CAPITULO DOS: La ofrenda.

1648 Words
Eleanor El silencio en la habitación es pesado, tanto que el latido frenético de mi corazón parece resonar en las paredes. Las doncellas me han dejado lista hace un rato, y ahora estoy sola, atrapada en un espacio demasiado grande, vestida con una prenda tan ligera que apenas cubre mi piel. El reflejo en el espejo me devuelve la imagen de una mujer que no reconozco. Mi cabello cae en ondas largas hasta la cintura, libre por primera vez en años. Mis ojos, de verde profundo, están empañados de incertidumbre. A pesar de los elogios que me han dado las doncellas sobre mi figura, mi estómago se retuerce de nervios. La delicada tela trasparente se adhiere a mi piel, revelando todo sin pudor, intensificando mi vulnerabilidad y haciendo que la angustia en mi pecho se torne insoportable. Me abrazo a mí misma, sintiendo el frío de la habitación calar en mi piel. Me siento pequeña, insignificante. No debería estar aquí. Mi cuerpo vacila, debilitado por el peso de la realidad, y mis piernas amenazan con ceder. Busco apoyo a tientas, aferrándome al mueble más cercano para no sucumbir al desmayo. —Majestad, el rey demanda su presencia. La voz de Aria, una de mis doncellas, me sobresalta. La veo de pie en el umbral de la puerta. Su rostro se llena de preocupación al notar mi fragilidad. Sin dudarlo, acorta la distancia entre nosotras y toma mi brazo con suavidad, brindándome el apoyo necesario para no caer. —¿Se encuentra bien, majestad? Quisiera gritar que no, que quiero salir corriendo, que todo dentro de mí grita que escape. Pero en lugar de eso, asiento débilmente. No hay escapatoria. Camino junto a ella hasta la habitación principal, donde se encuentra Alaric, mi esposo. Mi estómago se anuda con más fuerza cuando Aria anuncia mi llegada. —Cierra la puerta. Su voz es grave, firme. Aria me dedica una última mirada antes de obedecer, dejando la habitación en un silencio sepulcral. La tenue iluminación de las lámparas crea sombras alargadas en las paredes. La enorme cama con cortinas púrpuras domina la habitación, pero mi atención no está en los muebles lujosos, sino en él. Alaric está en una esquina, con el torso desnudo. La luz resalta la firmeza de su cuerpo, la dureza en sus facciones. Su cabello oscuro cae levemente sobre sus hombros, pero lo que más me impacta son sus ojos: fríos y oscuros como la noche, con un azul profundo y tormentoso, como un océano agitado por una tempestad. Me observa con una intensidad que me hace sentir desnuda incluso sin haberme movido. No es solo la ausencia de ropa, sino una desnudez del alma, como si ante él no pudiera esconder nada. —Deshazte de cada prenda sin cuestionar, gira despacio y muéstrame cada rincón de tu cuerpo. No intentes ocultarte, no tienes derecho a la vergüenza. Eres mía, y quiero verlo todo. Con las manos temblorosas, obedezco en silencio, sintiéndome como una esclava a punto de ser vendida, despojada de toda dignidad. Sé que sus ojos recorren cada rincón de mi piel, incendiándome con una presencia que no puedo ignorar. El temor me envuelve, y la angustia de no tener control sobre mí misma me ahoga, como si mi destino estuviera completamente en sus manos. -Acércate Mi respiración se agita. No quiero hacerlo, pero mis pies avanzan por inercia. Cada paso es un latido atronador en mis oídos. Cuando estoy a escasos pasos, su mirada se desliza por cada rincón de mi cuerpo, recorriéndome con una intensidad que me deja sin aliento. Me siento expuesta, vulnerable ante su escrutinio, como si mi único destino fuera esperar su veredicto. —¿Alguna vez has sido tomada por un hombre, o seré el primero en reclamarte? Su pregunta me deja en blanco. La respuesta es evidente. Tengo ventiún años, y mi vida ha sido regida por las estrictas normas de la corte. Pero aun así, el tono en su voz me deja claro que no espera titubeos. —No, majestad… jamás he sido tocada por nadie. Él no dice nada. Solo observa. Su mano se desliza entre mis piernas, explorando un territorio que jamás ha sido reclamado por nadie más. Mi cuerpo reacciona al instante, tensándose por completo mientras mis piernas se cierran en un intento instintivo de protegerme. Un gruñido brota de sus labios, como si mi reacción fuera una ofensa. Retira la mano con una calma inquietante antes de incorporarse con elegancia, como si nada hubiera ocurrido.Un escalofrío me recorre cuando su presencia se cierne sobre mí, tan cercana, tan imponente. Es un depredador paciente, saboreando el instante previo a devorar a su presa. Siento su mano rozar mi cabello, deslizándose por mi espalda con un toque deliberadamente suave, casi engañoso. —No conozco la gentileza cuando hago mía a una mujer. No sé qué responder a eso. El peso de esas palabras se hunde en mi pecho, arrastrándome a un abismo del que no sé si podré salir. Su dedo recorre mi mandíbula, inclinando mi rostro hacia arriba hasta que nuestras miradas se encuentran. —Soy insaciable, Eleanor, y la delicadeza no es algo que pueda prometerte. Lamento que tu primera vez deba ser así. Sus palabras son un susurro contra mi piel, una advertencia, una amenaza velada. Me tiembla la respiración. El aire en la habitación se vuelve denso, asfixiante. —Recuéstate en la cama y ábrete para mí, Eleanor. Déjame tomar lo que ahora me pertenece. Mi cuerpo se tensa. El instinto de huida se apodera de mí. Quiero correr, gritar, hacer algo, pero sé que no hay a dónde ir. Mis piernas no responden. Él frunce el ceño, impaciente. —Obedéceme, no tientes los límites de mi paciencia. Mis pies se mueven antes de que pueda pensar en otra opción. Me tumbo sobre la cama con movimientos torpes, sintiendo el frío de las sábanas contra mi piel expuesta. No quiero estar aquí. La sombra de Alaric se cierne sobre mí. No necesito mirarlo para saber que me está observando. Su mano recorre mi brazo con una lentitud exasperante. Siento su respiración cerca de mi oído. —No luches, no grites… solo acéptalo. Entre más te resistas, más doloroso será. Sus palabras son un veneno que se filtra en mi mente. Aprieto los ojos, conteniendo las lágrimas. Se hunde en mí con una fuerza despiadada, sin rastro de delicadeza. El dolor que atraviesa mi cuerpo es desgarrador, una punzada ardiente que me paraliza. Un gemido escapa de mis labios, no de placer, sino de pura agonía. Los minutos que siguen son una sucesión de sensaciones confusas: dolor, miedo, el peso de su cuerpo, su aliento caliente contra mi piel. Mi mente se apaga, como un mecanismo de defensa para no sentir más dolor del necesario.Las lágrimas caen silenciosas, ahogadas en la desesperanza. ¿Será este mi destino? ¿Permanecer atada a un hombre que solo conoce la crueldad, sin un atisbo de dulzura o redención? El tiempo se alarga hasta que, finalmente, se aparta. -Eso es todo… Has cumplido tu único propósito como esposa. No espero más de ti. Sus palabras son un veneno corrosivo, impregnadas de crueldad y desprecio, reduciéndome a nada más que un objeto inerte, carente de alma y significado. Su voz es distante, indiferente. Se levanta, vistiéndose con calma. Desde mi posición, apenas puedo verlo a través de la neblina de mis lágrimas. Se dirige a la puerta, pero antes de salir, su mirada se posa en mí una última vez. —Pronto descubrirás que odiarme será mucho más sencillo que intentar amarme, porque el amor jamás encontrará cabida entre nosotros. Las palabras me atraviesan como una daga. Cuando la puerta se cierra, todo el peso de la realidad cae sobre mí. Me encojo sobre las sábanas desordenadas, manchadas con el rastro imborrable de su crueldad. La sangre y el dolor son testigos de lo que ha sucedido, y el temblor en mi cuerpo se niega a cesar. Lágrimas silenciosas resbalan por mis mejillas, y un sollozo ahogado escapa de mi garganta. ¿Será este mi castigo? ¿Vivir encadenada a su voluntad, noche tras noche, sin más consuelo que la resignación? Pasar mis días junto a un hombre que no conoce la delicadeza, que me consumirá poco a poco hasta reducirme a cenizas, hasta que no quede nada de mí digno de ser rescatado. Unos minutos después, la puerta se abre y Aria entra con un cuenco de agua tibia. Al verme, su rostro se llena de preocupación. —Oh, mi reina... Cierro las piernas instintivamente, ignorando el dolor que ese movimiento provoca. —No quiero hablar, Aria. Ella asiente con tristeza. —El rey me ordenó que la atendiera. Se acerca con cautela, como si temiera que me rompiera con un solo toque. Sus manos son suaves al pasar un paño húmedo por mi piel. No digo nada mientras limpia con delicadeza. Estoy demasiado cansada para resistirme. La lámpara sobre la mesita de noche dibuja destellos danzantes en la pared, como si la penumbra cobrara vida en un murmullo silencioso. La habitación se siente demasiado grande, demasiado fría. Mis hermanas tuvieron bodas felices. Fueron entregadas a hombres que las amaron, que las hicieron sentir seguras. ¿Por qué mi destino tenía que ser diferente? La voz de Alaric vuelve a resonar en mi mente. "Pronto descubrirás que odiarme será mucho más sencillo que intentar amarme, porque el amor jamás encontrará cabida entre nosotros." La ira comienza a crecer en mi interior, mezclándose con la desesperación. Si su deseo es que lo odie, no pienso decepcionarlo. Dejaré que el rencor crezca en mi pecho, que se enrede en cada herida que me ha dejado y se convierta en la armadura que me protegerá de él. Si pretende quebrarme, que sepa que solo está forjando el acero con el que algún día me alzaré contra su crueldad.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD