Million Reasons - Lady Gaga

1417 Words
Carla sacaba el último pañuelo del tercer paquete que usaron para secar las lágrimas de su amiga Eylin. Estaba segura que la cortaban, no saldría sangre de ella. Estaba con una ira desenfrenada. Siempre tuvo cierto rencor hacia los hombres, pensaba que todos eran iguales, unos sucios mujeriegos que nunca se conformaban con una mujer. Su única esperanza era Mario, el esposo de su amiga. Siempre lo vio como un hombre tranquilo que tenía una bellísima esposa y un par de hijos magníficos; siempre ocupado en su trabajo y el poco tiempo libre que tenía no salía de su casa para estar con su familia. El era el único hombre que a su parecer no sería capaz de traicionar a su mujer… Ahora que fue testigo de cómo ese hombre engañaba a su esposa, se rindió. Declaró para sí misma que nunca se casaría y que en su lugar tendría muchos amantes de una noche. Y su lealtad y amor filial se lo daría a sus hijos, sobrinos y gatos, muchos gatos. “Creo que empezaré adoptando a dos siameses”. —¿Qué se supone que hice mal?... ¿Es porque engordé?... ¡¿Qué acaso ese infeliz no es consciente que le parí dos hijos? ¡No fue cesárea! ¡Tuve que abrir mis piernas y soportar que mis huesos se abrieran para traer al mundo a sus hijos! Eylin hablaba sin coordinación, entre el llanto y la histeria casi no se le entendía sus palabras. Era el dolor quien hablaba por ella —¡CÓRTALE LAS BOLAS CUANDO DUERMA! Con suerte se desangrara antes de llegar al hospital —dijo Carla dominada por la ira. —¡¿Estás loca?! ¿Cómo crees que le puedo hacer eso? ¡Es mi esposo!, ¡El padre de mis hijos! —¡Y!... Acaso él pensó en ti cuando se la clavo a esa zorra… ¡No, Eylin!... En este momento se está revolcando con esa muchachita mientras ¡TÚ! —su histeria era descontrolada, pero cuando vio el rostro tan afligido de su amiga, supo que sus palabras no estaban ayudando—... Tu estás aquí, llorando y sufriendo por un hombre que no te valora. Eylin lloraba sin control y Carla no tuvo más opción que abrazarla y darle consuelo. Le preparó un té con la esperanza de calmar su corazón afligido. —¿Qué piensas hacer? —cuestiono Carla. Eylin solo negaba, le costaba formular las palabras. —No lo sé… Todavía no puedo creer lo que está pasando — Eylin comenzó a caer en una crisis de negación, quería creer con vehemencia que eso no estaba pasando—. Esto debe ser un error, malinterpretamos la situación… Mario, él… él no puede estarme haciendo eso… Él me ama, tenemos dos hijos, vamos a cumplir quince años de casados. Eylin se había levantado descontrolada de su asiento. Estaba caminando en dirección a la puerta. Carla se aterró, nunca la había visto tan desquiciada como lo estaba ahora. —¡Ey!, Eylin, espera, ¡Espera!... ¡Cálmate!. —Carla tuvo que sostener a su amiga por los hombros y obligarla a que la viera—. No nos equivocamos, que esa mujer lo besara y él lo correspondiera no es malinterpretar las cosas. Él te engaña mientras que tú lo esperas como una fiel y leal esposa… Amiga, se que duele… Pero debes reaccionar… Nada volverá a ser igual. No puedes hacer como si nada hubiera pasado. ¡Eso no es sano!. ¡Debes tomar una decisión!. Ya sea que lo perdones o te divorcies… Esa será tu decisión. Sea lo que sea yo te voy apoyar. Cuando Eylin escuchó la palabra divorcio se aterró. Ella jamás pensó en separarse de Mario. Imaginó llegar a anciana a su lado. Se imaginó teniendo muchos nietos de la manos de su esposo, de su compañero de vida. Si verlo besarse con esa mujer la lastimo, caer en cuenta que su matrimonio llegaría a su fin la mataba. Nadie la había lastimado, pero su dolor se sentía real, era como si alguien le clavara un cuchillo en el pecho. Sus lágrimas eran testimonio de todo el dolor que sentía. Eylin balbuceaba cosas sin sentido. Su llanto vino en aumento una vez más y Carla la volvió a arropar con sus brazos. El tiempo pasó y cuando por fin se calmó, ya eran las diez de la noche. El teléfono de Eylin recibía la llamada de Mario. Ambas amigas se vieron a la cara y después de respirar profundo Eylin contestó. —¡Amor! ¿Dónde estás? —se escuchaba a Mario con la voz angustiado, por primera vez llegaba a casa y su esposa no estaba. —¿Acaso te importo? —dijo Eylin con desdén y frialdad. —¿Qué clase de pregunta es esa amor?, ¿Claro que me importas? ¿Qué clase de hombre no se preocupa de llegar a casa y no encontrar a su esposas e hijos en casa, a estas horas de la noche? ¿Dónde estás? La voz de Mario era cálida, suplicante. Se evidenciaba que estaba angustiado por su familia. Eso confundió a Eylin, ya que para ella era difícil creer que ese hombre tan amoroso, no cambiará su trato aún cuando acababa de engañarla con otra mujer. Eylin se sintió vulnerable, no sabía qué hacer. —Estamos en casa de Carla, en un rato vamos para allá. —¿Y dejar que mi esposa maneje a altas horas de la noche, con mis hijos?. ¡Ni loco! Voy a buscarte. En veinte minutos llego. Te amo. Esas palabras la congelaron. Su mente quería pensar que estaba equivocada. Que su esposo no la engañaba. “¿Cómo puede ser el mismo cuando me está engañando?”, pensó. En realidad quería buscar una sola razón dentro de las mil pruebas, para justificar que su esposo no la engañaba. —¿Amor? —le preguntó Mario—, ¿Te sientes bien? Te dije que te amo. —¿Ah?... Ah sí, yo también te amo. Te espero. Eylin colgó la llamada y miró a Carla, quien no podía ocultar su desagrado ante la situación. —¿Se puede ser más cretino y falso en la vida? Eylin ni se atrevió a verla, quería aferrarse a la posibilidad se que su amado era inocente. —¿Eylin?... ¿Qué piensas? —Carla… Quiero aferrarme a la idea de que él no me engaña… ¡Lo acabas de escuchar! ¿Cómo alguien puede engañar a su esposa y no cambiar en absoluto? Carla la miró, sorprendida. “¿Cómo puede ser tan ciega?” Pensó. Pero a su vez vio el brillo en sus ojos, ese brillo de esperanza que me dio muchísimo dolor y pena extinguir. Carla se quedó en silencio. Le había prometido hace unos minutos que sea la decisión que tomase ella la iba a apoyar. Así que debía cumplir. —Sea lo que sea que escojas o quieras hacer… Yo te apoyaré. Eylin quiso llorar pero se contuvo. Se limitó a abrazar a su amiga. A los pocos minutos tocaron el timbre. Era Mario. Ambas amigas salieron de la habitación, tuvieron que maquillar un poco a Eylin para disimular sus horas de llanto. Los niños estaban viendo películas en la sala, Iveth ya estaba dormida. Cuando Carla abrió la puerta, no pudo disimular su ira así que prefirió fingir que tenía algo en la cocina para evitar hablarle. Mario entró directo a la sala donde se encontraba su esposa apunto de tomar en brazos a su hija. —¡No, amor! déjala. Yo la llevo. Mario la tomó de un brazo para alejarla de su hija. La miró a los ojos, le dedicó una sonrisa y le dio un beso suave y dulce en los labios. Eso la desarmo. Sus esperanzas crecían y crecían. “Es inocente, si me engañara no me pudiera besar de esta forma”. Y esa fue la única razón para aferrarse a la esperanza de la fidelidad de su esposo infiel. ~Million Reasons - Lady Gaga~ Pero me estás dando un millón de razones Dame un millón de razones Dándome un millón de razones Alrededor de un millón de razones me inclino a orar Trato de hacer que lo peor parezca mejor Señor, muéstrame el camino Para cortar a través de todo su cuero desgastado Tengo cien millones de razones para alejarme Pero, nene, solo necesito uno bueno para quedarme
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