CAPITULO TRES: La nueva reina.

1813 Words
Eleanor El tiempo dejó de tener significado desde que puse un pie en este lugar. La noche ha caído nuevamente, pero no sé si fue un día, dos o una eternidad lo que pasé en esta cama. Solo sé que el mundo sigue girando fuera de estas paredes, pero para mí, todo se ha detenido. El silencio pesa sobre mí como una losa. Me ahoga, me envuelve, me sepulta en la oscuridad de mi mente. No quiero moverme. No quiero sentir. He intentado lavar su tacto de mi piel, pero el agua no es suficiente. Nada lo es. El rey ha ordenado que baje al comedor. Lo ha hecho varias veces. Pero su palabra, que para otros es ley, para mí no es más que un sonido lejano, carente de importancia. No iré. No quiero verlo. No quiero oír su voz ni soportar su presencia. —Mi reina, no ha probado bocado en todo el día —Aria me habla con suavidad, con la paciencia de quien cuida a un animal herido. No respondo. Solo me encojo bajo las mantas. No tengo hambre. No tengo fuerzas. —No puede seguir así —su mano se posa sobre mi hombro con delicadeza—. Me preocupa, majestad. —Estoy bien —miento con voz apagada. —Por favor, coma algo. No es bueno que… El estruendo de la puerta abriéndose con violencia interrumpe su súplica. —¡Fuera de aquí! La voz del rey retumba en la habitación, profunda, severa, innegablemente peligrosa. Aria se pone de pie de inmediato y me lanza una última mirada llena de preocupación antes de apresurarse a salir. La madera se cierra tras ella con un golpe seco, dejándonos solos. Nuestros ojos se encuentran, atrapados en un duelo silencioso. Quiero saber lo que piensa. Aunque no es difícil deducirlo. Sus facciones son duras, cinceladas por la furia contenida. La ira se refleja en la tensión de su mandíbula, en la forma en que sus labios se presionan en una línea delgada, en la sombra oscura que nubla su mirada. Su respiración es lenta, medida, como si intentara mantener el control. Pero su cuerpo lo delata: los dedos crispados, los músculos de su cuello marcándose bajo la piel, la manera en que sus ojos se clavan en mí con un fuego abrasador. Sé que me odia en este instante. Pero más allá de la ira, hay algo más. Algo más peligroso. Algo que no alcanzo a descifrar del todo, pero que me hiela la sangre. Está de pie junto a la puerta, con el ceño fruncido. Su silueta es una sombra oscura contra la tenue luz de las velas, y sus ojos… sus ojos me atraviesan con la intensidad de un cuchillo afilado. —¿Por qué no has comido? —pregunta con voz grave. Cruza los brazos sobre su pecho. Sus músculos se tensan bajo la tela oscura de su camisa. Está molesto. Molesto porque lo he desobedecido. Molesto porque no soy la esposa sumisa que esperaba. —No tengo hambre —respondo con frialdad. Alaric entorna los ojos. Su paciencia es un hilo fino que amenaza con romperse. —Vas a comer, Eleanor. Es una orden, y no me gusta repetirlas. No pongas a prueba mi paciencia. No soy una niña a la que pueda someter con meras palabras ni con su autoridad. Si cree que bajaré la cabeza y obedeceré cada una de sus órdenes sin cuestionarlas, está terriblemente equivocado. No nací para inclinarme ante nadie, mucho menos ante un hombre que solo sabe imponer su voluntad a la fuerza. —Y a mí no me gusta que me den órdenes, mucho menos de alguien que cree que puede doblegarme. ¿Por qué no lo intentas, majestad? Quizás te lleves una sorpresa. El silencio es su única respuesta, pesado y cortante, como si las palabras sobraran en medio de la tormenta que se forma entre nosotros. El aire entre nosotros se vuelve espeso, cargado de una tensión sofocante que amenaza con consumirlo todo. Por un instante, creo que va a golpearme. La furia se marca en cada línea de su rostro, en la forma en que su mandíbula se endurece y sus nudillos se tornan blancos por la presión de sus puños cerrados. Su respiración se vuelve pesada, como si estuviera conteniéndose a duras penas. Pero no lo hace. No. En lugar de eso, su mano se cierra alrededor de mi brazo con una fuerza desmedida, arrancándome de la cama con una facilidad humillante, como si no fuera más que un muñeco de trapo en sus manos. El dolor arde en mi piel justo donde sus dedos se aferran con brutalidad, pero me niego a ceder. No grito. No me quejo. Jamás le daré el placer de escuchar mi debilidad. —Tienes un temperamento demasiado osado para alguien que no tiene poder alguno —su voz es un veneno silencioso, un susurro afilado que se desliza hasta mi oído. Su rostro está tan cerca que su aliento cálido roza mi piel, como una advertencia, como una promesa de lo que puede hacerme si lo desafío otra vez. Lo miro sin parpadear, desafiándolo con cada fibra de mi ser, sintiendo la ira arder en mis venas como un fuego indomable. No voy a apartar la mirada, no voy a ceder. Que vea en mis ojos que no soy una mujer fácil de doblegar. Una sonrisa burlona se dibuja en mis labios mientras lo observo con desdén. —Vaya, no sabía que el gran rey Alaric necesitaba recurrir a la fuerza para imponerse sobre una mujer. ¿Acaso temes que sin violencia no puedas hacerte respetar? —Mi voz es un veneno dulce, cada palabra una daga dirigida a su orgullo. Él gruñe, una bestia contenida al borde de estallar. Su agarre se vuelve insoportablemente fuerte por un segundo, lo suficiente para hacerme jadear de dolor… y luego, sin advertencia, me suelta con un empujón que me hace caer de golpe sobre la cama. Humillada. Despreciada. Como si no fuera más que un estorbo en su camino. —Eres insufrible, como una espina clavada bajo la piel, imposible de ignorar, pero demasiado insignificante para molestarme de verdad —escupe con desprecio antes de girarse, como si el solo hecho de estar en la misma habitación conmigo fuera un castigo. El sonido de la puerta cerrándose con violencia marca su salida. ******************************* Horas después El agua tibia se desliza sobre mi piel con una dulzura reconfortante. Es la única paz que he encontrado en este lugar. Cierro los ojos y permito que el calor relaje mis músculos tensos. No quiero pensar en él. No quiero recordar sus manos sobre mí, su peso aplastándome, su aliento contaminando cada parte de mi ser. Pero entonces, la puerta del baño se abre. El sonido me paraliza. Sé quién es antes de siquiera girar la cabeza. Alaric está allí, de pie, observándome con la misma intensidad que siempre. No dice nada. Solo camina lentamente hacia la bañera, con la confianza de un hombre que no conoce límites ni barreras. Su camisa cae al suelo. Luego su cinturón. Cada pieza de ropa que se quita me llena de asco.No carece de atractivo, pero lo único que despierta en mí es un profundo rechazo y una repulsión que se arraiga en lo más hondo de mi ser. —¿Qué haces aquí? —mi voz es apenas un murmullo tenso. —¿Debo acaso rebajarme a pedirte permiso para sumergirme en mi propia alberca? —su voz destila arrogancia, y su mirada, oscura y penetrante, parece advertirme que este es su dominio, y yo, una simple intrusa en él. Se sumerge en el agua, su cuerpo grande y poderoso invadiendo mi espacio. Retrocedo instintivamente hasta que mi espalda choca con el borde de la bañera, el frío del mármol se filtra en mi piel, pero el verdadero escalofrío lo provoca él. Alaric sonríe, esa maldita sonrisa ladeada que destila burla y soberbia, como si mi reacción fuera un juego que disfruta. —¿Por qué te alejas? —su voz es suave, casi entretenida, pero hay algo afilado en ella, algo que me pone en alerta. Levanto la barbilla, sosteniéndole la mirada con todo el desprecio que puedo reunir. —Porque me repugnas. Su sonrisa se apaga de inmediato. Como si hubiera arrancado la máscara de diversión y dejado al descubierto algo mucho más sombrío… y peligroso. Por un momento, no dice nada. Solo me observa, inmóvil, con esos ojos fríos e insondables que parecen diseccionarme, arrancándome cada capa con la mirada. Entonces, sin previo aviso, avanza. El agua se agita a su alrededor, creando ondas que rompen la quietud del baño, como un depredador que se acerca con paso calculado, sabiendo que su presa no tiene escapatoria. —Eres mi esposa, Eleanor —su tono es una mezcla de burla y dominio, cada palabra impregnada de una certeza implacable—. No tienes opción. Deberías recordar cuál es tu lugar y no atreverte a desafiarme. Su voz es baja, peligrosa, una amenaza velada en cada sílaba. Mi corazón late con fuerza. Pero no de miedo. De ira. Lo miro con fuego en los ojos, negándome a ceder. —Y tú deberías aprender que no todo te pertenece, ni puedes doblegar la voluntad de quienes se niegan a inclinarse ante ti. Mi tono es venenoso. Su mandíbula se tensa. Sus dedos se deslizan por la superficie del agua, como un depredador tanteando su próxima presa. —Te equivocas Eleanor. Todo lo que toco me pertenece... y tu no eres la excepción. Sus palabras son un golpe, frías y pesadas como el acero. Mi cuerpo entero se estremece, pero no cedo, no bajo la mirada. —No te pertenezco, ni ahora ni nunca —escupo con desafío—. No soy un objeto, y mucho menos tu propiedad. Puedes reclamarme mil veces, pero jamás seré tuya. El agua entre nosotros es lo único que nos separa. Pero en este momento, ni el océano más vasto bastaría para alejarme de él tanto como desearía. Alaric sonríe de lado, con esa arrogancia cruel que me enferma. —Veremos. Solo una palabra, pero cargada con la promesa de una guerra que apenas comienza. Su amenaza queda suspendida en el aire, impregnando cada gota de agua a nuestro alrededor. Pero yo no aparto la mirada. No le concedo ni un resquicio de sumisión. Si cree que podrá quebrarme, que me doblegaré ante él… Se equivoca. Con un movimiento brusco, me levanto de la bañera, ignorando el agua que resbala por mi piel. No me importa nada más que poner distancia entre nosotros. No quiero su cercanía, su sombra, su presencia sofocante, porque si me quedo un segundo más, temo lo que pueda hacer. Y aunque me cueste admitirlo, este es su territorio, su reino… y aquí, la ventaja siempre será suya.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD