CAPITULO CUATRO: Dominio total.

1402 Words
Eleanor El agua se desborda de la bañera cuando Alaric se abalanza sobre mí, atrapándome con firmeza por las caderas antes de que pueda escapar. Mi espalda queda pegada a su pecho, sintiendo los latidos de su corazón resonar en mi piel. Quiero apartarme, pero él me sostiene con fuerza, impidiendo cualquier intento de huir. —Vas a quedarte aquí y cumplir con tu deber como esposa, te guste o no. La sola idea de volver a vivir algo así a manos de él, de sentir nuevamente ese dolor lacerante, me revuelve el estómago. —¡No vuelvas a tocarme, malditasea! —escupo las palabras con furia, sintiendo el dolor de la indignación en mi pecho—. Prefiero arder en el infierno antes que dejar que tus manos vuelvan a posarse sobre mí. Su rostro permanece impasible, sus ojos afilados como dagas de hielo. —Eres mi esposa. Me perteneces, Eleanor. Si yo ordeno que me complazcas, lo harás sin una sola queja, sin una maldita protesta. No eres más que lo que yo decida que seas. El tono de autoridad en su voz es realmente frustrante. Claro que me casé con él, pero lo hice por conveniencia, no por deseo. Nuestra alianza mantiene a mi gente a salvo, uniendo nuestros reinos en un solo imperio que nadie se atreverá a desafiar. Aprieto los dientes, conteniendo la rabia que me quema por dentro. —No soy un objeto, majestad, ni una posesión que pueda reclamar a su antojo. Así que le sugiero que modere ese enfermizo afán de poseerlo todo. Su expresión se endurece. Me voltea bruscamente hasta que mi rostro queda a escasos centímetros del suyo. Su agarre se desliza hasta mi mentón, apretándolo con tal fuerza que me es imposible apartar la mirada. —No tientes mi paciencia, Eleanor —su voz es un gruñido bajo, una sombra de violencia contenida—. Aún no me conoces. No me llaman el "Sanguinario" por simple capricho… y te advierto, no es un título que se gane sin derramar sangre. Le sostengo la mirada, desafiándolo. —No hace falta escuchar rumores. En los pocos días que llevo a su lado, me ha quedado claro que no es más que un tirano, envuelto en oro, un cerdo que confunde el temor con respeto y la sumisión con devoción. Mis palabras son veneno y, por un instante, su mandíbula se tensa con furia. Pero no le doy tiempo de reaccionar. Lo empujo con todas mis fuerzas. Lo tomo por sorpresa y cae de espaldas al agua con un estruendo. La bañera se sacude, salpicando agua por todas partes. No espero a ver su reacción. salgo apresurada, con el corazón latiéndome en los oídos. Jamás había sentido tanta rabia por alguien. El agua escurre por mi piel, pero no me importa. Lo único que deseo es alejarme de él, salir de esta habitación. Estoy a punto de cruzar la puerta cuando, de repente, mis pies dejan de tocar el suelo. Un grito ahogado se escapa de mis labios al sentir la presión de sus manos en mi cintura. En un abrir y cerrar de ojos, soy lanzada sobre la cama con una fuerza que me deja sin aliento. El colchón cede bajo mi peso, y antes de poder incorporarme, Alaric está sobre mí, sus manos apresando las mías por encima de mi cabeza. —Nunca había sentido tantas ganas de cortarle la lengua a alguien —jadea cerca de mi rostro, sus dedos rozando mis labios con una peligrosa lentitud—. Cuentas con la única ventaja que importa. Eres mi reina. ¿Ventaja? Lo llamaría desgracia. Una condena de la que no hay escape. Sus labios se estrellan contra los míos sin previo aviso. Trato de apartarme, pero su peso me inmoviliza. Se mueve con una destreza inquietante, posesivo, reclamando cada rincón de mi boca como si tuviera derecho sobre ella. Aprieto los labios, negándome a ceder, pero un mordisco en mi labio inferior me obliga a abrirlos. —Ábrela para mí —ordena con voz grave. Y lo odio. Lo odio por la forma en que mi cuerpo traiciona a mi mente. Por la manera en que su toque despierta sensaciones desconocidas en mí. Mi corazón late con violencia y, cuando su lengua invade mi boca, un gemido involuntario escapa de mis labios. Su mano libre se desliza por mi cuerpo, recorriendo cada centímetro con un dominio que me hace estremecer. Pellizca mi piel en el proceso, arrancándome una punzada de dolor que se mezcla con algo más. Algo que no quiero reconocer. Intento zafarme. —Déjame ahora —jadeo, moviéndome bajo él. Pero solo sonríe con arrogancia. —Quiero que te quede algo claro, Eleanor —su voz es un susurro venenoso, sus ojos recorriéndome como si ya me poseyera—. Siempre que yo lo desee, te tendré. No hay escapatoria, no hay opción. No puedes negarte a mí, Eleanor. Tu cuerpo… e incluso tu alma, me pertenecen. Su mirada me atrapa, paralizándome. No logro articular una respuesta. Y entonces, como si nada hubiera pasado, se aparta. Se pone de pie, toma una bata y la ajusta sobre su cuerpo antes de salir de la habitación. Me quedo allí, inmóvil, con la respiración entrecortada y la piel ardiendo, no de placer, sino de rabia. De humillación, de furia. Y también de algo más... algo que se enreda en mi pecho, que me consume de adentro hacia afuera, algo que odio admitir, incluso para mí misma. Llevo los dedos a mis labios. La intensidad de lo que acaba de ocurrir me sacude. Pero la punzada de dolor entre mis piernas me recuerda lo cruel que puede ser al prolongar algo así. Sacudo la cabeza, obligándome a reaccionar. Me pongo de pie con torpeza y busco el vestido más sencillo que encuentro. Algo que me permita moverme con libertad. No me quedaré en esta habitación. Recojo mis pertenencias apresuradamente y salgo al pasillo. Este castillo es enorme, y encontraré un lugar donde acomodarme. Un sitio donde él no esté. Las palabras de Alaric resuenan en mi mente como un eco maldito. "Tu cuerpo… e incluso tu alma, me pertenecen." Una punzada de ira me recorre. No. No le pertenezco. —Majestad… ¿qué está haciendo con esos vestidos? La voz de Aria, mi doncella, me toma por sorpresa cuando estoy entrando a una de las habitaciones. Me observa con los ojos abiertos como platos. —Dormiré en otro lugar —digo sin rodeos, dejando caer la ropa sobre la cama. —¿¡Qué!? —su grito rebota por las paredes—. Excelencia, no es correcto. ¿El rey está enterado de esto? —No tengo que pedirle permiso al rey para moverme dentro del castillo —respondo con fastidio, tirándome sobre la cama sin importarme que los vestidos queden debajo de mí. La brisa nocturna entra por la ventana, llevándose un poco de la tensión que pesa sobre mis hombros. Me levanto y me acerco, contemplando la vista. La luna, redonda y resplandeciente, domina el cielo, rodeada de un sinfín de estrellas. Abajo, el jardín del castillo se extiende con su belleza intacta, ajena a la tormenta que se desata en mi interior. —Majestad… —Aria duda por un momento antes de hablar—. ¿Aún está adolorida? Me giro hacia ella, sorprendida por su pregunta. Más que dolor, lo que siento es un ardor persistente, una molestia que se niega a desaparecer. —Un poco —admito. Ella sonríe con ternura. —No se preocupe. La incomodidad pasará, excelencia. Con el tiempo, podrá disfrutar de la intimidad con plenitud. Frunzo el ceño. —Lo dudo mucho. No pienso volver a pasar por algo así. Aria suelta una risita, sacudiendo la cabeza. —Eso dice ahora, majestad. Pero cuando descubra el placer que puede brindar un hombre, cambiará de opinión. La miro con curiosidad. —¿Acaso tú ya tienes experiencia en esos asuntos, Aria? Su rostro se enrojece al instante. —¡N-no, majestad! Entreabro los ojos, analizándola. —¿Te gusta algún caballero? Ella se muerde el labio, pero al final cede. —El general Godric —suspira—. Por todos los santos… es apuesto, fuerte. La forma en que dirige a los soldados… Es perfecto. La observo con incredulidad. Definitivamente, soy la única en este castillo que no disfruta para nada de estar aquí.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD