La noche del rugido
El cielo se abrió antes de que el primer grito tocara la tierra.
No fue una tormenta común.
Las nubes giraban en espirales negras sobre el bosque abrasado, surcadas por relámpagos violetas que parecían desgarrar el firmamento desde adentro. El aire estaba cargado de ceniza, metal y sangre. Los árboles, ennegrecidos hasta la raíz, crujían como huesos viejos bajo una presión insoportable.
Kaelen cayó de rodillas sobre una roca rota, con la respiración hecha jirones.
La sangre le corría por la comisura de los labios.
Frente a él, a apenas veinte pasos, la criatura emergió de entre las llamas.
El León de Fuego.
No. Aquello ya no era un león. Era una calamidad viva.
Su melena ardía como una corona solar, expandiéndose en ondas de calor que fundían la tierra a su paso. Cada zancada abría grietas incandescentes en el suelo. Sus ojos, dos abismos dorados, no reflejaban rabia animal... sino una inteligencia cruel, antigua, casi humana.
Lyanna levantó ambas manos y una cúpula de luz pura brotó a su alrededor, envolviendo a Kaelen con un resplandor blanco y tembloroso.
El siguiente aliento del monstruo golpeó la barrera.
El mundo entero rugió.
El fuego no parecía fuego; era una marea líquida de destrucción, una lengua ardiente capaz de devorar roca, aire y esperanza. La barrera de Lyanna resistió... un segundo. Quizá dos. Después comenzó a resquebrajarse en líneas doradas.
—¡Kaelen! —gritó ella, con la voz quebrada por el esfuerzo.
Él alzó la mirada.
Incluso herido, incluso cubierto de ceniza y sangre, sus ojos seguían ardiendo con la misma voluntad feroz. A su alrededor, el espacio empezó a distorsionarse.
Primero fue un temblor. Luego, una vibración aguda. Después, el aire mismo se partió.
Siete hojas translúcidas aparecieron flotando a su espalda: las Espadas Espaciales. No tenían metal ni empuñadura. Eran fracturas de realidad con forma de filo. Donde rozaban, el mundo se abría en líneas negras.
El León rugió otra vez.
Kaelen extendió la mano, y las siete espadas salieron disparadas.
Una le cortó el hombro.
Otra abrió una grieta en el suelo bajo sus patas.
Dos más atravesaron la tormenta de fuego, desgarrando el aire.
La bestia retrocedió solo un paso.
Solo uno.
Y luego sonrió.
Lyanna lo sintió antes de verlo. La presión. La muerte. El ascenso monstruoso de una criatura que ya había dejado atrás el límite natural de su especie.
—Nivel ocho... —susurró, horrorizada.
El león golpeó el suelo.
Toda la ladera explotó.
Kaelen alzó una pared de distorsión para desviar la onda, pero el impacto lo lanzó varios metros. Cayó pesadamente, con una rodilla destrozada y la visión nublada. Una de sus espadas espaciales se quebró en el aire como cristal.
Lyanna corrió hacia él, envolviéndolo en luz. Sus manos brillaron sobre el pecho de Kaelen, reparando carne desgarrada, soldando fibras rotas, forzando al cuerpo a seguir luchando cuando ya no debía poder hacerlo.
—No ganaremos así —dijo ella.
Kaelen lo sabía.
A su alrededor, los árboles seguían ardiendo. El suelo se volvía magma en círculos. Encima, la tormenta magnética empeoraba, tiñendo el cielo de pulsos morados y azul eléctrico.
No era casualidad. Algo en ese lugar estaba interfiriendo con el mundo mismo. Y, demasiado tarde, Kaelen entendió la verdad.
Aquello había sido una trampa.
—Darius... —murmuró, con rabia ronca.
Lyanna lo miró un solo instante. Y en ese instante, ambos comprendieron lo mismo.
No iban a volver a casa.
El León avanzó entre las llamas. Cada paso era más lento. Más pesado. Más seguro. Como si disfrutara el miedo de sus presas.
Kaelen apretó la mano de Lyanna.
—Escúchame.
—No.
—Lyanna.
Ella negó con la cabeza de inmediato, lágrimas mezclándose con hollín en su rostro.
—No me digas adiós.
Otro rugido estremeció el valle. La barrera de luz vibró.
Kaelen llevó su mano ensangrentada al rostro de ella, acariciando una mejilla cubierta de ceniza.
—Voy a abrir una ruptura.
Lyanna se quedó inmóvil. No por falta de comprensión, sino porque comprendió demasiado bien.
—Si haces eso en este estado... —su voz se quebró— el espacio te va a despedazar.
Kaelen sonrió, triste.
—Entonces tendré que abrirla antes de que me mate.
El León se lanzó.
Lyanna alzó ambas manos y la barrera explotó en una esfera cegadora. Durante un segundo, la noche se volvió blanca. El fuego chocó contra la luz. El aire gritó. El impacto hizo temblar el valle entero.
Kaelen se puso en pie. Una sola vez. Con todo lo que le quedaba.
El espacio alrededor de su cuerpo empezó a romperse. No como cristal. Como realidad herida. Líneas negras se abrieron a su alrededor. Grietas verticales. Horizontales. Circulares. Como si el mundo fuera una tela y alguien la estuviera rasgando desde el otro lado.
La tormenta magnética respondió de inmediato. Relámpagos violetas descendieron sobre él.
Kaelen gritó.
Las venas de sus brazos se iluminaron con un resplandor plateado. Sus espadas espaciales se desintegraron y giraron a su alrededor convertidas en fragmentos de luz cortante.
Lyanna lo abrazó por la espalda, envolviéndolos a ambos en su último escudo.
El León cruzó el mar de fuego con las fauces abiertas.
Y Kaelen, con sangre en la boca y el universo quebrándose entre sus dedos, clavó ambas manos en la nada.
No era un portal.
Era una herida.
Una grieta de oscuridad imposible apareció frente a ellos, tan profunda que la luz no se reflejaba en su interior. Del otro lado no había bosque, ni cielo, ni estrellas. Solo un vacío palpitante, inmenso, antiguo.
El León dudó. Por primera vez.
Demasiado tarde.
La ruptura estalló.
La onda de choque arrancó árboles de raíz, apagó el fuego en cien metros y lanzó al monstruo hacia atrás con un rugido de furia. Lyanna sintió cómo el suelo desaparecía bajo sus pies. Sintió el abrazo de Kaelen. Sintió la barrera romperse en mil fragmentos de luz.
Y luego cayó.
Cayó entre relámpagos violetas, ceniza y oscuridad.
Lo último que vio del mundo que dejaban atrás fue el rostro del León, deformado por la rabia, empequeñeciéndose al borde de la grieta. Lo último que Kaelen oyó fue el grito de Lyanna llamándolo.
Después, nada.
Solo silencio.
Solo vacío.
Solo otro mundo esperando.