperanza que guardaba. Anhelaba encontrar la explicación lógica que demostrara que lo que vieron esa noche, era un mal entendido.
Mario besó a su esposa con dulzura. Fue un beso suave y delicado que hizo erizar la piel de Eylin.
—¿Quieres que tomemos un baño en la tina? —preguntó Mario coqueto, provocando a Eylin.
Ella no se negó, se dejó llevar por las caricias de su esposo que la llevó a la tina para darse un baño juntos donde su esposo le demostró de mil y un formas como amar. Pero no se quedó allí, con dulzura y dedicación la llevó a su lecho, donde hizo sentir a Eylin la mujer más amada de la tierra.
Si la pobre sentía duda de su infidelidad, con esa ronda de placer repartida por Mario, eliminó de su cabeza cualquier indició de una infidelidad. “Es imposible que me haya hecho el amor de esta forma, si en verdad se acostó con otra mujer. Lo que vimos debe tener una explicación” se consolaba a sí misma.
Pero era en vano, ya que mientras ella se acurrucaba en el cuerpo de su esposo. Él estiró su brazo para revisar un mensaje que se percató que le llegó mientras le hacía el amor a su esposa. Era Naomi. Tomó el celular de una forma que Eylin no pudiera verlo, además, espero que estuviera medio dormida para poder revisarlo.
Naomi:
“Hoy si que te luciste. Nunca conocí a un hombre tan apasionado como tú. No veo la hora en que llegue el martes, para repetirlo. Ya te extraño.”
Mario sonrió con orgullo. Su hombría estaba más que engrandecida. Sentía que estaba en la cima del mundo. Tener a una mujer tan atractiva como Naomi lo hacía creerse el mayor de los Adonis del mundo. “¿Quién soy yo para negarle placer a una mujer? No puedo darle tal humillación a una dama”. Sin más le respondió.
Mario:
“Sus deseos son órdenes. Aunque… Podemos tener un adelanto mañana en la oficina”.
Así era Mario. El monstruo que estaba creando en él estaba creciendo cada día de forma vertiginosa. No valoraba a la dama que dormía plácidamente en sus brazos.
Al día siguiente, el matrimonio se levantó como si fuera una pareja de recién casados. Eylin sonreía esperanzada de que no sería el fin de su matrimonio.
En un momento entró a la habitación mientras que Mario se daba una ducha, fue a la mesita de noche para tomar algo de la gaveta. Encima se encontraba justamente el celular de Mario que en un descuido lo dejó desbloqueado. Y como si las cosas se dieran para que Eylin viera la verdad, si o si. Mario recibió la respuesta de Naomi, por su último mensaje.
Naomi:
“Me muero por verte. Apenas pases por esa puerta, ten la seguridad que te saltare encima, tal cual como lo hice anoche”.
Eylin abrió los ojos impactada. Una vez más sintió como su corazón se quebró en dos. La felicidad que sentía esta mañana se había roto en mil pedazos. Sintió que Mario estaba por salir. No estaba preparada para enfrentarlo, así que salió corriendo de la habitación, tal cual ladrón a la hora de hurtar. Como si fuera ella la culpable. Como si fuera ella quien debía avergonzarse por su actuar.
Huyó al baño principal. Demoró un poco para componerse. La pobre lloró por enésima vez. Culpándose y buscando en ella cuál era el error, en que estaba fallando para que su esposo la engañara.
—¿Amor?. —Mario tocaba la puerta de ese baño, que era testigo de su dolor—. ¿Estás bien?
—Si… Si amor, estoy bien. Es que… La comida de anoche me calló mal… Y… Tu entiendes, estoy indispuesta. No creo que vaya a salir en un rato amor. No voy a poder despedirte, lo siento.
—¿No quieres ir a un médico? Así podrás sentirte mejor.
—¡No!... Tranquilo, estoy bien así. Ve a trabajar tranquilo, yo estoy bien.
—Por favor llámame si te sientes muy mal, vendré de inmediato.
—Está bien.
—Te amo.
Eylin no pudo responder. Sus palabras le daban ganas de vomitar. “¿Cómo puede ser tan falso?” reclamo en su mente.
—Vete ya, vas a llegar tarde.
Mario salió de casa. Eylin no salió de esa habitación de baño hasta asegurarse de que sus ojos rojos no la delataran. Caminó por su casa como zombie. No podía creer que esa era su realidad. Se preguntaba desde hace cuánto tiempo su esposo la engañaba.
Se sentía débil, insignificante. Se miró en el espejo y por primera vez su apariencia le causó repulsión. Todo esto era un golpe certero a su autoestima, a su amor propio, que ninguna mujer debía matar, y que ella estaba acribillando al arrojarse una carga que no era de ella, al culparse por los malos sentimientos y acciones de otros.
En un momento de lucidez, o falso consuelo, Eylin pensó que todo esto tenía arreglo. Creía que si ellos hablaban é iban a terapia, podían salvar a su matrimonio. Es por eso que, abogando a su último rayo de esperanza, tomó su cartera y fue directo a la oficina de su esposo.
Cuando las puertas del elevador se abrieron, Eylin dio pasos certeros para llegar a las puertas de la única oficina del lugar, que era la de Mario. Afuera de esta se encontraba una pequeña recepción que era el puesto de trabajo de su asistente.
Pero había un problema, su asistente no se encontraba en su puesto. En ese momento recordó el mensaje que leyó en el teléfono de Mario y sintió pánico. Incrédula vio el puesto de la asistente y después vio la puerta de la oficina de su marido. Y con paso temeroso pero constante y agonizante Eylin avanzó a esa oficina. Siendo testigo de lo que ella tanto se esforzaba por negarse.
El ruido erótico que salía de ese lugar era más que suficiente para entender qué estaba sucediendo ahí dentro. Pero para ella eso no era suficiente. Como una masoquista, ella avanzó. Al llegar a la puerta solo tuvo que empujarla un poco para ver que en su interior se encontraba el hombre que le había hecho mil y una promesas, que hoy estaban más que vacías, haciéndole el amor a otra mujer, que nunca hizo algo valeroso por él.
Cómo alma en pena, esa pobre y moribunda mujer salió despavorida del edificio. Condujo con su auto sin rumbo alguno. Necesitaba drenar todo su dolor. Una playa solitaria y un par de gritos al viento acompañados con un mar de lágrimas más aladas que hasta ese océano que estaba al frente, no fueron suficiente para calmar su dolor.
Cuando las horas pasaron. Una Eylin más calmada y serena dijo para ella misma.
—Yo no soy culpable de nada… Yo… Yo siempre he dado lo mejor de mi. Incluso llegue a dar lo que no tenía… Quieres engañarme… Adelante… Pero abstente a las consecuencias. Porque no saldrás impune de esto…. Me acabas de destruir Mario. Acabas de matar este matrimonio que con tanto esfuerzo hemos construido… Pero no pienso culparme. ¡No!. Es tu culpa. Tu eres quien está fallándonos, a nosotros… A nuestros hijos… a mi.
Eylin secó sus lágrimas y con el alma amarga, prendió su camino hasta su “hogar”, que ahora para ella se sentía como un casa de tortura. No sabía cómo reaccionar ante Mario. Pero debía ser fuerte, se lo debía a sus hijos.
Llegó la noche y con ella la llegada de Mario a su casa. Había traído una sopa con muchas verduras, para curar el malestar estomacal que él creía que Eylin tenía, también le llevó medicina. Pasó el día pensando en la salud de su esposa.
—Amor… Ya llegue.
—¡Papi! —dijo emocionada su pequeña Iveth, que siempre corría a darle un abrazo.
Él tomó su tiempo para saludar a su hija. Cuándo finalizó fue a la cocina donde se encontraba Eylin.
—Hola, amor. ¿Cómo sigues?
—Bien —dijo sin mirarlo a la cara.
—¿Segura?... De todas formas te traje una sopa que te hará bien en el estómago, además de un poco de medicina. Debes cuidarte, tu salud es prioridad para mi, cielo.
Eylin lo miró. Su expresión no transmitía nada que pudiera alarmar a Mario, pero dentro de Eylin el fuego ardía con inclemencia. Las escenas que vio esta mañana se reproducían una y otra vez en su mente y ella se asombraba de lo tan cara dura que era Mario al no mostrar ningún tipo de arrepentimiento al llegar a su casa después de revolcarse con otra mujer.
—Gracias —se limitó a decir Eylin.
Mario dejó la bolsa en la mesa y se acercó a Eylin para darle un beso en los labios, que a duras penas ella correspondió. Luego la abrazó con dulzura y mientras tanto la mente de Eylin maquinaba.
“Crees que lo estás haciendo perfecto, que nunca me enteraré de tu traición. Pero ya es tarde Mario… Ya sé que no soy la única para ti”
~Sam Smith - I’m not the only one~
Tu y yo hicimos un voto
Para bien o para mal
No puedo creer que me decepciones
Pero la prueba está en la forma en que duele
Durante meses he tenido mis dudas
Negando cada lágrima
Desearía que esto terminara ahora
Pero sé que todavía te necesito aquí
Dices que estoy loco
Porque no crees que yo sepa lo que has hecho
Pero cuando me llamas bebé
Sé que no soy el único